A veces me siento solo
Como un monoblock vacío
Abandonado en el centro de un pueblito de una ex republica soviética
Como un astronauta divorciado
Mirando la luna con una lata de cerveza en la mano
Como el viejo Fiedor Dovstoiesky en su celda
Esperando la esquiva muerte
A veces me siento….
Como la sección deportiva de un diario uruguayo
Abandonado en una convención de amas de casa japonesas
Como un perro al que se la ha muerto el amo
Y mira la negrura de una insípida lapida de mármol
Como una dado en el fondo de una caja
De un juego archivado en los mas alto de un ropero
A veces me siento….
Así de simple y de desterrado
Sunday, October 25, 2009
Friday, August 28, 2009
Yo Yo
Soñé que estaba conmigo mismo sentado en un tronco que flotaba en altamar. Sentir los pies en el agua, el balanceo del tronco, me llenaban de una extraña sensación de placer y calma. El otro yo, sentado junto a mi, inequívocamente idéntico, me miraba como esperando una respuesta. Pero no se animaba a hablar, y se veía que mi silencio le transmitía cierta seguridad. Cuando por fin desistió miro para adelante como yo, y quedamos así colgados los dos, mirando el horizonte donde dos gamas de azul perfectos se encontraban. Yo sabía que el otro yo era yo, pero aun así lo sentía diferente. Y aun así, aun ignorándolo, le estaba agradecido que estuviera conmigo.
Saturday, August 22, 2009
Las cosas que haría por ti
De las cosas que haría por ti
La primera seria escribir estas palabras
Como una tonada
En mi dedo meñique
Talaria todos lo edificios
Y buildiria árboles de plata
Con la sabia de tu vientre
Because Je te adore
Como un pequeño panquequito
Como un sabio
Como un todo
Como esta cosa adoradora que ahora soy
Je te adore
Los perros me ladran tu nombre en las plazas
Y todos los barman no paran de hablar de tus ojos
Y las mujeres que me aman
Dicen que era mejor amante cuando estaba con vos
Y yo bebo y sonrío
Because je te adore
Like a lover in la La Fontaine des Innocents
Arrojándole monedas al recuerdo de tus pechos
Susurrandome tu nombre
Je te adore
De las cosas que haría por ti
Una seria no obedecerte
Y ser cruel y obstinado
Como un niño en tu vientre
Por que para eso nací y naceré
Por que para eso fui hecho
Because je te adore
La primera seria escribir estas palabras
Como una tonada
En mi dedo meñique
Talaria todos lo edificios
Y buildiria árboles de plata
Con la sabia de tu vientre
Because Je te adore
Como un pequeño panquequito
Como un sabio
Como un todo
Como esta cosa adoradora que ahora soy
Je te adore
Los perros me ladran tu nombre en las plazas
Y todos los barman no paran de hablar de tus ojos
Y las mujeres que me aman
Dicen que era mejor amante cuando estaba con vos
Y yo bebo y sonrío
Because je te adore
Like a lover in la La Fontaine des Innocents
Arrojándole monedas al recuerdo de tus pechos
Susurrandome tu nombre
Je te adore
De las cosas que haría por ti
Una seria no obedecerte
Y ser cruel y obstinado
Como un niño en tu vientre
Por que para eso nací y naceré
Por que para eso fui hecho
Because je te adore
Wednesday, August 19, 2009
Los pasos
La vi aparecer por el bajo, chancleteando como una Maruja acosada por la premura de baldear el patio. Era un orgasmo. Como si el viejo Bukowsky fuera mujer, sobrio y hermoso. Era algo salvaje y desastroso, como un chicle enredado en el pelo, solitario como una alpargata olvidada en medio de una calle de tierra, era……parecía que venia bailando su propia música ella.
Yo era la perla más brillante. El este y el sudeste. Había decidido ser el padre de todos los domingos a la tarde. Y las lagrimas de los días de lluvia. Un mutante. Una suma que nunca da un resultado coherente.
Ella era similar a mí en algún punto. Por algo se acercaba hacia mi sonriendo
Yo era la perla más brillante. El este y el sudeste. Había decidido ser el padre de todos los domingos a la tarde. Y las lagrimas de los días de lluvia. Un mutante. Una suma que nunca da un resultado coherente.
Ella era similar a mí en algún punto. Por algo se acercaba hacia mi sonriendo
Sunday, June 14, 2009
El pibe Fray Banana
El pibe Fray Banana,
acido lacónico chaval embrujado,
cayó en amor un jueves,
con su carita de soquete recién sacado.
Su padre era un verdulero que había sido el cinco de Ascasubi, el nueve de Talleres, el seis de Defensores.
El tocaba en una banda panqueque californiana con aire de días verdes, de prole recién nacida, de ciento ochenta y dos parpadeos.
Un dia conoció a Joey Ramone en la vieja radio tribal sobre la calle Lambaré; De él tiene un recuerdo como de gigante de película de Tim Burton pero todo medio chingado.
Era propietario de una cara redonda y pecosa con lentes como de abuelo de ciento un y pico de años.
Parecía un Nerd desteñido y callado.
Solía tirarles a la palomas del Parque Rivadavia granos de maíz embebidos en acido,
y luego se divertía viéndolas tratando de despegar o chocando contra los árboles, los edificios y los autos.
Ese dia, un jueves grisáceo, el pibe Fray Banana miro por la vidriera de una tienda de calzados.
Y la vio;
La belleza misma, pensó, ayudado por un par de bicicletas que se había colado.
Su cara era como el sol y sus rayos, de un lado le falta la mitad de la pierna, del otro lado por completo el brazo.
Era un regalo de los dioses, solo el buen Zeus la podría haber diseñado;
Una criatura todo bella como el Craken, las medusas o el minotauro.
acido lacónico chaval embrujado,
cayó en amor un jueves,
con su carita de soquete recién sacado.
Su padre era un verdulero que había sido el cinco de Ascasubi, el nueve de Talleres, el seis de Defensores.
El tocaba en una banda panqueque californiana con aire de días verdes, de prole recién nacida, de ciento ochenta y dos parpadeos.
Un dia conoció a Joey Ramone en la vieja radio tribal sobre la calle Lambaré; De él tiene un recuerdo como de gigante de película de Tim Burton pero todo medio chingado.
Era propietario de una cara redonda y pecosa con lentes como de abuelo de ciento un y pico de años.
Parecía un Nerd desteñido y callado.
Solía tirarles a la palomas del Parque Rivadavia granos de maíz embebidos en acido,
y luego se divertía viéndolas tratando de despegar o chocando contra los árboles, los edificios y los autos.
Ese dia, un jueves grisáceo, el pibe Fray Banana miro por la vidriera de una tienda de calzados.
Y la vio;
La belleza misma, pensó, ayudado por un par de bicicletas que se había colado.
Su cara era como el sol y sus rayos, de un lado le falta la mitad de la pierna, del otro lado por completo el brazo.
Era un regalo de los dioses, solo el buen Zeus la podría haber diseñado;
Una criatura todo bella como el Craken, las medusas o el minotauro.
Saturday, May 30, 2009
Las historias
Salio del estacionamiento y tiro el cigarrillo al suelo de puro reflejo. La estación de servicio era una amplia explanada de cemento, con dos surtidores viejos con el logo de la Shell y, a lo lejos, una construcción rectangular que trataba de imitar a un freeshop. Junto a la puerta, sentado sobre el marco de un ventanal, apoyado sobre la persiana cerrada, había un pequeño mozalbete que no llegaría a los diez años; Era oscuro, de piel tirante pero mirada de hombre adulto; Apenas vio que bajaba del auto se puso de pie y camino en dirección suya, cortándole el paso. El hombre no supo que hacer, así que aprovecho la interrupción para sacar un cigarrillo del paquete y llevárselo a la boca. Cuando estaba por prenderlo el chico lo interrogo:
_ ¿Quiere que le cuente una historia, señor?
Tenía un acento raro, que el hombre se le presento similar a los de algún país Centroamérica o de alguno de los tantos dialectos que surcaban España, tal vez algún país de Europa oriental, era extraño.
_ ¿Para que querría yo que me cuentes una historia?_ retruco el hombre, rápidamente, mientras intentaba prender el cigarrillo haciendo un reparo con la mano.
_ Vivo allá_ explico el chico, apuntado con el dedo hacia la construcción de donde venia_ atrás, con mi mama, atiende la estación de servicio.
El hombre sonrío. No era ningún dialecto, se dijo, hablaba simplemente así, por naturaleza o para llamar la atención. No se movía de su lugar y lo miraba fijo, sin inmutarse, como esperando que le diera la orden para comenzar.
_ ¿Y que tenes?_ pregunto el hombre por curiosidad.
_ Historias de amor, señor_ contesto el chico_ Le vendo, para ayudar a mi mama.
El hombre miro hacia el humilde freeshop, con la persiana baja parecía una construcción abandonada. Era de esperar; El sol caía recto desde el otro lado de la carretera y por aquel ventanal convertiría al pequeño ambiente en un verdadero horno.
_ ¿Y esta historia cuanto vale?
_ Cinco pesos señor_ contesto el chico con un gesto de esperanza sobre el rostro.
Lo condujo por un estrecho camino de tierra abierto a través de la hierba a la parte trasera de la estación. Allí había un montón de autos abandonados y un caballo raquítico y viejo que parecía estar a punto de morir de inanición. El niño le paso una mano por el lomo al pasar y un montón de moscas salieron disparadas a su contacto. Luego se paro en un páramo donde el pasto se encontraba comido, debajo de un pequeño monte circular de eucaliptos. Desde allí solo se veía un molino junto a un tanque australiano y el infinito campo perdiéndose a lo lejos. El hombre se sentó sobre uno de los troncos que servían de asiento junto a un manchon negro sobre el que todavía se podía observar restos de braza carbonizada.
_ Antes que nada le voy a tener que pedir que pague_ exclamo el niño, sin ninguna emoción sobre el rostro.
El hombre desdoblo un billete de la billetera y se lo alcanzo al niño, que lo metió volviéndolo a doblar en el bolsillo trasero del pantalón. Luego se sentó frente a el y tosió un par de veces, como anunciando que iba a comenzar con la historia.
_ ¿Quiere que le cuente una historia, señor?
Tenía un acento raro, que el hombre se le presento similar a los de algún país Centroamérica o de alguno de los tantos dialectos que surcaban España, tal vez algún país de Europa oriental, era extraño.
_ ¿Para que querría yo que me cuentes una historia?_ retruco el hombre, rápidamente, mientras intentaba prender el cigarrillo haciendo un reparo con la mano.
_ Vivo allá_ explico el chico, apuntado con el dedo hacia la construcción de donde venia_ atrás, con mi mama, atiende la estación de servicio.
El hombre sonrío. No era ningún dialecto, se dijo, hablaba simplemente así, por naturaleza o para llamar la atención. No se movía de su lugar y lo miraba fijo, sin inmutarse, como esperando que le diera la orden para comenzar.
_ ¿Y que tenes?_ pregunto el hombre por curiosidad.
_ Historias de amor, señor_ contesto el chico_ Le vendo, para ayudar a mi mama.
El hombre miro hacia el humilde freeshop, con la persiana baja parecía una construcción abandonada. Era de esperar; El sol caía recto desde el otro lado de la carretera y por aquel ventanal convertiría al pequeño ambiente en un verdadero horno.
_ ¿Y esta historia cuanto vale?
_ Cinco pesos señor_ contesto el chico con un gesto de esperanza sobre el rostro.
Lo condujo por un estrecho camino de tierra abierto a través de la hierba a la parte trasera de la estación. Allí había un montón de autos abandonados y un caballo raquítico y viejo que parecía estar a punto de morir de inanición. El niño le paso una mano por el lomo al pasar y un montón de moscas salieron disparadas a su contacto. Luego se paro en un páramo donde el pasto se encontraba comido, debajo de un pequeño monte circular de eucaliptos. Desde allí solo se veía un molino junto a un tanque australiano y el infinito campo perdiéndose a lo lejos. El hombre se sentó sobre uno de los troncos que servían de asiento junto a un manchon negro sobre el que todavía se podía observar restos de braza carbonizada.
_ Antes que nada le voy a tener que pedir que pague_ exclamo el niño, sin ninguna emoción sobre el rostro.
El hombre desdoblo un billete de la billetera y se lo alcanzo al niño, que lo metió volviéndolo a doblar en el bolsillo trasero del pantalón. Luego se sentó frente a el y tosió un par de veces, como anunciando que iba a comenzar con la historia.
Thursday, February 5, 2009
Parte de la historia de la chica mas linda del mundo II
El pequeño Cobalt
Nadie piensa en un hombre listo cuando piensa en el pequeño Cobalt y sin embargo sabía hacer con precisión su trabajo. Era el celador nocturno del zoológico y debía a alimentar las fieras que a esa hora se dedicaban a rugir y aullar añorando su hogar natal.
Las fieras rugían toda la noche y el pequeño Cobalt, pequeño de verdad, se replegaba sobre si mismo, pues era un ser rebosante de urbanidad y el grito profundo de las fieras era para Cobalt un horror ancestral.
Por alguna razón inimaginable tenia el pequeño Cobalt una mujer y un niño gris que se sentaban en las tres cabeceras de una mesa triangular que era todo lo que el sueldo de Cobalt habían llegado a pagar en cuestión de mesas. Se sentaban los tres a la mesa y comían como autómatas, mirándose de tanto en tanto a los ojos muertos. Miraba a su familia Cobalt y se preguntaba como había llegado a ese extremo; El inocuo extremo de una mesa de tres cabeceras. Por eso prefería pasar la noche en el temor del rugir de las fieras.
La vio un dia de carnaval Cobalt, cruzando el jardín zoológico con una mascara rosa sobre el rostro y un bulto en llamas en la mano derecha. Ni siquiera logro parpadear Cobalt ante esa imagen enmascarada.
Al dia siguiente las fieras rugían de una forma diferente. Parecía como si susurraran un nombre y un brillo extraño y constante se reflejaba en sus ojos. Se acerco hacia los leones el pequeño Cobalt hasta casi quedar nariz con nariz con el más viejo de ellos. El rostro de un hombre se formo en el ojo del león, y el rostro de una mujer dentro del ojo del hombre. Eso fue lo último que vio el pequeño Cobalt. Parecía mas viva que nunca la expresión de su desgarrado rostro cuando lo encontraron al dia siguiente. El forense estuvo casi diez minutos negándose a cerrar la bolsa del difunto Cobalt del cuello hacia arriba.
Nadie piensa en un hombre listo cuando piensa en el pequeño Cobalt y sin embargo sabía hacer con precisión su trabajo. Era el celador nocturno del zoológico y debía a alimentar las fieras que a esa hora se dedicaban a rugir y aullar añorando su hogar natal.
Las fieras rugían toda la noche y el pequeño Cobalt, pequeño de verdad, se replegaba sobre si mismo, pues era un ser rebosante de urbanidad y el grito profundo de las fieras era para Cobalt un horror ancestral.
Por alguna razón inimaginable tenia el pequeño Cobalt una mujer y un niño gris que se sentaban en las tres cabeceras de una mesa triangular que era todo lo que el sueldo de Cobalt habían llegado a pagar en cuestión de mesas. Se sentaban los tres a la mesa y comían como autómatas, mirándose de tanto en tanto a los ojos muertos. Miraba a su familia Cobalt y se preguntaba como había llegado a ese extremo; El inocuo extremo de una mesa de tres cabeceras. Por eso prefería pasar la noche en el temor del rugir de las fieras.
La vio un dia de carnaval Cobalt, cruzando el jardín zoológico con una mascara rosa sobre el rostro y un bulto en llamas en la mano derecha. Ni siquiera logro parpadear Cobalt ante esa imagen enmascarada.
Al dia siguiente las fieras rugían de una forma diferente. Parecía como si susurraran un nombre y un brillo extraño y constante se reflejaba en sus ojos. Se acerco hacia los leones el pequeño Cobalt hasta casi quedar nariz con nariz con el más viejo de ellos. El rostro de un hombre se formo en el ojo del león, y el rostro de una mujer dentro del ojo del hombre. Eso fue lo último que vio el pequeño Cobalt. Parecía mas viva que nunca la expresión de su desgarrado rostro cuando lo encontraron al dia siguiente. El forense estuvo casi diez minutos negándose a cerrar la bolsa del difunto Cobalt del cuello hacia arriba.
Wednesday, January 28, 2009
El Oeste
Ha salido el sol en el oeste
Sobre las chapas que delinea el rancherío
Y aun se escucha entre cumbias de baldío
El griterío de los pobres reincidentes
El padre astro sonríe a los niños
Que se esfuman en el humo de la pasta
Y los viejos que los miran se desgastan
Se ocultan en las veras de el vino
Huele a sopa y lejanía la miseria
Y no hay noche ni nubes que la oculten
No hay un dios a quien rezarle que la escuche
No hay escusa para darle condolencias
¿Dónde han ido el obrero y su miseria?
¿Dónde esta la esperanza del dolido?
¿Se esfumo como el humo de las chimeneas?
Las sonrisas, el furor, el estallido
Cuando acabe al fin la suerte del oeste
Cuando caiga presa misma de la peste;
De las balas y las drogas y los días
Habrá nacido entonces un oeste mas siniestro
Mas inmenso, mas oscuro y mas nuestro
Como el aquel Sur intimo
Que una vez relató el maestro
Sobre las chapas que delinea el rancherío
Y aun se escucha entre cumbias de baldío
El griterío de los pobres reincidentes
El padre astro sonríe a los niños
Que se esfuman en el humo de la pasta
Y los viejos que los miran se desgastan
Se ocultan en las veras de el vino
Huele a sopa y lejanía la miseria
Y no hay noche ni nubes que la oculten
No hay un dios a quien rezarle que la escuche
No hay escusa para darle condolencias
¿Dónde han ido el obrero y su miseria?
¿Dónde esta la esperanza del dolido?
¿Se esfumo como el humo de las chimeneas?
Las sonrisas, el furor, el estallido
Cuando acabe al fin la suerte del oeste
Cuando caiga presa misma de la peste;
De las balas y las drogas y los días
Habrá nacido entonces un oeste mas siniestro
Mas inmenso, mas oscuro y mas nuestro
Como el aquel Sur intimo
Que una vez relató el maestro
Saturday, November 1, 2008
Parte de la historia de la chica mas linda del mundo
_ ¿Les conté la historia de la chica mas linda del mundo? Usaba una mascara para ocultar su belleza. Si las personas veían su rostro se entregaban por completo a su voluntad. La mascara provocaba desconfianza en la gente. La chica mas linda del mundo encontró en la desconfianza un buen aliado por el cual conocer la verdadera cara de las personas.
La chica mas linda del mundo pasaba los días en su apartamento frente a Plaza Italia escuchando los Red Hot Chili Pepper. Allí iban los retropunks y otros bichos a contemplar su leyenda. De todos modos la mayoría creía que detrás de la mascara no había mas que otra chica comun y corriente; Y se burlaban. Pero eso estaba bien para la chica mas linda del mundo, porque en lo peor de los demás había encontrado ella su libertad.
Una vez hablo por novecientos noventa y nueve días con un hombre, y al dia mil ambos estaban enamorados. La mujer mas linda del mundo se saco la mascara para su amado y el nunca pudo recordar nada mas que su rostro.
Dicen que ella le corto la cabeza sin que el presentara resistencia, y luego se la arrojo a las fieras del jardín zoológico. Dicen que por eso, ahora, en la noche, los ojos de las fieras brillan con un fulgor extraño. Dicen que era como una llama viva la cabeza de su amado en la mano enguantada de la chica mas linda del mundo.
La chica mas linda del mundo pasaba los días en su apartamento frente a Plaza Italia escuchando los Red Hot Chili Pepper. Allí iban los retropunks y otros bichos a contemplar su leyenda. De todos modos la mayoría creía que detrás de la mascara no había mas que otra chica comun y corriente; Y se burlaban. Pero eso estaba bien para la chica mas linda del mundo, porque en lo peor de los demás había encontrado ella su libertad.
Una vez hablo por novecientos noventa y nueve días con un hombre, y al dia mil ambos estaban enamorados. La mujer mas linda del mundo se saco la mascara para su amado y el nunca pudo recordar nada mas que su rostro.
Dicen que ella le corto la cabeza sin que el presentara resistencia, y luego se la arrojo a las fieras del jardín zoológico. Dicen que por eso, ahora, en la noche, los ojos de las fieras brillan con un fulgor extraño. Dicen que era como una llama viva la cabeza de su amado en la mano enguantada de la chica mas linda del mundo.
Monday, October 6, 2008
Ella
En el tiempo que estuvimos juntos ella me mintio 146 veces. Las estuve contando. Y seguro solo llegue a descubrir apenas una fraccion de todas sus mentiras. Eran mentiras nimias, omiciones, pequeñas traiciones que no tenian importancia alguna. Sin embargo ella se cubria a ella misma con el bagaje de aquellas mentiras blancas y era tan despistada que se contradecia todo el tiempo. Sus mentiras no llegaban ni siquiera a tener patas. A mi me molestaba mas esa caprichosa mania de ocultar lo superfluo que las mentiras mismas. Yo creo que tenia miedo de mostrar lo que habia dentro de ella, y compensaba todo lo que le robaba en nuetros momentos intimos ocultandome lo que habia a simple vista. Yo no entendia porque lo hacia. Cada vez que se abria ante mi terminaba arrepintiendose y un dia mientras miraba el fondo de sus hermosos ojos grices me di cuenta de que se habia ido para siempre.
Despues de eso se fue para siempre en serio; Desaparecio. Con el tiempo se me ha hecho mas dificil disernir que fue ficticio y que fue real. Tal vez nada fue real. Y sin embargo aun extraño sus mentiras.
Despues de eso se fue para siempre en serio; Desaparecio. Con el tiempo se me ha hecho mas dificil disernir que fue ficticio y que fue real. Tal vez nada fue real. Y sin embargo aun extraño sus mentiras.
Monday, August 11, 2008
El sueño
Aquélla fue la primera vez que soñó con el pueblo-shopping. Era un pequeño pueblo, con angostas calles techadas, donde todas las construcciones eran negocios.
El caminaba por la pequeña plaza que era la construcción central y tanteaba si tenía pantalones y si dentro de los pantalones tenía dinero y se alegraba de notar que tenia ambas cosas.
Se sentía bien. Entraba a los negocios y miraba las cosas, charlaba con la gente del pueblo, recorría las calles. Había muchas tiendas de abarrotes, ciber cafés, teatros, cines, bares, jugueterías, aunque los negocios jamás terminaban de definirse del todo.
Podia entrar a una tienda de abarrotes, con pisos hechos de largas tablas de madera y un viejo gastado tras el mostrador y al darse media vuelta se encontraba que junto al mostrador se alzaban largas filas de computadoras donde la gente jugaba juegos en red. Se movía entre la filas de gente y encontraba que en un rincón había un free shop; Y así los sitios iban mutando constantemente.
Era un híbrido entre las galerías de cualquier Shopping porteño y las calles de un pueblo provinciano cualquiera. Adentro la gente charlaba con familiaridad, iban de una tienda a otra, caminaban despreocupadas bajos las luces artificiales de los techos.
Lo mas extraño era que el estaba conciente de que estaba soñando y eso era lo que lo hacia sentir cómodo. Paraba en las esquina a disfrutar el diseño surrealista del paisaje, mantenía conversaciones incongruentes con los pobladores que conocían a parientes suyos, viejos amigos de la infancia, o personas que realmente no existían pero en el sueño el creía conocer.
Un perro paso frente a el, meo en el frente de una vidriera y se coló presuroso por una escalera eléctrica que subía hacia otro nivel. Patricio lo siguió. Cuando llego arriba su vista choco con una enorme cúpula de cristal que dejaba ver el verdadero cielo por donde cruzaba una bandada de teros que no lograban filtrar su cántico a través del cristal. En aquel nivel el piso estaba tapizado con una alfombra verde y alrededor se alzaban grandes cascos de negocios.
Camino un rato por alli pero no se cruzo con nadie, así que volvió a bajar al nivel anterior. Entro en un mercado y compro un atado de puchos que prendió uno detrás de otro sin lograr que le sabieran a algo. Los tiro a los pies de una farola y pensó en despertar, pues no sabia a ciencia cierta donde se había dormido. A lo mejor estaba en lo de su abuela y cuando despertara seria la hora de la leche, con mucha mala suerte lo despertarían para ir a la escuela. Pero no, si el había ido a la universidad y se sentaba junto a una chica llamada Marga. ¿O no? No importaba: Había que despertar.
Cuando hizo fuerza para abrir los ojos cruzo la mirada con una chica que lo observaba sentada frente a un comercio con una sonrisa amplia sobre el rostro. En los pocos segundos que la vio no la encontró ni linda ni interesante, pero si tuvo la certeza absoluta que aquella chica estaba alli para el. Tuvo la intención de cruzar y decir unas palabras, pero para ese momento sus ojos se posaban sobre las paredes sucias del departamento. Luego se despabilo y vio que las paredes seguían tan limpias como cuando se había acostado; Lo que veía alli era cientos de miles de hormigas que se derramaban por la grietas de las paredes.
El caminaba por la pequeña plaza que era la construcción central y tanteaba si tenía pantalones y si dentro de los pantalones tenía dinero y se alegraba de notar que tenia ambas cosas.
Se sentía bien. Entraba a los negocios y miraba las cosas, charlaba con la gente del pueblo, recorría las calles. Había muchas tiendas de abarrotes, ciber cafés, teatros, cines, bares, jugueterías, aunque los negocios jamás terminaban de definirse del todo.
Podia entrar a una tienda de abarrotes, con pisos hechos de largas tablas de madera y un viejo gastado tras el mostrador y al darse media vuelta se encontraba que junto al mostrador se alzaban largas filas de computadoras donde la gente jugaba juegos en red. Se movía entre la filas de gente y encontraba que en un rincón había un free shop; Y así los sitios iban mutando constantemente.
Era un híbrido entre las galerías de cualquier Shopping porteño y las calles de un pueblo provinciano cualquiera. Adentro la gente charlaba con familiaridad, iban de una tienda a otra, caminaban despreocupadas bajos las luces artificiales de los techos.
Lo mas extraño era que el estaba conciente de que estaba soñando y eso era lo que lo hacia sentir cómodo. Paraba en las esquina a disfrutar el diseño surrealista del paisaje, mantenía conversaciones incongruentes con los pobladores que conocían a parientes suyos, viejos amigos de la infancia, o personas que realmente no existían pero en el sueño el creía conocer.
Un perro paso frente a el, meo en el frente de una vidriera y se coló presuroso por una escalera eléctrica que subía hacia otro nivel. Patricio lo siguió. Cuando llego arriba su vista choco con una enorme cúpula de cristal que dejaba ver el verdadero cielo por donde cruzaba una bandada de teros que no lograban filtrar su cántico a través del cristal. En aquel nivel el piso estaba tapizado con una alfombra verde y alrededor se alzaban grandes cascos de negocios.
Camino un rato por alli pero no se cruzo con nadie, así que volvió a bajar al nivel anterior. Entro en un mercado y compro un atado de puchos que prendió uno detrás de otro sin lograr que le sabieran a algo. Los tiro a los pies de una farola y pensó en despertar, pues no sabia a ciencia cierta donde se había dormido. A lo mejor estaba en lo de su abuela y cuando despertara seria la hora de la leche, con mucha mala suerte lo despertarían para ir a la escuela. Pero no, si el había ido a la universidad y se sentaba junto a una chica llamada Marga. ¿O no? No importaba: Había que despertar.
Cuando hizo fuerza para abrir los ojos cruzo la mirada con una chica que lo observaba sentada frente a un comercio con una sonrisa amplia sobre el rostro. En los pocos segundos que la vio no la encontró ni linda ni interesante, pero si tuvo la certeza absoluta que aquella chica estaba alli para el. Tuvo la intención de cruzar y decir unas palabras, pero para ese momento sus ojos se posaban sobre las paredes sucias del departamento. Luego se despabilo y vio que las paredes seguían tan limpias como cuando se había acostado; Lo que veía alli era cientos de miles de hormigas que se derramaban por la grietas de las paredes.
Tuesday, May 27, 2008
Velorio
El día que José Gregario apareció muerto de una coz en una de las calles laterales del pueblo hacia ya tiempo que el viejo Domínguez venia pregonando el fin de los tiempos. Los últimos quince años para ser puntual. Ese día amaneció por el lado de las vías, como lo hacia siempre, y los primeros rayos del sol cayeron en el lugar justo donde la coz se dibujaba sobre la frente. Y una vez mas el fin de los tiempos fue postergado un nuevo día.
A su favor se podía decir que no le había puesto fecha al ultimátum por lo que la premonición quedaba exenta de equívocos. El fin de los tiempos estaba cerca, todo se iba a derrumbar, eso se sabia, pero lo que el viejo Domínguez nunca decía era cuan afinados estaban sus conceptos de cercanía y lejanía, por lo que se aseguraba de repetir unas mil veces al día que había que estar preparado.
El viejo Domínguez parecía una persona normal, por lo menos todo lo normal que puede parecer una persona que recorre las calles pregonando el fin del mundo. Era un pregonero puntual y respetuoso, aunque corto de argumentación. Estaba fuera de la corriente de los profetas católicos, era mas bien un profeta gauchesco. Vestía como un doctor o licenciado de pueblo, con un bigote y el un corte de pelo prolijo, un traje lo mas cuidado posible y hasta un reloj de bolsillo estrafalario que miraba cada tanto, para luego echar una mirada al cielo. Pero mas allá de eso se movía, sentaba y hablaba como un verdadero pueblerino.
Hacia quince años, exactamente desde el momento de la llegada de las nuevas razas vacunas con la que se hicieron las exitosas cruzas que luego le dio fama a Caña Molina, que el viejo Domínguez comenzó a chochear. Años antes, tal vez unos diez o más, el viejo Domínguez había sido intendente del pueblo. Había sido un ferviente impulsor de la agricultura de la región y hubiese obtenido buenos resultados si hubiese podido controlar las variables climáticas, que lo dejaron literalmente con el agua hasta el cuello.
En lo que se refiere a José Gregario nadie se asombro de verlo amanecer dormido sobre el cordón de una vereda del pueblo. Nunca había amanecido muerto, eso era verdad, pero al ritmo de vida que llevaba nadie esperaba verlo rondar las calles por muchos años más; Por lo menos en vida. La gente se asombro más de la originalidad de su muerte que del hecho mismo de que estuviera muerto.
Lo que dedujo la policía, y el grueso de la población de Cañada Molina, fue que Gregario había tratado de robarse un caballo a la vuelta de una de sus juergas matinales, el animal se había asustado y le había propinado una contundente y certera patada. En el medio de la frente presentaba una hermosa U morada que formaba un promontorio sobre la piel cenicienta. El animal no pudo ser hallado, pero eso no era de extrañarse en un pueblo rodeado de campo, donde muchas veces los animales se escapaban de donde sus dueños lo amarrasen para vagar por las calles del pueblo o huir por los caminos aledaños.
Y sin embargo esta noticia altero al viejo Domínguez, que fiel a su profética gauchesca, tomo la coz en la frente de Gregario como la marca de mandinga y el comienzo del inminente final. Comenzó a recitar supuestas parábolas, parado en las esquinas de las calles, más fervorizado que nunca, que no eran más que versos sueltos del Martín Fierro, que llevaba resguardado bajo el brazo, como una Biblia personal. Luego, si algún espectador abstraído se había quedado escuchándolo, explicaba el sentido de la parábola, tan solo para que el sujeto terminara optando por alejarse.
El velorio de José Gregario lo encabezo el propio Domínguez, escoltado por los tres hermanos Gregario que sobrevivieron a José; El Alfio, el Fabio, Ofideo. Los tres tan pedestres y taciturnos, bebedores, agrestes, como su hermano. Los rostros inmutables mirando hacia el horizonte donde unas vacas gordas y tranquilas pastaban el suelo.
El viejo Domínguez recito unos versos gauchescos de despedida, con un sombrero traído para la ocasión sobre el pecho, y el rostro anegado por una supuesta congoja. Cuando termino con el recitado le dio una palmada en el hombro a cada uno de los hermanos Gregario y balbuceo unas palabras que ninguno de los tres se perdió. Ninguno de los presentes paso por alto que algún asunto había entre aquellos cuatro hombres. Hasta las vacas parecieron sospecharlo, pues levantaron la cabeza de su pastoreo y miraron unos segundos con los ojos bobos hacia el pequeño cementerio de Caña Molina. Los hombres contestaron enseguida la mirada. Apenas un fino alambre separa los dos mundos. Luego las vacas volvieron a la monotonía de su ingesta y los Gregario desparecieron por donde habían venido, con dirección hacia el bodegón de Brilla, eso era sabido.
El viejo Domínguez se retiro sin decir una sola palabra sobre la inminencia del final. Era palpable que algo impensado estaba por suceder.
A su favor se podía decir que no le había puesto fecha al ultimátum por lo que la premonición quedaba exenta de equívocos. El fin de los tiempos estaba cerca, todo se iba a derrumbar, eso se sabia, pero lo que el viejo Domínguez nunca decía era cuan afinados estaban sus conceptos de cercanía y lejanía, por lo que se aseguraba de repetir unas mil veces al día que había que estar preparado.
El viejo Domínguez parecía una persona normal, por lo menos todo lo normal que puede parecer una persona que recorre las calles pregonando el fin del mundo. Era un pregonero puntual y respetuoso, aunque corto de argumentación. Estaba fuera de la corriente de los profetas católicos, era mas bien un profeta gauchesco. Vestía como un doctor o licenciado de pueblo, con un bigote y el un corte de pelo prolijo, un traje lo mas cuidado posible y hasta un reloj de bolsillo estrafalario que miraba cada tanto, para luego echar una mirada al cielo. Pero mas allá de eso se movía, sentaba y hablaba como un verdadero pueblerino.
Hacia quince años, exactamente desde el momento de la llegada de las nuevas razas vacunas con la que se hicieron las exitosas cruzas que luego le dio fama a Caña Molina, que el viejo Domínguez comenzó a chochear. Años antes, tal vez unos diez o más, el viejo Domínguez había sido intendente del pueblo. Había sido un ferviente impulsor de la agricultura de la región y hubiese obtenido buenos resultados si hubiese podido controlar las variables climáticas, que lo dejaron literalmente con el agua hasta el cuello.
En lo que se refiere a José Gregario nadie se asombro de verlo amanecer dormido sobre el cordón de una vereda del pueblo. Nunca había amanecido muerto, eso era verdad, pero al ritmo de vida que llevaba nadie esperaba verlo rondar las calles por muchos años más; Por lo menos en vida. La gente se asombro más de la originalidad de su muerte que del hecho mismo de que estuviera muerto.
Lo que dedujo la policía, y el grueso de la población de Cañada Molina, fue que Gregario había tratado de robarse un caballo a la vuelta de una de sus juergas matinales, el animal se había asustado y le había propinado una contundente y certera patada. En el medio de la frente presentaba una hermosa U morada que formaba un promontorio sobre la piel cenicienta. El animal no pudo ser hallado, pero eso no era de extrañarse en un pueblo rodeado de campo, donde muchas veces los animales se escapaban de donde sus dueños lo amarrasen para vagar por las calles del pueblo o huir por los caminos aledaños.
Y sin embargo esta noticia altero al viejo Domínguez, que fiel a su profética gauchesca, tomo la coz en la frente de Gregario como la marca de mandinga y el comienzo del inminente final. Comenzó a recitar supuestas parábolas, parado en las esquinas de las calles, más fervorizado que nunca, que no eran más que versos sueltos del Martín Fierro, que llevaba resguardado bajo el brazo, como una Biblia personal. Luego, si algún espectador abstraído se había quedado escuchándolo, explicaba el sentido de la parábola, tan solo para que el sujeto terminara optando por alejarse.
El velorio de José Gregario lo encabezo el propio Domínguez, escoltado por los tres hermanos Gregario que sobrevivieron a José; El Alfio, el Fabio, Ofideo. Los tres tan pedestres y taciturnos, bebedores, agrestes, como su hermano. Los rostros inmutables mirando hacia el horizonte donde unas vacas gordas y tranquilas pastaban el suelo.
El viejo Domínguez recito unos versos gauchescos de despedida, con un sombrero traído para la ocasión sobre el pecho, y el rostro anegado por una supuesta congoja. Cuando termino con el recitado le dio una palmada en el hombro a cada uno de los hermanos Gregario y balbuceo unas palabras que ninguno de los tres se perdió. Ninguno de los presentes paso por alto que algún asunto había entre aquellos cuatro hombres. Hasta las vacas parecieron sospecharlo, pues levantaron la cabeza de su pastoreo y miraron unos segundos con los ojos bobos hacia el pequeño cementerio de Caña Molina. Los hombres contestaron enseguida la mirada. Apenas un fino alambre separa los dos mundos. Luego las vacas volvieron a la monotonía de su ingesta y los Gregario desparecieron por donde habían venido, con dirección hacia el bodegón de Brilla, eso era sabido.
El viejo Domínguez se retiro sin decir una sola palabra sobre la inminencia del final. Era palpable que algo impensado estaba por suceder.
Sunday, April 27, 2008
Sinrazon en el apostadero de los locos (Larguisima disertacion entre Yuia, Imoboc y el infame cantinero)
Imoboc; presumido, etílico, filosofo itinerante. Yuia, su amigo, cabizbajo, oscuro, “el gran silencio” para los conocidos. Imoboc y Yuia bebían en un bar, en la barra, después de haber bebido en otro bar, en la barra, después.
Imoboc trataba de mantener la boca cerrada y hablaba, y decía, mientras giraba los ojos, mientras movía las manos y decía:
_ ¡¡El mundo!!
Silencio de Yuia.
_ ¡¡No!!
Sonrisa de Yuia.
Imoboc acerco las manos al pecho de su amigo. Yuia vio los dedos larguísimos, flexionados y huesudos y pensó en árboles. El silencio de Yuia era destacado pensamiento, desgarro emocional y conclusión. Yuia pensó en árboles, en vida creciendo, lentamente, en el éter inconcluso de la vida.
_ Hay algo adentro_ dijo Imoboc mientras Yuia sentía la presión de la mano sorbe pecho_ Ni corazon ni cabeza, ni espíritu ni nobleza. Hay algo adentro mas pesado que el peso, mas gravedad que la gravedad. Hay un niño sosteniendo el mundo, un adolescente ignorándolo, un adulto castigando a ambos, un viejo que le susurra palabras al oído..........al niño_ aclaro Imoboc_ Todos dependen del niño.
Yuia enarco las cejas.
Imoboc presiono aun más la palma de su mano sobre el pecho de su amigo.
_ Hay en lo imposible clara posibilidad, hay en la idea, en el “tal vez”, rotundo hecho. Hay en el eterno divagar de la razón, en los ojos drogados de la vida, en la indómita eternidad, tanta verdad como duda, tanto fracaso como éxito...............es decir...........pensar en un pájaro, es un pájaro
Yuia sonrió y pensó que Imoboc iría a para a un loquero por ser tan coherente. Imoboc capto la sonrisa y la tomo como un cumplido. Su rostro era una acuarela roja.
_ No hablo de la razón, ¡¡¡ dios nos libre de ella!!! que es combustible pero no motor. Como este Whisky - en ese momento Imoboc sostenía un vaso completamente vació- es razón de embriagarse pero nunca embriaguez. Hablo de algo mas alto, ¡no!, mas fuerte, ¡no!, algo............._ Imoboc volvió a dudar, rasco la madera de la barra con la mano libre, había un brillo en sus ojos, una claridad profética_ Hablo de jalar una cuerda, de tirar, de quemarse las manos sin saber nunca lo que hay en el otro extremo, sin saber que es lo que inevitablemente nos vencerá, y seguir, tirando, aun, siempre.
_ Voluntad_ susurro Yuia.
_ Voluntad_ repitió Imoboc_ es la palabra mi querido amigo; Voluntad. Pero te pido por la profunda amistad que nos une, por el tiempo que hemos compartido gastando suelas y monedas.............por que te he conocido en Roma, a la cabeza de las fuerza del Cesar, porque hemos muerto juntos en Auswitch presos de una cámara de gas, porque fuimos en un pasado no muy lejano asaltantes de banco y un día te dispare por la espalda por causa de una bolsa repleta de efectivo. Y porque todas estas cosas fuimos, por el simple hecho de que una remota posibilidad es mas asertiva que una remota imposibilidad y porque no hay en mi cabeza, ni en la tuya, ni en la de estos pobres diablos que me rodean_ aquí Imoboc hizo un gesto circular con el dedo que abarco la masa indiferente del bar_ idea que no sea realidad pasada o futura y por eso....................y por eso te pido como te he pedido en Roma y Auswicht y en el perdido estado de Massachussets, que cuando digas voluntad no susurres ni titubees.
_ Voluntad, Imoboc_ repitió Yuia, con una voz ligera pero contundente. Imoboc retiro la mano del pecho de su amigo. Se percato del vaso vació e hizo un gesto con la mano.
_ Mas veneno, buen Baco_ le dijo al barman. El hombre se acerco con la botella de Jack Daniels en la mano; bajo, bigotudo, contundente.
_ Ni el mas cruel de los verdugos trabaja gratis, ni el que blande el hacha ni el que llena el vaso_ ataco el barman_ Hasta los hacheros ingleses, aquellos encapuchados e infames verdugos reciban dinero del ajusticiado; un favor, una gracia.
Imoboc saco la billetera, la descontracturo lentamente y puso sobre la barra un billete de cien pesos.
_ De todas las cabezas que el buen verdugo debe saber ver caer la más gloriosa debe ser la del General Roca, verdugo del indígena, decapitada cabeza de papel, presidente de la republica y alta moneda de cambio.
_ Prefiero a Whasintown_ replico el barman.
_ Capitalista y traidor a la patria_ Grito Imoboc mientras veía con gozo como el vaso se llenaba de Jack Daniels. El barman le entrego el cambio cortésmente y dijo:
_ Ha sido buen Tomas Moro, Imoboc.
_ Usted ha sido filosa y certera hoja de metal.
Yuia miraba pasivo y bebía un enorme vaso de cerveza. Se limpiaba la boca con la manga de la camisa y esperaba. Imoboc dio un trago del vaso y lo dejo sobre la barra, mientras sus ojos se pasaban en un espejo que reflejaba el transito de la calle, detrás de Yuia. Sus ojos parecían apagarse lentamente y el espíritu balancearse en una especie de trágica levedad.
_ ¿Que pasara con nosotros Yuia?, que final trágico obtenemos de todos nuestros amaneceres, pues somos hijos del ocaso. ¿ Cuando vendrá nuestro padre a susurrarnos el inminente final? ¿O no nos corrieron ayer mismo los trabas de las calle Oro con sus indómitas carteras después que los arremetiéramos una y otra vez con un virtual falo nacido de una semivacía botella de Vodka apretada entre los muslos?, ¿O no nos arrojaron, literalmente, de aquel Cabaret de Once después que subido a la barra y pateando los vasos de los demás clientes gritaste, y con sobrada razón, “inclinadse ante mi, que soy rey y señor de las putas de esta ciudad”?. Ni siquiera en la recepción que hiciera mi padre a aquél embajador hecho de las mas pura banana latinoamericana nos permitieron tranquila estancia, ¿y porque?, por que el tibio y negrísimo excremento que los ricos denominan caviar se creía demasiado digno para ser certero proyectil de las manos que ahora sostienen estos vasos. ¡¡Hay!!, Yuia, amigo mío, somos hijos del ocaso, en Roma y en Palermo, en Once y Massachussets nos espera la burda tragedia del hijo de vecina. ¿Por qué Yuia?, ¿por qué?
_ Será nuestro destino, o la voluntad del señor, ¿quien sabe?_ replico Yuia tranquilamente.
_ No lo se, pero si se que en algo has errado. El destino lo traza un dios sea quien sea el omnipresente y omnipotente cínico hijo de puta, lo traza como se traza una línea de tiza sobre las baldosas limpias de la mañana. Pero la voluntad pertenece al hombre para borrar esa línea en un punto cualquiera y dibujar su propio camino. Si dejas tu voluntad en manos de un dios, Yuia, querido amigo, esta se convertirá en esperanza y entonces te convertirás en burdo títere del destino.
_ ¿Esperanza?_ dijo Yuia extrañado.
_ Si, la esperanza_ repitió Imoboc_ la prima boba y religiosa de la voluntad, el reflejo de la voluntad sobre un lago de aguas quietas. La voluntad metida a monja. Ese mefistofélico ente que quedo atrapado en lo más profundo de la caja que Pandora le entrego a un incauto Prometeo. El mayor de los males de este mundo.
El barman, asentado detrás de la barra, escuchaba los monólogos de Imoboc, como lo hacia día tras día. El corpulento verdugo se tomaba el mostacho y giraba la cabeza hacia los lados. Sonreía sin gracia.
_ ¿Qué mal hice al mundo para que este noble lugar se llenara de desequilibrados? _ se dijo a si mismo en voz alta_ ¿cuál es el pecado que cometí para tener que soportar la incongruencia y la alucinación de semejantes y tan variados subnormales? Los prefiero ebrios y por eso les sirvo con pleitesía, pues cuando babean y mueven la boca sin poder emitir mas que unos pobres garabatos afónicos, cuando se duermen sobre las mesas como infantes indefensos, ahí acallan su locura, aquietan su alucinación y le dan paz a estas paredes que tiene que padecer incansables las necedades de sus bocas.
Imoboc, que oía las palabras del verdugo se volvió y sonrió.
_ No hay en este noble lugar mas responsable que usted y usted mismo, mi querido verdugo. ¿O me va a negar fue usted el autor del cartel que reza sobre la vereda la singular leyenda “El apostadero de los locos”. Pues bien. Ha tirado usted suculenta carnada al mar y ahora niega el cardumen que ha mordido el anzuelo con rápida dentellada y famélico gozo.
El barman hizo una mueca de resignación pero no confeso su culpa y prefirió cambiar de tema.
_ Imoboc_ dijo _ el mas desequilibrado de mis parroquianos, te veo hacer sobre estas barra día tras día, hora tras hora y solo asoma por tu billetera la cabeza del antedicho General, mientras que estos poligrillos, que con verdadera roca tiene que lidiar para curar su hambre, le es otorgada la gracia de próceres mas altivos y por ende de menor valor numeral, acorde a la lógica de tan confuso país. No quiero ofenderte, aunque de hecho lo haga, mi tristemente celebre Imoboc, pero es que no veo en ti el talento como para ganar mas favor del que puede ganar un ciego con una armónica o un manco con la presencia de su sola mano extendida.
Imoboc callo, y aunque tranquilamente hubiese contestado la pregunta, no podia pasar por alto la clara ofensa del verdugo. Estaba listo ha atacar cuando, para su sorpresa, escucho la voz de Yuia resonando a su lado.
_ Su padre le da de comer hambre a la gente_ replico.
Imoboc lo miro sorprendido y sonrió.
_ Ya escucho a mi amigo_ exclamo entonces.
_ No, me es imposible escucharlo_ se excuso el barman_ la respuesta debe salir de usted, Imoboc.
_ Mi padre le da de comer hambre a la gente_ repitió Imoboc sobresaltado_ les da un techo a cambio de seis, las trata de lo que las enferma, les da esperanza a cambio de voluntad, las protege de otros yugos y las consuela del suyo_ Agrego Imoboc_ Papa es..........un altruista, un hombre de bien, un ciudadano del mundo, un ejemplo para la sociedad..............es, ¿cómo decirlo?, alguien que merecería su perfil en el billete de doscientos pesos.
_ Amen, el hombre_ agrego Yuia.
_ Amen, la voluntad _repitieron los otros dos.
_ ¿Y usted mi poco estimado cliente?_ continuo el barman.
_ Le da hambre a su esperanza y metáforas a su desesperanza_ volvió a interrumpir Yuia.
_ ¡¡Otra vez la esperanza!! Ya te dije mi querido amigo que la esperanza es vana_ respondió Imoboc_ Y mas hambre me causaría ella a mi si un pobre bocado le ofreciera yo de mi espíritu. La desesperanza es más coherente al ser, más verdadera, y podría ser ella incipiente semilla de voluntad.
_ Explíquese mi desequilibrado cliente_ exclamo el verdugo intrigado.
_ El hombre con esperanza, el hombre que espera, espera que sus anhelos se cumplan algún día cercano pero, en vez de activar su voluntad en la búsqueda de este anhelo, de este sueño, se abraza a su estática esperanza como si esta fuera un imán para sus deseos; se queda alli, sonriendo seguro de señales que no son, de presagios de utilería, hasta que sus esperanzas se gastan con el entre sus manos vacías. En cambio, el hombre desesperanzado, ya no espera nada. Sabe que nada llegara ni tarde ni temprano, que cualquier ilusión cumple el solo papel de la ilusión, del polvo que vuela presa del mismo viento que lo a posado alli. El hombre desesperanzado sabe que la esperanza es letargo y espera y, sobre esta cruel verdad, el desesperanzado es mil veces mas apto para mover dentro de si un raquítico embrión de voluntad. El motor primigenio del desesperanzado es el anhelo; hay chance aun para el desesperanzado que posea un anhelo, pues tiene en claro que para alcanzarlo tendrá que echar manos hasta las ultimas migajas de su voluntad.
Entonces, deja hambrienta a tu desesperanza también, Imoboc, amigo mío_ Dijo Yuia tras un largo trago de cerveza_ Y has caso a tu viejo amigo Yuia; Tu eres unidad de voluntad vagando sin rumbo.
_ No lo creas amigo_ replico Imoboc con un dejo de tristeza_ Me parezco mas a la cruda y cobarde desesperanza.
_ Tu eres alta y férrea columna sin techo sobre tus hombros, eres flecha que va cortando el aire sin encontrar blanco, eres voluntad en estado puro, Imoboc, aunque sin cuerpo y sin razón.
El silencio se hizo un momento entre los tres hombres; Imoboc miraba el piso calladamente, confuso, conmovido por las palabras de Yuia. El barman miraba graciosamente a Imoboc y Yuia hacia girar el vaso de cerveza en su mano derecha.
_ ¿Qué pasa, Imoboc, muy cliente mío?_ pregunto el barman, que no apartaba sus ojos de su semblante.
_ Las palabras de mi buen Yuia me han conmovido_ replico Imoboc_ No soy digno de amistad tan noble.
_ Tienes suerte de no creerte digno_ replico el barman_ Pues en realidad no existe tan grande amistad.
_ ¡¿De que habla el verdugo?!_ exclamo de repente Imoboc sobresaltado. Sus ojos se encendieron como dos brasas y miraron sobre el mostacho ralo del barman con verdadera ira_ ¿Qué puede saber tan paciente asesino de la existencia ni mucho menos de la amistad?, ¿Qué veneno a truncado tu razón verdugo?; habla, infame.
_ Imoboc, poco deseado cliente mío, vienes a este establecimiento día tras día, y pasas hora tras hora, sobre esta barra, junto este vaso, sin más compañía que la cabeza del difunto general en tu bolsillo. ¿No sabes ya de sobrada cuenta que ese lugar a tu derecha esta vació?, ¿No ves que lo que tu llamas Yuia es un espacio ocupado por el mismo aire impuro que rodea aquellas sillas o que se encuentra alrededor del lejano obelisco y que es el mismo éter que forma los colores de nuestro mutilado cielo? Hablas solo, Imoboc, con la inmaterialidad que tu das a llamar Yuia, pero nadie hay en esta barra mas que tu y yo, mi muy cliente mío; y si lo hubiese, solo tu puedes ver a tan destacado ser.
Imoboc miro a Yuia que sonreirá con sorna. Luego volvió hacia la figura del barman que se encontraba estático acodado sobre la madera de la barra.
_ Yuia esta aquí conmigo, como lo ha estado en otras vidas y como seguirá siendo siempre en el tiempo. Que tu ignorancia, tu brutal estampa de matarife, te cierre los ojos a su forma y espíritu no es falta mía, sino pura deficiencia tuya.
_ Mas espíritu que forma debe tener tu amigo_ exclamo sonriendo el barman y estiro un brazo hacia el incorpóreo hombro de Yuia.
Imoboc detuvo el brazo con un fuerte apretón sobre la muñeca del barman, que mientras desistía en su empresa, veía los ojos de su cliente colmándose de la esencia de a furia.
_ No confunda, muy verdugo mío, la naturaleza simple de las cosas_ Escupió Imoboc mientras lanzaba, furioso, hacia atrás, la mano del barman_ Acepto tus ofensas porque se del material vulgar del que esta hecho tu esencia, que es el mismo del que esta compuesto mi ser. Pero no creas que voy a permitir que tus impetuosas garras de matarife mancillen la pulcritud de mi noble compañero, que jamás ofensa alguna a lanzado contra tu persona y que, aunque lo hiciere; a la corta percepción de tu ser seria negado percibir.
_ Eres un desequilibrado, Imoboc y desequilibrado seria de mi ponerme a discutir contigo y tus alucinaciones y, te juro mi poco estimado cliente que si no fuera tu aliado tan glorioso general hace mucho hubieses caído sobre la vergüenza de las frías baldosas que coronan el comienza de este local.
_ Has vuelto a caer bajo mi viejo verdugo y tu mismo le has puesto fiera zancadilla a “tu” vergüenza, pues este soldado que ves aquí posee un ejercito tan basto de generales que podría inundar tu noble local de una interminable fila de inmateriales Yuia y de líquidos Jacks Daniels, hasta el fin del fin de los tiempos, amen.
_ Amen_ rezo Yuia, que apoyaba su silencioso porte sobre la barra y observaba con gracia la discusión de su amigo con el barman, se acomodo el cuello de la camisa y vació su vaso de cerveza. Imoboc, aun furioso, giro hacia el, lo tomo del hombro y hablo.
_ Estos son los hombres grises de los que te he hablado, querido Yuia_ profirió, en voz alta, para que llegara hasta los oídos del matarife_ Estos que en un tiempo fueron cobradores de impuestos, verdugos, clérigos y que hoy venden pompas de jabón a cualquier pobre incauto; que someten su voluntad a voluntades mayores y viven abrazados a sus esperanzas de maletín usado, de traje pomposo y sonrisa burda. Son vendedores de seguros, trabajadores bancarios, inspectores estatales y aun estos aquí – y señalo al barman con un leve movimiento de cabeza- infames boticarios que incuban extraños venenos tras sus fortalezas y que son capaces de convertir a indefensas criaturas en engendros feroces y deformes y babeantes, con tal que en su costado caiga una sola pieza del vil metal que ansían. Dentro de este ser ya no hay voluntad ni espíritu, puedes estar seguro, muy amigo mío, que desde sus mas míseras a sus mas grandes acciones, están dirigidas por fuerzas externas a el, pero que, ¡¡hay pobre infeliz!! no llegara jamás a comprender.
Imoboc trataba de mantener la boca cerrada y hablaba, y decía, mientras giraba los ojos, mientras movía las manos y decía:
_ ¡¡El mundo!!
Silencio de Yuia.
_ ¡¡No!!
Sonrisa de Yuia.
Imoboc acerco las manos al pecho de su amigo. Yuia vio los dedos larguísimos, flexionados y huesudos y pensó en árboles. El silencio de Yuia era destacado pensamiento, desgarro emocional y conclusión. Yuia pensó en árboles, en vida creciendo, lentamente, en el éter inconcluso de la vida.
_ Hay algo adentro_ dijo Imoboc mientras Yuia sentía la presión de la mano sorbe pecho_ Ni corazon ni cabeza, ni espíritu ni nobleza. Hay algo adentro mas pesado que el peso, mas gravedad que la gravedad. Hay un niño sosteniendo el mundo, un adolescente ignorándolo, un adulto castigando a ambos, un viejo que le susurra palabras al oído..........al niño_ aclaro Imoboc_ Todos dependen del niño.
Yuia enarco las cejas.
Imoboc presiono aun más la palma de su mano sobre el pecho de su amigo.
_ Hay en lo imposible clara posibilidad, hay en la idea, en el “tal vez”, rotundo hecho. Hay en el eterno divagar de la razón, en los ojos drogados de la vida, en la indómita eternidad, tanta verdad como duda, tanto fracaso como éxito...............es decir...........pensar en un pájaro, es un pájaro
Yuia sonrió y pensó que Imoboc iría a para a un loquero por ser tan coherente. Imoboc capto la sonrisa y la tomo como un cumplido. Su rostro era una acuarela roja.
_ No hablo de la razón, ¡¡¡ dios nos libre de ella!!! que es combustible pero no motor. Como este Whisky - en ese momento Imoboc sostenía un vaso completamente vació- es razón de embriagarse pero nunca embriaguez. Hablo de algo mas alto, ¡no!, mas fuerte, ¡no!, algo............._ Imoboc volvió a dudar, rasco la madera de la barra con la mano libre, había un brillo en sus ojos, una claridad profética_ Hablo de jalar una cuerda, de tirar, de quemarse las manos sin saber nunca lo que hay en el otro extremo, sin saber que es lo que inevitablemente nos vencerá, y seguir, tirando, aun, siempre.
_ Voluntad_ susurro Yuia.
_ Voluntad_ repitió Imoboc_ es la palabra mi querido amigo; Voluntad. Pero te pido por la profunda amistad que nos une, por el tiempo que hemos compartido gastando suelas y monedas.............por que te he conocido en Roma, a la cabeza de las fuerza del Cesar, porque hemos muerto juntos en Auswitch presos de una cámara de gas, porque fuimos en un pasado no muy lejano asaltantes de banco y un día te dispare por la espalda por causa de una bolsa repleta de efectivo. Y porque todas estas cosas fuimos, por el simple hecho de que una remota posibilidad es mas asertiva que una remota imposibilidad y porque no hay en mi cabeza, ni en la tuya, ni en la de estos pobres diablos que me rodean_ aquí Imoboc hizo un gesto circular con el dedo que abarco la masa indiferente del bar_ idea que no sea realidad pasada o futura y por eso....................y por eso te pido como te he pedido en Roma y Auswicht y en el perdido estado de Massachussets, que cuando digas voluntad no susurres ni titubees.
_ Voluntad, Imoboc_ repitió Yuia, con una voz ligera pero contundente. Imoboc retiro la mano del pecho de su amigo. Se percato del vaso vació e hizo un gesto con la mano.
_ Mas veneno, buen Baco_ le dijo al barman. El hombre se acerco con la botella de Jack Daniels en la mano; bajo, bigotudo, contundente.
_ Ni el mas cruel de los verdugos trabaja gratis, ni el que blande el hacha ni el que llena el vaso_ ataco el barman_ Hasta los hacheros ingleses, aquellos encapuchados e infames verdugos reciban dinero del ajusticiado; un favor, una gracia.
Imoboc saco la billetera, la descontracturo lentamente y puso sobre la barra un billete de cien pesos.
_ De todas las cabezas que el buen verdugo debe saber ver caer la más gloriosa debe ser la del General Roca, verdugo del indígena, decapitada cabeza de papel, presidente de la republica y alta moneda de cambio.
_ Prefiero a Whasintown_ replico el barman.
_ Capitalista y traidor a la patria_ Grito Imoboc mientras veía con gozo como el vaso se llenaba de Jack Daniels. El barman le entrego el cambio cortésmente y dijo:
_ Ha sido buen Tomas Moro, Imoboc.
_ Usted ha sido filosa y certera hoja de metal.
Yuia miraba pasivo y bebía un enorme vaso de cerveza. Se limpiaba la boca con la manga de la camisa y esperaba. Imoboc dio un trago del vaso y lo dejo sobre la barra, mientras sus ojos se pasaban en un espejo que reflejaba el transito de la calle, detrás de Yuia. Sus ojos parecían apagarse lentamente y el espíritu balancearse en una especie de trágica levedad.
_ ¿Que pasara con nosotros Yuia?, que final trágico obtenemos de todos nuestros amaneceres, pues somos hijos del ocaso. ¿ Cuando vendrá nuestro padre a susurrarnos el inminente final? ¿O no nos corrieron ayer mismo los trabas de las calle Oro con sus indómitas carteras después que los arremetiéramos una y otra vez con un virtual falo nacido de una semivacía botella de Vodka apretada entre los muslos?, ¿O no nos arrojaron, literalmente, de aquel Cabaret de Once después que subido a la barra y pateando los vasos de los demás clientes gritaste, y con sobrada razón, “inclinadse ante mi, que soy rey y señor de las putas de esta ciudad”?. Ni siquiera en la recepción que hiciera mi padre a aquél embajador hecho de las mas pura banana latinoamericana nos permitieron tranquila estancia, ¿y porque?, por que el tibio y negrísimo excremento que los ricos denominan caviar se creía demasiado digno para ser certero proyectil de las manos que ahora sostienen estos vasos. ¡¡Hay!!, Yuia, amigo mío, somos hijos del ocaso, en Roma y en Palermo, en Once y Massachussets nos espera la burda tragedia del hijo de vecina. ¿Por qué Yuia?, ¿por qué?
_ Será nuestro destino, o la voluntad del señor, ¿quien sabe?_ replico Yuia tranquilamente.
_ No lo se, pero si se que en algo has errado. El destino lo traza un dios sea quien sea el omnipresente y omnipotente cínico hijo de puta, lo traza como se traza una línea de tiza sobre las baldosas limpias de la mañana. Pero la voluntad pertenece al hombre para borrar esa línea en un punto cualquiera y dibujar su propio camino. Si dejas tu voluntad en manos de un dios, Yuia, querido amigo, esta se convertirá en esperanza y entonces te convertirás en burdo títere del destino.
_ ¿Esperanza?_ dijo Yuia extrañado.
_ Si, la esperanza_ repitió Imoboc_ la prima boba y religiosa de la voluntad, el reflejo de la voluntad sobre un lago de aguas quietas. La voluntad metida a monja. Ese mefistofélico ente que quedo atrapado en lo más profundo de la caja que Pandora le entrego a un incauto Prometeo. El mayor de los males de este mundo.
El barman, asentado detrás de la barra, escuchaba los monólogos de Imoboc, como lo hacia día tras día. El corpulento verdugo se tomaba el mostacho y giraba la cabeza hacia los lados. Sonreía sin gracia.
_ ¿Qué mal hice al mundo para que este noble lugar se llenara de desequilibrados? _ se dijo a si mismo en voz alta_ ¿cuál es el pecado que cometí para tener que soportar la incongruencia y la alucinación de semejantes y tan variados subnormales? Los prefiero ebrios y por eso les sirvo con pleitesía, pues cuando babean y mueven la boca sin poder emitir mas que unos pobres garabatos afónicos, cuando se duermen sobre las mesas como infantes indefensos, ahí acallan su locura, aquietan su alucinación y le dan paz a estas paredes que tiene que padecer incansables las necedades de sus bocas.
Imoboc, que oía las palabras del verdugo se volvió y sonrió.
_ No hay en este noble lugar mas responsable que usted y usted mismo, mi querido verdugo. ¿O me va a negar fue usted el autor del cartel que reza sobre la vereda la singular leyenda “El apostadero de los locos”. Pues bien. Ha tirado usted suculenta carnada al mar y ahora niega el cardumen que ha mordido el anzuelo con rápida dentellada y famélico gozo.
El barman hizo una mueca de resignación pero no confeso su culpa y prefirió cambiar de tema.
_ Imoboc_ dijo _ el mas desequilibrado de mis parroquianos, te veo hacer sobre estas barra día tras día, hora tras hora y solo asoma por tu billetera la cabeza del antedicho General, mientras que estos poligrillos, que con verdadera roca tiene que lidiar para curar su hambre, le es otorgada la gracia de próceres mas altivos y por ende de menor valor numeral, acorde a la lógica de tan confuso país. No quiero ofenderte, aunque de hecho lo haga, mi tristemente celebre Imoboc, pero es que no veo en ti el talento como para ganar mas favor del que puede ganar un ciego con una armónica o un manco con la presencia de su sola mano extendida.
Imoboc callo, y aunque tranquilamente hubiese contestado la pregunta, no podia pasar por alto la clara ofensa del verdugo. Estaba listo ha atacar cuando, para su sorpresa, escucho la voz de Yuia resonando a su lado.
_ Su padre le da de comer hambre a la gente_ replico.
Imoboc lo miro sorprendido y sonrió.
_ Ya escucho a mi amigo_ exclamo entonces.
_ No, me es imposible escucharlo_ se excuso el barman_ la respuesta debe salir de usted, Imoboc.
_ Mi padre le da de comer hambre a la gente_ repitió Imoboc sobresaltado_ les da un techo a cambio de seis, las trata de lo que las enferma, les da esperanza a cambio de voluntad, las protege de otros yugos y las consuela del suyo_ Agrego Imoboc_ Papa es..........un altruista, un hombre de bien, un ciudadano del mundo, un ejemplo para la sociedad..............es, ¿cómo decirlo?, alguien que merecería su perfil en el billete de doscientos pesos.
_ Amen, el hombre_ agrego Yuia.
_ Amen, la voluntad _repitieron los otros dos.
_ ¿Y usted mi poco estimado cliente?_ continuo el barman.
_ Le da hambre a su esperanza y metáforas a su desesperanza_ volvió a interrumpir Yuia.
_ ¡¡Otra vez la esperanza!! Ya te dije mi querido amigo que la esperanza es vana_ respondió Imoboc_ Y mas hambre me causaría ella a mi si un pobre bocado le ofreciera yo de mi espíritu. La desesperanza es más coherente al ser, más verdadera, y podría ser ella incipiente semilla de voluntad.
_ Explíquese mi desequilibrado cliente_ exclamo el verdugo intrigado.
_ El hombre con esperanza, el hombre que espera, espera que sus anhelos se cumplan algún día cercano pero, en vez de activar su voluntad en la búsqueda de este anhelo, de este sueño, se abraza a su estática esperanza como si esta fuera un imán para sus deseos; se queda alli, sonriendo seguro de señales que no son, de presagios de utilería, hasta que sus esperanzas se gastan con el entre sus manos vacías. En cambio, el hombre desesperanzado, ya no espera nada. Sabe que nada llegara ni tarde ni temprano, que cualquier ilusión cumple el solo papel de la ilusión, del polvo que vuela presa del mismo viento que lo a posado alli. El hombre desesperanzado sabe que la esperanza es letargo y espera y, sobre esta cruel verdad, el desesperanzado es mil veces mas apto para mover dentro de si un raquítico embrión de voluntad. El motor primigenio del desesperanzado es el anhelo; hay chance aun para el desesperanzado que posea un anhelo, pues tiene en claro que para alcanzarlo tendrá que echar manos hasta las ultimas migajas de su voluntad.
Entonces, deja hambrienta a tu desesperanza también, Imoboc, amigo mío_ Dijo Yuia tras un largo trago de cerveza_ Y has caso a tu viejo amigo Yuia; Tu eres unidad de voluntad vagando sin rumbo.
_ No lo creas amigo_ replico Imoboc con un dejo de tristeza_ Me parezco mas a la cruda y cobarde desesperanza.
_ Tu eres alta y férrea columna sin techo sobre tus hombros, eres flecha que va cortando el aire sin encontrar blanco, eres voluntad en estado puro, Imoboc, aunque sin cuerpo y sin razón.
El silencio se hizo un momento entre los tres hombres; Imoboc miraba el piso calladamente, confuso, conmovido por las palabras de Yuia. El barman miraba graciosamente a Imoboc y Yuia hacia girar el vaso de cerveza en su mano derecha.
_ ¿Qué pasa, Imoboc, muy cliente mío?_ pregunto el barman, que no apartaba sus ojos de su semblante.
_ Las palabras de mi buen Yuia me han conmovido_ replico Imoboc_ No soy digno de amistad tan noble.
_ Tienes suerte de no creerte digno_ replico el barman_ Pues en realidad no existe tan grande amistad.
_ ¡¿De que habla el verdugo?!_ exclamo de repente Imoboc sobresaltado. Sus ojos se encendieron como dos brasas y miraron sobre el mostacho ralo del barman con verdadera ira_ ¿Qué puede saber tan paciente asesino de la existencia ni mucho menos de la amistad?, ¿Qué veneno a truncado tu razón verdugo?; habla, infame.
_ Imoboc, poco deseado cliente mío, vienes a este establecimiento día tras día, y pasas hora tras hora, sobre esta barra, junto este vaso, sin más compañía que la cabeza del difunto general en tu bolsillo. ¿No sabes ya de sobrada cuenta que ese lugar a tu derecha esta vació?, ¿No ves que lo que tu llamas Yuia es un espacio ocupado por el mismo aire impuro que rodea aquellas sillas o que se encuentra alrededor del lejano obelisco y que es el mismo éter que forma los colores de nuestro mutilado cielo? Hablas solo, Imoboc, con la inmaterialidad que tu das a llamar Yuia, pero nadie hay en esta barra mas que tu y yo, mi muy cliente mío; y si lo hubiese, solo tu puedes ver a tan destacado ser.
Imoboc miro a Yuia que sonreirá con sorna. Luego volvió hacia la figura del barman que se encontraba estático acodado sobre la madera de la barra.
_ Yuia esta aquí conmigo, como lo ha estado en otras vidas y como seguirá siendo siempre en el tiempo. Que tu ignorancia, tu brutal estampa de matarife, te cierre los ojos a su forma y espíritu no es falta mía, sino pura deficiencia tuya.
_ Mas espíritu que forma debe tener tu amigo_ exclamo sonriendo el barman y estiro un brazo hacia el incorpóreo hombro de Yuia.
Imoboc detuvo el brazo con un fuerte apretón sobre la muñeca del barman, que mientras desistía en su empresa, veía los ojos de su cliente colmándose de la esencia de a furia.
_ No confunda, muy verdugo mío, la naturaleza simple de las cosas_ Escupió Imoboc mientras lanzaba, furioso, hacia atrás, la mano del barman_ Acepto tus ofensas porque se del material vulgar del que esta hecho tu esencia, que es el mismo del que esta compuesto mi ser. Pero no creas que voy a permitir que tus impetuosas garras de matarife mancillen la pulcritud de mi noble compañero, que jamás ofensa alguna a lanzado contra tu persona y que, aunque lo hiciere; a la corta percepción de tu ser seria negado percibir.
_ Eres un desequilibrado, Imoboc y desequilibrado seria de mi ponerme a discutir contigo y tus alucinaciones y, te juro mi poco estimado cliente que si no fuera tu aliado tan glorioso general hace mucho hubieses caído sobre la vergüenza de las frías baldosas que coronan el comienza de este local.
_ Has vuelto a caer bajo mi viejo verdugo y tu mismo le has puesto fiera zancadilla a “tu” vergüenza, pues este soldado que ves aquí posee un ejercito tan basto de generales que podría inundar tu noble local de una interminable fila de inmateriales Yuia y de líquidos Jacks Daniels, hasta el fin del fin de los tiempos, amen.
_ Amen_ rezo Yuia, que apoyaba su silencioso porte sobre la barra y observaba con gracia la discusión de su amigo con el barman, se acomodo el cuello de la camisa y vació su vaso de cerveza. Imoboc, aun furioso, giro hacia el, lo tomo del hombro y hablo.
_ Estos son los hombres grises de los que te he hablado, querido Yuia_ profirió, en voz alta, para que llegara hasta los oídos del matarife_ Estos que en un tiempo fueron cobradores de impuestos, verdugos, clérigos y que hoy venden pompas de jabón a cualquier pobre incauto; que someten su voluntad a voluntades mayores y viven abrazados a sus esperanzas de maletín usado, de traje pomposo y sonrisa burda. Son vendedores de seguros, trabajadores bancarios, inspectores estatales y aun estos aquí – y señalo al barman con un leve movimiento de cabeza- infames boticarios que incuban extraños venenos tras sus fortalezas y que son capaces de convertir a indefensas criaturas en engendros feroces y deformes y babeantes, con tal que en su costado caiga una sola pieza del vil metal que ansían. Dentro de este ser ya no hay voluntad ni espíritu, puedes estar seguro, muy amigo mío, que desde sus mas míseras a sus mas grandes acciones, están dirigidas por fuerzas externas a el, pero que, ¡¡hay pobre infeliz!! no llegara jamás a comprender.
Thursday, April 10, 2008
Sunday, March 30, 2008
Las hijas del doctor Flash
El doctor Flash tenía unas diecisiete hijas por lo que yo había oído, aunque en la mesa solo había cinco de ellas. El doctor, que dios sabe en que era doctor, pues era una de esas mentes brillantes que lo saben todo, era una inconmensurabilidad de tonos colorados, inclinado al vino y la poesía; un tipejo octogenario, excéntrico, que seguía mostrando su vitalidad en lo generoso de su obra y de su prole.
Yo me encontraba en su mesa gracias a un pequeño tomo de poesía grosera e inexperta que había publicado meses atrás sin mayor esperanzas que la de poder pagar un mes de alquiler. El doctor había quedado fascinado por aquellas paginas, yo asombrado de su fascinación. Si lo que el doctor esperaba era que me pusiera a hablar con el de poesía le esperaba una gran decepción. Si dios quería que hubiese un asunto con dinero de por medio me convertiría en poeta en ese mismo instante. Pero no.
El doctor me había hecho llamar a través de algunos funcionarios públicos que solventaban cualquier palabra que el buen Flash propusiera. Vivía en una mansión fastuosa sobre la avenida Maria Ocampo, aunque era simple y espontáneo en lo que refería a sus modales. Me sentía incomodo sentado a aquélla extensa mesa, sintiendo los ojos de las hijas de Flash sobre mi, como si fuera el nuevo capricho de papá. La comida todavía no había llegado y el viejo ya había empezado a largar una perorata acerca de las virtudes de mi obra. Tenía una forma de hablar y un acento que lo envolvía todo; no era un erudito, era un tipo que sabia hacerse entender. De todas formas no le prestaba mayor atención. Yo sufría porque me estaba perdiendo un capitulo de Robotech, de la primera generación. Miraba el televisor apagado de reojo como si mi deseo pudiera encender la maquina. Pero nada.
De las cinco hijas de Flash tres de ellas tenían un inconfundible porte germánico; grandes, rubias, anchas e insulsas, de carne rosada y espalda de cargador de puerto. Ana era la mas grande, Ingrid la del medio y le seguía Judit, la mas pequeña. Sentada a la mesa en este orden parecían un juego de muñecas rusas y a uno le urgía por saber si después de comer se meterían una dentro de otra para irse a dormir. Tampoco había que imaginar mucho, por que el simple pensamiento tenia un tinte erótico que podía llevarlo a uno a una erección.
Las otras dos tenían rasgos nipones. Miriam, la mas pequeña, a primera vista parecía una nipona pura, aunque con un examen mas riguroso se podia ver las marcas occidentales en su rostro. Era de estatura media, pelo hasta la cintura y unos ojos algo inquisitivos. Alba, la mayor, alta y de pelo corto, tenia una mezcla mas homogénea, parecía fría y reservada, como si estuviera dentro de un congelador esperando a que alguien abriera la puerta.
Solo el doctor hablaba, los otros permanecíamos en silencio. Yo era un interlocutor pasivo; movía la cabeza, pronunciaba un “si” indiferente, hacia algún gesto de afirmación que nada significaba mas que el doctor podia seguir con lo suyo.
Cuando llego la comida el doctor me señaló que me encontraba distante y me pregunto si necesitaba algo.
La respuesta fue inmediata.
_ Quiero ver los dibujitos _ conteste.
Las hijas del doctor parecieron despertar de un profundo sueño y giraron las cinco cabezas a la vez para echarme unas miradas que iban desde la sorpresa al desprecio. El doctor en cambio levanto una mano ofreciéndome el televisor y le propuso a la Miriam, la más chica de las niponas, que me intercambiara el lugar para que yo pudiera ver mejor.
Cuando prendí el televisor Robotech estaba a punto de empezar y me sentí dichoso de no haberme perdido ni un segundo del capitulo qué ya habría visto unas cinco o veinticinco veces. Comí sin despegar la vista de la pantalla. El doctor se mostró o fingió mostrarse interesado y le fui haciendo un breve resumen de la historia del Rick Hunter, Mick Mei, el SDF1, su lucha contra los Centraedi y el misterio de la protocultura. Ana, la mas grande las germanas, que era muy parecida a un tanque Panzer de la segunda guerra mundial no pudo guardarse el comentario para después de la despedida.
_ Es una especie de idiota_ afirmo mientras devoraba un buen bocado de algo que nunca pregunte de que se trataba pero que tenia buen sabor. El doctor le lanzo una mirada reprobadora. Tenía los modales de un caballero ingles y tal vez también hubiera algo de eso en su sangre.
_ Ana, por favor_ dijo tranquilamente.
Termino Robotech y yo mismo toque el control de apagado del control remoto. La sirvienta trajo otra cosa que no reconocí de postre, y también me gusto. El convite estaba por terminar y yo no había aportado mucho con mi presencia. El doctor en cambio parecía satisfecho, llevaba una sonrisa satisfecha, como si cumpliese con los requisitos de la casa.
_ Usted no es de hablar mucho_ me dijo mientras le pegaba una cucharada al postre. .
_ ¿Y para que?_ fue mi respuesta.
Yo me encontraba en su mesa gracias a un pequeño tomo de poesía grosera e inexperta que había publicado meses atrás sin mayor esperanzas que la de poder pagar un mes de alquiler. El doctor había quedado fascinado por aquellas paginas, yo asombrado de su fascinación. Si lo que el doctor esperaba era que me pusiera a hablar con el de poesía le esperaba una gran decepción. Si dios quería que hubiese un asunto con dinero de por medio me convertiría en poeta en ese mismo instante. Pero no.
El doctor me había hecho llamar a través de algunos funcionarios públicos que solventaban cualquier palabra que el buen Flash propusiera. Vivía en una mansión fastuosa sobre la avenida Maria Ocampo, aunque era simple y espontáneo en lo que refería a sus modales. Me sentía incomodo sentado a aquélla extensa mesa, sintiendo los ojos de las hijas de Flash sobre mi, como si fuera el nuevo capricho de papá. La comida todavía no había llegado y el viejo ya había empezado a largar una perorata acerca de las virtudes de mi obra. Tenía una forma de hablar y un acento que lo envolvía todo; no era un erudito, era un tipo que sabia hacerse entender. De todas formas no le prestaba mayor atención. Yo sufría porque me estaba perdiendo un capitulo de Robotech, de la primera generación. Miraba el televisor apagado de reojo como si mi deseo pudiera encender la maquina. Pero nada.
De las cinco hijas de Flash tres de ellas tenían un inconfundible porte germánico; grandes, rubias, anchas e insulsas, de carne rosada y espalda de cargador de puerto. Ana era la mas grande, Ingrid la del medio y le seguía Judit, la mas pequeña. Sentada a la mesa en este orden parecían un juego de muñecas rusas y a uno le urgía por saber si después de comer se meterían una dentro de otra para irse a dormir. Tampoco había que imaginar mucho, por que el simple pensamiento tenia un tinte erótico que podía llevarlo a uno a una erección.
Las otras dos tenían rasgos nipones. Miriam, la mas pequeña, a primera vista parecía una nipona pura, aunque con un examen mas riguroso se podia ver las marcas occidentales en su rostro. Era de estatura media, pelo hasta la cintura y unos ojos algo inquisitivos. Alba, la mayor, alta y de pelo corto, tenia una mezcla mas homogénea, parecía fría y reservada, como si estuviera dentro de un congelador esperando a que alguien abriera la puerta.
Solo el doctor hablaba, los otros permanecíamos en silencio. Yo era un interlocutor pasivo; movía la cabeza, pronunciaba un “si” indiferente, hacia algún gesto de afirmación que nada significaba mas que el doctor podia seguir con lo suyo.
Cuando llego la comida el doctor me señaló que me encontraba distante y me pregunto si necesitaba algo.
La respuesta fue inmediata.
_ Quiero ver los dibujitos _ conteste.
Las hijas del doctor parecieron despertar de un profundo sueño y giraron las cinco cabezas a la vez para echarme unas miradas que iban desde la sorpresa al desprecio. El doctor en cambio levanto una mano ofreciéndome el televisor y le propuso a la Miriam, la más chica de las niponas, que me intercambiara el lugar para que yo pudiera ver mejor.
Cuando prendí el televisor Robotech estaba a punto de empezar y me sentí dichoso de no haberme perdido ni un segundo del capitulo qué ya habría visto unas cinco o veinticinco veces. Comí sin despegar la vista de la pantalla. El doctor se mostró o fingió mostrarse interesado y le fui haciendo un breve resumen de la historia del Rick Hunter, Mick Mei, el SDF1, su lucha contra los Centraedi y el misterio de la protocultura. Ana, la mas grande las germanas, que era muy parecida a un tanque Panzer de la segunda guerra mundial no pudo guardarse el comentario para después de la despedida.
_ Es una especie de idiota_ afirmo mientras devoraba un buen bocado de algo que nunca pregunte de que se trataba pero que tenia buen sabor. El doctor le lanzo una mirada reprobadora. Tenía los modales de un caballero ingles y tal vez también hubiera algo de eso en su sangre.
_ Ana, por favor_ dijo tranquilamente.
Termino Robotech y yo mismo toque el control de apagado del control remoto. La sirvienta trajo otra cosa que no reconocí de postre, y también me gusto. El convite estaba por terminar y yo no había aportado mucho con mi presencia. El doctor en cambio parecía satisfecho, llevaba una sonrisa satisfecha, como si cumpliese con los requisitos de la casa.
_ Usted no es de hablar mucho_ me dijo mientras le pegaba una cucharada al postre. .
_ ¿Y para que?_ fue mi respuesta.
Monday, March 17, 2008
Maidana y el otro
A lo lejos vio el bulto. Fue acercándose lento pero seguro, tirando cambios que sonaban como un animal atragantado. Había junto al bulto un eucalipto viejo, seco y chingado, con los brazos extendidos a un lado, como si el viento y el tiempo lo hubiesen maldecido. Hubiese sido mas justo decir que el bulto se encontraba junto al eucalipto. Y el bulto se encontraba junto al eucalipto, inerte. Parecían dos hermanos, uno junto al otro, esperando. Pero entre el árbol y el mediaba la alambrada y mas allá, por un corte en la parte alta de la alambrada pasaban la vías del tren, y había un cartel amarillo despintado, donde se veían los copos negros de una forma imposible de distinguir.
El bulto miraba hacia abajo, hacia la superficie barrosa del camino de tierra. Sus manos se encontraban excesivamente pegadas a los lados de su cuerpo y se encontraba quieto. Parecía encontrarse en el trance de algún pensamiento o esgrimiendo hacia la tierra alguna clase de reverencia. Vestía una camisa rosa impecable, con una suaves guardas en hilo en el cuello, unos pantalones de paño negros aferrados con un cinturón de cuero marrón y zapatos negros, impecables tambien, menos por el borde de la suela donde el barro había comenzado a trepar.
Justo Maidana freno a un metro del bulto, sobre el borde del camino de tierra, evitando la elevación del terraplén del tren. Era mejor no tentar a los frenos del viejo jeep con desafíos innecesarios. El bulto frente a el no se movió. Maidana miro un rato largo sin saber que hacer. El otro ni siquiera levantaba la vista. El pelo seco y ralo parecía mal cortado a los bordes, por debajo salían unas grandes orejas, blancas y carnosas, con la parte superior roja por el viento frió que había dejado la lluvia. Los pómulos se encontraban del mismo color. El hombre, en su totalidad, no daba señales de vida. Justo Maidana, por alguna razón que superaba el desprecio a los citadinos no quería hacerse anunciar. Estaba cansado.
Justo Maidana tenia un hijo; Ángel Maidana. El rostro del chico era el de un ángel, aunque era más hermoso y, de hecho, más real. Con el paso del tiempo el rostro del chico iba perfeccionándose, adoptando rasgos nuevos y misteriosos, como un vino que se va añejando. El paisanaje se sentía incomodo junto a el, el propio Justo Maidana se sentía incomodo en su presencia, y el chico en si no era mas civilizado o recio que los demás hombres del campo. Sin embargo eso no impedía que en los asados los hombres comentaran que de noche la cabeza de Ángel irradiaba una leve luz, y desprendía una música suave que se iba haciendo más audible a medida que el chico se iba alejando. “Ese fue concebido sin pecado Maidana” bromeaban los gauchos, “Te la trinco dios nomás te fuiste pa la pulpería”. “Mejor dio’ que lo que están acá, paisanos brutos y pobres”, respondía Maidana, excluyéndose del montón.
Por fin Maidana se desprendió de sus cavilaciones y decidió a sacar la mano por el costado y golpeo varias veces el techo de jeep. Luego se seco la humedad en el pecho de la camisa manchándola de barro.
El hombre respondió al sonido levantando la cabeza. Los ojos, marrones claros, parecían dos bolitas descansando en un enorme poso. A Maidana la primera impresión lo asusto. Los comparo con dos pequeños huevos de codorniz descansando en un gran nido. Los ojos lo miraron unos segundos sin expresión y Maidana se figuro que el amigo del patrón seria un reverendo imbecil. A un lado, recién ahí lo noto, descansaba una valija verde, alta, con rueditas y una manija plegable, semihundida en el barro. Arriba de la valija había apoyado un maletín mínimo, donde Maidana pensó que nada podía entrar, aunque el bulto escondía allí su mundo entero.
Se bajo hundiendo las botas en el barro. Hacia frío, no se podría decir afuera pues las puertas del jeep eran apenas dos chapas para impedir que el conductor o el acompañante cayeran, pero si para estar fuera del alcance del calor que irradiaba el motor. Maidana se acerco al bulto y estiro la mano hacia el otro, acordándose a último momento que aun le quedaba barro sobre la palma. Cuando el otro iba al tomarla Maidana la retiro para limpiarla bien, y al ver el rechazo el bulto no pudo mas que abrir grandes los ojos y volver nuevamente la vista al piso.
_ Me mandan los Gonzáles….._ exclamo Maidana mientras buscaba en su cabeza las palabras para disculparse. Pero el bulto ya había tomado el maletín y tiraba de la manija de la valija tratando de despegarla del barro.
_ Déjemelo ayudarlo, hombre_ dijo Maidana, tratando de parecer amigable, pero casi arrancadole la valija de la mano por el nerviosismo. Frente a la fuerza de Maidana la valija se despego del piso como una fruta madura de un árbol. El bulto quedo a un lado, inmóvil, como un muñeco inútil o roto.
_ Súbase al jeep que yo dejo esto atrás_ largo Maidana.
Mientras guardaba la valija vio al hombre obedecerlo como si el fuera un amo demasiado severo. Lo hizo con tanta urgencia que antes de subir un pie resbalo y casi cae de bruces al barro. Milagrosamente llego a tomarse de la puerta del Jeep, con maletincito y todo. Luego abrió la puerta con dificultad y se sentó en el asiento del acompañante.
Para esta altura Maidana sentía un mal gusto en la boca. Se sentía miserable. No temía que lo Gonzáles lo reprendieran o tomaran represarías por su comportamiento, pues el podía arreglárselas mas que bien sin ellos. En realidad esto ni siquiera pasaba por su cabeza. Gonzáles había dicho que el bulto era un amigo que venia a relajarse unos días al campo y era esto sobre lo que pensaba Maidana; Le estaba dando al hombre un mal pie, y estaba quedando el como un incivilizado, o todavía peor, un irrespetuoso. Y Maidana sabia bien que la idea que se haría de él el bulto seria la que usaría luego para medir a las demás gentes del lugar. Estaba mancillando su hogar.
El bulto miraba hacia abajo, hacia la superficie barrosa del camino de tierra. Sus manos se encontraban excesivamente pegadas a los lados de su cuerpo y se encontraba quieto. Parecía encontrarse en el trance de algún pensamiento o esgrimiendo hacia la tierra alguna clase de reverencia. Vestía una camisa rosa impecable, con una suaves guardas en hilo en el cuello, unos pantalones de paño negros aferrados con un cinturón de cuero marrón y zapatos negros, impecables tambien, menos por el borde de la suela donde el barro había comenzado a trepar.
Justo Maidana freno a un metro del bulto, sobre el borde del camino de tierra, evitando la elevación del terraplén del tren. Era mejor no tentar a los frenos del viejo jeep con desafíos innecesarios. El bulto frente a el no se movió. Maidana miro un rato largo sin saber que hacer. El otro ni siquiera levantaba la vista. El pelo seco y ralo parecía mal cortado a los bordes, por debajo salían unas grandes orejas, blancas y carnosas, con la parte superior roja por el viento frió que había dejado la lluvia. Los pómulos se encontraban del mismo color. El hombre, en su totalidad, no daba señales de vida. Justo Maidana, por alguna razón que superaba el desprecio a los citadinos no quería hacerse anunciar. Estaba cansado.
Justo Maidana tenia un hijo; Ángel Maidana. El rostro del chico era el de un ángel, aunque era más hermoso y, de hecho, más real. Con el paso del tiempo el rostro del chico iba perfeccionándose, adoptando rasgos nuevos y misteriosos, como un vino que se va añejando. El paisanaje se sentía incomodo junto a el, el propio Justo Maidana se sentía incomodo en su presencia, y el chico en si no era mas civilizado o recio que los demás hombres del campo. Sin embargo eso no impedía que en los asados los hombres comentaran que de noche la cabeza de Ángel irradiaba una leve luz, y desprendía una música suave que se iba haciendo más audible a medida que el chico se iba alejando. “Ese fue concebido sin pecado Maidana” bromeaban los gauchos, “Te la trinco dios nomás te fuiste pa la pulpería”. “Mejor dio’ que lo que están acá, paisanos brutos y pobres”, respondía Maidana, excluyéndose del montón.
Por fin Maidana se desprendió de sus cavilaciones y decidió a sacar la mano por el costado y golpeo varias veces el techo de jeep. Luego se seco la humedad en el pecho de la camisa manchándola de barro.
El hombre respondió al sonido levantando la cabeza. Los ojos, marrones claros, parecían dos bolitas descansando en un enorme poso. A Maidana la primera impresión lo asusto. Los comparo con dos pequeños huevos de codorniz descansando en un gran nido. Los ojos lo miraron unos segundos sin expresión y Maidana se figuro que el amigo del patrón seria un reverendo imbecil. A un lado, recién ahí lo noto, descansaba una valija verde, alta, con rueditas y una manija plegable, semihundida en el barro. Arriba de la valija había apoyado un maletín mínimo, donde Maidana pensó que nada podía entrar, aunque el bulto escondía allí su mundo entero.
Se bajo hundiendo las botas en el barro. Hacia frío, no se podría decir afuera pues las puertas del jeep eran apenas dos chapas para impedir que el conductor o el acompañante cayeran, pero si para estar fuera del alcance del calor que irradiaba el motor. Maidana se acerco al bulto y estiro la mano hacia el otro, acordándose a último momento que aun le quedaba barro sobre la palma. Cuando el otro iba al tomarla Maidana la retiro para limpiarla bien, y al ver el rechazo el bulto no pudo mas que abrir grandes los ojos y volver nuevamente la vista al piso.
_ Me mandan los Gonzáles….._ exclamo Maidana mientras buscaba en su cabeza las palabras para disculparse. Pero el bulto ya había tomado el maletín y tiraba de la manija de la valija tratando de despegarla del barro.
_ Déjemelo ayudarlo, hombre_ dijo Maidana, tratando de parecer amigable, pero casi arrancadole la valija de la mano por el nerviosismo. Frente a la fuerza de Maidana la valija se despego del piso como una fruta madura de un árbol. El bulto quedo a un lado, inmóvil, como un muñeco inútil o roto.
_ Súbase al jeep que yo dejo esto atrás_ largo Maidana.
Mientras guardaba la valija vio al hombre obedecerlo como si el fuera un amo demasiado severo. Lo hizo con tanta urgencia que antes de subir un pie resbalo y casi cae de bruces al barro. Milagrosamente llego a tomarse de la puerta del Jeep, con maletincito y todo. Luego abrió la puerta con dificultad y se sentó en el asiento del acompañante.
Para esta altura Maidana sentía un mal gusto en la boca. Se sentía miserable. No temía que lo Gonzáles lo reprendieran o tomaran represarías por su comportamiento, pues el podía arreglárselas mas que bien sin ellos. En realidad esto ni siquiera pasaba por su cabeza. Gonzáles había dicho que el bulto era un amigo que venia a relajarse unos días al campo y era esto sobre lo que pensaba Maidana; Le estaba dando al hombre un mal pie, y estaba quedando el como un incivilizado, o todavía peor, un irrespetuoso. Y Maidana sabia bien que la idea que se haría de él el bulto seria la que usaría luego para medir a las demás gentes del lugar. Estaba mancillando su hogar.
Thursday, March 13, 2008
Las Moscas
Sujeto A: Si escribís un cuento jamás le pongas de titulo "Las moscas". Es un titulo demasiado obvio; rebosa de mal gusto y poca originalidad.
Sujeto B: Te parece.
Sujeto A: absolutamente.
Sujeto B: Bueno, no importa, igual tenia otro titulo para ponerle.
Sujeto A: ¿Cual?
Sujeto B: Reflección y refracción de la luz sobre la superficie cilíndrica de dos vasos de Fernet.
Sujeto A: ¿De que se trata?
Sujeto B: De dos moscas. Están paradas sobre la mesa de un bar y una le dice a la otra:
Mosca A: Si escribís un cuento jamás le pongas de titulo "Las moscas". Es un titulo demasiado pretencioso; Entre nosotros, te digo, suena demasiado demagógico.
Mosca B: Te parece.
Mosca A: Palabra de mosca.
Mosca B: Bueno, no importa, igual tenia otro titulo para ponerle.
Mosca A: ¿Cual?
Mosca B: Reflexión y refracción de la luz sobre la superficie cilíndrica de dos vasos de Fernet.
Mosca A: ¡Mierda!, suena interesante, ¿de que se trata?
Mosca B: De dos vasos de fernet que hablan sobre la mesa de un bar.........junto a dos moscas...uno dice;
Vaso A: Estoy cansado de los escritores modernos que mandan cualquier fruta con tal de ser originales. ¿Donde están los García Márquez, los Borges, los Soriano? La verdad es que estos tipos me enferman.
Vaso B: Si, puede ser. Che, que tenes; ¿Branca o Capri?
Vaso A: Apesto a Capri.
Vaso B: No tienen vergüenza, ya ni códigos hay.
Vaso B: ¡¡No ves!! justamente de eso te hablaba.
Fin A: La historia no tenia sentido.
Fin B: No se, estoy cansado de ser fin, me gustaría trabajar de titulo.
Fin A: Te parece, no te enteras de nada.
Fin B: Nada que ver, una prima mía fue principio de un libro de Cohelo, un boom editorial.
Fin A:¡¡no!!
Fin B: ¿No te había contado?
Fin A: No, forra. Te lo tenías guardado.
Sujeto B: Te parece.
Sujeto A: absolutamente.
Sujeto B: Bueno, no importa, igual tenia otro titulo para ponerle.
Sujeto A: ¿Cual?
Sujeto B: Reflección y refracción de la luz sobre la superficie cilíndrica de dos vasos de Fernet.
Sujeto A: ¿De que se trata?
Sujeto B: De dos moscas. Están paradas sobre la mesa de un bar y una le dice a la otra:
Mosca A: Si escribís un cuento jamás le pongas de titulo "Las moscas". Es un titulo demasiado pretencioso; Entre nosotros, te digo, suena demasiado demagógico.
Mosca B: Te parece.
Mosca A: Palabra de mosca.
Mosca B: Bueno, no importa, igual tenia otro titulo para ponerle.
Mosca A: ¿Cual?
Mosca B: Reflexión y refracción de la luz sobre la superficie cilíndrica de dos vasos de Fernet.
Mosca A: ¡Mierda!, suena interesante, ¿de que se trata?
Mosca B: De dos vasos de fernet que hablan sobre la mesa de un bar.........junto a dos moscas...uno dice;
Vaso A: Estoy cansado de los escritores modernos que mandan cualquier fruta con tal de ser originales. ¿Donde están los García Márquez, los Borges, los Soriano? La verdad es que estos tipos me enferman.
Vaso B: Si, puede ser. Che, que tenes; ¿Branca o Capri?
Vaso A: Apesto a Capri.
Vaso B: No tienen vergüenza, ya ni códigos hay.
Vaso B: ¡¡No ves!! justamente de eso te hablaba.
Fin A: La historia no tenia sentido.
Fin B: No se, estoy cansado de ser fin, me gustaría trabajar de titulo.
Fin A: Te parece, no te enteras de nada.
Fin B: Nada que ver, una prima mía fue principio de un libro de Cohelo, un boom editorial.
Fin A:¡¡no!!
Fin B: ¿No te había contado?
Fin A: No, forra. Te lo tenías guardado.
Monday, March 3, 2008
Las putas
Libia tenía los ojos verdes. Y en realidad sus ojos eran verdes. Parecía que había allí un bagaje nada despreciable; historias de amor truncas, felicidades de la infancia, la pura decadencia de la rutina. Todo estaba allí y se podía presentir con solo mirarla a los ojos, como si uno viera el fondo de un pozo atestados de momentos pasados. Todo lo que se reflejaba en sus ojos parecía remoto; Aun esa bella y palpable tristeza del momento, del acá, del ahora, se presentaba como una añoranza, algo inimaginablemente lejano. Un cóctel de agua y menta, eso eran sus ojos. Mostraban en realidad más de lo que uno quería conocer.
Su rostro era un tiempo postergado; se reflejaba sobre el una belleza que nunca había logrado llegar a ser. La mala vida, las carencias, los excesos habían mellado sus mejores años. El rostro se había caído algo hacia abajo y hacia delante, como si hubiese sufrido un pequeño desmoronamiento, una cicatriz casi imperceptible, un corte nimio pero presente maquillaba un costado derecho del ojo, la piel se había vuelto porosa y blanquecina, parecía verse a través de ella otra humanidad.
Su cuerpo no hubiese podido ofrecer nunca nada; Los senos pequeños se encontraba caídos, los muslos eran demasiado anchos, blancuzcos y viscosos. El cuerpo había ido tomando una forma extraña; Carente de caderas, ancho de hombros, de prominentes tobillos y de pies pequeños. Era una bella deformidad.
Pasaba el tiempo apoyada en el marco de la puerta de su cuarto, del otro lado del pasillo. Allí trabajaba. El marco de madera se encontraba astillado y estaba pintado de un rojo fuerte que yo jamás había visto antes. Desde donde me encontraba parecía sangre coagulada de plástico. Los ojos de Libia contrastaban contra el marco como dos praderas oblongas; El humo que subía de su cigarrillo, y algún gemido suave, el gris derruido del pasillo del edificio, todo formaban una que otra vez una sola impresión. Pero la mayoría de las veces aquello parecía ser solo un sueño; Aquellos ojos y el tiempo que se mantenía quieto; esos ruidos extraños que a veces se colaban del interior de las paredes y las risas lejanas, suaves, como de secreto de alcoba.
El pasillo era un espacio extenso, alto y angosto. Unas anchas vigas de madera de un amarillo deslucido cortaban de cuando en cuando el techo, horizontales. Sobre ellas se veía el anaranjado limpio de unos ladrillos grandes como cajas de zapatos. Gravitaban limpios y estáticos sobre nuestras cabezas, como esperando para caer todos de a una vez. El edifico sobre la calle Lavalle contaría con algo menos de un siglo y aunque daba la impresión de que no tardaría mucho en derrumbarse por mutus propio nada caía sobre el pasillo del primer piso, mas que algún resto de polvo que movían las ratas que ocupaban los pisos abandonados.
A veces se escuchaba el tintineo de la campana de la puerta de entrada, allí abajo, donde llegaban las viejas escaleras de mármol. Era un tramo empinado y melancólico, encapotado por un techo de madera en forma de arco. Aun costado, a medio camino de los empinados escalones, sobre el lado derecho, había una foto enmarcada de Gardel y Lepera. El vidrio del cuadro se mantenía cubierto de polvo y la imagen apenas lograba dilucidarse. Era un cuadro extraño. Nadie sabia en realidad de donde había salido, que función cumplía o porque seguía aun allí. Era nada más que una presencia quieta y constante, en un ambiente repleto de figuras quietas y constantes.
A veces, luego de escuchar la campanilla de la puerta de entrada se escuchaban los pasos subiendo por las escaleras. Siempre y cuando una cumbia no atestaba el pasillo. Luego un hombre aparecía tras las tiras de color que cubrían la entrada del pasillo; Entonces las mujeres se levantaban los corpiños, arrojaban los cigarrillos a un lado, formaban una sonrisa que se mezclaba con la expresión triste de sus rostros. El hombre se quedaba quieto un tiempo, miraba el paisaje y comenzaba adentrase como quien se adentra en un paraje desconocido y hostil.
Aquellos hombres llevaban un semblante desolado, ansioso, cuando no estupefaciente. Sus cuerpos eran duros, pero estaban quebrados. Muchos de ellos parecían venir luchando contra ellos mismos desde el principio de su existencia. Bolivianos esféricos, chaqueños oscuros, paraguayos pequeños, fibrosos y taciturnos. Todos aquellos hombres pertenecían a una sola especie; una raza subterránea de parias sociales. Estudiaban a las mujeres como si pudieran ver en ellas belleza, como si ellos pudieran descifrar una belleza oculta, que aunque tal vez estuviera presente, era tierra mancillada hacia ya tiempo. Yo sabia que ni siquiera ellos creían su mentira, pero aquello era tan solo una pantomima que se practicaba de ambos lados, con la complicidad de las putas. Ellas eran parte de aquella mentira, como ellos eran parte de la otra mitad de aquella farsa.
Su rostro era un tiempo postergado; se reflejaba sobre el una belleza que nunca había logrado llegar a ser. La mala vida, las carencias, los excesos habían mellado sus mejores años. El rostro se había caído algo hacia abajo y hacia delante, como si hubiese sufrido un pequeño desmoronamiento, una cicatriz casi imperceptible, un corte nimio pero presente maquillaba un costado derecho del ojo, la piel se había vuelto porosa y blanquecina, parecía verse a través de ella otra humanidad.
Su cuerpo no hubiese podido ofrecer nunca nada; Los senos pequeños se encontraba caídos, los muslos eran demasiado anchos, blancuzcos y viscosos. El cuerpo había ido tomando una forma extraña; Carente de caderas, ancho de hombros, de prominentes tobillos y de pies pequeños. Era una bella deformidad.
Pasaba el tiempo apoyada en el marco de la puerta de su cuarto, del otro lado del pasillo. Allí trabajaba. El marco de madera se encontraba astillado y estaba pintado de un rojo fuerte que yo jamás había visto antes. Desde donde me encontraba parecía sangre coagulada de plástico. Los ojos de Libia contrastaban contra el marco como dos praderas oblongas; El humo que subía de su cigarrillo, y algún gemido suave, el gris derruido del pasillo del edificio, todo formaban una que otra vez una sola impresión. Pero la mayoría de las veces aquello parecía ser solo un sueño; Aquellos ojos y el tiempo que se mantenía quieto; esos ruidos extraños que a veces se colaban del interior de las paredes y las risas lejanas, suaves, como de secreto de alcoba.
El pasillo era un espacio extenso, alto y angosto. Unas anchas vigas de madera de un amarillo deslucido cortaban de cuando en cuando el techo, horizontales. Sobre ellas se veía el anaranjado limpio de unos ladrillos grandes como cajas de zapatos. Gravitaban limpios y estáticos sobre nuestras cabezas, como esperando para caer todos de a una vez. El edifico sobre la calle Lavalle contaría con algo menos de un siglo y aunque daba la impresión de que no tardaría mucho en derrumbarse por mutus propio nada caía sobre el pasillo del primer piso, mas que algún resto de polvo que movían las ratas que ocupaban los pisos abandonados.
A veces se escuchaba el tintineo de la campana de la puerta de entrada, allí abajo, donde llegaban las viejas escaleras de mármol. Era un tramo empinado y melancólico, encapotado por un techo de madera en forma de arco. Aun costado, a medio camino de los empinados escalones, sobre el lado derecho, había una foto enmarcada de Gardel y Lepera. El vidrio del cuadro se mantenía cubierto de polvo y la imagen apenas lograba dilucidarse. Era un cuadro extraño. Nadie sabia en realidad de donde había salido, que función cumplía o porque seguía aun allí. Era nada más que una presencia quieta y constante, en un ambiente repleto de figuras quietas y constantes.
A veces, luego de escuchar la campanilla de la puerta de entrada se escuchaban los pasos subiendo por las escaleras. Siempre y cuando una cumbia no atestaba el pasillo. Luego un hombre aparecía tras las tiras de color que cubrían la entrada del pasillo; Entonces las mujeres se levantaban los corpiños, arrojaban los cigarrillos a un lado, formaban una sonrisa que se mezclaba con la expresión triste de sus rostros. El hombre se quedaba quieto un tiempo, miraba el paisaje y comenzaba adentrase como quien se adentra en un paraje desconocido y hostil.
Aquellos hombres llevaban un semblante desolado, ansioso, cuando no estupefaciente. Sus cuerpos eran duros, pero estaban quebrados. Muchos de ellos parecían venir luchando contra ellos mismos desde el principio de su existencia. Bolivianos esféricos, chaqueños oscuros, paraguayos pequeños, fibrosos y taciturnos. Todos aquellos hombres pertenecían a una sola especie; una raza subterránea de parias sociales. Estudiaban a las mujeres como si pudieran ver en ellas belleza, como si ellos pudieran descifrar una belleza oculta, que aunque tal vez estuviera presente, era tierra mancillada hacia ya tiempo. Yo sabia que ni siquiera ellos creían su mentira, pero aquello era tan solo una pantomima que se practicaba de ambos lados, con la complicidad de las putas. Ellas eran parte de aquella mentira, como ellos eran parte de la otra mitad de aquella farsa.
Thursday, February 7, 2008
Cancion trunca
Un hombre
que es tan solo
una cama y un placard
un florero en su lugar
No es facil
ser loco
hay que luchar y luchar
la cordura es tan brutal
que es tan solo
una cama y un placard
un florero en su lugar
No es facil
ser loco
hay que luchar y luchar
la cordura es tan brutal
Tuesday, February 5, 2008
Otto Von Vraun biography
Había una vez una vaca
en la quebrada del Humauhaca
como no tenia plata
le dieron matraca, matraca
Vaca hija de puta
la puta que te parió } bis
Esta es la famosa canción escrita en 1944 por el científico Alemán Otto Von Vraun en vísperas de la caída del tercer Reich bajo la ocupación de las tropas rusas. Acosado por la inexactitud de los resultados en los cálculos del peso específico del Uranio refinado 257 Von Vraun decide volcarse a la música y tomando el Uquelele regalado por el general Himmler compone esta hermosa pieza que pronto pasara al primer plano del patrimonio musical Germano. En patas y calzoncillos sale a la calle a cantar esta pieza bajo el fuego de los obuses Rusos. La crítica lo acusa de extremista; pero la critica muere en una emboscada en la batalla de Bratisburgo.
Von Vraun desaparece por varios años y reaparece en los sesenta en los bajos mundos de la ciudad de Kentucky con su banda Country Folk "Von Vraun y los 8 negros del Reich". Sacan un hit que estaría doce semanas en los charts de la ciudad "Adoro mi pollo Kentucky y chuqui, chuqui, chuqui" donde Von Vraun se explayaría sobre la fragilidad del ser y las ideas radicales de la nueva corriente clasista y combativa del Kentucky gremial and another things.
Von Vraun es echado a patadas en el orto de Kentucky a mediados de los setenta por negarse a ponerle sabora a un pancho y se radica en la ciudad de New York donde traba amistad con el artista plástico Andy Wharhol. De el diría "Esta mas loco que un poste de luz" a lo que Wharhol contraatacaría diciendo "No le entiendo ni jota, no hablo Alemán".
A final de los setenta Von Vraun se vuelca de lleno a la música y empieza a frecuentar el underground punk de New York hasta que logra formar una banda formada casi exclusivamente de adictos y ex profesores de literatura. "Von Vraun is not Norman Brisqui" ve la luz por primera vez el 4 de agosto del 1979 en la CBGB del barrio de Queens. Son la banda insignia del punk neoyorquino por casi tres meses hasta que Von Vraun se hace adicto a las llamadas telefónicas eróticas y la caga.
Casi veinte años le cuesta a Von Vraun llegar a un orgasmo con el método de estimulación telefónica. Todo este tiempo se mantiene a base de una dieta hecha exclusivamente de yogurt bebible que según el incrementa su poder sexual. Se sostiene con las regalías provenientes desde Alemania por la ascendente fama de su canción "La vaca puta del Humauhaca".
Von Vraun supera por fin su adicción a fines del 2004 tras un recital a Beneficio "Von Vraun Aids" donde acuden grandes personajes del ambiente musical mundial. "El Alemán chungo", como le llaman sus amigos, forma en el 2005 la banda "Von Vraun vamo que vamo" y saca al mercado un álbum doble llamado "Graham Bell piece of shit".
Von Vraun muere el 4 de julio del 2006 mientras conduce su auto convertible por una autopista a ciento noventa quilómetros por hora. Se encuentra un teléfono celular pegado al craneo del difunto desde donde sale una voz que dice "Si papi, tócame bebe". Los funerales son multitudinarios. Bono, cantante de U2, dice de el que nunca lo conoció y que no tiene idea de su obra. La convención de Ginebra comienza a sospechar que Von Vraun era un criminal de guerra.
Sea como sea en el corazón del pueblo Alemán todavía queda esta hermosa melodía que reza:
Había una vez una vaca
en la quebrada del humahuaca
como no tenia plata
le dieron matraca, matraca
vaca hija de puta
la puta que te pario} bis
A la memoria de Otto Von Vraun
en la quebrada del Humauhaca
como no tenia plata
le dieron matraca, matraca
Vaca hija de puta
la puta que te parió } bis
Esta es la famosa canción escrita en 1944 por el científico Alemán Otto Von Vraun en vísperas de la caída del tercer Reich bajo la ocupación de las tropas rusas. Acosado por la inexactitud de los resultados en los cálculos del peso específico del Uranio refinado 257 Von Vraun decide volcarse a la música y tomando el Uquelele regalado por el general Himmler compone esta hermosa pieza que pronto pasara al primer plano del patrimonio musical Germano. En patas y calzoncillos sale a la calle a cantar esta pieza bajo el fuego de los obuses Rusos. La crítica lo acusa de extremista; pero la critica muere en una emboscada en la batalla de Bratisburgo.
Von Vraun desaparece por varios años y reaparece en los sesenta en los bajos mundos de la ciudad de Kentucky con su banda Country Folk "Von Vraun y los 8 negros del Reich". Sacan un hit que estaría doce semanas en los charts de la ciudad "Adoro mi pollo Kentucky y chuqui, chuqui, chuqui" donde Von Vraun se explayaría sobre la fragilidad del ser y las ideas radicales de la nueva corriente clasista y combativa del Kentucky gremial and another things.
Von Vraun es echado a patadas en el orto de Kentucky a mediados de los setenta por negarse a ponerle sabora a un pancho y se radica en la ciudad de New York donde traba amistad con el artista plástico Andy Wharhol. De el diría "Esta mas loco que un poste de luz" a lo que Wharhol contraatacaría diciendo "No le entiendo ni jota, no hablo Alemán".
A final de los setenta Von Vraun se vuelca de lleno a la música y empieza a frecuentar el underground punk de New York hasta que logra formar una banda formada casi exclusivamente de adictos y ex profesores de literatura. "Von Vraun is not Norman Brisqui" ve la luz por primera vez el 4 de agosto del 1979 en la CBGB del barrio de Queens. Son la banda insignia del punk neoyorquino por casi tres meses hasta que Von Vraun se hace adicto a las llamadas telefónicas eróticas y la caga.
Casi veinte años le cuesta a Von Vraun llegar a un orgasmo con el método de estimulación telefónica. Todo este tiempo se mantiene a base de una dieta hecha exclusivamente de yogurt bebible que según el incrementa su poder sexual. Se sostiene con las regalías provenientes desde Alemania por la ascendente fama de su canción "La vaca puta del Humauhaca".
Von Vraun supera por fin su adicción a fines del 2004 tras un recital a Beneficio "Von Vraun Aids" donde acuden grandes personajes del ambiente musical mundial. "El Alemán chungo", como le llaman sus amigos, forma en el 2005 la banda "Von Vraun vamo que vamo" y saca al mercado un álbum doble llamado "Graham Bell piece of shit".
Von Vraun muere el 4 de julio del 2006 mientras conduce su auto convertible por una autopista a ciento noventa quilómetros por hora. Se encuentra un teléfono celular pegado al craneo del difunto desde donde sale una voz que dice "Si papi, tócame bebe". Los funerales son multitudinarios. Bono, cantante de U2, dice de el que nunca lo conoció y que no tiene idea de su obra. La convención de Ginebra comienza a sospechar que Von Vraun era un criminal de guerra.
Sea como sea en el corazón del pueblo Alemán todavía queda esta hermosa melodía que reza:
Había una vez una vaca
en la quebrada del humahuaca
como no tenia plata
le dieron matraca, matraca
vaca hija de puta
la puta que te pario} bis
A la memoria de Otto Von Vraun
Wednesday, January 30, 2008
Las tolderias
Aun siento
Desde lejos
En tus pechos
El olor a semen seco
Vos reías
Todo el dia
Yo tomaba todo el vino
De las pulperías
Vos reías
Y querías
Festejar los días
Amando a todos los hombres de las tolderias
Desde lejos
En tus pechos
El olor a semen seco
Vos reías
Todo el dia
Yo tomaba todo el vino
De las pulperías
Vos reías
Y querías
Festejar los días
Amando a todos los hombres de las tolderias
Sunday, December 9, 2007
Radiohead pieces
Ella vive con un hombre quebrado,
un hombre de poliestireno agrietado
que se viene abajo y arde.
un hombre de poliestireno agrietado
que se viene abajo y arde.
Tuesday, December 4, 2007
Reposera infernal
No sabe nada el puto tio cabron. Cerrarle la boca de un puñetazo en su puto caretón tonto, tonto, tonto, tendría. Tendría que eso hacer y más. Partirle su mandarina en gajos. Eso que ni que. Y yo acá abarrotado de toda esa culiada bajonada de la merca. Y el puto haciéndose el novio con el transa y eso; Como si fuese su novia o algo. Como si ese transeta apestoso, grasiento como una tostada con manteca olvidada arriba de un aljibe en un dia de verano fuera su chica. Algo asqueroso, asqueroso, asqueroso el negro transeta ese. Y el intercambiando risitas como si fuera la puta novia, como si fuera la puta novia que es puta puta de verdad. Un verdadero monumento al genero gatuno la novia del sarlanga este. Una cosa de cómo que uno quiere hacerse una colección realmente bonita de cuernos, como las mierdas que le salen de la espada a la virgen Maria, o uno de esos Poquemones boludos que parecen inventados por algún chino con una depresión realmente jodida o un retraso mental grave.
Lo miro. El jodido chabon parece estar soldado al teléfono; Habla y sonríe ¿Como carajo alguien que viene tomando merca dos días seguidos puede llegar a sonreír? Pienso que se le soldaron los dientes. Y sin embargo el alto culiado inescrupuloso sigue estirando la lengua, dando charla y me pone mas hasta las pelotas.
Me levanto del sillón y camino hasta el teléfono. Me paro al lado, rozando el aparato con la punta de los jeans gastados.
_ ¿Y? Amiguito_ pregunto nervioso.
Apenas si puedo articular palabra, transpiro chorros y siento como el cuerpo se me acalambra. Articular esas solas palabras me pone de malar humor, me fastidia, y me agarra un repentino pánico de morderme la lengua en la próxima frase. Imagino las mandíbulas duras cortando la carne y un chorro rojo rojo que explota en mi lengua. La imagen me causa un espasmo y sin embargo tengo que seguirle hablando, comunicándome con el terrible engendro que sostiene el teléfono_ ¿Vas a seguir teniendo sexo telefónico con el Negro o vamos a ir a pegar algo de pastafrula?
El solo nombre me causa placer. Siento dentro mío que hay algo que no encaja. Como si de repente cayera una ficha del tetris que jamás vi, una jodida, con la forma de la esvástica, y yo tuviera que hacerla encajar sin embarrar la cancha. Pero esta bien. Esta bien eso y mas amiguitos. Una jodida cagada esto de estar re chungo de pastafrula en tizas y así. Me pica la parte de adentro de la nariz y parece que respirara acido. Pero decía; Esta bien, cuando uno esta base base, pensar todo en un concepto tétrico. Digamos decir, pensar todo en relación con el jodido tetris. Cada jodida situación hay que pensarla en base al juego, y eso ayuda a racionalizar cuando el raciocinio ya casi no da para más. Cada concepto debe ser pensado en base a una ficha que debe caer en su lugar. Pensado lento lento, dando y dando vuelta, hasta tomar forma. Ese es el pensamiento tétrico, amiguitos. Lo inventamos yo y otro chavalcete, un pibe bueno bueno como el pan de miga, que un año nuevo en la costanera se tiro al rio en pleno transe lisergico y desapareció con la mierda, el muy mierda, y no se si el muy hijoputa lisérgico no contamino mas el agua que todas las fabricas asesinas del docke, donde alguna vez se consiguió algo de buena pastafrula, pero ahora esta repleta de la peste básica que los negritos se fuman de chiquitos chiquitos para morirse como sapitos resecos al sol. Esos tiítos si que no tiene alma. Ni crecer para ser la peste que pueble el nuevo mundo llegan a ser. Son el humo del humo, del talco del talco, de la pipa que el mismisimito lucifer se fuma las mañanas soleadas de verano en su reposera infernal.
Lo miro. El jodido chabon parece estar soldado al teléfono; Habla y sonríe ¿Como carajo alguien que viene tomando merca dos días seguidos puede llegar a sonreír? Pienso que se le soldaron los dientes. Y sin embargo el alto culiado inescrupuloso sigue estirando la lengua, dando charla y me pone mas hasta las pelotas.
Me levanto del sillón y camino hasta el teléfono. Me paro al lado, rozando el aparato con la punta de los jeans gastados.
_ ¿Y? Amiguito_ pregunto nervioso.
Apenas si puedo articular palabra, transpiro chorros y siento como el cuerpo se me acalambra. Articular esas solas palabras me pone de malar humor, me fastidia, y me agarra un repentino pánico de morderme la lengua en la próxima frase. Imagino las mandíbulas duras cortando la carne y un chorro rojo rojo que explota en mi lengua. La imagen me causa un espasmo y sin embargo tengo que seguirle hablando, comunicándome con el terrible engendro que sostiene el teléfono_ ¿Vas a seguir teniendo sexo telefónico con el Negro o vamos a ir a pegar algo de pastafrula?
El solo nombre me causa placer. Siento dentro mío que hay algo que no encaja. Como si de repente cayera una ficha del tetris que jamás vi, una jodida, con la forma de la esvástica, y yo tuviera que hacerla encajar sin embarrar la cancha. Pero esta bien. Esta bien eso y mas amiguitos. Una jodida cagada esto de estar re chungo de pastafrula en tizas y así. Me pica la parte de adentro de la nariz y parece que respirara acido. Pero decía; Esta bien, cuando uno esta base base, pensar todo en un concepto tétrico. Digamos decir, pensar todo en relación con el jodido tetris. Cada jodida situación hay que pensarla en base al juego, y eso ayuda a racionalizar cuando el raciocinio ya casi no da para más. Cada concepto debe ser pensado en base a una ficha que debe caer en su lugar. Pensado lento lento, dando y dando vuelta, hasta tomar forma. Ese es el pensamiento tétrico, amiguitos. Lo inventamos yo y otro chavalcete, un pibe bueno bueno como el pan de miga, que un año nuevo en la costanera se tiro al rio en pleno transe lisergico y desapareció con la mierda, el muy mierda, y no se si el muy hijoputa lisérgico no contamino mas el agua que todas las fabricas asesinas del docke, donde alguna vez se consiguió algo de buena pastafrula, pero ahora esta repleta de la peste básica que los negritos se fuman de chiquitos chiquitos para morirse como sapitos resecos al sol. Esos tiítos si que no tiene alma. Ni crecer para ser la peste que pueble el nuevo mundo llegan a ser. Son el humo del humo, del talco del talco, de la pipa que el mismisimito lucifer se fuma las mañanas soleadas de verano en su reposera infernal.
Tuesday, November 27, 2007
Techistica
Hay que decir la verdad, un día me canse de toda esta vida, aunque no de su verticalidad. La gente era demasiada mierda; Y decidí ocupar los techos. Así de fácil. Yo caminaba por los techos, que eran lugar virgen de la ambición humana, y los otros pobres diablos andan por ahí, zapateando los pisos archí usados. Y me acostumbre a esa vida. Me acostumbre al tibio beso de las lámparas, a poder juzgar todos y cada uno de los escotes que ocupaban mi campo visual, a caminar de noche sin tropezarme con algún mueble.
Era una vida placentera, donde uno era dueño de su espacio. Tenia sus contrariedades, como todas las cosas, pero escuchen algo que aprendí de aquella experiencia; El hombre no se a acostumbrado aun a hacer un piso sin planear un techo. Así que ahí estaba yo en el trabajo, tipeando tranquilo con todo el techo para mí. Y ya se lo que pensaran algunos, y es verdad, el mundo real estaba abajo; el café, las aspirinas, el inodoro, todo. Pero hay que ver lo solidaria que es la gente cuando uno toma una decisión de esas medidas. Si si. Es gracioso cuando uno le tiran su primera lapicera al techo; verla volar en contra de la gravedad, caer hacia arriba. Y a la gente le gusta, por lo menos al principio. ¿Quien no quiere ver la gracia? Por que si a Newton se le salto un punto en su teoría esa era la voluntad humana. Y nada; Iba al trabajo, pasaba los días, iba a las fiestas siempre andando por el techo. Me sentía un dios. No porque estuviera mas arriba que los demás; Sino por el simple hecho desde aquella perspectiva no solo podía ver las cabezas (y los senos) sino que podía adivinar los pensamientos que salían de aquellas cocochas.
Es real que cuando tenía que caminar por la calle, con una verticalidad positiva, por llamarlo de alguna manera, me mareaba bastante. O que en los colectivos la gente me insultaba más de lo habitual. Pero es raro estar en la ciudad en un lugar abierto y mas rápido de lo que muchos podrían imaginar me empezaron a aceptar. En los bares siempre había un pibe que me traía una mesa al techo, a las chicas le excitaba mi exotismo techistico; En el trabajo me ascendían porque creían que yo me manejaba sobre el nivel de mis compañeros. Fue en mi cumpleaños; momento en el que yo me consideraba un tipo completamente feliz por mi desición, una de las mas inteligentes que el hombre a tomado, que me encontré con un fulano que entro a mi casa lo mas campante zapateando por el techo. Yo no supe que decir. Pero el muy descarado me dijo que yo era un genio, un visionario dijo, y se sentó en mi única silla techistica y se puso a golpear con un dedo el foquito de sesenta. Imaginen mi indignación. Pero no termino ahí. De a poco comenzaron a agregarse mas; Tipos que no merecían pisar el techo el que yo ocupaba. Aprovechaban a jugar al fútbol porque decían que no había lugar mejor. Escupían a los de abajo, se cagaban en cualquier ética techistica. Y eso, justamente eso, atrajo a otros. Se imaginaran lo que paso. De un día para otro aldábame codeando y empujando con tipejos a los que en su puta vida le había ido la sangre a la cabeza. Palermo, Belgrano, San Telmo; no había un bar donde las mesas no ocuparan únicamente el techo. Por supuesto, como siempre, no había cristo que no jurara que el había nacido de cabeza. Nada; ahora ando por las paredes, pero ya veo que me miran de reojo. En este mundo no se pude caminar tranquilo; Y tendrían que ver los rodeos que hay que hacer para ir al baño caminando por la paredes. Es otro viaje. Se disfruta si uno es un tipo abierto a otras experiencias y es realmente confuso. Me gusta mucho; que puedo decir. Pero ya me estoy esperando un tipejo que me joda en mi soledad horizontal; Y nada, con la paredistica paso algo raro. La gente se obnubila más por la inmediatez de un hecho que por la razón que lo origino. Y se olvida; Sobre todo la gente se olvida
Pero que se le va a hacer; La vida es así. Nadie le deja espacio a uno ni para ser original. Estaba yo pensando ahora mudarme dentro de la cubierta de la rueda de un colectivo; por lo que se son calentitas, mas espaciosas que un departamento de dos ambientes en capital y uno tiene la ventaja de que siempre esta en movimiento. Pero no digan nada; los chismes corren y saben como es la gente; no los conforman ni con toda la línea del 60. Putos tíos.
Era una vida placentera, donde uno era dueño de su espacio. Tenia sus contrariedades, como todas las cosas, pero escuchen algo que aprendí de aquella experiencia; El hombre no se a acostumbrado aun a hacer un piso sin planear un techo. Así que ahí estaba yo en el trabajo, tipeando tranquilo con todo el techo para mí. Y ya se lo que pensaran algunos, y es verdad, el mundo real estaba abajo; el café, las aspirinas, el inodoro, todo. Pero hay que ver lo solidaria que es la gente cuando uno toma una decisión de esas medidas. Si si. Es gracioso cuando uno le tiran su primera lapicera al techo; verla volar en contra de la gravedad, caer hacia arriba. Y a la gente le gusta, por lo menos al principio. ¿Quien no quiere ver la gracia? Por que si a Newton se le salto un punto en su teoría esa era la voluntad humana. Y nada; Iba al trabajo, pasaba los días, iba a las fiestas siempre andando por el techo. Me sentía un dios. No porque estuviera mas arriba que los demás; Sino por el simple hecho desde aquella perspectiva no solo podía ver las cabezas (y los senos) sino que podía adivinar los pensamientos que salían de aquellas cocochas.
Es real que cuando tenía que caminar por la calle, con una verticalidad positiva, por llamarlo de alguna manera, me mareaba bastante. O que en los colectivos la gente me insultaba más de lo habitual. Pero es raro estar en la ciudad en un lugar abierto y mas rápido de lo que muchos podrían imaginar me empezaron a aceptar. En los bares siempre había un pibe que me traía una mesa al techo, a las chicas le excitaba mi exotismo techistico; En el trabajo me ascendían porque creían que yo me manejaba sobre el nivel de mis compañeros. Fue en mi cumpleaños; momento en el que yo me consideraba un tipo completamente feliz por mi desición, una de las mas inteligentes que el hombre a tomado, que me encontré con un fulano que entro a mi casa lo mas campante zapateando por el techo. Yo no supe que decir. Pero el muy descarado me dijo que yo era un genio, un visionario dijo, y se sentó en mi única silla techistica y se puso a golpear con un dedo el foquito de sesenta. Imaginen mi indignación. Pero no termino ahí. De a poco comenzaron a agregarse mas; Tipos que no merecían pisar el techo el que yo ocupaba. Aprovechaban a jugar al fútbol porque decían que no había lugar mejor. Escupían a los de abajo, se cagaban en cualquier ética techistica. Y eso, justamente eso, atrajo a otros. Se imaginaran lo que paso. De un día para otro aldábame codeando y empujando con tipejos a los que en su puta vida le había ido la sangre a la cabeza. Palermo, Belgrano, San Telmo; no había un bar donde las mesas no ocuparan únicamente el techo. Por supuesto, como siempre, no había cristo que no jurara que el había nacido de cabeza. Nada; ahora ando por las paredes, pero ya veo que me miran de reojo. En este mundo no se pude caminar tranquilo; Y tendrían que ver los rodeos que hay que hacer para ir al baño caminando por la paredes. Es otro viaje. Se disfruta si uno es un tipo abierto a otras experiencias y es realmente confuso. Me gusta mucho; que puedo decir. Pero ya me estoy esperando un tipejo que me joda en mi soledad horizontal; Y nada, con la paredistica paso algo raro. La gente se obnubila más por la inmediatez de un hecho que por la razón que lo origino. Y se olvida; Sobre todo la gente se olvida
Pero que se le va a hacer; La vida es así. Nadie le deja espacio a uno ni para ser original. Estaba yo pensando ahora mudarme dentro de la cubierta de la rueda de un colectivo; por lo que se son calentitas, mas espaciosas que un departamento de dos ambientes en capital y uno tiene la ventaja de que siempre esta en movimiento. Pero no digan nada; los chismes corren y saben como es la gente; no los conforman ni con toda la línea del 60. Putos tíos.
Wednesday, November 21, 2007
Sunday, November 18, 2007
Braunis
_ Me acuerdo de una película de Woody Allen, la mina le comenta a Woody; “Nunca te dije lo de mi marido, fue una tragedia, era disléxico, lo único que sabia escribir era su nombre, se llamaba Otto”_ Comento Miro mientras caminaban por la vereda de la vieja fabrica y miro a Otto.
Otto le respondió con una sonrisa. Venia tomada de la mano de Frankfurt, mirando el piso, ensimismada.
_ A mi me gustan las películas de sangre_ dijo Benigna _ Cuantos mas brazos arrancados, cerebros volando y sangre salpicando mejor. Me gustan la de los muertos vivos y las de Freddy y Jason. Soy una agradecida de Wes Craven, Romero y Carpenter.
_ Vos lo que pasa es que no tenes criterio_ critico Miro.
_ “Vos lo que pasa es que no tenes criterio”_ imito Benigna poniendo vos nasal_ ¿Saben que la madre de Miro es una nariz parada que vive en un petite hotel todo para ella sola y tiene un mucamo negro que la atiende? ¡¡Es negro y usa uno de esos trajecitos con moño de mono bailarín de vitrola!!!Viene con cuchara de plata en la boca Don criterioso. Después anda pidiendo plata y se la termina gastando en libros de Milan Kundera_ y remato esto ultimo con una risotada.
_ Fue un solo libro de Milan Kundera_ corrigió Miro_ y no se que tenes contra Milan Kundera. Aparte, lo de mi tía, porque es mi tía aunque me haya cuidado como una madre, no es esnobismo, simplemente es un fetiche sexual. Kirindhu esta en casa desde que tengo memoria y es mas que un mucamo, Kirindhu tiene tanta vos como cualquiera, es como una especie de padre, en una forma muy particular de verlo.
_ Amen_ remato Frankfurt_ Yo en cambio ayer vi una película con Cameron Díaz donde aparecía un poema de E.E Cummings.
_ Que traumático debe ser llamarse E.E_ comento Benigna.
_ Así quedo.
_ Yo me lo imagino almorzando braunis con H.P. y J.J.R.
_ ¿Que carajo son los braunis?_ pregunto Frankfurt.
_ A mi me suena a un equipo gay de Basquetball_ dijo Miro_ Tipo los Braunis de Oklahoma.
_ Me encantaría diseñarles los uniformes_ acoto Otto, que era diseñadora de ropa_ Unos equipos rosas, con volados en los pantalones shorts, pero con fuerza, tipo gay power; Braunis Okland, goo, goo_ canturreo.
_ ¿Pantalones shorts?_ la miro Frankfurt bajando el ceño, con una sonrisa_ Parece una de esas combinaciones de palabras que hubiese usado mi abuela.
_ Vos lo decís por eso de “pantalones vaqueros” en vez de vaqueros o jeans.
_ Mi abuela les dice Levis_ acoto Benigna.
_ Esta bien que le diga Levis_ exclamo Miro_ A los vaqueros los invento Levi strauss para no rasparse las rodillas.
_ Eso es una leyenda, Miro_ refuto Frankfurt_ A los Jeans los invento un judío con el mismo apellido y que nunca había oído hablar de estructuralismo, pero venia oliendo el capitalismo desde lejos, se puso un kiosco en California en la época de la fiebre del oro.
_ Le debe haber ido bien.
_ Imaginate.
_ ¿A donde vamos?_ pregunto Otto, que había vuelto a ensimismarse, imaginando el equipo de basquetball gay en accion, atacando, defendiendo, tirando triples que caían puntualmente en la cesta. Y luego festejaban con un delirio sobreactuado, moviéndose como mariposas. Otto imaginaba en su cabeza el movimiento de las telas, el rose del contacto con la piel, el efecto de los colores. A cada movimiento de los jugadores el conjunto era una prenda nueva, más versátil, más vistosa, mejorada. Y dentro de cada prenda cada uno de los jugadores iba tomando una personalidad definida. Otto era una maquina afinada y su cabeza lo podía ir diseñando todo; personas, ropas, escenarios. No sabia bien como lo hacia, era un autismo natural. Había participado en el diseño de vestuario de varias películas y había terminado abarcándolo todo. Cada detalle tenia dentro otro detalle, y cada uno se conectaba misteriosamente con los demás, y ella podía descubrir, sabia, los hilos que unían el todo. Así era Otto, así era su mundo interior.
_ A lo de Goethe. Es un viejo cincuentón, pintor y gay, que dice que es pariente lejano del Goethe alemán. Pinta cuadros gigantes de los dibujos que traían antes las cartucheras de Sarah Kay. Es algo realmente espeluznante
Otto le respondió con una sonrisa. Venia tomada de la mano de Frankfurt, mirando el piso, ensimismada.
_ A mi me gustan las películas de sangre_ dijo Benigna _ Cuantos mas brazos arrancados, cerebros volando y sangre salpicando mejor. Me gustan la de los muertos vivos y las de Freddy y Jason. Soy una agradecida de Wes Craven, Romero y Carpenter.
_ Vos lo que pasa es que no tenes criterio_ critico Miro.
_ “Vos lo que pasa es que no tenes criterio”_ imito Benigna poniendo vos nasal_ ¿Saben que la madre de Miro es una nariz parada que vive en un petite hotel todo para ella sola y tiene un mucamo negro que la atiende? ¡¡Es negro y usa uno de esos trajecitos con moño de mono bailarín de vitrola!!!Viene con cuchara de plata en la boca Don criterioso. Después anda pidiendo plata y se la termina gastando en libros de Milan Kundera_ y remato esto ultimo con una risotada.
_ Fue un solo libro de Milan Kundera_ corrigió Miro_ y no se que tenes contra Milan Kundera. Aparte, lo de mi tía, porque es mi tía aunque me haya cuidado como una madre, no es esnobismo, simplemente es un fetiche sexual. Kirindhu esta en casa desde que tengo memoria y es mas que un mucamo, Kirindhu tiene tanta vos como cualquiera, es como una especie de padre, en una forma muy particular de verlo.
_ Amen_ remato Frankfurt_ Yo en cambio ayer vi una película con Cameron Díaz donde aparecía un poema de E.E Cummings.
_ Que traumático debe ser llamarse E.E_ comento Benigna.
_ Así quedo.
_ Yo me lo imagino almorzando braunis con H.P. y J.J.R.
_ ¿Que carajo son los braunis?_ pregunto Frankfurt.
_ A mi me suena a un equipo gay de Basquetball_ dijo Miro_ Tipo los Braunis de Oklahoma.
_ Me encantaría diseñarles los uniformes_ acoto Otto, que era diseñadora de ropa_ Unos equipos rosas, con volados en los pantalones shorts, pero con fuerza, tipo gay power; Braunis Okland, goo, goo_ canturreo.
_ ¿Pantalones shorts?_ la miro Frankfurt bajando el ceño, con una sonrisa_ Parece una de esas combinaciones de palabras que hubiese usado mi abuela.
_ Vos lo decís por eso de “pantalones vaqueros” en vez de vaqueros o jeans.
_ Mi abuela les dice Levis_ acoto Benigna.
_ Esta bien que le diga Levis_ exclamo Miro_ A los vaqueros los invento Levi strauss para no rasparse las rodillas.
_ Eso es una leyenda, Miro_ refuto Frankfurt_ A los Jeans los invento un judío con el mismo apellido y que nunca había oído hablar de estructuralismo, pero venia oliendo el capitalismo desde lejos, se puso un kiosco en California en la época de la fiebre del oro.
_ Le debe haber ido bien.
_ Imaginate.
_ ¿A donde vamos?_ pregunto Otto, que había vuelto a ensimismarse, imaginando el equipo de basquetball gay en accion, atacando, defendiendo, tirando triples que caían puntualmente en la cesta. Y luego festejaban con un delirio sobreactuado, moviéndose como mariposas. Otto imaginaba en su cabeza el movimiento de las telas, el rose del contacto con la piel, el efecto de los colores. A cada movimiento de los jugadores el conjunto era una prenda nueva, más versátil, más vistosa, mejorada. Y dentro de cada prenda cada uno de los jugadores iba tomando una personalidad definida. Otto era una maquina afinada y su cabeza lo podía ir diseñando todo; personas, ropas, escenarios. No sabia bien como lo hacia, era un autismo natural. Había participado en el diseño de vestuario de varias películas y había terminado abarcándolo todo. Cada detalle tenia dentro otro detalle, y cada uno se conectaba misteriosamente con los demás, y ella podía descubrir, sabia, los hilos que unían el todo. Así era Otto, así era su mundo interior.
_ A lo de Goethe. Es un viejo cincuentón, pintor y gay, que dice que es pariente lejano del Goethe alemán. Pinta cuadros gigantes de los dibujos que traían antes las cartucheras de Sarah Kay. Es algo realmente espeluznante
Saturday, November 17, 2007
Mi nariz
Todo el dia juego
con mi nariz
que hace traka-triki
que hace triki-traka
y asi estoy yo
y asi vos no estas
y entonces traka-triki
y mas triki-traka
con mi nariz
que hace traka-triki
que hace triki-traka
y asi estoy yo
y asi vos no estas
y entonces traka-triki
y mas triki-traka
Friday, November 16, 2007
Ismael espedido por el licenciado Aymarac (cacique de la tribu de los Pichimaguidos) a razon del vigésimo octavo cumpleaños de su seguro servidor
Jelou querido Frankovich, como le anda ud.?
Hoy, en en este día en el que, las palometas te felicitaran, los misiles no bolaran por tu cabeza, los tragasables adularan tu nombre, las tutucas saltaran de felicidad, las calamidades se vuelven poesia, la trigonometria se convierte en tragonometria y los militares odian esa gente pero yo las quiero para mi, te mando un abrazo fraternal y un muy FELIZ CUMPLEAÑOS.
Pasala benne y diviertete sanamente.
Ayma
Hoy, en en este día en el que, las palometas te felicitaran, los misiles no bolaran por tu cabeza, los tragasables adularan tu nombre, las tutucas saltaran de felicidad, las calamidades se vuelven poesia, la trigonometria se convierte en tragonometria y los militares odian esa gente pero yo las quiero para mi, te mando un abrazo fraternal y un muy FELIZ CUMPLEAÑOS.
Pasala benne y diviertete sanamente.
Ayma
Wednesday, November 14, 2007
Ceci
Estuvo casi una ahora sentado en el comedor, en calzoncillos, mirándose la punta desnuda de los pies, tratando de no pensar. Por supuesto que la resaca dejaba esa perspectiva tan lejana como la esperanza del hombre de volar por mutus propio. La cabeza, al menos su interior, se movía de un lado al otro, yendo de los hechos pasados al incierto porvenir, como si todo fuera el hilo conductor de una misma tragedia. Finalmente escucho el sonido del timbre y calzándose un par de pantalones, se dirigió hacia la puerta.
Del otro lado encontró a Chofi; con los ojos inyectados en sangre y su largo rostro de nada. A veces era así como se le presentaba, con aquel rostro de nada, como uno de esos carteles callejeros verdes del gobierno, donde se pegan afiches, pero sin afiche alguno; solo el marco verde y el interior vació. Esa era el rostro de Chofi a veces, un enorme marco vació.
_ ¿Ahora que querés?_ pregunto Cecilio, sin furia, sin convicción_¿Que te entregue el orto?
_¿Ah?_ balbuceo Chofi.
No parecía entender lo que Cecilio decía. Llevaba la misma remera Hawaiana, los mimos calzoncillos largos, las mismas chinelas multicolor.
_ Vine a ver Samurai Jack. Hoy es sábado te acordas? Me cortaron el cable, te acordas? Vengo todos los sábados.............a ver Samurai Jack.
Cecilio no se acordaba. Si sabia que era sábado, por que el día anterior había sido viernes y le había cortado la cara a la chica con las astillas de vidrió de la botella de Whisky, pero no se acordaba en concreto que Chofi viniera los sábados a ver los dibujitos, aunque si, se sabia muchos días mirando el Cartón Network junto Chofi.
_ Dale, pasa_ dijo Cecilio, simplemente.
Chofi paso y sin decir permiso prendió el televisor y cambio de canales hasta encontrar el Cartoon Network. Luego saco un enorme porro que a Cecilio le hizo recordar al que Bob Marley ostentaba en posters y remeras. Lo prendió sin la menor consideración, pito y tosió varias veces.
_ Todavía no empeso_ dijo Chofi apuntado al televisor e inmediatamente agrego_ Ayer tocabas el piano.
_ ¿Que?_ pregunto Cecilio.
_ Ayer a la noche, cuando llegaste, tocaste el piano.
_ Imposible.
_ Te digo que tocabas el piano_ insistió Chofi.
_ Y yo te digo que es imposible_ insitio Cecilio, molesto, más que molesto; furioso.
_ Da lo mismo, parecía una pelea de gatos_ exclamo Chofi y le alcanzo el porro_ ¿Querés?
Cecilio negó con la mano.
_ Es el tuyo_ aclaro Chofi.
_ Siempre es el mío_ refunfuño Cecilio.
Se le partía la cabeza y los comentarios de Chofi no le ayudaban para mucho. Miraron Samurai Jack, luego Chofi quiso ver Liga de la Justicia, luego quiso ver La vaca y El pollito y término mirando los viejos capítulos de Tom Y Jerry. Cecilio no presto atención a nada, le gustaban los dibujitos pero se sentía demasiado hecho mierda como para prestarle atención a algo. Se concentraba en sentirse bien y verdaderamente su concentración no venia dando buenos resultados.
_ ¿Vos no haces nada?_ pregunto finalmente Cecilio, cuando se hastío de la presencia de Chofi, de las persecuciones de Tom y Jerry, el humo de la marihuana, el latido incesante de sus sienes_ Te la pasas todo el día encerrado fumando y escuchando esa mierda?
_ Soy escritor_ afirmó Chofi, sin despegar la vista del televisor.
_ Es lo que siempre me decís, pero.....¿que carajo escribís?
_ Estoy escribiendo un libro sobre la cumbia villera; Corre Guachin, Ráfaga, Las Damas, el pelo, el faso, todo, todo es parte del trabajo, puro trabajo, Ceci. Yo cuando me meto me meto en serio, ¿sabes? Estoy ahondándome en el mundo de la bailanta. Va bien, el libro, digo.......bueno, no se, mas o menos. Me cuelga el faso, ¿sabes?
_ ¿Las Damas? ¿De que carajo hablas?; de la mina que estaba el otro día en tu casa.
_ Las Damas Gratis, Ceci, la banda_ corrigió Chofi con una sonrisa y luego esgrimió un gesto de desconcierto_ ¿De que mina me hablas?
_ La que estaba ayer en tu casa, tirada en la alfombra, cuando viniste a pedirme el faso.
_ ¿Ayer estaba con una mina?; Ni idea, che. ¿Vos estas seguro?
_ Dejalo ahí, no importa_ dijo Cecilio olvidándose por uno segundos de la resaca_ Y decime; ¿Cómo carajo termino convirtiéndose en escritor un tipo como vos? La verdad que das mas el tipo cartonero.
_ Te digo que es una fachada; A mi, en verdad, me gusta Wagner.
_ A mi Paramougnt, pero eso no contesta a mi pregunta_ se bufo Cecilio.
_ ¡¡Uh, no¡¡ Esa mierda de Pokemon_ dijo Chofi, de repente, y quedo de pie junto a la silla un rato. Luego, cuando volvió en si, miro a Cecilio con una sonrisa triste sobre el rostro_ Sabes, Ceci, vos me caes bien.
Cecilio no dijo nada. Un aura extraña se desprendió de aquéllas palabras. Se había desacostumbrado a esa especie de contención fraternal tan común entre los amigos, lo seres queridos, y las palabras de Chofi se le presentaban como una caricia a un perro demasiado apaleado. Había una cuota de felicidad, y una cuota de cautela, casi desconfianza. Hacia un buen tiempo, no demasiado, que había hecho una muralla entre el y el mundo. No necesitaba más que ambos se encontraran uno frente al otro para que se desatara la guerra, y el mundo era algo demasiado grande como para esperar una victoria. Había decidido tomar distancia y convivir a solas con el mismo, por lo menos, en la medida de lo posible. Y sin embargo seguían llegando gente como Patricia, o como Chofi, que se arriesgaban a quererlo, aun cuando el se encontraba decididamente a la defensiva de todo.
_ Dejame de joder_ exclamo Cecilio_ Si querés más faso pedime y punto, no te hagas el lisonjero. Chofi sonrió.
_ La verdad que no lo había pensado, pero si tenés algo....
Cuando Chofi se fue Cecilio se atrevió a mirar el órgano, a pensar que tal vez, de alguna manera, solo tenia que sentarse y presionar las teclas con los diez dedos, con decisión, y entonces todo saldría como salía antes; solo.
Se dirigió al aparato pero antes de llegar el gran insecto negro le salió al paso. Un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo, como si alguien lo hubiese sorprendido de repente tratando de hacer algo indebido. El segundo timbre sonó como una burla, el tercero como una advertencia. Finalmente se acerco al teléfono y levanto el tubo pesado y negro.
_ Buenos días_ cometió el error de decir Cecilio.
_ Buenos días para vos hijo de puta_ se escucho la voz de Mariana del otro lado del teléfono_ Buenos días para vos que te importa un carajo de nada.
Tiene razón, pensó Cecilio, realmente, me importa un carajo de nada
Del otro lado encontró a Chofi; con los ojos inyectados en sangre y su largo rostro de nada. A veces era así como se le presentaba, con aquel rostro de nada, como uno de esos carteles callejeros verdes del gobierno, donde se pegan afiches, pero sin afiche alguno; solo el marco verde y el interior vació. Esa era el rostro de Chofi a veces, un enorme marco vació.
_ ¿Ahora que querés?_ pregunto Cecilio, sin furia, sin convicción_¿Que te entregue el orto?
_¿Ah?_ balbuceo Chofi.
No parecía entender lo que Cecilio decía. Llevaba la misma remera Hawaiana, los mimos calzoncillos largos, las mismas chinelas multicolor.
_ Vine a ver Samurai Jack. Hoy es sábado te acordas? Me cortaron el cable, te acordas? Vengo todos los sábados.............a ver Samurai Jack.
Cecilio no se acordaba. Si sabia que era sábado, por que el día anterior había sido viernes y le había cortado la cara a la chica con las astillas de vidrió de la botella de Whisky, pero no se acordaba en concreto que Chofi viniera los sábados a ver los dibujitos, aunque si, se sabia muchos días mirando el Cartón Network junto Chofi.
_ Dale, pasa_ dijo Cecilio, simplemente.
Chofi paso y sin decir permiso prendió el televisor y cambio de canales hasta encontrar el Cartoon Network. Luego saco un enorme porro que a Cecilio le hizo recordar al que Bob Marley ostentaba en posters y remeras. Lo prendió sin la menor consideración, pito y tosió varias veces.
_ Todavía no empeso_ dijo Chofi apuntado al televisor e inmediatamente agrego_ Ayer tocabas el piano.
_ ¿Que?_ pregunto Cecilio.
_ Ayer a la noche, cuando llegaste, tocaste el piano.
_ Imposible.
_ Te digo que tocabas el piano_ insistió Chofi.
_ Y yo te digo que es imposible_ insitio Cecilio, molesto, más que molesto; furioso.
_ Da lo mismo, parecía una pelea de gatos_ exclamo Chofi y le alcanzo el porro_ ¿Querés?
Cecilio negó con la mano.
_ Es el tuyo_ aclaro Chofi.
_ Siempre es el mío_ refunfuño Cecilio.
Se le partía la cabeza y los comentarios de Chofi no le ayudaban para mucho. Miraron Samurai Jack, luego Chofi quiso ver Liga de la Justicia, luego quiso ver La vaca y El pollito y término mirando los viejos capítulos de Tom Y Jerry. Cecilio no presto atención a nada, le gustaban los dibujitos pero se sentía demasiado hecho mierda como para prestarle atención a algo. Se concentraba en sentirse bien y verdaderamente su concentración no venia dando buenos resultados.
_ ¿Vos no haces nada?_ pregunto finalmente Cecilio, cuando se hastío de la presencia de Chofi, de las persecuciones de Tom y Jerry, el humo de la marihuana, el latido incesante de sus sienes_ Te la pasas todo el día encerrado fumando y escuchando esa mierda?
_ Soy escritor_ afirmó Chofi, sin despegar la vista del televisor.
_ Es lo que siempre me decís, pero.....¿que carajo escribís?
_ Estoy escribiendo un libro sobre la cumbia villera; Corre Guachin, Ráfaga, Las Damas, el pelo, el faso, todo, todo es parte del trabajo, puro trabajo, Ceci. Yo cuando me meto me meto en serio, ¿sabes? Estoy ahondándome en el mundo de la bailanta. Va bien, el libro, digo.......bueno, no se, mas o menos. Me cuelga el faso, ¿sabes?
_ ¿Las Damas? ¿De que carajo hablas?; de la mina que estaba el otro día en tu casa.
_ Las Damas Gratis, Ceci, la banda_ corrigió Chofi con una sonrisa y luego esgrimió un gesto de desconcierto_ ¿De que mina me hablas?
_ La que estaba ayer en tu casa, tirada en la alfombra, cuando viniste a pedirme el faso.
_ ¿Ayer estaba con una mina?; Ni idea, che. ¿Vos estas seguro?
_ Dejalo ahí, no importa_ dijo Cecilio olvidándose por uno segundos de la resaca_ Y decime; ¿Cómo carajo termino convirtiéndose en escritor un tipo como vos? La verdad que das mas el tipo cartonero.
_ Te digo que es una fachada; A mi, en verdad, me gusta Wagner.
_ A mi Paramougnt, pero eso no contesta a mi pregunta_ se bufo Cecilio.
_ ¡¡Uh, no¡¡ Esa mierda de Pokemon_ dijo Chofi, de repente, y quedo de pie junto a la silla un rato. Luego, cuando volvió en si, miro a Cecilio con una sonrisa triste sobre el rostro_ Sabes, Ceci, vos me caes bien.
Cecilio no dijo nada. Un aura extraña se desprendió de aquéllas palabras. Se había desacostumbrado a esa especie de contención fraternal tan común entre los amigos, lo seres queridos, y las palabras de Chofi se le presentaban como una caricia a un perro demasiado apaleado. Había una cuota de felicidad, y una cuota de cautela, casi desconfianza. Hacia un buen tiempo, no demasiado, que había hecho una muralla entre el y el mundo. No necesitaba más que ambos se encontraran uno frente al otro para que se desatara la guerra, y el mundo era algo demasiado grande como para esperar una victoria. Había decidido tomar distancia y convivir a solas con el mismo, por lo menos, en la medida de lo posible. Y sin embargo seguían llegando gente como Patricia, o como Chofi, que se arriesgaban a quererlo, aun cuando el se encontraba decididamente a la defensiva de todo.
_ Dejame de joder_ exclamo Cecilio_ Si querés más faso pedime y punto, no te hagas el lisonjero. Chofi sonrió.
_ La verdad que no lo había pensado, pero si tenés algo....
Cuando Chofi se fue Cecilio se atrevió a mirar el órgano, a pensar que tal vez, de alguna manera, solo tenia que sentarse y presionar las teclas con los diez dedos, con decisión, y entonces todo saldría como salía antes; solo.
Se dirigió al aparato pero antes de llegar el gran insecto negro le salió al paso. Un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo, como si alguien lo hubiese sorprendido de repente tratando de hacer algo indebido. El segundo timbre sonó como una burla, el tercero como una advertencia. Finalmente se acerco al teléfono y levanto el tubo pesado y negro.
_ Buenos días_ cometió el error de decir Cecilio.
_ Buenos días para vos hijo de puta_ se escucho la voz de Mariana del otro lado del teléfono_ Buenos días para vos que te importa un carajo de nada.
Tiene razón, pensó Cecilio, realmente, me importa un carajo de nada
Tuesday, November 6, 2007
Acropia
Joseph García salió del edificio “monumental” y recorrió la calle con la mirada. Su madre había sido una obrera inglesa a la que apenas había llegado a conocer. Su padre un embajador de la época del presidente Edmundo Torres Bananero. Había sido un hombre altivo y un altivo bebedor. Ahora, treinta años después de aquellos días de escocés con hielo e irónicas frases en un precario ingles, Julien García se desempeñaba como zapatero en un pequeño galpón armado en la trastienda de su casa.
Joseph tenia una pobre memoria de Londres, sin embargo recordaba claramente las primeras imágenes de su llegada a Acropia; sobre todo la del obelisco que se alzaba en el centro de la ciudad; un altivo peñasco blancuzco rodeado de vigas de metal y madera, que se fue encogiendo a medida que la ciudad fue devorando sus alrededores y fue conquistando las alturas con los imponentes rascacielos de hormigón armado.
El día de su desembarco, aquel monumento era un monolito rodeado de un exoesqueleto. A su alrededor se encontraba la piel lampiña del asfalto y mucho mas allá, en un radio de unos cien metros, se alzaban las primeras construcciones, enormes para aquélla época, pero que no pasaban de los cuatro pisos de altura.
Joseph, que contaría con tres o cuatro años, y había escuchado tras una puerta, alla en Londres, la voz de su padre hablando con un camarada de la posibilidad de tener que volver nuevamente aquel infierno, pensó que aquellos hombres de rostros y lenguas disímiles, que cargaban carros a mano y se movían constantemente sobre los tranvías chirriantes; que aquella maraña de gente heteregonea y burda, que toda aquellas fauna eran demonios que habitaban el mismo infierno, y con el tiempo y el paso de los años, mientras crecía transitando esas mismas calles, pudo confirmar sus sospechas.
_ Martes_ susurro Joseph.
Prendió un cigarrillo negro y volvió a mirar a su alrededor. La ciudad parecía irse cerrando sobre si misma, como una flor carnívora y mineral, dejando a sus habitantes atrapados en su gélido interior. Recordaba al poeta José Cerviño, tirado sobre el asfalto, con dieciséis tiros colocados en la zona del corazon y volvía a pensar en sus palabras. En esa misma idea, que sobre las mesas del café de la Liturgia había manifestado tan locuazmente; la idea de la supremacía mineral, del imperceptible asecho que los seres inanimados sobre los animados, del invisible anzuelo de las ciudades.
_ Acá se esta subestimando el poder del reino mineral sobre los demas reinos_ había dicho Cerviño sobre una de las mesas del fondo del café de la Liturgia_ Y es un craso error no considerar al mundo mineral como parte de la lucha de las especies y no darse cuenta que, por ejemplo, una amatista y un cuarzo no son mas que especies diferentes del mismo reino, tanto como lo son el elefante y la jirafa.
Varela esbozo una sonrisa jocosa. Llevaba un largo cigarrillo colgando del rostro redondo y fofo. El humo subía frente a su rostro y ocultaban los ojos acuosos. Rocha parecía no escuchar, estaba atento a la ventana, esperando algo o a alguien.
_ Ahora, la situación es que un ser inanimado no representa una amenaza para nadie, pero a la vez, es un ser indestructible, eterno. ¿Pero quien dice que el reino mineral no quiera reclamar todo el bagaje de este planeta para si? Si, pueden decir que un pedazo de roca no tiene conciencia, pero porque no puede tener un instinto, digamos, mineral, igual al instinto de los animales. Claro; ¿Por qué tendría un instinto de conservación un elemento que es, por decirlo de algún modo, indestructible? ¿Acaso el hombre, conciente de su propia fragilidad, de su mortalidad, de su dependencia, no acaba con las demás especies? ¿No necesita acaso una total seguridad de su supremacía sobre los demás reinos?
Cerviño apuro el Whisky, deseoso de terminar con su argumentación. Joseph miraba el rostro brillante por el alcohol. Varela cabeceo hacia el poeta y volvió a exponer la misma sonrisa, la que denotaba su superioridad ante los demás. Joseph penas si esbozó un gesto. “Dale” Dijo Rocha. Nadie supo si se refería al monologo del poeta o le decía a quien esperaba apareciera de un momento a otro por la puerta del café.
Cerviño miro a uno y a otro como esperando una aclaración, la certeza de que ese “Dale” iba dirigido a su persona. Pero nadie hizo el más mínimo gesto, sabían, después de todo, que aquello no seria mella para que Cerviño no continuara con su argumentación.
Vean y escuchen. Y escuchen bien. El reino mineral, silencioso, imperceptible, actúa y actúa a través de nuestras propias manos. Se deja moldear y nos asecha. Deja que destruyamos las demás especies y deja que nos destruyamos a nosotros mismos, mientras tanto se alza a nuestro alrededor como una plaga. Se infiltra tanto en nuestras vidas que sin darnos cuenta nos hace tener mas aprecio a lo inanimado que lo animado. ¿O acaso no nos sumergimos en la era de lo material? Tenemos una conciencia de lo material, de lo mineral, porque a nuestro alrededor todo lo que se alza es granito, vidrio, plástico. La influencia es ineludible. Estamos viendo crecer, amigos, a la nueva especie dominante.
Joseph sonrió ante el recuerdo de las palabras del poeta, pero sin embargo sintió un malestar en la boca del estomago.
Joseph tenia una pobre memoria de Londres, sin embargo recordaba claramente las primeras imágenes de su llegada a Acropia; sobre todo la del obelisco que se alzaba en el centro de la ciudad; un altivo peñasco blancuzco rodeado de vigas de metal y madera, que se fue encogiendo a medida que la ciudad fue devorando sus alrededores y fue conquistando las alturas con los imponentes rascacielos de hormigón armado.
El día de su desembarco, aquel monumento era un monolito rodeado de un exoesqueleto. A su alrededor se encontraba la piel lampiña del asfalto y mucho mas allá, en un radio de unos cien metros, se alzaban las primeras construcciones, enormes para aquélla época, pero que no pasaban de los cuatro pisos de altura.
Joseph, que contaría con tres o cuatro años, y había escuchado tras una puerta, alla en Londres, la voz de su padre hablando con un camarada de la posibilidad de tener que volver nuevamente aquel infierno, pensó que aquellos hombres de rostros y lenguas disímiles, que cargaban carros a mano y se movían constantemente sobre los tranvías chirriantes; que aquella maraña de gente heteregonea y burda, que toda aquellas fauna eran demonios que habitaban el mismo infierno, y con el tiempo y el paso de los años, mientras crecía transitando esas mismas calles, pudo confirmar sus sospechas.
_ Martes_ susurro Joseph.
Prendió un cigarrillo negro y volvió a mirar a su alrededor. La ciudad parecía irse cerrando sobre si misma, como una flor carnívora y mineral, dejando a sus habitantes atrapados en su gélido interior. Recordaba al poeta José Cerviño, tirado sobre el asfalto, con dieciséis tiros colocados en la zona del corazon y volvía a pensar en sus palabras. En esa misma idea, que sobre las mesas del café de la Liturgia había manifestado tan locuazmente; la idea de la supremacía mineral, del imperceptible asecho que los seres inanimados sobre los animados, del invisible anzuelo de las ciudades.
_ Acá se esta subestimando el poder del reino mineral sobre los demas reinos_ había dicho Cerviño sobre una de las mesas del fondo del café de la Liturgia_ Y es un craso error no considerar al mundo mineral como parte de la lucha de las especies y no darse cuenta que, por ejemplo, una amatista y un cuarzo no son mas que especies diferentes del mismo reino, tanto como lo son el elefante y la jirafa.
Varela esbozo una sonrisa jocosa. Llevaba un largo cigarrillo colgando del rostro redondo y fofo. El humo subía frente a su rostro y ocultaban los ojos acuosos. Rocha parecía no escuchar, estaba atento a la ventana, esperando algo o a alguien.
_ Ahora, la situación es que un ser inanimado no representa una amenaza para nadie, pero a la vez, es un ser indestructible, eterno. ¿Pero quien dice que el reino mineral no quiera reclamar todo el bagaje de este planeta para si? Si, pueden decir que un pedazo de roca no tiene conciencia, pero porque no puede tener un instinto, digamos, mineral, igual al instinto de los animales. Claro; ¿Por qué tendría un instinto de conservación un elemento que es, por decirlo de algún modo, indestructible? ¿Acaso el hombre, conciente de su propia fragilidad, de su mortalidad, de su dependencia, no acaba con las demás especies? ¿No necesita acaso una total seguridad de su supremacía sobre los demás reinos?
Cerviño apuro el Whisky, deseoso de terminar con su argumentación. Joseph miraba el rostro brillante por el alcohol. Varela cabeceo hacia el poeta y volvió a exponer la misma sonrisa, la que denotaba su superioridad ante los demás. Joseph penas si esbozó un gesto. “Dale” Dijo Rocha. Nadie supo si se refería al monologo del poeta o le decía a quien esperaba apareciera de un momento a otro por la puerta del café.
Cerviño miro a uno y a otro como esperando una aclaración, la certeza de que ese “Dale” iba dirigido a su persona. Pero nadie hizo el más mínimo gesto, sabían, después de todo, que aquello no seria mella para que Cerviño no continuara con su argumentación.
Vean y escuchen. Y escuchen bien. El reino mineral, silencioso, imperceptible, actúa y actúa a través de nuestras propias manos. Se deja moldear y nos asecha. Deja que destruyamos las demás especies y deja que nos destruyamos a nosotros mismos, mientras tanto se alza a nuestro alrededor como una plaga. Se infiltra tanto en nuestras vidas que sin darnos cuenta nos hace tener mas aprecio a lo inanimado que lo animado. ¿O acaso no nos sumergimos en la era de lo material? Tenemos una conciencia de lo material, de lo mineral, porque a nuestro alrededor todo lo que se alza es granito, vidrio, plástico. La influencia es ineludible. Estamos viendo crecer, amigos, a la nueva especie dominante.
Joseph sonrió ante el recuerdo de las palabras del poeta, pero sin embargo sintió un malestar en la boca del estomago.
Sunday, November 4, 2007
Cosas
Un puñado de cosas; eso es lo que queda. Como cuando uno mete la mano en el cajón mas postergado de la casa y cierra la mano sobre las cosas que palpa. Entonces se encuentra con una goma vieja, una lima de uñas, un juguete de golosina, un pedazo de papel garabateado, clips, chucherias. Solo retazos de recuerdos; de recuerdos siempre melancólicos. Mira lo que hay sobre la mesa, trata de entender que hace todo eso alli, que función cumplen la unión de todas esas nimiedades y que nexo las une a uno, aunque desde el primer momento, tanto la pregunta como la respuesta sean huecos, simples y llanos, y no se tiene mas posibilidad que la de que volver a guardar todo alli, donde estaba, cerrar el cajón, dar vuelta la cara y olvidar, o tratar de olvidar.
Y Florencio García, con el vaso de vino en la mano, sobre la barra del boliche, carraspeando el suelo de tierra con la punta gastada de la alpargata, pensaba eso; Un puñado de cosas, eso es lo que queda. Un puñado inútil de detalles, fragmentos, imágenes. Nada contundente, nada sustancial; todo vuelve a derramarse sobre el mismo hueco, sobre el mismo recipiente, y se convierte en un espejo informe donde uno se refleja sin poder reconocerse. Una verdad que no significa nada, eso es uno.
Tomo un trago que le sabio a vino fuerte y seco; vino barato. Sin embargo le gustaba el sabor del vino barato y le gustaba sentirlo bajar por el zona del pecho que es uno; uno mismo. Le gustaba esa sensación de falsa euforia que le proporcionaba la uva fuerte.
Miro, detrás de la barra, el mostrador con las bebidas. La botella de ginebra Bols junto al anís ocho hermanos, la botella de caña de durazno, completamente intacta desde hacia semanas, desde que el Cholo Cuarto había tenido el accidente con la trilladora. La pequeña y ancha botella de espiridina, con ese color pardo que siempre le había llamado tanto la atención. Las botellas de Whisky, de diferentes marcas, nacionales, con nombres ingleses, una junto a otra. El vodka, el gin, el Gancia, el Fernet. Todas aquellas etiquetas, siempre dispuestas en el mismo religioso orden, eran parte de “las cosas”, eran parte de la omnipresente cotidianidad.
Podía saber por la ausencia de una medida de vodka si el vasco Arraespurren ya había pasado o por la medida del Fernet si los hermanos Mediana habían andado por alli. No era una ciencia exacta, por supuesto, pero nada por alli lo era. Nada lo es, en si, pensó. Las cosas están allí y nada más, no hacen nada, y dicen poco, y pensar que pueden hacer otra cosa que estar, estar simplemente allí, seria simplemente un error o tal vez un error algo mas que simple. Pero al final solo quedaran un puñado de cosas, tristes, deslucidas, pero al final, final hasta esas cosas desaparecerán, pensó, y pidió otro vaso de vino.
Y Florencio García, con el vaso de vino en la mano, sobre la barra del boliche, carraspeando el suelo de tierra con la punta gastada de la alpargata, pensaba eso; Un puñado de cosas, eso es lo que queda. Un puñado inútil de detalles, fragmentos, imágenes. Nada contundente, nada sustancial; todo vuelve a derramarse sobre el mismo hueco, sobre el mismo recipiente, y se convierte en un espejo informe donde uno se refleja sin poder reconocerse. Una verdad que no significa nada, eso es uno.
Tomo un trago que le sabio a vino fuerte y seco; vino barato. Sin embargo le gustaba el sabor del vino barato y le gustaba sentirlo bajar por el zona del pecho que es uno; uno mismo. Le gustaba esa sensación de falsa euforia que le proporcionaba la uva fuerte.
Miro, detrás de la barra, el mostrador con las bebidas. La botella de ginebra Bols junto al anís ocho hermanos, la botella de caña de durazno, completamente intacta desde hacia semanas, desde que el Cholo Cuarto había tenido el accidente con la trilladora. La pequeña y ancha botella de espiridina, con ese color pardo que siempre le había llamado tanto la atención. Las botellas de Whisky, de diferentes marcas, nacionales, con nombres ingleses, una junto a otra. El vodka, el gin, el Gancia, el Fernet. Todas aquellas etiquetas, siempre dispuestas en el mismo religioso orden, eran parte de “las cosas”, eran parte de la omnipresente cotidianidad.
Podía saber por la ausencia de una medida de vodka si el vasco Arraespurren ya había pasado o por la medida del Fernet si los hermanos Mediana habían andado por alli. No era una ciencia exacta, por supuesto, pero nada por alli lo era. Nada lo es, en si, pensó. Las cosas están allí y nada más, no hacen nada, y dicen poco, y pensar que pueden hacer otra cosa que estar, estar simplemente allí, seria simplemente un error o tal vez un error algo mas que simple. Pero al final solo quedaran un puñado de cosas, tristes, deslucidas, pero al final, final hasta esas cosas desaparecerán, pensó, y pidió otro vaso de vino.
Tuesday, October 30, 2007
Un cuento Aleman
Apoyado sobre el muro de una fábrica, Frankfurt fumaba un cigarrillo rubio y miraba hacia los lados. Pensaba para sus adentros que el, y solamente el, era el centro del mundo, sino del universo. “Soy el centro del universo” pensaba para si mismo, sin remordimiento, pues por algo era el centro del universo. Y mas allá de esta inconmensurable puesta en escena del ego, Frankfurt racionalizaba y pensaba que pudiendo el mirar el mundo solo desde de su perspectiva, y tan solo desde su perspectiva, digamos, pudiendo ver sus alrededores tan solo con sus ojos, era normal que se sintiera, y fuera, porque no, el centro del universo.
Este no era un pensamiento nuevo, y menos que menos original, ya que se inspiraba de uno de los escritos de Macedonio Fernández, el cual comenzaba diciendo; “EI Universo o Realidad y yo nacimos el 1 de junio de 1874” Y he aquí el pensamiento fundacional sobre el que Frankfurt se proclamaba ciertamente centro del universo, ya que el y el mundo estaban íntimamente ligados desde su nacimiento.
Es que a los ojos de Frankfurt, cada persona nacía con una realidad o mundo particular, que era sensorialmente único y que iba desarrollando a lo largo de los años. El mundo de una persona se iba recreando en un círculo periférico a la persona, que abarcaba a la persona en tanto donde su vista llegara, siendo la persona el centro mismo del universo. Si una segunda persona se acercaba a la primera los universos confluían en el punto donde los círculos se superponían, y que Frankfurt denominaba como “punto de conflicto”. Era el punto donde el mundo se enrarecía por el punto de vista diferente de dos personas. Y aun cuando las dos personas tuvieran puntos de vista aparentemente similares, los universos personales eran siempre abrumadoramente disímiles.
De todas formas, para Frankfurt, el centrouniversalimo no era una excusa para un estilo de vida tiránico frente a la vida ajena, sino más bien una puesta en escena que conllevaba un desarrollo responsable de la vida frente a un universo que dependía exclusivamente de los actos propios.
Frankfurt miro el reloj sobre su muñeca que daba exactamente las siete menos cincuenta y nueve segundos. Pensó que Miro y Benigna estarían a punto de llegar, mientras Otto todavía tardaría otros veinte minutos. Otto siempre llegaba veinte minutos después de la hora programada, menos en las ocasiones que se la citaba con veinte minutos de anticipación, que llegaba con cuarenta minutos de retraso.
Por otra parte, Miro y Benigna siempre llegaban puntuales, y seguramente los vería venir si giraba la cabeza hacia uno de los lados. Y así lo hizo, y los vio venir abrazados, una media cuadra más allá, caminando bajo las ramas de los árboles que rodeaba la vieja fabrica abandonada, balanceándose de un lado para otro, como si vinieran ebrios, que era como siempre caminaban, aun cuando estaban ebrios.
Miro era realmente espantoso; Se parecía al pingüino de Batman, pero no el de la película, sino el del comic del treinta. Tenia los ojos pequeños, la nariz enorme, no ganchuda, sino al estilo Richard Nixon, y una papada de sapo a lo Jorge Lanata. Todo en el era caricaturesco y su aspecto físico se podía resumir en tres simples palabras; Petiso y gordo.
Lo de Benigna era aun peor. Tal vez si vistiese como una persona normal, pensó Frankfurt, podría a llegar a la categoría de fea. Tal vez si tuviese el decoro de no emitir opiniones desacertadas todo el tiempo, vociferar y reír como una maniática, esa fealdad podría pasar casi desapercibida. Pero no. En su ser venían combinados un combo de fealdad, ridiculez y desfachatez innata.
Frankfurt arrojo el cigarro con dos dedos haciéndolo viajar hasta el cordón y los miro venir. Venían sumidos en alguna clase de charla; Miro afirmaba y Benigna reía y acotaba. La conversación hacia que su andar fuera aun mas inestable, haciendo que a veces chocaran contra el muro del tapial de la fabrica.
_ ¡¡Mi buen!!_ exclamo Miro cuando estaba a unos metros_ ¿Cómo anda eso?
_ Bien_ contesto Frankfurt despegándose de la pared y estrechándolo en un abrazo.
_ Entonces no vivís en el mismo mundo que yo.
_ Eso que ni que.
Benigna se colgó de su cuello de Frankfurt y le dio un beso en la mejilla. Llevaba un peinado que era la antitesis del peinado estándar y que debía hacerse justamente invirtiendo el proceso de peinado normal. Lucia un vestidito verde de una tela descolorida sobre unas calzas negras y en la mano una ajada cartera de cuero marrón. Todo esto remataba con unas botitas blancas topper que habían dejado de ser en blanca hacia tiempo.
Es como si se vistiera a oscuras, pensó Frankfurt.
_ Que haces Frank?_ exclamo Benigna.
_ Candamo_ respondió Frank, todo junto, mientras sacaba otro cigarro y se lo llevaba a la boca_ ¿Qué venían discutiendo tan apasionadamente?
_ Un descubrimiento verdaderamente controvertido que hice ayer cuando me negué a ver una película neorrealista italiana que habíamos alquilado desacertadamente. Fui a rebobinar la película cuando me di cuenta que en la video, el contrario de rebobinar es avanzar, lo que no tiene ningún sentido. Rebobinar significa volver a enrollar en la bobina, y avanzar es simplemente avanzar. Lo contrario de rebobinar, seria abobinar o bobinar. Sin embargo no encontré ninguna de las dos palabras en el diccionario. De todas maneras, como le venia diciendo a Benigna, avanzar es un termino general, mientras rebobinar es un termino mas bien puntual.
_ Para mí, en cambio_ dijo Benigna_ todos los aparatos vienen con la sigla rewind y fast foward, que no se que carajo querrán decir en ingles. Seguramente “avanzar y retroceder”. Lo de rebobinar para mi es un argentinismo.
_ Sin embargo rewind significa rebobinar_ aclaro Miro_ Mientras que la traducción de fast foward seria algo así como “adelanto rápido”. Por otra parte, aunque no encontré rebobinar en mi diccionario, que ya esta medio viejo, creo que la palabra ya es aceptada por la real academia española, mientras la palabra abobinar, a mi entender, no es mas que producto del lunfardo, como un hermano groncho o algo así. El antónimo es bobinar, y la traducción al ingles, que busque por Internet, es “to wind”, que es lo que tendría que decir donde en el control remoto esta “fast foward”
_ Mira vos_ exclamo Frankfurt
Frankfurt los escucho discutir un rato mas del tema, de la etimología de las palabras, de su real significado proveniente de las raíces alemanas del idioma, etc., etc., etc. Había que decir la verdad, con Benigna y Miro era difícil aburrirse, y los veinte minutos que Otto demoraba en llegar se podían consumir en el significado de los colores de una parada de colectivo. Era simple; Sus universos, el de benigna y Miro, no carecían de significación. Cada hoja debía caer en su lugar y en su otoño, y ellos querían descifrar ese misterio como quien debe cada dia descifrar el misterio de inspirar y exhalar. Por supuesto que no sabían que año era, quien era el presidente, en que barrio estaban o como volver a su casa, pero conocían cada pequeño secreto dentro de las grandes certezas que abrumaban al resto de los mortales.
_ ¿Y Otto?
Frankfurt levanto ambos hombros y arrugo el labio inferior.
_ Allá viene_ dijo Benigna, señalando hacia la esquina.
Frankfurt giro para verla venir. A la distancia, la petite fleur era una manchita que pugnaba por ser, como un misterio que comenzaba a retoñar sobre la calle, tan inconfundible su figura para Frankfurt como si estuviese a tan solo unos metros. Si eran horrorosas las figuras de Miro y Benigna, junto a Otto Frankfurt no era mas que otro ser del inframundo.
Otto Luchsinger era pequeña, de ojos celestes, pelo largo con flequillo stone, los labios gruesos y la cola enorme, herencia de una antepasada mulata que había logrado filtrarse en el férreo pasado teutón de la familia Luchsinger como una especie de genética ironía y había permitido que Otto lograra burlar la Ingridizacion que habían sufrido sus hermanas y la mayoría de la rama femenina de los Luchsinger.
Con solo verla Frankfurt sufría una transformación inmediata; Sus pupilas se dilataban, su postura se corregía, las uñas crecían en sus manos a una velocidad inusitada, convirtiéndose casi en garras, producía cantidad de una saliva dulce y espesa que lubricaba el interior de su boca como una caramelera y, por supuesto, su sexo se cabreaba. Era ella para Frankfurt el todo-amor y la luz de sus ojos.
_ Que dios tenga piedad de mi el dia que pierda la imagen que funda toda las demás imágenes_ susurro Frankfurt para si mismo.
Otto tardo en llegar a ellos tanto como tardo en amanecer por la esquina de la fábrica. Se movía parsimoniosa, casi con timidez, pero Frankfurt casi podía ver a su paso como brotaban las hojas de los árboles, y florecían de los muros de la fábrica pétalos de orquídeas y explotaban entre la fisura de las baldosas ínfimos pimpollos de un amarillo fosforescente. Llevaba Otto un sobretodo cerrado que le llegaba casi hasta los tobillos y un gorro de lana de un verde opaco. ¿Hará frió? Pensó Frankfurt. ¿Pero que podía saber el? Por su cuerpo corría un calor que saltaba de célula en célula, como un niño que cruza un río repleto de rocas que sobresalen sobre el agua cristalina.
Otto se detuvo frente a el y sin decir nada se dieron un beso suave, donde chocaron un par de labios hirviendo contra otro par de labios helados. Ella sonrió.
_ No pareces Alemana. Pero sos un cuento alemán, una de esas fabulas llenas de hadas asexuadas y gnomos sádicos_ exclamo Frankfurt.
Este no era un pensamiento nuevo, y menos que menos original, ya que se inspiraba de uno de los escritos de Macedonio Fernández, el cual comenzaba diciendo; “EI Universo o Realidad y yo nacimos el 1 de junio de 1874” Y he aquí el pensamiento fundacional sobre el que Frankfurt se proclamaba ciertamente centro del universo, ya que el y el mundo estaban íntimamente ligados desde su nacimiento.
Es que a los ojos de Frankfurt, cada persona nacía con una realidad o mundo particular, que era sensorialmente único y que iba desarrollando a lo largo de los años. El mundo de una persona se iba recreando en un círculo periférico a la persona, que abarcaba a la persona en tanto donde su vista llegara, siendo la persona el centro mismo del universo. Si una segunda persona se acercaba a la primera los universos confluían en el punto donde los círculos se superponían, y que Frankfurt denominaba como “punto de conflicto”. Era el punto donde el mundo se enrarecía por el punto de vista diferente de dos personas. Y aun cuando las dos personas tuvieran puntos de vista aparentemente similares, los universos personales eran siempre abrumadoramente disímiles.
De todas formas, para Frankfurt, el centrouniversalimo no era una excusa para un estilo de vida tiránico frente a la vida ajena, sino más bien una puesta en escena que conllevaba un desarrollo responsable de la vida frente a un universo que dependía exclusivamente de los actos propios.
Frankfurt miro el reloj sobre su muñeca que daba exactamente las siete menos cincuenta y nueve segundos. Pensó que Miro y Benigna estarían a punto de llegar, mientras Otto todavía tardaría otros veinte minutos. Otto siempre llegaba veinte minutos después de la hora programada, menos en las ocasiones que se la citaba con veinte minutos de anticipación, que llegaba con cuarenta minutos de retraso.
Por otra parte, Miro y Benigna siempre llegaban puntuales, y seguramente los vería venir si giraba la cabeza hacia uno de los lados. Y así lo hizo, y los vio venir abrazados, una media cuadra más allá, caminando bajo las ramas de los árboles que rodeaba la vieja fabrica abandonada, balanceándose de un lado para otro, como si vinieran ebrios, que era como siempre caminaban, aun cuando estaban ebrios.
Miro era realmente espantoso; Se parecía al pingüino de Batman, pero no el de la película, sino el del comic del treinta. Tenia los ojos pequeños, la nariz enorme, no ganchuda, sino al estilo Richard Nixon, y una papada de sapo a lo Jorge Lanata. Todo en el era caricaturesco y su aspecto físico se podía resumir en tres simples palabras; Petiso y gordo.
Lo de Benigna era aun peor. Tal vez si vistiese como una persona normal, pensó Frankfurt, podría a llegar a la categoría de fea. Tal vez si tuviese el decoro de no emitir opiniones desacertadas todo el tiempo, vociferar y reír como una maniática, esa fealdad podría pasar casi desapercibida. Pero no. En su ser venían combinados un combo de fealdad, ridiculez y desfachatez innata.
Frankfurt arrojo el cigarro con dos dedos haciéndolo viajar hasta el cordón y los miro venir. Venían sumidos en alguna clase de charla; Miro afirmaba y Benigna reía y acotaba. La conversación hacia que su andar fuera aun mas inestable, haciendo que a veces chocaran contra el muro del tapial de la fabrica.
_ ¡¡Mi buen!!_ exclamo Miro cuando estaba a unos metros_ ¿Cómo anda eso?
_ Bien_ contesto Frankfurt despegándose de la pared y estrechándolo en un abrazo.
_ Entonces no vivís en el mismo mundo que yo.
_ Eso que ni que.
Benigna se colgó de su cuello de Frankfurt y le dio un beso en la mejilla. Llevaba un peinado que era la antitesis del peinado estándar y que debía hacerse justamente invirtiendo el proceso de peinado normal. Lucia un vestidito verde de una tela descolorida sobre unas calzas negras y en la mano una ajada cartera de cuero marrón. Todo esto remataba con unas botitas blancas topper que habían dejado de ser en blanca hacia tiempo.
Es como si se vistiera a oscuras, pensó Frankfurt.
_ Que haces Frank?_ exclamo Benigna.
_ Candamo_ respondió Frank, todo junto, mientras sacaba otro cigarro y se lo llevaba a la boca_ ¿Qué venían discutiendo tan apasionadamente?
_ Un descubrimiento verdaderamente controvertido que hice ayer cuando me negué a ver una película neorrealista italiana que habíamos alquilado desacertadamente. Fui a rebobinar la película cuando me di cuenta que en la video, el contrario de rebobinar es avanzar, lo que no tiene ningún sentido. Rebobinar significa volver a enrollar en la bobina, y avanzar es simplemente avanzar. Lo contrario de rebobinar, seria abobinar o bobinar. Sin embargo no encontré ninguna de las dos palabras en el diccionario. De todas maneras, como le venia diciendo a Benigna, avanzar es un termino general, mientras rebobinar es un termino mas bien puntual.
_ Para mí, en cambio_ dijo Benigna_ todos los aparatos vienen con la sigla rewind y fast foward, que no se que carajo querrán decir en ingles. Seguramente “avanzar y retroceder”. Lo de rebobinar para mi es un argentinismo.
_ Sin embargo rewind significa rebobinar_ aclaro Miro_ Mientras que la traducción de fast foward seria algo así como “adelanto rápido”. Por otra parte, aunque no encontré rebobinar en mi diccionario, que ya esta medio viejo, creo que la palabra ya es aceptada por la real academia española, mientras la palabra abobinar, a mi entender, no es mas que producto del lunfardo, como un hermano groncho o algo así. El antónimo es bobinar, y la traducción al ingles, que busque por Internet, es “to wind”, que es lo que tendría que decir donde en el control remoto esta “fast foward”
_ Mira vos_ exclamo Frankfurt
Frankfurt los escucho discutir un rato mas del tema, de la etimología de las palabras, de su real significado proveniente de las raíces alemanas del idioma, etc., etc., etc. Había que decir la verdad, con Benigna y Miro era difícil aburrirse, y los veinte minutos que Otto demoraba en llegar se podían consumir en el significado de los colores de una parada de colectivo. Era simple; Sus universos, el de benigna y Miro, no carecían de significación. Cada hoja debía caer en su lugar y en su otoño, y ellos querían descifrar ese misterio como quien debe cada dia descifrar el misterio de inspirar y exhalar. Por supuesto que no sabían que año era, quien era el presidente, en que barrio estaban o como volver a su casa, pero conocían cada pequeño secreto dentro de las grandes certezas que abrumaban al resto de los mortales.
_ ¿Y Otto?
Frankfurt levanto ambos hombros y arrugo el labio inferior.
_ Allá viene_ dijo Benigna, señalando hacia la esquina.
Frankfurt giro para verla venir. A la distancia, la petite fleur era una manchita que pugnaba por ser, como un misterio que comenzaba a retoñar sobre la calle, tan inconfundible su figura para Frankfurt como si estuviese a tan solo unos metros. Si eran horrorosas las figuras de Miro y Benigna, junto a Otto Frankfurt no era mas que otro ser del inframundo.
Otto Luchsinger era pequeña, de ojos celestes, pelo largo con flequillo stone, los labios gruesos y la cola enorme, herencia de una antepasada mulata que había logrado filtrarse en el férreo pasado teutón de la familia Luchsinger como una especie de genética ironía y había permitido que Otto lograra burlar la Ingridizacion que habían sufrido sus hermanas y la mayoría de la rama femenina de los Luchsinger.
Con solo verla Frankfurt sufría una transformación inmediata; Sus pupilas se dilataban, su postura se corregía, las uñas crecían en sus manos a una velocidad inusitada, convirtiéndose casi en garras, producía cantidad de una saliva dulce y espesa que lubricaba el interior de su boca como una caramelera y, por supuesto, su sexo se cabreaba. Era ella para Frankfurt el todo-amor y la luz de sus ojos.
_ Que dios tenga piedad de mi el dia que pierda la imagen que funda toda las demás imágenes_ susurro Frankfurt para si mismo.
Otto tardo en llegar a ellos tanto como tardo en amanecer por la esquina de la fábrica. Se movía parsimoniosa, casi con timidez, pero Frankfurt casi podía ver a su paso como brotaban las hojas de los árboles, y florecían de los muros de la fábrica pétalos de orquídeas y explotaban entre la fisura de las baldosas ínfimos pimpollos de un amarillo fosforescente. Llevaba Otto un sobretodo cerrado que le llegaba casi hasta los tobillos y un gorro de lana de un verde opaco. ¿Hará frió? Pensó Frankfurt. ¿Pero que podía saber el? Por su cuerpo corría un calor que saltaba de célula en célula, como un niño que cruza un río repleto de rocas que sobresalen sobre el agua cristalina.
Otto se detuvo frente a el y sin decir nada se dieron un beso suave, donde chocaron un par de labios hirviendo contra otro par de labios helados. Ella sonrió.
_ No pareces Alemana. Pero sos un cuento alemán, una de esas fabulas llenas de hadas asexuadas y gnomos sádicos_ exclamo Frankfurt.
Friday, October 26, 2007
Azuagar
Metí la llave en la cerradura de la puerta del departamento y abrí. Adentro no había nada o lo que hay en cualquier casa donde habita alguien que simplemente se sienta en un sillón a pensar sobre cosas que no tienen la menor importancia pensar.
Pero no tenia sillón, tampoco sillas; tenia dos pequeños banquitos de mimbre a punto de derrumbarse y una vieja mesa que había pertenecido a los abuelos. Los banquitos casi no los usaba; la mesa poco y nada. Lo que si tenia era un flamante televisor color veintinueve pulgadas. Me pasaba el día sentado en el televisor mirando por la ventana los partidos de fútbol de la canchita de baby junto a mi edificio. La cancha también se veía desde el departamento de Ignacio. La verdad que la mayoría del tiempo lo pasaba alli. La verdad, la mayoría del tiempo, no sabia ni lo que hacia.
Toque timbre. Ignacio me grito “pasa”. Agarre la llave de su casa de mi llavero y pase. Ignacio se encontraba sentado en un puff tomando cerveza y mirando a los pibes jugar al fútbol en la canchita de baby junto al edificio.
_ Te perdiste un gol_ me dijo_ Hay cerveza en la heladera.
La heladera estaba completamente llena. Mire todo; la comida, las sobras, los condimentos, los refrescos, cerré la heladera y puse la pava en el fuego. Luego espere que el agua se calentara tomando un vaso de cerveza. La heladera enfriaba mal y la cerveza estaba caliente. Cuando el agua estuvo lista tome dos cubos del congelador y los eche en el vaso. Pero ya no sabia a ciencia cierta lo que estaba haciendo. Deje todo sobre la mesada, pava y cerveza, y me senté frente a la ventana junto a Ignacio.
_ Te acordas del pelado Azuagar_ pregunto Ignacio.
_ Aha.
_ Yo una vez jugué al fútbol con el.
_ Mira vos.
_ Era un jugador espantoso.
_ Ah.
_ Después jugo un Azuagar en Independiente. Pero no era pariente de Azuagar.
_ Mira que interesante.
_ Ahora hay un Azuagar nuevo.
_ ¿Si?.
_ Pero no se bien donde juega.
_ Ah.
_ Y ahora que hablamos de esto_ aclaro_ ¿Porque me preguntabas de Azuagar?.
_ La verdad que no me acuerdo_ Conteste.
Pero no tenia sillón, tampoco sillas; tenia dos pequeños banquitos de mimbre a punto de derrumbarse y una vieja mesa que había pertenecido a los abuelos. Los banquitos casi no los usaba; la mesa poco y nada. Lo que si tenia era un flamante televisor color veintinueve pulgadas. Me pasaba el día sentado en el televisor mirando por la ventana los partidos de fútbol de la canchita de baby junto a mi edificio. La cancha también se veía desde el departamento de Ignacio. La verdad que la mayoría del tiempo lo pasaba alli. La verdad, la mayoría del tiempo, no sabia ni lo que hacia.
Toque timbre. Ignacio me grito “pasa”. Agarre la llave de su casa de mi llavero y pase. Ignacio se encontraba sentado en un puff tomando cerveza y mirando a los pibes jugar al fútbol en la canchita de baby junto al edificio.
_ Te perdiste un gol_ me dijo_ Hay cerveza en la heladera.
La heladera estaba completamente llena. Mire todo; la comida, las sobras, los condimentos, los refrescos, cerré la heladera y puse la pava en el fuego. Luego espere que el agua se calentara tomando un vaso de cerveza. La heladera enfriaba mal y la cerveza estaba caliente. Cuando el agua estuvo lista tome dos cubos del congelador y los eche en el vaso. Pero ya no sabia a ciencia cierta lo que estaba haciendo. Deje todo sobre la mesada, pava y cerveza, y me senté frente a la ventana junto a Ignacio.
_ Te acordas del pelado Azuagar_ pregunto Ignacio.
_ Aha.
_ Yo una vez jugué al fútbol con el.
_ Mira vos.
_ Era un jugador espantoso.
_ Ah.
_ Después jugo un Azuagar en Independiente. Pero no era pariente de Azuagar.
_ Mira que interesante.
_ Ahora hay un Azuagar nuevo.
_ ¿Si?.
_ Pero no se bien donde juega.
_ Ah.
_ Y ahora que hablamos de esto_ aclaro_ ¿Porque me preguntabas de Azuagar?.
_ La verdad que no me acuerdo_ Conteste.
Saturday, October 20, 2007
Cornisas
Tomas se tomo del marco de la ventana y sonrió. Estaba descalzo, con un pijama estampado con los personajes de los Looney Toons.
_ No podia dormir_ comento.
_ Yo tampoco puedo_ compartió Matías y agrego_ Que feo pijama.
Ambos rieron. Tomas se sentó en el marco de la ventana y le paso un caramelo de un bolsillo donde se encontraba dibujado el correcaminos. Tomas miro las estrellas pegadas sobre el techo y las contó; eran exactamente catorce.
_ ¿Qué podemos hacer?_ pregunto Matías.
_ Jugamos a la compu.
_ No.
_ Espiemos a los vecinos.
_ Dale
Matías se calzo unas pantuflas y salto a la cornisa. El clima estaba templado y un viento tibio soplaba revolviéndole el cabello. Siguió a Tomas tanteando la pared con su mano derecha y sin despegar la vista del muro. Cuando doblaron la esquina donde abandonaban el pulmón de edificio el viento les pego con fuerza y tuvieron que pegarse a la pared para no perder el equilibrio.
Ganaron el trayecto de esa forma, mirando el horizonte donde se perdía la ciudad sobre el rió y las luces titilantes que la sobrevolaban. Cruzaron la ventana de sus padres y Matías detuvo a Tomas para ver si podia escuchar algo a través de la persiana. En realidad no quería saber que sucedía allí, pero tampoco lo podía ignorar. A sus odios llego el sonido de un llanto ligero y entrecortado.
Siguieron adelante, cruzaron junto al ventanal del comedor y doblaron otra vez, hacia el muro contrafrente del edificio. Alli se alzaba el balcón del departamento “F”. Antes de pasar el balcón se detuvieron frente a una ventana abierta de la cual salía la voz de un hombre acongojado. Tomas se animo a echar una mirada rápida y le hizo una señal a Matías de que podia mirar sin problema. Matías comprobó que podia girar el cuerpo sin peligro de perder el equilibrio y hecho un vistazo veloz. Vio a un hombre sentado de espalda sobre una cama matrimonial sosteniendo un teléfono celular contra su oreja.
_ Estoy hecho un mierda_ Dijo el tipo. Luego se hizo un silencio extenso y afirmo una y otra vez con un “si” rápido y fingido.
_ Todo los días digo que es la ultima vez pero termino siempre en la misma_ agrego el tipo mientras Matías le venia a la mente la imagen de su padre_ Los dejo con Gabo, el vecino, le digo que estoy lleno de trabajo. Si, el alcohólico. Si, ya se que estoy loco, pero no me queda otra, por que siempre me digo que es la ultima vez, que no va a pasar mas.
El silencio volvió a llenar la habitación. El tipo balbuceo varias veces, como si fuera a comenzar a hablar, pero el otro le interrumpiese.
_ No puedo, Jorge, no puedo, las putas son mas fuerte que yo, te juro.
Tomas se tapo la boca para no reír. Matías estaba serio, un poco asqueado, hubiese deseado que el tipo tuviera un problema de drogas o de juego. El tipo corto y se tiro de boca sobre las sabanas con el traje puesto. Tomas le hizo un gesto de que siguieran y Matías cruzo rápidamente frente a la ventana, rozando con la mano el marco y las cortinas.
No tenia miedo, solo quería alejarse de aquel hombre.
Cruzaron el balcón y siguieron por la cornisa hasta doblar al lado opuesto del edificio. Al lado se alzaba otro edificio, separado por unos diez metros, de un color uva intenso. El aire pasaba entre los edificios veloz, como por un tubo, y Matías creía hasta poder verlo y tocarlo. Estiro la mano hacia fuera y el aire le pego un sacudon, trastabillo y se pego a la pared. Tomas iba adelante y no noto nada. Sin embargo mientras fueran en línea recta el viento no los molestaba, mas bien les daba estabilidad. En el edificio de enfrente había algunas luces prendidas y podían ver la gente e ir venir por el comedor o la cocina, apenas a unos metros suyos, hasta el detalle de los gestos. Se entretuvieron mirando una pareja que jugaba con un bebe en la ventana de enfrente cuando escucharon algo que los sobresalto.
_ ¿Que hacen?_ dijo una voz.
Tomas tambaleo del susto y el hombre lo caso de la muñeca para que no cayera. Estaba apoyado en la reja del ventanal de su casa, en plena oscuridad, con una botella de Whisky en la mano. Tomas y Matías venían viendo a la pareja de enfrente y por eso no lo habían notado. El hombre tenia el rostro rojo y un gesto indiferente sobre el rostro.
_ ¿Que hacen en patas?, no ven que acá arriba corre viento_ exclamo.
El tipo quiso erguirse del todo pero casi cae y se da la cara contra la reja. Tomas volvió a sonreír. Matías pensó que aquel chico disfrutaba de las desgracias ajenas. Se estaba aburriendo y tenia ganas de volver, encima la luz de la casa de enfrente daba sobre un calendario y un circulo rojo sobre una fecha lo sobresalto.
_ Me perdí el estreno de la guerra de las galaxias_ exclamo el chico.
_ Falta una semana para eso, hoy es veintidós, es el veintinueve, ignorante_ refunfuño el tipo.
Tomas largo una carcajada tomándose de la baranda de la reja. El tipo retrocedió sumiéndose en la oscuridad y se sentó en medio de la habitación. Matías dejo que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y pudo adivinar el contorno de la mesa y las sillas, el brillo de las botellas y los vasos a medio llenar. Aquélla habitación, al contrario de su casa y la de Tomas, era el dormitorio. A un lado se veía un enorme ropero empotrado a la pared con el calendario pegado marcado en el veintinueve. Sin embargo en lugar de la cama había una enorme mesa rodeada de sillas. Se pregunto que significaría pero Tomas ya lo estaba incitando a que siguieran.
_ Volvamos, ya me aburrí y tengo frió_ exclamo Matías.
_ Dale, paramos un rato ahí, que no nos ve nadie, y nos comemos unos caramelos_ Suplico Tomas señalando un punto de la cornisa cubierto de sombra_ Y vamos hasta el próximo apartamento, hasta el de la modelo, que tiene unas tetas así_ exclamo y puso las palmas de las manos abiertas a una considerable distancia de su pecho.
Matías sonrió por la mímica de los pechos y Tomas aprovecho para sentarse sobre la sombra y alcanzarle en el aire un caramelo. Matías tomo el caramelo y se sentó a su lado. El viento corría a unos centímetros suyos como en una carrera de autos, Matías nunca antes había visto el viento, por lo menos ahora parecía verlo, como dibujado, como en los dibujitos animados. Desde alli las gentes y los autos eran seres minúsculos e irreales, ellos dioses omnipresentes, que lo podían ver todo.
_ ¿Cómo sabes que tiene las tetas así, si recién te mudas?_ pregunto Matías.
_ Por que me las cruce en el ascensor, a la mañana, cuando iba a la escuela_ contesto Tomas y agrego_ ¿No te da miedo estar acá?
_ No_ contesto Matías.
_ A mi tampoco_ replicó el Tomas_ ¿Tus papas se pelearon?, ¿La que lloraba era tu mama?
Matías no contesto, masticaba en silencio el caramelo, mirando las lucecitas que sobrevolaban la ciudad. Un tragaluz de baño se ilumino frente suyo y se quedo midiendo el tiempo que se mantenía prendido. Cuando se apago Tomas siguió hablando.
_ Mis papas se peleaban siempre, eran alcohólicos, a veces me fajaban hasta mi_ dijo y se señalo la herida sobre el pómulo_ Después papa se desnuco solito borracho y mama se unió a los evangelistas en señal de arrepentimiento. Igual prefiero las cosas como estaban antes porque a mi casi no me metían. Ahora mama esta media loca y a veces me pide que la ate a la cama por que dice que el diablo la tienta con la idea de la bebida y esas cosas.
_ Ah_ dijo Matías como toda respuesta.
_ Creo que la voy a envenenar.
_ ¿Cómo?
_ No se. Estoy entre las pastillas para dormir y el veneno para ratas. Es lo que se ve en la tele. Se lo voy a poner en la sopa esa de mierda que me hace tomar todos los días.
_ ¡¡¡Mata a tu vieja de una vez y dejate de romper las pelotas!!!_ grito alguien desde una ventana.
Ambos chicos rieron tapándose la boca. No tenían en cuenta que con la altura y la estrechez entre ambos edificios las voces se propagaban como por un megáfono.
_ Dale, vamos a ver a la modelo_ susurro Tomas al odio de Matías.
Caminaron hasta el ventanal de la habitación de la chica esquivando las macetas posadas sobre la cornisa. La persiana estaba abierta pero el ventanal se encontraba cerrado. Tomas bufo para si mismo. Adentro estaba todo apagado y no se veía movimiento. Tomas pego el dedo índice contra el vidrio y señalo a Matías un póster de una propaganda de perfume con una chica semidesnuda pintada como una flor. Matías quedo anonadado.
_ Es esa_ señalo_ aunque ahí esta mas linda.
Matías la miro un rato largo y después empeso a hurgar en una maceta.
_ Vamos, volvemos otro día_ dijo Tomas.
Matías empeso a meter un palito ente los pliegues del ventanal, tratando de desenganchar la traba.
_ Vamos, boludo, volvemos otro día_ repitió Tomas.
_ Anda vos_ dijo Matías fría, mecánicamente.
_ No podia dormir_ comento.
_ Yo tampoco puedo_ compartió Matías y agrego_ Que feo pijama.
Ambos rieron. Tomas se sentó en el marco de la ventana y le paso un caramelo de un bolsillo donde se encontraba dibujado el correcaminos. Tomas miro las estrellas pegadas sobre el techo y las contó; eran exactamente catorce.
_ ¿Qué podemos hacer?_ pregunto Matías.
_ Jugamos a la compu.
_ No.
_ Espiemos a los vecinos.
_ Dale
Matías se calzo unas pantuflas y salto a la cornisa. El clima estaba templado y un viento tibio soplaba revolviéndole el cabello. Siguió a Tomas tanteando la pared con su mano derecha y sin despegar la vista del muro. Cuando doblaron la esquina donde abandonaban el pulmón de edificio el viento les pego con fuerza y tuvieron que pegarse a la pared para no perder el equilibrio.
Ganaron el trayecto de esa forma, mirando el horizonte donde se perdía la ciudad sobre el rió y las luces titilantes que la sobrevolaban. Cruzaron la ventana de sus padres y Matías detuvo a Tomas para ver si podia escuchar algo a través de la persiana. En realidad no quería saber que sucedía allí, pero tampoco lo podía ignorar. A sus odios llego el sonido de un llanto ligero y entrecortado.
Siguieron adelante, cruzaron junto al ventanal del comedor y doblaron otra vez, hacia el muro contrafrente del edificio. Alli se alzaba el balcón del departamento “F”. Antes de pasar el balcón se detuvieron frente a una ventana abierta de la cual salía la voz de un hombre acongojado. Tomas se animo a echar una mirada rápida y le hizo una señal a Matías de que podia mirar sin problema. Matías comprobó que podia girar el cuerpo sin peligro de perder el equilibrio y hecho un vistazo veloz. Vio a un hombre sentado de espalda sobre una cama matrimonial sosteniendo un teléfono celular contra su oreja.
_ Estoy hecho un mierda_ Dijo el tipo. Luego se hizo un silencio extenso y afirmo una y otra vez con un “si” rápido y fingido.
_ Todo los días digo que es la ultima vez pero termino siempre en la misma_ agrego el tipo mientras Matías le venia a la mente la imagen de su padre_ Los dejo con Gabo, el vecino, le digo que estoy lleno de trabajo. Si, el alcohólico. Si, ya se que estoy loco, pero no me queda otra, por que siempre me digo que es la ultima vez, que no va a pasar mas.
El silencio volvió a llenar la habitación. El tipo balbuceo varias veces, como si fuera a comenzar a hablar, pero el otro le interrumpiese.
_ No puedo, Jorge, no puedo, las putas son mas fuerte que yo, te juro.
Tomas se tapo la boca para no reír. Matías estaba serio, un poco asqueado, hubiese deseado que el tipo tuviera un problema de drogas o de juego. El tipo corto y se tiro de boca sobre las sabanas con el traje puesto. Tomas le hizo un gesto de que siguieran y Matías cruzo rápidamente frente a la ventana, rozando con la mano el marco y las cortinas.
No tenia miedo, solo quería alejarse de aquel hombre.
Cruzaron el balcón y siguieron por la cornisa hasta doblar al lado opuesto del edificio. Al lado se alzaba otro edificio, separado por unos diez metros, de un color uva intenso. El aire pasaba entre los edificios veloz, como por un tubo, y Matías creía hasta poder verlo y tocarlo. Estiro la mano hacia fuera y el aire le pego un sacudon, trastabillo y se pego a la pared. Tomas iba adelante y no noto nada. Sin embargo mientras fueran en línea recta el viento no los molestaba, mas bien les daba estabilidad. En el edificio de enfrente había algunas luces prendidas y podían ver la gente e ir venir por el comedor o la cocina, apenas a unos metros suyos, hasta el detalle de los gestos. Se entretuvieron mirando una pareja que jugaba con un bebe en la ventana de enfrente cuando escucharon algo que los sobresalto.
_ ¿Que hacen?_ dijo una voz.
Tomas tambaleo del susto y el hombre lo caso de la muñeca para que no cayera. Estaba apoyado en la reja del ventanal de su casa, en plena oscuridad, con una botella de Whisky en la mano. Tomas y Matías venían viendo a la pareja de enfrente y por eso no lo habían notado. El hombre tenia el rostro rojo y un gesto indiferente sobre el rostro.
_ ¿Que hacen en patas?, no ven que acá arriba corre viento_ exclamo.
El tipo quiso erguirse del todo pero casi cae y se da la cara contra la reja. Tomas volvió a sonreír. Matías pensó que aquel chico disfrutaba de las desgracias ajenas. Se estaba aburriendo y tenia ganas de volver, encima la luz de la casa de enfrente daba sobre un calendario y un circulo rojo sobre una fecha lo sobresalto.
_ Me perdí el estreno de la guerra de las galaxias_ exclamo el chico.
_ Falta una semana para eso, hoy es veintidós, es el veintinueve, ignorante_ refunfuño el tipo.
Tomas largo una carcajada tomándose de la baranda de la reja. El tipo retrocedió sumiéndose en la oscuridad y se sentó en medio de la habitación. Matías dejo que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y pudo adivinar el contorno de la mesa y las sillas, el brillo de las botellas y los vasos a medio llenar. Aquélla habitación, al contrario de su casa y la de Tomas, era el dormitorio. A un lado se veía un enorme ropero empotrado a la pared con el calendario pegado marcado en el veintinueve. Sin embargo en lugar de la cama había una enorme mesa rodeada de sillas. Se pregunto que significaría pero Tomas ya lo estaba incitando a que siguieran.
_ Volvamos, ya me aburrí y tengo frió_ exclamo Matías.
_ Dale, paramos un rato ahí, que no nos ve nadie, y nos comemos unos caramelos_ Suplico Tomas señalando un punto de la cornisa cubierto de sombra_ Y vamos hasta el próximo apartamento, hasta el de la modelo, que tiene unas tetas así_ exclamo y puso las palmas de las manos abiertas a una considerable distancia de su pecho.
Matías sonrió por la mímica de los pechos y Tomas aprovecho para sentarse sobre la sombra y alcanzarle en el aire un caramelo. Matías tomo el caramelo y se sentó a su lado. El viento corría a unos centímetros suyos como en una carrera de autos, Matías nunca antes había visto el viento, por lo menos ahora parecía verlo, como dibujado, como en los dibujitos animados. Desde alli las gentes y los autos eran seres minúsculos e irreales, ellos dioses omnipresentes, que lo podían ver todo.
_ ¿Cómo sabes que tiene las tetas así, si recién te mudas?_ pregunto Matías.
_ Por que me las cruce en el ascensor, a la mañana, cuando iba a la escuela_ contesto Tomas y agrego_ ¿No te da miedo estar acá?
_ No_ contesto Matías.
_ A mi tampoco_ replicó el Tomas_ ¿Tus papas se pelearon?, ¿La que lloraba era tu mama?
Matías no contesto, masticaba en silencio el caramelo, mirando las lucecitas que sobrevolaban la ciudad. Un tragaluz de baño se ilumino frente suyo y se quedo midiendo el tiempo que se mantenía prendido. Cuando se apago Tomas siguió hablando.
_ Mis papas se peleaban siempre, eran alcohólicos, a veces me fajaban hasta mi_ dijo y se señalo la herida sobre el pómulo_ Después papa se desnuco solito borracho y mama se unió a los evangelistas en señal de arrepentimiento. Igual prefiero las cosas como estaban antes porque a mi casi no me metían. Ahora mama esta media loca y a veces me pide que la ate a la cama por que dice que el diablo la tienta con la idea de la bebida y esas cosas.
_ Ah_ dijo Matías como toda respuesta.
_ Creo que la voy a envenenar.
_ ¿Cómo?
_ No se. Estoy entre las pastillas para dormir y el veneno para ratas. Es lo que se ve en la tele. Se lo voy a poner en la sopa esa de mierda que me hace tomar todos los días.
_ ¡¡¡Mata a tu vieja de una vez y dejate de romper las pelotas!!!_ grito alguien desde una ventana.
Ambos chicos rieron tapándose la boca. No tenían en cuenta que con la altura y la estrechez entre ambos edificios las voces se propagaban como por un megáfono.
_ Dale, vamos a ver a la modelo_ susurro Tomas al odio de Matías.
Caminaron hasta el ventanal de la habitación de la chica esquivando las macetas posadas sobre la cornisa. La persiana estaba abierta pero el ventanal se encontraba cerrado. Tomas bufo para si mismo. Adentro estaba todo apagado y no se veía movimiento. Tomas pego el dedo índice contra el vidrio y señalo a Matías un póster de una propaganda de perfume con una chica semidesnuda pintada como una flor. Matías quedo anonadado.
_ Es esa_ señalo_ aunque ahí esta mas linda.
Matías la miro un rato largo y después empeso a hurgar en una maceta.
_ Vamos, volvemos otro día_ dijo Tomas.
Matías empeso a meter un palito ente los pliegues del ventanal, tratando de desenganchar la traba.
_ Vamos, boludo, volvemos otro día_ repitió Tomas.
_ Anda vos_ dijo Matías fría, mecánicamente.
Wednesday, October 17, 2007
Gabo
Gabo estaba tirado en el sillón tomando cerveza. Afuera, por la ventana, se veía caer la noche. Lila hacia la tarea ensimismada, sin prestar atención a los ruidos del televisor. Manuel estaba a sus pies, sentado en el piso, con la cabeza apuntando hacia la pantalla.
_ No se como podes mirar las tres mellizas_ protesto Gabo_ son un bodrio. Aparte de que el propio titulo presenta un error etimologico; O bien son trillizas, o son seis personas; tres pares de mellizas, o son tres personas totalmente distintas con sus respectivas hermanas como totales desconocidas.
Manuel no escucho lo que decía y siguió sonriendo hacia la pantalla donde las tres pequeñas escapaban de un villano en un bote que zarpaba por un río parisino.
_ ¿Que es etimologico?_ pregunto Lila.
_ No se, pero Borges lo repetia topo el tiempo y sonaba bien_ dijo Gabo y volvio a hacia Manuel_ Después decís que te gustan las chicas súper poderosas. No entiendo con que criterio te manejas, es hipócrita que digas que te gustan los dos programas, no tienen mas punto en común en que los tres protagonistas sean tres hermanas, si, bueno, puede ser que eso sea mucho, pero en esencia son prácticamente antagónicos.
_ A mi me gusta_ dijo Manuel mirándolo con un puchero.
Gabo no dijo nada y fue a buscar otra cerveza. El teléfono sonó y Gabo se acerco con parsimonia, seguro que la campana no pararía de sonar hasta que alguien levantara el tubo. Destapo la cerveza con los dientes y atendió. Los dos chicos habían dejado de prestar atención a sus cosas y atendían a la conversación que estaba por efectuarse.
_ ¿Gabriel?_ se escucho del otro lado.
_ El mismo_ bromeo el.
_ Cambio de planes, estoy hasta las manos, te tenés que quedar toda la noche.
_ Siempre lo mismo, viejo_ se quejo Gabo_ te crees que yo no tengo una vida, córtala un cacho, viste. Existe servicio de niñeras, no podes tocarme la puerta todos los días y menos decirme que es para un rato y después clavarme por toda la noche. Soy alcohólico, no se si te diste cuenta, podrías ponerte las pilas y dejar a los pibes en mejores manos no?.
_ Me cobras lo que quieras, yo cuando llego te pago en mano.
_ No es por eso Héctor, yo como cobrarte te puedo arrancar la cabeza cuando quiera; hoy, mañana o el jueves, el problema es que vos te tenés que hacer un poco más responsable de tus cosas, che.
_ ¿De que hablas?, prácticamente estas viviendo de lo que te pago y lo único que haces es echarte en el sillón a mirar la tele y comerte mi comida y tomarte mi cerveza.
_ Creí que la cerveza la comprabas por mi.
_ Si, la compro por vos, yo no tomo cerveza, pero igual sigue siendo mía.
_ ¿Y entonces?
_ ¿¡Entonces que!? Mira, yo no se a que hora voy a llegar, vienen unos inversionistas japoneses y vos sabes todo el quilombo que eso representa. No se a que hora voy a llegar, a lo mejor pasa algo y llego temprano a lo mejor no llego nunca, así que haceme la gauchada.
_ Mandale saludos.
_ ¿A quien?
_ A los japoneses.
_ Andate a cagar.
Gabo cortó y cuando miro a los chicos cada uno estaba nuevamente en lo suyo. Ya sabían de la nueva pero a Gabo igualmente le pareció justo informarles.
_ El mierda de su viejo tampoco piensa llegar hoy a cenar_ dijo Gabo y agrego_ O a lo que sea.
_ Mi viejo no es un mierda_ se quejo Lila, despegándose de la tarea.
_ Da igual, no se: No esta nunca con los hijos, trabaja en una de esas empresas que se encargan de hacer más pobres a los pobres, tal vez no tenga malas intenciones, pero es un mierda.
_ Por lo menos no es un borracho_ lo defendió Lila.
_ Que sabes si nunca lo ves_ exclamo Gabo, luego pensó un rato y agrego_ Y peor, capas no es borracho, pero contrata a uno para que cuide a los hijos. Mira vos si no es un mierda.
Manuel se quejo de que no lo dejaban escuchar los dibujitos y Gabo se callo. Lila siguió con la tarea con un puchero grande que trataba de disimular. Gabo se tomo la cerveza de a sorbos, molesto por tener que ver a las tres pequeñas pelafustanes en la pantalla del televisor. Para colmo empeso un nuevo capitulo pegado al anterior.
_ ¡Me cago en dios!_ se quejo Gabo.
_ Bieeeeennnn_ festejo Manuel.
_ Como se nota que no sabes ni ache de dibujitos_ volvió a refunfuñar Gabo_ No te das cuenta nene que esos son dibujitos para maricas. No me digas que cuando seas grandes querés ser una de las tres gemelas, bueno, no me extrañaría. Si te gustan los dibujitos franceses fíjate en un Henry Manchini o de última mírate una película de Gordart pero no me festejes la mariconada esta, por dios.
_ Pero a mi me gusta_ volvió a pucherear el chico_ y yo no soy maricon.
_ Pareciera que si_ insistió Gabo_ No me extrañaría con la ausencia de la imagen paternal.
_ ¡No lo molestes!_ grito Lila_ tiene cuatro años, no seas cruel.
_ Y vos quien sos, la defensora de pobres e inocentes_ bromeo Gabo.
_ Soy la hermano, tarado_ dijo Lila sacándole la lengua_ y no somos pobres.
_ La juventud esta perdida_ rezongo Gabo.
_ No se como podes mirar las tres mellizas_ protesto Gabo_ son un bodrio. Aparte de que el propio titulo presenta un error etimologico; O bien son trillizas, o son seis personas; tres pares de mellizas, o son tres personas totalmente distintas con sus respectivas hermanas como totales desconocidas.
Manuel no escucho lo que decía y siguió sonriendo hacia la pantalla donde las tres pequeñas escapaban de un villano en un bote que zarpaba por un río parisino.
_ ¿Que es etimologico?_ pregunto Lila.
_ No se, pero Borges lo repetia topo el tiempo y sonaba bien_ dijo Gabo y volvio a hacia Manuel_ Después decís que te gustan las chicas súper poderosas. No entiendo con que criterio te manejas, es hipócrita que digas que te gustan los dos programas, no tienen mas punto en común en que los tres protagonistas sean tres hermanas, si, bueno, puede ser que eso sea mucho, pero en esencia son prácticamente antagónicos.
_ A mi me gusta_ dijo Manuel mirándolo con un puchero.
Gabo no dijo nada y fue a buscar otra cerveza. El teléfono sonó y Gabo se acerco con parsimonia, seguro que la campana no pararía de sonar hasta que alguien levantara el tubo. Destapo la cerveza con los dientes y atendió. Los dos chicos habían dejado de prestar atención a sus cosas y atendían a la conversación que estaba por efectuarse.
_ ¿Gabriel?_ se escucho del otro lado.
_ El mismo_ bromeo el.
_ Cambio de planes, estoy hasta las manos, te tenés que quedar toda la noche.
_ Siempre lo mismo, viejo_ se quejo Gabo_ te crees que yo no tengo una vida, córtala un cacho, viste. Existe servicio de niñeras, no podes tocarme la puerta todos los días y menos decirme que es para un rato y después clavarme por toda la noche. Soy alcohólico, no se si te diste cuenta, podrías ponerte las pilas y dejar a los pibes en mejores manos no?.
_ Me cobras lo que quieras, yo cuando llego te pago en mano.
_ No es por eso Héctor, yo como cobrarte te puedo arrancar la cabeza cuando quiera; hoy, mañana o el jueves, el problema es que vos te tenés que hacer un poco más responsable de tus cosas, che.
_ ¿De que hablas?, prácticamente estas viviendo de lo que te pago y lo único que haces es echarte en el sillón a mirar la tele y comerte mi comida y tomarte mi cerveza.
_ Creí que la cerveza la comprabas por mi.
_ Si, la compro por vos, yo no tomo cerveza, pero igual sigue siendo mía.
_ ¿Y entonces?
_ ¿¡Entonces que!? Mira, yo no se a que hora voy a llegar, vienen unos inversionistas japoneses y vos sabes todo el quilombo que eso representa. No se a que hora voy a llegar, a lo mejor pasa algo y llego temprano a lo mejor no llego nunca, así que haceme la gauchada.
_ Mandale saludos.
_ ¿A quien?
_ A los japoneses.
_ Andate a cagar.
Gabo cortó y cuando miro a los chicos cada uno estaba nuevamente en lo suyo. Ya sabían de la nueva pero a Gabo igualmente le pareció justo informarles.
_ El mierda de su viejo tampoco piensa llegar hoy a cenar_ dijo Gabo y agrego_ O a lo que sea.
_ Mi viejo no es un mierda_ se quejo Lila, despegándose de la tarea.
_ Da igual, no se: No esta nunca con los hijos, trabaja en una de esas empresas que se encargan de hacer más pobres a los pobres, tal vez no tenga malas intenciones, pero es un mierda.
_ Por lo menos no es un borracho_ lo defendió Lila.
_ Que sabes si nunca lo ves_ exclamo Gabo, luego pensó un rato y agrego_ Y peor, capas no es borracho, pero contrata a uno para que cuide a los hijos. Mira vos si no es un mierda.
Manuel se quejo de que no lo dejaban escuchar los dibujitos y Gabo se callo. Lila siguió con la tarea con un puchero grande que trataba de disimular. Gabo se tomo la cerveza de a sorbos, molesto por tener que ver a las tres pequeñas pelafustanes en la pantalla del televisor. Para colmo empeso un nuevo capitulo pegado al anterior.
_ ¡Me cago en dios!_ se quejo Gabo.
_ Bieeeeennnn_ festejo Manuel.
_ Como se nota que no sabes ni ache de dibujitos_ volvió a refunfuñar Gabo_ No te das cuenta nene que esos son dibujitos para maricas. No me digas que cuando seas grandes querés ser una de las tres gemelas, bueno, no me extrañaría. Si te gustan los dibujitos franceses fíjate en un Henry Manchini o de última mírate una película de Gordart pero no me festejes la mariconada esta, por dios.
_ Pero a mi me gusta_ volvió a pucherear el chico_ y yo no soy maricon.
_ Pareciera que si_ insistió Gabo_ No me extrañaría con la ausencia de la imagen paternal.
_ ¡No lo molestes!_ grito Lila_ tiene cuatro años, no seas cruel.
_ Y vos quien sos, la defensora de pobres e inocentes_ bromeo Gabo.
_ Soy la hermano, tarado_ dijo Lila sacándole la lengua_ y no somos pobres.
_ La juventud esta perdida_ rezongo Gabo.
Tuesday, October 9, 2007
Los suicidas
Miro el reloj despertador sobre la computadora; Daban las doce de la noche. “Van a empezar a llamar” pensó. No creía que el servicio tuviera un horario fijo, seguramente funcionara las veinticuatro horas, pero por alguna razón solo recibía llamadas después de la medianoche. A esa hora algo cambiaba, la noche o las personas, o ambos, pero había un hito que las hacia vulnerables. Había días especiales que debía desenchufar el teléfono para trabajar tranquilo, noches de luna llena, otras noches se mantenía mudo y con solo verlo un escalofrió le recorría la medula; Pensaba en gente desangrada en la bañera, tipos con pistolas en la cabeza, amas de casa mirando fijamente un frasco de veneno; imaginaba mujeres pintarrajeadas, flacas, rendidas, y hombres de traje gastado, unos cuantos pelos engominados, sonriendo, como si el tiempo no los hubiese doblado, era eso lo que imaginaba Paulo cuando el teléfono sonaba. Y sonó.
_ ¿Atendes vos?_ pregunto.
_ No, estoy muy duro, me paranoiqueo_ contesto pablito, sonándose la nariz.
Era mentira; con la merca funcionaba mejor que cuando lo encontraba limpio, cuando estaba limpio parecía una persona real, fuera lo que fuera que aquello significara. Se acerco y elongo los dedos varias veces antes de tomar el tubo del teléfono y llevárselo al oído.
_ Me voy a matar_ dijo una voz clara, de mujer, del otro lado de la línea.
_ ¿Si?
_ Si_ afirmo la mujer.
Paulo había aprendido a tratar con los suicidas; Afirmaban y hablaban directa, concretamente, sin titubear. Había aprendido a diferenciarlos por el tono de vos y por la primera frase que decían; Me voy a matar, tengo miedo de matarme, pienso en matarme, me mato, no quiero matarme. Eran las frases que precedían cualquier conversación. Cada frase venia acompañada de un tono de vos y ese tono de vos de una personalidad, aunque no siempre la formula funcionaba; A veces llamaban personas extrañas, que parecían carecer de tono, parecían llamar mucho después, después del disparo, la ingesta, los cortes en las muñecas. Y sin embargo eran los más interesantes, los que mas posibilidades uno tenía de darles una razón para salvarse, si es que en realidad existía esa posibilidad.
_ Esta todo jodido, ¿no?_ disparo la mujer, desde el otro lado, como si el fuera un viejo conocido.
_ Bastante_ respondió el_ ¿Dónde estas? ¿Qué ves por la ventana?_ pregunto Paulo de repente. No sabía bien pero la imaginaba apoyada el marco de un inmenso ventanal, mirando hacia la ciudad y la noche. Debía ser sino hermosa, etérea, de esas mujeres con un rostro de una homogeneidad que rayaba la virtud. Seguramente detrás de ella habría una madre muerta, un padre alcohólico y soñador, un hombre perdido o abandonado, un talento que no llegaba a llenar el vació que dejaba la falta de todo lo demás.
_ Hay un hombre que lleva al perro a dar una vuelta a la plaza_ dijo la mujer_ Lo veo siempre, cada medianoche, saca el perro a la plaza a dar tres vueltas, en las tres vueltas el perro mea en el mismo árbol, a lo mejor en otros, pero yo nomás veo el de este lado. Lo conozco, o por lo menos lo conozco de vista, de verlo de acá, saca al perro desde que es un cachorro, ahora le llega hasta mas arriba de las rodillas y creo que esta lo suficientemente viejo como para volver a encogerse. Es un perro feo, parecido a un mono, chow chow creo que se llaman. Hace un tiempo me di cuenta que el perro tarde o temprano se va a morir, entonces el hombre se va a quedar solo y va a tener que dar vueltas solo por plaza, como un fantasma que va cargando otro fantasma. Aunque hace un rato tuve un pensamiento aun peor; “y si se compra otro perro”. Seria algo burdo, para mi rayano a lo insoportable, verlo con otro perro, a lo mejor hasta uno idéntico, con solo pensarlo me dan ganas……..
_ Es peligroso dar vueltas a una plaza a estas horas_ opino el.
_ Te estoy diciendo que lleva un perro ¿No me escuchas?
Entonces detrás de ella se escucho un ruido estruendoso, como una estantería cayéndose y cosas rodando por el suelo. La mujer no dijo nada, Paulo tampoco. Algo que Paulo imagino como una cacerola rodo un buen rato, tal vez sobre su propio eje, cuando termino al fin de serpentear ella hablo.
_ No sos mucho de conversar ¿no?_ ataco nuevamente.
_ Es que no me interesa.
_ ¿No te interesa?
_ Hablo con ustedes (la palabra ustedes le sonó extraña) todos los días, no se cuantos llegan a matarse, nunca sale en ningún lado, en los diarios, las noticias, a menos que sean conocidos, o conocidos de algún conocido, pero esos no llaman nunca acá_ dijo Paulo, tranquilo_ Es como si no murieran o como si ya estuviesen muertos de antes, para mi es lo mismo.
La mujer hizo un silencio, luego se escucho que sollozaba levemente. Había dicho lo primero que se había cruzado por la cabeza, en realidad era algo que hacia siempre, como un sistema de defensa que se activaba cada vez que hablaba con ellos, una especie de rechazo a la muerte, que se traducía en un aborrecimiento contra los suicidas. No era lo que hubiese querido decirle, pero era lo que debía decir, porque en algún punto los suicidas eran la muerte y el debía despreciarlos para rechazarla.
Lo que pasaba en realidad era que la mayoría de los suicidas eran monótonos, hacían monólogos interminables, donde se hacían las preguntas y se contestaban solos, mientras el emitía un leves “aha”
_ Tenes razón_ dijo la mujer, de repente, como si se hiciera pequeña y corto.
Paulo dejo el teléfono sobre el aparato y inmediatamente el aparato volvió a sonar. Levanto el tuvo y lo coloco sobre su oreja. “Me voy a matar” dijo la voz de un hombre; Lejana, teatral.
_ Me importa un carajo_ contesto Paulo.
Y esa era toda la verdad.
_ ¿Atendes vos?_ pregunto.
_ No, estoy muy duro, me paranoiqueo_ contesto pablito, sonándose la nariz.
Era mentira; con la merca funcionaba mejor que cuando lo encontraba limpio, cuando estaba limpio parecía una persona real, fuera lo que fuera que aquello significara. Se acerco y elongo los dedos varias veces antes de tomar el tubo del teléfono y llevárselo al oído.
_ Me voy a matar_ dijo una voz clara, de mujer, del otro lado de la línea.
_ ¿Si?
_ Si_ afirmo la mujer.
Paulo había aprendido a tratar con los suicidas; Afirmaban y hablaban directa, concretamente, sin titubear. Había aprendido a diferenciarlos por el tono de vos y por la primera frase que decían; Me voy a matar, tengo miedo de matarme, pienso en matarme, me mato, no quiero matarme. Eran las frases que precedían cualquier conversación. Cada frase venia acompañada de un tono de vos y ese tono de vos de una personalidad, aunque no siempre la formula funcionaba; A veces llamaban personas extrañas, que parecían carecer de tono, parecían llamar mucho después, después del disparo, la ingesta, los cortes en las muñecas. Y sin embargo eran los más interesantes, los que mas posibilidades uno tenía de darles una razón para salvarse, si es que en realidad existía esa posibilidad.
_ Esta todo jodido, ¿no?_ disparo la mujer, desde el otro lado, como si el fuera un viejo conocido.
_ Bastante_ respondió el_ ¿Dónde estas? ¿Qué ves por la ventana?_ pregunto Paulo de repente. No sabía bien pero la imaginaba apoyada el marco de un inmenso ventanal, mirando hacia la ciudad y la noche. Debía ser sino hermosa, etérea, de esas mujeres con un rostro de una homogeneidad que rayaba la virtud. Seguramente detrás de ella habría una madre muerta, un padre alcohólico y soñador, un hombre perdido o abandonado, un talento que no llegaba a llenar el vació que dejaba la falta de todo lo demás.
_ Hay un hombre que lleva al perro a dar una vuelta a la plaza_ dijo la mujer_ Lo veo siempre, cada medianoche, saca el perro a la plaza a dar tres vueltas, en las tres vueltas el perro mea en el mismo árbol, a lo mejor en otros, pero yo nomás veo el de este lado. Lo conozco, o por lo menos lo conozco de vista, de verlo de acá, saca al perro desde que es un cachorro, ahora le llega hasta mas arriba de las rodillas y creo que esta lo suficientemente viejo como para volver a encogerse. Es un perro feo, parecido a un mono, chow chow creo que se llaman. Hace un tiempo me di cuenta que el perro tarde o temprano se va a morir, entonces el hombre se va a quedar solo y va a tener que dar vueltas solo por plaza, como un fantasma que va cargando otro fantasma. Aunque hace un rato tuve un pensamiento aun peor; “y si se compra otro perro”. Seria algo burdo, para mi rayano a lo insoportable, verlo con otro perro, a lo mejor hasta uno idéntico, con solo pensarlo me dan ganas……..
_ Es peligroso dar vueltas a una plaza a estas horas_ opino el.
_ Te estoy diciendo que lleva un perro ¿No me escuchas?
Entonces detrás de ella se escucho un ruido estruendoso, como una estantería cayéndose y cosas rodando por el suelo. La mujer no dijo nada, Paulo tampoco. Algo que Paulo imagino como una cacerola rodo un buen rato, tal vez sobre su propio eje, cuando termino al fin de serpentear ella hablo.
_ No sos mucho de conversar ¿no?_ ataco nuevamente.
_ Es que no me interesa.
_ ¿No te interesa?
_ Hablo con ustedes (la palabra ustedes le sonó extraña) todos los días, no se cuantos llegan a matarse, nunca sale en ningún lado, en los diarios, las noticias, a menos que sean conocidos, o conocidos de algún conocido, pero esos no llaman nunca acá_ dijo Paulo, tranquilo_ Es como si no murieran o como si ya estuviesen muertos de antes, para mi es lo mismo.
La mujer hizo un silencio, luego se escucho que sollozaba levemente. Había dicho lo primero que se había cruzado por la cabeza, en realidad era algo que hacia siempre, como un sistema de defensa que se activaba cada vez que hablaba con ellos, una especie de rechazo a la muerte, que se traducía en un aborrecimiento contra los suicidas. No era lo que hubiese querido decirle, pero era lo que debía decir, porque en algún punto los suicidas eran la muerte y el debía despreciarlos para rechazarla.
Lo que pasaba en realidad era que la mayoría de los suicidas eran monótonos, hacían monólogos interminables, donde se hacían las preguntas y se contestaban solos, mientras el emitía un leves “aha”
_ Tenes razón_ dijo la mujer, de repente, como si se hiciera pequeña y corto.
Paulo dejo el teléfono sobre el aparato y inmediatamente el aparato volvió a sonar. Levanto el tuvo y lo coloco sobre su oreja. “Me voy a matar” dijo la voz de un hombre; Lejana, teatral.
_ Me importa un carajo_ contesto Paulo.
Y esa era toda la verdad.
Monday, October 8, 2007
Parte de la historia del paisano que fue a comprar supositorios
Se llamaba Eusebio Lanzara y vivía en un rancho de una estancia de la provincia de Buenos Aires. Aunque había vivido toda su vida en aquellas tierras su madre le había contado que el había nacido en un lugar lejano, desconocido, mas allá de la alambrada y del horizonte, llamado Hungría. A veces Lanzara se quedaba mirando el horizonte y creía ver algo nebuloso, indescifrable, que seria o llegaría a ser la punta de Hungría. Algún dia, cuando no hubiese tanto trabajo, ensillaría su caballo y partiría, preguntando en los rancherios, enfilando siempre para Hungría.
Esa mañana se levanto como todas, tomo unos mates apoyado en la puerta del rancho, esperando por el horizonte la bola de fuego que los hombres llamaban sol; Amasijo la tierra bajo de si con la suela de las alpargatas y hablo un poco con cada uno de los cinco perros que holgazaneaban en el patio; Les dijo a cada uno esencialmente lo mismo, que no era mucho.
Monto sobre el alazán y salio a trabajar con el ganado, pero para el mediodía ya se encontraba acodado en la barra de la pulpería. En la pulpería se veían las caras de siempre; Hombres secos, curtidos en la carencia, con brazos gruesos y morenos que bebían ginebras acodados en la barra, jugando tabas en el patio o en la mesa mas apartada que pudieran encontrar, y los ingenieros de sistema de la Tecnology Sistem Company, la multinacional dedicada a la robótica, software de ultima generación y nano tecnología, que habían construido un titánico edificio en el campo lindero. Estos eran diferentes; Vestidos con camisas azules y lentes sobre sus narices hablaban cada uno un idioma diferente y jugaban con diminutas computadoras portátiles de donde salían ruiditos que sacaban a los paisanos de su ensimismamiento.
Los ingenieros llegaban todos los mediodias amontonados en un ridículo vehiculo similar a un carrito de golf, o montados en caballos, toros y hasta arañas mecánicas, a beber cerveza y comer chorizo seco, cosa que no se encontraba en el edificio de la Tecnology Sistem Company. Dejaban sus monstruosidades mecánicas aparvadas junto a los caballos, que relinchaban y las miraban con desconfianza.
Lanzara ese dia bebió el vino despacio mirando de reojo el chorizo seco cortado a su lado. El patrón, un tal Méndez, estuvo vigilando su cavilación un buen rato. Finalmente se acerco y lo confronto.
_ ¿Qué pasa amigo, esta malo?_ dijo, señalando el chorizo.
_ No, no, como va a pensar, Don Méndez. Es que no pue’o cagar, tengo el culo cerra’o de hace días. Me tiene a mal traer ¿Sabe?
_ El culo_ exclamo Méndez, comprensivo.
Su mujer había tenido el mismo problema y lo había solucionado sobándole el culo con unos porotos blancos grandes como un dedo meñique. Se lo dijo a Lanzara omitiendo la parte a la que sabia que el paisano se mostraría reacio, que era el modo de aplicación.
_ Supositivos se llaman, uste’ va a lo de Varelita y los pide así, y se los dan nomás, en una cajita blanca de este tamaño, más o menos.
Lanzara asintió en silencio, dio la gracias y le dijo que lo iba a tener en cuenta. Luego pago, subió al caballo y enfilo con dirección al pueblo, a una legua y media de distancia. Todo el camino de ida estuvo pensado en el camino de vuelta y cada vez que veía una bosta, un poste o un molino, pensaba que en poco estaría viendo el otro lado de esas cosas. Cuando llego al pueblo el color blanco de las casas y el asfalto lo puso algo melancólico, porque en Hungría seguro que habría casas parecidas de colores parecidos y en una habría nacido su madre y el, pero este sentimiento desapareció desmonto en la farmacia.
El farmacéutico era un joven apuesto, hijo del hijo del farmacéutico original; Varela. Su padre, en su época, había sido llamado “el hijo de Varela”, a este por otro lado le llamaban “Varelita”. Su hijo, llegado el momento, seria llamado “el hijo de Varelita” y el hijo de este simplemente Varela, por que todo el mundo sabe que la memoria no es inmune al paso del tiempo, y tarde o temprano el circulo se cierra en su mismo punto de partida.
Lanzara lo primero que hizo fue mirar extrañado la bajísima barra que allí llamaban mostrador, no había cristiano que pudiese acodarse en ella, sensación extrañísima para Lanzara, que se vio de repente frente a otra persona con las manos colgadas a los lados.
_ ¿Qué se le ofrece, amigo?_ ataco Varelita, comprador.
En realidad no eran amigos, ni siquiera se conocían, pero Varelita sabia darle a cada perro su hueso. Los señores eran señores, los paisanos u obreros eran amigos, compadres o compañeros, la gente de clase media eran los suyos y los llamaba por el nombre o el apellido, según se acostumbrara en el pueblo. De todos estos Varelita no prefería a ninguno, solo le interesaban las jovencitas osadas del pueblo que iban a su farmacia a comprar preservativos entre risotadas y luego lo miraban en el boliche para que las sacara a bailar.
_ Ando un poco seco e vientre, sabe_ dijo Lanzara, sin preámbulos.
_ ¿De hace cuanto?
_ La verdad que no sabría decirle; Unos veinte días, a lo mejor menos, diez, ocho, en el campo el tiempo corre de otra manera. Ba, puede ser más, o menos, aunque seguro que anda por ahí.
Varelita se desentendió de la explicación, fue hacia el fondo y volvió con una caja blanca que puso sobre el mostrador.
_ Con esto va empezar a andar bien_ dijo mientras anotaba algo en un papelito.
_ Los suspensitorios_ exclamo Lanzara.
_ A, veo que conoce_ dijo Varelita, cómplice, mientras le guiñaba un ojo.
Lanzara no pudo evitar esgrimir un gesto de hombre de mundo. Pago y una vez fuera de la farmacia hizo un bollo con el papelito y se guardo la caja con los remedios en los aperos.
El campo era una mancha verde que se fundía con el azul del cielo. El aire se encontraba saturado de una brisa suave y caliente que envolvía y quemaba. A ese vaho se le sumaba la tierra que se alzaba bajo los pasos del caballo y que se instalaba en sus poros como una segunda piel. Unos kilómetros antes de llegar a su rancho logro divisar el complejo de la TSC; Un edificio enorme, con forma de domo, de un color gris plateado que reflectaba la luz del sol. A la noche algo de esa luz quedaba adherida a la superficie y a lo lejos el complejo parecía una gigantesca arcada abierta al dia; En los ranchos aledaños los gallos cantaban y los perros aúllan a lo largo de la noche hasta que al fin no les quedaban fuerzas ni ánimo.
Tomo el primer supositorio a la mañana siguiente y lo paso con un vaso de vino, ya que le pareció seco y amargo. Desde el vamos supo que aquella medicina no le causaría efecto, era como un segundo sentido, adquirido por la inmediatez con esa fuerza frontal y sabia que los hombres llamaban naturaleza. Pero poco y nada le importo; Cagar cagaria algún dia, y si no cagaria fuego, que era como le decían los mocosos a estirar la pata.
Monto al alazán y salio al campo, anduvo entre el ganado un tiempo, hasta que una mota de pasto en el suelo le llamo la atención. En realidad era un yuyo igual a otro, verde y desprolijo, saliendo de la tierra acribillada por el peso del ganado. Sin embargo Lanzara pudo apreciar lo particular de esa mota de pasto, lo indescifrable, que lo separaba de la interminable multitud de motas que se alzaban kilómetros y kilómetros a su alrededor. Se quedo mirándola por un tiempo que no pudo precisar. Pensó que antes de esa mota habría habido otras, números inimaginables, que se habrían ido superponiendo con el paso del tiempo, similares, pero únicas. Y habrían paso por allí también otros hombres antes que el, al igual que pasarían después, también similares y únicos, y tal vez ninguno de ellos se hubiese detenido a contemplar aquel espectáculo. Tal vez todos, hombres y pastos, serian uno solo, eternos, en un cuadro que iría variando levemente en un tiempo quieto.
Lanzara jamás había tenido un pensamiento similar y lo ajeno de ese pensamiento en su persona lo embargo de una emoción hasta ahora desconocida para el. Era un sentimiento que parecía introducirlo en un mundo hasta ahora vedado a su persona.
Se subió al caballo y enfilo hacia la pulpería de Méndez. En ese ínterin lo embargo otra meditación. El disparador esta vez fue un simple pensamiento; “Voy para el Este” pensó Lanzara, y al segundo siguiente lo atacaba la duda de si los puntos cardinales realmente existían.
Si el mundo era redondo, como le habían enseñado en la escuela, desde donde se encontraba, enfilando en cualquier dirección, llegaría exactamente al mismo punto, por lo que aquella dirección era tan valida como cualquier otra. Había cosas que no ignoraba, como que las direcciones estaban dadas por la posición del sol, las estrellas, cosas que había aprendido en el campo, y sin embargo lo que en ese momento lo invadía era un simple duda; ¿Por qué el Este era Este y el Oeste Oeste? ¿Por qué las direcciones eran cuatro y no cinco o seis, o mil, teniendo en cuenta que el mundo era redondo y no había un punto de referencia por el cual partir, o terminar?
No terminaba de mascullar esta duda cuando salto a otro pensamiento. Si el partía hacia el Oeste, siempre hacia atrás, llegaría hasta la pulpería de Méndez, aunque algo tarde, por supuesto. En ese caso llegaría a un punto hacia el Este, pero sin jamás transitarlo, de lo que dedujo que las direcciones no existían más que en relación directa con la acción de las personas. Si nadie iba hacia el Este el Este dejaba de existir.
Este pensamiento, a la vez, le regalo otra visión, que lo dejo algo perplejo. Cada vez que iba hacia lo de Méndez elegía una dirección, las del recorrido mas corto, pero en si había dos direcciones, cosa que antes jamás había llegado a pensar. Estaban el Este y el Oeste, y el siempre iba por el Este, dejando la otra dirección de lado. Sin embargo las dos eran formas de llegar, rectas entre un punto A y un B. El camino más directo. Lo que imagino, gráficamente, es que cada vez que Lanzara, el mismo, enfilaba en caballo para el Este, un No-Lanzara en un No-caballo se desdoblaban hacia el Oeste. Ese No-Lanzara era la posibilidad negada y Lanzara la imaginaba como su reflejo desdoblándose en el agua, percibiéndose desde cualquier punto por el perfil contrario al que se lo veía a el.
Este ultimo pensamiento, el cual venia derivando de todos los anteriores, le causó un leve escalofrió, pues al nunca a ver racionalizado del tal manera le parecía que la conclusión de estos pensamientos era mas una especie de revelación mas que un simple desvarió. Cuando bajo del caballo en la Méndez miro hacia el campo pelado y pensó en el No-Lanzara como un paisano resentido que velaba sus penas siempre en dirección contraria a la que se debía encontrar, y pensó que la posibilidad de que el lo intuyera con el pensamiento fuera, tal vez, la misma posibilidad de que el No-Lanzara se revelase a su naturaleza y comenzara a velar por lo que creía suyo. Mientras pensaba esto y entraba en la pulpería, vio a lo lejos, en el horizonte, un paisano cruzando la pampa a caballo y se dijo que era mejor olvidar el asunto.
Apenas se acodo sobre la barra el tal Méndez se acerco a atenderlo. Le trajo el vino y el chorizo casi sin oír el pedido y luego se acodo frente a él, del otro lado de la barra.
_ ¿Y como le fue con los remedios?_ pregunto Méndez, dado por sentado la visita de Lanzara a Varelita, o enterado por ese irrefrenable correr que se da en los pueblos de las noticias, aun de las mas intrascendentes.
Lanzara miro a Méndez como si lo hubiese visto por primera vez. Era un gaucho petiso y avejentado, canoso, con un rostro afable que al mismo tiempo producía cierta cautela, tal vez por su interés constante en los asuntos de todos los paisanos que pisaban su pulpería, aunque aquello pudiera explicarse a través de una naturaleza intrínseca de cantinero rural.
De todos modos no era lo único que Lanzara comenzaba a descubrir, sino que también su vista se paseaba a lo largo del local como un niño que descubre un mundo nuevo. Y era para Lanzara otra nueva experiencia de todas las que venia experimentando a lo largo del dia. Volvía a descubrir esas cosas que habían convivido con el durantes años, quietas en los rincones, conocidas hasta el hartazgo, tan interiorizadas que habían sido expulsadas del mundo real por completo. Eran detalles baladíes; botellas viejas, aperos de campo, huesos, cueros, cosas por el estilo, que solo revelaban su presencia si algún dia llegaban a desaparecer de su lugar. Ahora las veía nuevamente, y en ellas el paso del tiempo, y lo asombraba como el había acompañado ese tiempo de una forma tan fiel que ni siquiera había notado esa transformación, esa degradación, que también era la suya. Se paso la mano por la cara y noto la piel áspera y las arrugas. Un gaucho a sus espaldas suspiro y largo un “Ya es hora” que lo pareció detener el tiempo de repente. Sintió un escalofrió y después la voz de Méndez.
_ ¿Esta bien paisano?
_ Tan bien raros los cosos que me dio el Varelita_ Afirmo Lanzara mirando a Méndez, que le sonrió, confundiendo el sentido de la confesión.
_ Hay que ser hombre_ Afirmo Méndez.
Lanzara le hecho una mirada larga y penosa y luego hablo.
_ Si, pero no se pude vivir solamente de eso mi hermano. El tiempo es como una sangría, y cuando la sangría se acaba, el cuerpo queda seco. No se puede vivir siendo hombre solamente, porque es como conformarse en ser un perro que se rasca el lomo contra un poste. Afuera esta el campo, la naturaleza, que lo abraza a uno y lo deja así de chiquito y uno se pregunta quien es, porque hasta el viento parece querer hablar con uno a veces, y uno es un ignorante, y nada, no puede. ¿Qué es ser un hombre después de todo?; Piel huesos, carne…tiempo. No, uno es más que eso, pero no sabe y tiene que darse cuenta.
Cuado Lanzara termino de hablar vio que la pulpería entera se encontraba en silencio, escuchándolo. Había hablado en voz alta, dominado por una emoción inenarrable que lo había controlado.
Pago y salio al campo, a la pampa abierta. Se encontraba abombado, algo adormilado. Atado en la empalizada, junto al alazán, había un caballo similar al suyo. Lo rodeo y monto sin dificultad, buscando las diferencias que el otro animal pudiera presentar; No encontró ninguna. En ese momento escucho un murmullo que provenía desde el otro lado de la pulpería, como si alguien le estuviese secreteando algo. No le hizo o no quiso hacerle caso. Salio despacio, fláccido el cuerpo sobre el caballo. Al dia siguiente los paisanos comentarían que el gaucho Lanzara, el que siempre se encontraba en silencio acodado en la barra, era un sabio, un poeta, un filosofo.
Esa mañana se levanto como todas, tomo unos mates apoyado en la puerta del rancho, esperando por el horizonte la bola de fuego que los hombres llamaban sol; Amasijo la tierra bajo de si con la suela de las alpargatas y hablo un poco con cada uno de los cinco perros que holgazaneaban en el patio; Les dijo a cada uno esencialmente lo mismo, que no era mucho.
Monto sobre el alazán y salio a trabajar con el ganado, pero para el mediodía ya se encontraba acodado en la barra de la pulpería. En la pulpería se veían las caras de siempre; Hombres secos, curtidos en la carencia, con brazos gruesos y morenos que bebían ginebras acodados en la barra, jugando tabas en el patio o en la mesa mas apartada que pudieran encontrar, y los ingenieros de sistema de la Tecnology Sistem Company, la multinacional dedicada a la robótica, software de ultima generación y nano tecnología, que habían construido un titánico edificio en el campo lindero. Estos eran diferentes; Vestidos con camisas azules y lentes sobre sus narices hablaban cada uno un idioma diferente y jugaban con diminutas computadoras portátiles de donde salían ruiditos que sacaban a los paisanos de su ensimismamiento.
Los ingenieros llegaban todos los mediodias amontonados en un ridículo vehiculo similar a un carrito de golf, o montados en caballos, toros y hasta arañas mecánicas, a beber cerveza y comer chorizo seco, cosa que no se encontraba en el edificio de la Tecnology Sistem Company. Dejaban sus monstruosidades mecánicas aparvadas junto a los caballos, que relinchaban y las miraban con desconfianza.
Lanzara ese dia bebió el vino despacio mirando de reojo el chorizo seco cortado a su lado. El patrón, un tal Méndez, estuvo vigilando su cavilación un buen rato. Finalmente se acerco y lo confronto.
_ ¿Qué pasa amigo, esta malo?_ dijo, señalando el chorizo.
_ No, no, como va a pensar, Don Méndez. Es que no pue’o cagar, tengo el culo cerra’o de hace días. Me tiene a mal traer ¿Sabe?
_ El culo_ exclamo Méndez, comprensivo.
Su mujer había tenido el mismo problema y lo había solucionado sobándole el culo con unos porotos blancos grandes como un dedo meñique. Se lo dijo a Lanzara omitiendo la parte a la que sabia que el paisano se mostraría reacio, que era el modo de aplicación.
_ Supositivos se llaman, uste’ va a lo de Varelita y los pide así, y se los dan nomás, en una cajita blanca de este tamaño, más o menos.
Lanzara asintió en silencio, dio la gracias y le dijo que lo iba a tener en cuenta. Luego pago, subió al caballo y enfilo con dirección al pueblo, a una legua y media de distancia. Todo el camino de ida estuvo pensado en el camino de vuelta y cada vez que veía una bosta, un poste o un molino, pensaba que en poco estaría viendo el otro lado de esas cosas. Cuando llego al pueblo el color blanco de las casas y el asfalto lo puso algo melancólico, porque en Hungría seguro que habría casas parecidas de colores parecidos y en una habría nacido su madre y el, pero este sentimiento desapareció desmonto en la farmacia.
El farmacéutico era un joven apuesto, hijo del hijo del farmacéutico original; Varela. Su padre, en su época, había sido llamado “el hijo de Varela”, a este por otro lado le llamaban “Varelita”. Su hijo, llegado el momento, seria llamado “el hijo de Varelita” y el hijo de este simplemente Varela, por que todo el mundo sabe que la memoria no es inmune al paso del tiempo, y tarde o temprano el circulo se cierra en su mismo punto de partida.
Lanzara lo primero que hizo fue mirar extrañado la bajísima barra que allí llamaban mostrador, no había cristiano que pudiese acodarse en ella, sensación extrañísima para Lanzara, que se vio de repente frente a otra persona con las manos colgadas a los lados.
_ ¿Qué se le ofrece, amigo?_ ataco Varelita, comprador.
En realidad no eran amigos, ni siquiera se conocían, pero Varelita sabia darle a cada perro su hueso. Los señores eran señores, los paisanos u obreros eran amigos, compadres o compañeros, la gente de clase media eran los suyos y los llamaba por el nombre o el apellido, según se acostumbrara en el pueblo. De todos estos Varelita no prefería a ninguno, solo le interesaban las jovencitas osadas del pueblo que iban a su farmacia a comprar preservativos entre risotadas y luego lo miraban en el boliche para que las sacara a bailar.
_ Ando un poco seco e vientre, sabe_ dijo Lanzara, sin preámbulos.
_ ¿De hace cuanto?
_ La verdad que no sabría decirle; Unos veinte días, a lo mejor menos, diez, ocho, en el campo el tiempo corre de otra manera. Ba, puede ser más, o menos, aunque seguro que anda por ahí.
Varelita se desentendió de la explicación, fue hacia el fondo y volvió con una caja blanca que puso sobre el mostrador.
_ Con esto va empezar a andar bien_ dijo mientras anotaba algo en un papelito.
_ Los suspensitorios_ exclamo Lanzara.
_ A, veo que conoce_ dijo Varelita, cómplice, mientras le guiñaba un ojo.
Lanzara no pudo evitar esgrimir un gesto de hombre de mundo. Pago y una vez fuera de la farmacia hizo un bollo con el papelito y se guardo la caja con los remedios en los aperos.
El campo era una mancha verde que se fundía con el azul del cielo. El aire se encontraba saturado de una brisa suave y caliente que envolvía y quemaba. A ese vaho se le sumaba la tierra que se alzaba bajo los pasos del caballo y que se instalaba en sus poros como una segunda piel. Unos kilómetros antes de llegar a su rancho logro divisar el complejo de la TSC; Un edificio enorme, con forma de domo, de un color gris plateado que reflectaba la luz del sol. A la noche algo de esa luz quedaba adherida a la superficie y a lo lejos el complejo parecía una gigantesca arcada abierta al dia; En los ranchos aledaños los gallos cantaban y los perros aúllan a lo largo de la noche hasta que al fin no les quedaban fuerzas ni ánimo.
Tomo el primer supositorio a la mañana siguiente y lo paso con un vaso de vino, ya que le pareció seco y amargo. Desde el vamos supo que aquella medicina no le causaría efecto, era como un segundo sentido, adquirido por la inmediatez con esa fuerza frontal y sabia que los hombres llamaban naturaleza. Pero poco y nada le importo; Cagar cagaria algún dia, y si no cagaria fuego, que era como le decían los mocosos a estirar la pata.
Monto al alazán y salio al campo, anduvo entre el ganado un tiempo, hasta que una mota de pasto en el suelo le llamo la atención. En realidad era un yuyo igual a otro, verde y desprolijo, saliendo de la tierra acribillada por el peso del ganado. Sin embargo Lanzara pudo apreciar lo particular de esa mota de pasto, lo indescifrable, que lo separaba de la interminable multitud de motas que se alzaban kilómetros y kilómetros a su alrededor. Se quedo mirándola por un tiempo que no pudo precisar. Pensó que antes de esa mota habría habido otras, números inimaginables, que se habrían ido superponiendo con el paso del tiempo, similares, pero únicas. Y habrían paso por allí también otros hombres antes que el, al igual que pasarían después, también similares y únicos, y tal vez ninguno de ellos se hubiese detenido a contemplar aquel espectáculo. Tal vez todos, hombres y pastos, serian uno solo, eternos, en un cuadro que iría variando levemente en un tiempo quieto.
Lanzara jamás había tenido un pensamiento similar y lo ajeno de ese pensamiento en su persona lo embargo de una emoción hasta ahora desconocida para el. Era un sentimiento que parecía introducirlo en un mundo hasta ahora vedado a su persona.
Se subió al caballo y enfilo hacia la pulpería de Méndez. En ese ínterin lo embargo otra meditación. El disparador esta vez fue un simple pensamiento; “Voy para el Este” pensó Lanzara, y al segundo siguiente lo atacaba la duda de si los puntos cardinales realmente existían.
Si el mundo era redondo, como le habían enseñado en la escuela, desde donde se encontraba, enfilando en cualquier dirección, llegaría exactamente al mismo punto, por lo que aquella dirección era tan valida como cualquier otra. Había cosas que no ignoraba, como que las direcciones estaban dadas por la posición del sol, las estrellas, cosas que había aprendido en el campo, y sin embargo lo que en ese momento lo invadía era un simple duda; ¿Por qué el Este era Este y el Oeste Oeste? ¿Por qué las direcciones eran cuatro y no cinco o seis, o mil, teniendo en cuenta que el mundo era redondo y no había un punto de referencia por el cual partir, o terminar?
No terminaba de mascullar esta duda cuando salto a otro pensamiento. Si el partía hacia el Oeste, siempre hacia atrás, llegaría hasta la pulpería de Méndez, aunque algo tarde, por supuesto. En ese caso llegaría a un punto hacia el Este, pero sin jamás transitarlo, de lo que dedujo que las direcciones no existían más que en relación directa con la acción de las personas. Si nadie iba hacia el Este el Este dejaba de existir.
Este pensamiento, a la vez, le regalo otra visión, que lo dejo algo perplejo. Cada vez que iba hacia lo de Méndez elegía una dirección, las del recorrido mas corto, pero en si había dos direcciones, cosa que antes jamás había llegado a pensar. Estaban el Este y el Oeste, y el siempre iba por el Este, dejando la otra dirección de lado. Sin embargo las dos eran formas de llegar, rectas entre un punto A y un B. El camino más directo. Lo que imagino, gráficamente, es que cada vez que Lanzara, el mismo, enfilaba en caballo para el Este, un No-Lanzara en un No-caballo se desdoblaban hacia el Oeste. Ese No-Lanzara era la posibilidad negada y Lanzara la imaginaba como su reflejo desdoblándose en el agua, percibiéndose desde cualquier punto por el perfil contrario al que se lo veía a el.
Este ultimo pensamiento, el cual venia derivando de todos los anteriores, le causó un leve escalofrió, pues al nunca a ver racionalizado del tal manera le parecía que la conclusión de estos pensamientos era mas una especie de revelación mas que un simple desvarió. Cuando bajo del caballo en la Méndez miro hacia el campo pelado y pensó en el No-Lanzara como un paisano resentido que velaba sus penas siempre en dirección contraria a la que se debía encontrar, y pensó que la posibilidad de que el lo intuyera con el pensamiento fuera, tal vez, la misma posibilidad de que el No-Lanzara se revelase a su naturaleza y comenzara a velar por lo que creía suyo. Mientras pensaba esto y entraba en la pulpería, vio a lo lejos, en el horizonte, un paisano cruzando la pampa a caballo y se dijo que era mejor olvidar el asunto.
Apenas se acodo sobre la barra el tal Méndez se acerco a atenderlo. Le trajo el vino y el chorizo casi sin oír el pedido y luego se acodo frente a él, del otro lado de la barra.
_ ¿Y como le fue con los remedios?_ pregunto Méndez, dado por sentado la visita de Lanzara a Varelita, o enterado por ese irrefrenable correr que se da en los pueblos de las noticias, aun de las mas intrascendentes.
Lanzara miro a Méndez como si lo hubiese visto por primera vez. Era un gaucho petiso y avejentado, canoso, con un rostro afable que al mismo tiempo producía cierta cautela, tal vez por su interés constante en los asuntos de todos los paisanos que pisaban su pulpería, aunque aquello pudiera explicarse a través de una naturaleza intrínseca de cantinero rural.
De todos modos no era lo único que Lanzara comenzaba a descubrir, sino que también su vista se paseaba a lo largo del local como un niño que descubre un mundo nuevo. Y era para Lanzara otra nueva experiencia de todas las que venia experimentando a lo largo del dia. Volvía a descubrir esas cosas que habían convivido con el durantes años, quietas en los rincones, conocidas hasta el hartazgo, tan interiorizadas que habían sido expulsadas del mundo real por completo. Eran detalles baladíes; botellas viejas, aperos de campo, huesos, cueros, cosas por el estilo, que solo revelaban su presencia si algún dia llegaban a desaparecer de su lugar. Ahora las veía nuevamente, y en ellas el paso del tiempo, y lo asombraba como el había acompañado ese tiempo de una forma tan fiel que ni siquiera había notado esa transformación, esa degradación, que también era la suya. Se paso la mano por la cara y noto la piel áspera y las arrugas. Un gaucho a sus espaldas suspiro y largo un “Ya es hora” que lo pareció detener el tiempo de repente. Sintió un escalofrió y después la voz de Méndez.
_ ¿Esta bien paisano?
_ Tan bien raros los cosos que me dio el Varelita_ Afirmo Lanzara mirando a Méndez, que le sonrió, confundiendo el sentido de la confesión.
_ Hay que ser hombre_ Afirmo Méndez.
Lanzara le hecho una mirada larga y penosa y luego hablo.
_ Si, pero no se pude vivir solamente de eso mi hermano. El tiempo es como una sangría, y cuando la sangría se acaba, el cuerpo queda seco. No se puede vivir siendo hombre solamente, porque es como conformarse en ser un perro que se rasca el lomo contra un poste. Afuera esta el campo, la naturaleza, que lo abraza a uno y lo deja así de chiquito y uno se pregunta quien es, porque hasta el viento parece querer hablar con uno a veces, y uno es un ignorante, y nada, no puede. ¿Qué es ser un hombre después de todo?; Piel huesos, carne…tiempo. No, uno es más que eso, pero no sabe y tiene que darse cuenta.
Cuado Lanzara termino de hablar vio que la pulpería entera se encontraba en silencio, escuchándolo. Había hablado en voz alta, dominado por una emoción inenarrable que lo había controlado.
Pago y salio al campo, a la pampa abierta. Se encontraba abombado, algo adormilado. Atado en la empalizada, junto al alazán, había un caballo similar al suyo. Lo rodeo y monto sin dificultad, buscando las diferencias que el otro animal pudiera presentar; No encontró ninguna. En ese momento escucho un murmullo que provenía desde el otro lado de la pulpería, como si alguien le estuviese secreteando algo. No le hizo o no quiso hacerle caso. Salio despacio, fláccido el cuerpo sobre el caballo. Al dia siguiente los paisanos comentarían que el gaucho Lanzara, el que siempre se encontraba en silencio acodado en la barra, era un sabio, un poeta, un filosofo.
Sunday, October 7, 2007
Vinotinto
Conocí a Vinotinto en los ochenta. No entiendan mal, no éramos dos cocainómanos que saltábamos de discoteca en discoteca, por aquella época éramos dos niñitos que jugaban a la pelota y se encerraban por horas en el cuarto de casa a mirar dibujitos. Después lo perdí por un tiempo, no lo vi más, y reapareció años después; Alto, con la cabeza repleta de rulos y aquel viejo perramus que lo cubría por completo. Ni siquiera recuerdo quien le puso el sobrenombre, o si cuando lo volví a encontrar ya lo tenia, lo que si se es que el sobrenombre no remitía a nada original, tanto solo era la suma de esas misma palabras; Vinotinto. Llevaba una botella siempre escondida en la parte interior del perramus, casi siempre un López, o alguna marca mas modesta cuando no le alcanzaba la plata.
No, Vinotinto no era un borracho cualquiera y su estado casi siempre era de una leve ebriedad. Era tan raro verlo totalmente borracho como encontrarlo totalmente sobrio, pues vivía así, con ese pequeño velo etílico que nublaba su visión.
Vivía solo, en un mono ambienté, donde se amontonaban viejos casetes grabados y una docena de DVDs de Cronemberg. Vinotinto amaba a Cronemberg, mas allá de que no tenia un gusto especial por el cine, jamás supe porque, ni tampoco el lo menciono, pero cuando ponía una de sus películas se pasaba fumando cigarrillo tras cigarrillo, en silencio, con una leve sonrisa dibujada en el labio.
De el me acuerdo que tenia una cortina de baño blanca con lunares rojo que me hacia acordar al vestido de una comadrona de pueblo y que cada hora, mas o menos, lo encontraba mirando hacia arriba, a algún punto en el techo, como buscando la respuesta de algún misterio. Todo lo demás que recuerdo de el podría no ser verdad.
Murió una tarde de Octubre, en una cama de hospital, de cáncer, pero ya no parecía el. Si hay algo después de esto, me dijo, antes de morir, voy a volver a joder a mi vecino, el que escucha Wagner a todo volumen. Es increíble que eso haya sido lo último que le hubiese escuchado decir, pero fue lo mejor, porque creí que me iba a tirar un sermón de último momento, de esos que empiezan con “Tenes que enderezar tu vida”. Pero creo que ese no era su estilo, ni el estilo de cualquiera que cargara con aquel sobrenombre.
No, Vinotinto no era un borracho cualquiera y su estado casi siempre era de una leve ebriedad. Era tan raro verlo totalmente borracho como encontrarlo totalmente sobrio, pues vivía así, con ese pequeño velo etílico que nublaba su visión.
Vivía solo, en un mono ambienté, donde se amontonaban viejos casetes grabados y una docena de DVDs de Cronemberg. Vinotinto amaba a Cronemberg, mas allá de que no tenia un gusto especial por el cine, jamás supe porque, ni tampoco el lo menciono, pero cuando ponía una de sus películas se pasaba fumando cigarrillo tras cigarrillo, en silencio, con una leve sonrisa dibujada en el labio.
De el me acuerdo que tenia una cortina de baño blanca con lunares rojo que me hacia acordar al vestido de una comadrona de pueblo y que cada hora, mas o menos, lo encontraba mirando hacia arriba, a algún punto en el techo, como buscando la respuesta de algún misterio. Todo lo demás que recuerdo de el podría no ser verdad.
Murió una tarde de Octubre, en una cama de hospital, de cáncer, pero ya no parecía el. Si hay algo después de esto, me dijo, antes de morir, voy a volver a joder a mi vecino, el que escucha Wagner a todo volumen. Es increíble que eso haya sido lo último que le hubiese escuchado decir, pero fue lo mejor, porque creí que me iba a tirar un sermón de último momento, de esos que empiezan con “Tenes que enderezar tu vida”. Pero creo que ese no era su estilo, ni el estilo de cualquiera que cargara con aquel sobrenombre.
Tuesday, October 2, 2007
Cuchillos
No hay mejores versos que los que se olvidan. Creo que lo dijo alguien que conoci, o el personaje de un cuento que no acabe por terminar. De todas maneras no viene al caso, pero imagino que el olvido debe estar lleno de buenos momentos. Los recuerdos, para el grueso de la gente, no son más que cuchillos.
La tragedia propiamente dicha
Camine por el pasillo como si las paredes se fueran cerrando a mí alrededor. Estaba en la nada despreciable etapa en la que el equilibrio y la coordinación son dones de la gente de allá afuera; del otro lado de las cosas. Es fácil adivinar cuando uno esta tomando de mas; Y tomar de mas no es volverse un borracho común y corriente, es solamente llevar una no poco despreciable cantidad de alcohol en sangre.
La señal mas clara es comenzar a detectar cortes, moretones, raspones, magulladuras, cosas que uno sabe perfectamente que le pasaron, pero que por alguna razón ha ignorado en el momento de suceder.
Cuando el cuerpo se vuelve un compilado de pequeños hematomas, como augurios que te avisan que la cosa va a rematar en la tragedia propiamente dicha, entonces uno tiene que comenzar a pensar en poner un poco el pie en el freno. Claro, que jamás nadie lo hace y la tragedia, propiamente dicha, llega con la puntualidad de todas las tragedias.
Levante el tubo medio dormido y escuche voz del otro lado, aunque aun no había logrado reconocer a quien pertenecía, no sonaba a grandes augurios.
Empecé diciendo no, si, no, si, no y de repente me di cuenta que era un gilipollas tan grande que hasta los monosílabos me metían en quibombos de proporciones astronómicas.
Me despabile, quise arreglar las cosas, pero las cosas habían construido su realidad solitas, a un costado de donde me encontraba sentado, semidormido, con el tubo del teléfono en la mano. La fucking realidad habían vuelto a decidir por si misma, como siempre, mientras yo observaba como un espectador la consecuencias de mis propios actos.
Colgué, y como diría el viejo Bukowsky, me rasque un rato los sobacos. Por la ventana se veía un sol grande y brillante como una de esas naranjas que los pibes se chafan de los cajones de los mercaditos chinos. No había muchas ganas de salir, pero como dije, había dicho un par de “si” y otro par de “no” que no jugaban mucho a mi favor. Así que me cambie y salí a la calle con ese aspecto de no encajar en ningún lugar que tan bien me quedaba.
La señal mas clara es comenzar a detectar cortes, moretones, raspones, magulladuras, cosas que uno sabe perfectamente que le pasaron, pero que por alguna razón ha ignorado en el momento de suceder.
Cuando el cuerpo se vuelve un compilado de pequeños hematomas, como augurios que te avisan que la cosa va a rematar en la tragedia propiamente dicha, entonces uno tiene que comenzar a pensar en poner un poco el pie en el freno. Claro, que jamás nadie lo hace y la tragedia, propiamente dicha, llega con la puntualidad de todas las tragedias.
Levante el tubo medio dormido y escuche voz del otro lado, aunque aun no había logrado reconocer a quien pertenecía, no sonaba a grandes augurios.
Empecé diciendo no, si, no, si, no y de repente me di cuenta que era un gilipollas tan grande que hasta los monosílabos me metían en quibombos de proporciones astronómicas.
Me despabile, quise arreglar las cosas, pero las cosas habían construido su realidad solitas, a un costado de donde me encontraba sentado, semidormido, con el tubo del teléfono en la mano. La fucking realidad habían vuelto a decidir por si misma, como siempre, mientras yo observaba como un espectador la consecuencias de mis propios actos.
Colgué, y como diría el viejo Bukowsky, me rasque un rato los sobacos. Por la ventana se veía un sol grande y brillante como una de esas naranjas que los pibes se chafan de los cajones de los mercaditos chinos. No había muchas ganas de salir, pero como dije, había dicho un par de “si” y otro par de “no” que no jugaban mucho a mi favor. Así que me cambie y salí a la calle con ese aspecto de no encajar en ningún lugar que tan bien me quedaba.
Sunday, September 30, 2007
Los insomnes
A veces apago la luz, veo por el ventanal y ahí están; Tres o cuatro luces que se desprenden de una masa indefinida de edificios. Siempre son los mismos, y conozco su ubicación, el color de sus luces, la forma de sus ventanas. A veces están asomados ahí, igual que yo, mirando la ciudad oscura, mientras el resto de sus habitantes sueña sus pesadillas o viaja en los monstruos mecánicos que se abren paso graznando en la noche. Son los insomnes, los sin sueño y me pregunto que soñaran despiertos, como a veces me pregunto que sueño yo, aquí tecleando, en estas noches sin piedad.
Thursday, September 27, 2007
Las medialunas
Dormi casi todo el dia
Me desperto un amigo que llamaba desde Europa
Su voz sonaba como si se hubiese comido un hamster
hablamos madie hora de medialunas
Cuando se hizo un silencio no sabiamos ni quien eramos
colgue y mire por la ventana
las persianas seguian bajas
y mi vecina recien comenzaba a llorar
Me desperto un amigo que llamaba desde Europa
Su voz sonaba como si se hubiese comido un hamster
hablamos madie hora de medialunas
Cuando se hizo un silencio no sabiamos ni quien eramos
colgue y mire por la ventana
las persianas seguian bajas
y mi vecina recien comenzaba a llorar
Tuesday, September 18, 2007
Padre
_ Así que se murió tu vecina_ dijo mi viejo, cortando un pedazo de pollo sobre el plato. Luego se lo llevo a la boca y lo mastico con ganas, esperando mi respuesta. Siempre hacia lo mismo; me invitaba a un restaurante para hablar y se pedía un cuarto de pollo con papas bien crocantes. Sabía que odiaba verlo comer pollo, ver el jugo aceitoso manchándole la punta del mostacho militar, sabia que odiaba escuchar el crujido de las papas trituradas por sus dientes. Cuando se metía el pollo a la boca yo sentía que me estaba masticando a mí, que me devoraba parte por parte, que me trituraba.
_ Si_ dije, simplemente.
_ ¿Y tu novia como anda?_ pregunto.
Me hecho una mirada inquisitiva. Jamás me preguntaba por Lola, cuando yo hablaba de ella se dedicaba a escuchar y echarme miradas de superioridad. Mi felicidad no lo hacia para nada feliz. Algo en mi había indicado que las cosas no andaban bien y el muy cabron había tirado hacia donde mas me dolía. Si acertaba; bien, y si no lo dejaba para la próxima oportunidad. El problema con los pibitos como vos es que todo le importa una mierda, solía decirme. Ahora que sabía que algo me importaba no iba a perder la oportunidad de usarlo a su favor.
Si; era un jodido monumento a la paternidad el viejo.
_ Bien, volvió con el novio, feliz, me imagino.
_ Ese tal Favio_ dijo, como si hubiese acertado el nombre por pura casualidad_ No la culpo, por lo que me contaste es un triunfador.
Me hubiese gustado saltar la mesa y darle al jodido tipo lo que se merecía; una buena zurra estilo película de Tarantino. Pero lo había intentado una vez y me había humillado. Me había puesto de cara contra el suelo, torciéndome la mano contra la espalda. No solo llevaba un mostacho policial, sino que se comportaba como toda la jodida institución. Iba a un gimnasio, hacia una de esas artes marciales con nombres raros, más que seguros que guardaba una semi automática en algún recoveco de su departamento.
Después de aquél pequeño altercado paterno-filial yo había planeado esperarlo a la salida del trabajo con un palo y rompérselo en la cabeza, pero deduje que eso solamente me iba a hacer sentir peor. Finalmente le retire la palabra, pero el muy hijo de puta era lo suficientemente manipulador como para hacerme quebrar. Así que un día las cosas entre el y yo volvieron a ser la mierda que habían sido toda la vida. Una lucha constante para demostrar que cada uno tenia la razón sobre un asunto que los dos ignorábamos de que trataba; pero que era lo suficientemente real para tenernos a los dos así, uno frente a otro, pugnando, todo el tiempo.
Recordé cuando mama aun estaba viva; Yo fantaseaba que un día ella me llamaba a una habitación aparte y me contaba que un día no había podido contener la tentación de montarse al plomero y que mi verdadero padre era un hijo de vecina que viviría en San Martín o Balbanera. Aquel era un pensamiento que me regocijaba más que cualquier fantasía sexual. Poder escupirle esa verdad a la cara y verle el rostro derritiéndosele de humillación.
Creo que si eso realmente hubiese pasado me hubiese roto el cuello sin pensarlo, pero de todas formas, yo hubiese ganado.
_ Es un jodido tipito de traje y corbata_ excuse, refiriéndome al supuesto triunfador.
_ Pero le va bien.
_ Porque el viejo esta acomodado.
_ Pero le va bien.
_ Si, le va joya_ dije, para hacerlo sentir por unos segundos que llevaba el sartén por el mango, pero enseguida ataque_ El otro día conocí a alguien
Levanto la cabeza y apenas tuvo tiempo de ocultar la cara de asombro. Para el viejo mis triunfos sexuales eran solo una cuestión probabilística; por el solo hecho existir uno se topaba con dos o tres conchas que no oponían resistencia. Así pensaba el. Que yo hubiese salido de una y me hubiese metido en otra era una pura cuestión de suerte. Y joder si no lo era.
_ Tenés una racha_ dijo esbozando una sonrisa sarcástica.
_ Puede ser.
_ Es linda?_ pregunto.
_ Si, más o menos, pero recién nos conocemos, todavía no paso nada.
_ ¿Que hace?
_ Creo que nada. Pero los viejos deben estar nadando en plata.
_ Entonces te conviene.
_ Sí, yo que se_ conteste.
_ Tus cositas como andan_ pregunto.
Mis cositas era mi literatura. Mi viejo se regocijaba en mi elección de ser un pobre diablo. Creo que lo que más le temía era a que yo pudiera tener éxito y que su deslumbrante personalidad saliera impresa en las páginas de un libro y a manos de quien la quisiera descubrir. Hacia bien en temer el muy hijo de puta; podia estar seguro que el primer ejemplar le iba llegar por correo con un hermosa dedicatoria de tapa.
_ Bien_ Conteste.
_ Necesitas plata?_ pregunto, y aunque no lo sepan, esta pregunta era parte del mismo asunto.
_ No, conseguí trabajo_ conteste.
Me miro con mal disimulado disgusto. Luego volvió la cara al plato y se llevo a la boca una presa grande de pollo. Mastico como un desquiciado. Que yo no estuviera revolcándome en mi propia miseria parecía ser para el una inconmensurable tragedia.
_ ¿Una mensajeria, un local de comidas rápidas?_ trato de adivinar.
_ Ayudo a una socióloga que trabaja en la UBA.
_ Mira vos_ fue lo único que atino a decir.
Hay que decir a su favor que aquel tipejo no es que fuera un mal padre; era simplemente una mala persona. Tenía empleados y los trataba como mierda, estaba juntado con una pobre mina a la que trataba como mierda, y a mí, joder, me trataba como las más triste y póstuma de las mierdas.
Hay tipos a los que todo le chupa un huevo y no quieren a nadie; y lastiman con la indiferencia, y nada mas. En cambio mi viejo se interesaba por todos, tenia que estar pendiente de todos, para poder refregarnos por la cara su superioridad. Aquello era tan desgastante que a veces no entendía como podia manejarlo. Como podia vivir una vida teniendo que demostrar constantemente algo que a los demás le importaba realmente tres carajos.
_ Se me hace tarde, me tengo que ir_ dijo de repente y levanto la mano al mozo.
Pago y ambos salimos afuera. Parecía estar un poco más viejo; como si por fin se comenzara a desmoronar ese hálito de eterna juventud que siempre había acarreado. Eso lo hacia mas patético; mas triste.
_ Estas seguro que no necesitas plata.
_ Si insistís.
_ ¿Cuanto necesitas?
_ Doscientos_ dije, para que le diera bien los huevos.
Desdoblo la billetera y me los alcanzo. Los jodidos billetes parecían sonar más fuerte entre mis dedos. Me los guarde en el bolsillo de adelante como decía mama que debía hacer cuando viajaba en colectivo. Como si los industriosos cacos de esta ciudad no tuvieran la suficiente maña como para robarte las medias sin quitarte las zapatillas. Vieja y acertada frase era aquella.
_ A ver si nos vemos más seguido_ dijo mi viejo por decir algo.
_ Si_ conteste yo, por contestar algo.
Remonte Corrientes hasta el microcentró. Tipos de traje y chavales revolviendo la basura era casi todo lo que había. Los turistas estaban alli como una tercera fuerza; ajenos a toda aquella mísera de bipolaridad urbana. Me metí en uno de esos resto-bar que hay sobre las esquinas de Corrientes y me senté junto a un enorme ventanal. Cuando el mozo se presento pedí simplemente una tabla de fiambres y la mejor botella de vino que tuvieran. Aquel dinero debía irse con la misma velocidad con que se había presentado; El valor simbólico, lo que realmente representaba aquel papel, pesaba mucho mas que el valor en cambio dólar que pudiera tener.
Comí y bebí como un rey y deje lo suficiente como para meterme en todos los locales de venta de libros usados de Callao hasta el obelisco. Remate mi segunda botella de vino y cuando termine de pagar vi por la ventana algo que no supe como digerir. Lola cruzaba Corrientes de la mano de Fabio, justo hacia la esquina donde quedaba el restaurante. Cerré el puño con fuerza. El alcohol me llego de una sola oleada a la cabeza y una furia irrefrenable me hizo chillar los dientes. Salí afuera y los espere. No pensaba decir nada. Los muy tortolitos venían caminando uno contra otros, mirándose entre ellos, y como venían iban a chocar de frente conmigo. Apenas levantaran la cabeza iba a dejar al supuesto triunfador tirado de culo en el suelo.
No se que fallo, pero de repente sentí un estadillo y era yo el que se encontraba en el suelo. Tarde un rato hasta darme cuenta de que alguien me había embocado a mi. La gente caminaba a mi alrededor sin ni siquiera prestarme atención. Me di vuelta y vi la espalda de Lola y Fabio que había pasado junto a mi sin siquiera verme.
_ ¡¡Hey!!_ Dijo una voz.
Yo todavía me encontraba tirado en el suelo, de espalda, aturdido.
_ ¿Te acordas de mi?
Era un morocho grande, grueso, con una barba candado dibujada sobre el rostro y cara de muy pocos amigos.
_ Tío, no me puedo acordar de cada vez que peleo en un bar, pero perdona, estaba borracho_ dije, sin saber de que me disculpaba, si al fin y al cabo no recordaba haber ganado jamás alguna de aquellas grescas.
El tipo frunció el seño. Parecía ofendido. Llevaba una chaqueta negra de cuero bastante costosa, el pelo rapado pero prolijo, un lindo reloj de oro sobre una muñeca gruesa como el tronco de un secoya. Era clavado que estaba errando el tiro.
_ Vos me empujaste de la escalera en la primaria, cuando íbamos a cuarto grado_ dijo el tipo y me mostró una marca en la cabeza donde el cabello se negaba a crecer.
_ Hernancito_ exclame, sorprendido.
Al tipo le brillaron los ojos de satisfacción y en ese preciso instante me coloco una certera patada en el estomago que me quito todo el aire.
Joder, pensé, mientras Hernancito me levantaba como un títere de la solapa de la campera, que carajo habrá comido este tío todos estos años. Fuera lo fuera, nunca era tarde para pasar de predador a presa en aquélla selva; Y para pedir disculpas, por supuesto, siempre era buen momento.
_ Si_ dije, simplemente.
_ ¿Y tu novia como anda?_ pregunto.
Me hecho una mirada inquisitiva. Jamás me preguntaba por Lola, cuando yo hablaba de ella se dedicaba a escuchar y echarme miradas de superioridad. Mi felicidad no lo hacia para nada feliz. Algo en mi había indicado que las cosas no andaban bien y el muy cabron había tirado hacia donde mas me dolía. Si acertaba; bien, y si no lo dejaba para la próxima oportunidad. El problema con los pibitos como vos es que todo le importa una mierda, solía decirme. Ahora que sabía que algo me importaba no iba a perder la oportunidad de usarlo a su favor.
Si; era un jodido monumento a la paternidad el viejo.
_ Bien, volvió con el novio, feliz, me imagino.
_ Ese tal Favio_ dijo, como si hubiese acertado el nombre por pura casualidad_ No la culpo, por lo que me contaste es un triunfador.
Me hubiese gustado saltar la mesa y darle al jodido tipo lo que se merecía; una buena zurra estilo película de Tarantino. Pero lo había intentado una vez y me había humillado. Me había puesto de cara contra el suelo, torciéndome la mano contra la espalda. No solo llevaba un mostacho policial, sino que se comportaba como toda la jodida institución. Iba a un gimnasio, hacia una de esas artes marciales con nombres raros, más que seguros que guardaba una semi automática en algún recoveco de su departamento.
Después de aquél pequeño altercado paterno-filial yo había planeado esperarlo a la salida del trabajo con un palo y rompérselo en la cabeza, pero deduje que eso solamente me iba a hacer sentir peor. Finalmente le retire la palabra, pero el muy hijo de puta era lo suficientemente manipulador como para hacerme quebrar. Así que un día las cosas entre el y yo volvieron a ser la mierda que habían sido toda la vida. Una lucha constante para demostrar que cada uno tenia la razón sobre un asunto que los dos ignorábamos de que trataba; pero que era lo suficientemente real para tenernos a los dos así, uno frente a otro, pugnando, todo el tiempo.
Recordé cuando mama aun estaba viva; Yo fantaseaba que un día ella me llamaba a una habitación aparte y me contaba que un día no había podido contener la tentación de montarse al plomero y que mi verdadero padre era un hijo de vecina que viviría en San Martín o Balbanera. Aquel era un pensamiento que me regocijaba más que cualquier fantasía sexual. Poder escupirle esa verdad a la cara y verle el rostro derritiéndosele de humillación.
Creo que si eso realmente hubiese pasado me hubiese roto el cuello sin pensarlo, pero de todas formas, yo hubiese ganado.
_ Es un jodido tipito de traje y corbata_ excuse, refiriéndome al supuesto triunfador.
_ Pero le va bien.
_ Porque el viejo esta acomodado.
_ Pero le va bien.
_ Si, le va joya_ dije, para hacerlo sentir por unos segundos que llevaba el sartén por el mango, pero enseguida ataque_ El otro día conocí a alguien
Levanto la cabeza y apenas tuvo tiempo de ocultar la cara de asombro. Para el viejo mis triunfos sexuales eran solo una cuestión probabilística; por el solo hecho existir uno se topaba con dos o tres conchas que no oponían resistencia. Así pensaba el. Que yo hubiese salido de una y me hubiese metido en otra era una pura cuestión de suerte. Y joder si no lo era.
_ Tenés una racha_ dijo esbozando una sonrisa sarcástica.
_ Puede ser.
_ Es linda?_ pregunto.
_ Si, más o menos, pero recién nos conocemos, todavía no paso nada.
_ ¿Que hace?
_ Creo que nada. Pero los viejos deben estar nadando en plata.
_ Entonces te conviene.
_ Sí, yo que se_ conteste.
_ Tus cositas como andan_ pregunto.
Mis cositas era mi literatura. Mi viejo se regocijaba en mi elección de ser un pobre diablo. Creo que lo que más le temía era a que yo pudiera tener éxito y que su deslumbrante personalidad saliera impresa en las páginas de un libro y a manos de quien la quisiera descubrir. Hacia bien en temer el muy hijo de puta; podia estar seguro que el primer ejemplar le iba llegar por correo con un hermosa dedicatoria de tapa.
_ Bien_ Conteste.
_ Necesitas plata?_ pregunto, y aunque no lo sepan, esta pregunta era parte del mismo asunto.
_ No, conseguí trabajo_ conteste.
Me miro con mal disimulado disgusto. Luego volvió la cara al plato y se llevo a la boca una presa grande de pollo. Mastico como un desquiciado. Que yo no estuviera revolcándome en mi propia miseria parecía ser para el una inconmensurable tragedia.
_ ¿Una mensajeria, un local de comidas rápidas?_ trato de adivinar.
_ Ayudo a una socióloga que trabaja en la UBA.
_ Mira vos_ fue lo único que atino a decir.
Hay que decir a su favor que aquel tipejo no es que fuera un mal padre; era simplemente una mala persona. Tenía empleados y los trataba como mierda, estaba juntado con una pobre mina a la que trataba como mierda, y a mí, joder, me trataba como las más triste y póstuma de las mierdas.
Hay tipos a los que todo le chupa un huevo y no quieren a nadie; y lastiman con la indiferencia, y nada mas. En cambio mi viejo se interesaba por todos, tenia que estar pendiente de todos, para poder refregarnos por la cara su superioridad. Aquello era tan desgastante que a veces no entendía como podia manejarlo. Como podia vivir una vida teniendo que demostrar constantemente algo que a los demás le importaba realmente tres carajos.
_ Se me hace tarde, me tengo que ir_ dijo de repente y levanto la mano al mozo.
Pago y ambos salimos afuera. Parecía estar un poco más viejo; como si por fin se comenzara a desmoronar ese hálito de eterna juventud que siempre había acarreado. Eso lo hacia mas patético; mas triste.
_ Estas seguro que no necesitas plata.
_ Si insistís.
_ ¿Cuanto necesitas?
_ Doscientos_ dije, para que le diera bien los huevos.
Desdoblo la billetera y me los alcanzo. Los jodidos billetes parecían sonar más fuerte entre mis dedos. Me los guarde en el bolsillo de adelante como decía mama que debía hacer cuando viajaba en colectivo. Como si los industriosos cacos de esta ciudad no tuvieran la suficiente maña como para robarte las medias sin quitarte las zapatillas. Vieja y acertada frase era aquella.
_ A ver si nos vemos más seguido_ dijo mi viejo por decir algo.
_ Si_ conteste yo, por contestar algo.
Remonte Corrientes hasta el microcentró. Tipos de traje y chavales revolviendo la basura era casi todo lo que había. Los turistas estaban alli como una tercera fuerza; ajenos a toda aquella mísera de bipolaridad urbana. Me metí en uno de esos resto-bar que hay sobre las esquinas de Corrientes y me senté junto a un enorme ventanal. Cuando el mozo se presento pedí simplemente una tabla de fiambres y la mejor botella de vino que tuvieran. Aquel dinero debía irse con la misma velocidad con que se había presentado; El valor simbólico, lo que realmente representaba aquel papel, pesaba mucho mas que el valor en cambio dólar que pudiera tener.
Comí y bebí como un rey y deje lo suficiente como para meterme en todos los locales de venta de libros usados de Callao hasta el obelisco. Remate mi segunda botella de vino y cuando termine de pagar vi por la ventana algo que no supe como digerir. Lola cruzaba Corrientes de la mano de Fabio, justo hacia la esquina donde quedaba el restaurante. Cerré el puño con fuerza. El alcohol me llego de una sola oleada a la cabeza y una furia irrefrenable me hizo chillar los dientes. Salí afuera y los espere. No pensaba decir nada. Los muy tortolitos venían caminando uno contra otros, mirándose entre ellos, y como venían iban a chocar de frente conmigo. Apenas levantaran la cabeza iba a dejar al supuesto triunfador tirado de culo en el suelo.
No se que fallo, pero de repente sentí un estadillo y era yo el que se encontraba en el suelo. Tarde un rato hasta darme cuenta de que alguien me había embocado a mi. La gente caminaba a mi alrededor sin ni siquiera prestarme atención. Me di vuelta y vi la espalda de Lola y Fabio que había pasado junto a mi sin siquiera verme.
_ ¡¡Hey!!_ Dijo una voz.
Yo todavía me encontraba tirado en el suelo, de espalda, aturdido.
_ ¿Te acordas de mi?
Era un morocho grande, grueso, con una barba candado dibujada sobre el rostro y cara de muy pocos amigos.
_ Tío, no me puedo acordar de cada vez que peleo en un bar, pero perdona, estaba borracho_ dije, sin saber de que me disculpaba, si al fin y al cabo no recordaba haber ganado jamás alguna de aquellas grescas.
El tipo frunció el seño. Parecía ofendido. Llevaba una chaqueta negra de cuero bastante costosa, el pelo rapado pero prolijo, un lindo reloj de oro sobre una muñeca gruesa como el tronco de un secoya. Era clavado que estaba errando el tiro.
_ Vos me empujaste de la escalera en la primaria, cuando íbamos a cuarto grado_ dijo el tipo y me mostró una marca en la cabeza donde el cabello se negaba a crecer.
_ Hernancito_ exclame, sorprendido.
Al tipo le brillaron los ojos de satisfacción y en ese preciso instante me coloco una certera patada en el estomago que me quito todo el aire.
Joder, pensé, mientras Hernancito me levantaba como un títere de la solapa de la campera, que carajo habrá comido este tío todos estos años. Fuera lo fuera, nunca era tarde para pasar de predador a presa en aquélla selva; Y para pedir disculpas, por supuesto, siempre era buen momento.
Tuesday, August 28, 2007
Las moscas
Lo primero que me impacto fue el vaho caliente que la golpeaba a una apenas cruzaba la puerta. Era como el olor de la cocina de la abuela cuando hacia empanadas fritas, pero como si todas las abuelas del mundo estuvieran cocinando allí a la misma vez. La atmósfera era en verdad densa, casi palpable. Unas gordas moscas negras se movían entre la grasitud del local como unos astronautas presa de la gravedad cero. No volaban, flotaban sobre el aire.
Detrás del mostrador, donde varias personas tomaban cerveza apostadas, había un viejo de rostro oscuro, huraño y transpirado. Junto a el había un joven que lo reproducía en cada uno de estos gestos. Los dos llevaban un traje rojo típico de cantinero, con el moñito rojo rematando sobre el cuello.
Gracias a dios la ventana junto a la que me senté se encontraba abierta. El aire de afuera combatía a mano limpia con la atmósfera compacta del bar. Era como si dos mundos chocasen en un punto y luchasen por ganar espacio uno al otro.
Deje la cartera colgada del respaldar de la silla y el celular sobre la mesa, lejos de la ventana. El chico se acerco rápidamente. Cuando estuvo cerca pude ver el labio leporino que parecía dividir en dos su boca.
_ Señorita_ exclamo, servicial.
Sonreí. Era una mujer fácilmente impresionable. Baje la vista hacia la mesa pero de inmediato la volví hacia la puerta de chapa frente al local. ¿Qué podía hacer? No sabia si mirarlo directo a los ojos con una mirada llena de repulsión o esquivarla como una hipócrita. Opte por la primera, aunque era la que menos me agradaba.
_ ¿Podría hacerle un pregunta?_ dije volviéndome a encontrar con sus ojos.
_ Si, por supuesto_ dijo el chico y esbozó una sonrisa que parecía forzada.
El labio se contorsiono en un rictus grotesco. Me era difícil mantenerme serena y estoy por completo segura que no lo logre. Pensé para aliviarme un poco que el chico se cruzaría con cientos de personas horribles como yo por día, hasta aun peores, gente que se reiría a sus espaldas o le diría frases con doble sentido. Eso me alivio un poco. Mientras tanto yo trataba de disimular mi impresión y el chico trataba de disimular que se daba cuenta que yo me encontraba impresionada. Finalmente le pregunte por la puerta de chapa por la que Sergio había desaparecido.
_ Un tugurio punk_ dijo, en el mismo instante en que una generosa porción de saliva se desprendía de su boca en la dicción de la palabra “Punk”.
Hice como que no lo notaba. El me imito. La saliva salpico justo en centro mismo de la mesa.
_ ¿Y eso?_ pregunte, refiriéndome al tugurio punk.
_ Donde van a escuchar música los punk_ dijo el chico con naturalidad_ Los de las cretas _ aclaro llevándose la mano abierta sobre la cabeza como si fuera un gallo.
_ Haaaa_ exclame
Luego hubo un corto silencio en que lo mire de frente pero sin verlo realmente. Mi cabeza estaba ocupada tratando de lograr meter a Sergio en aquélla ecuación que no parecía tener mucho o ningún sentido.
_ Un café_ dije casi sin saber que decía.
_ No, como un boliche_ aclaro el chico.
_ Un café, que voy a tomar un café_ replique yo.
El chico afirmo con la cabeza y antes de irse tuvo el ingenio de pasar la rejilla y borrar el escupitajo que había dejado sobre la mesa. Antes de perderse por las tiritas de la cortina tras el mostrador le dijo algo al viejo, que acentuó su rostro huraño y hecho una fugaz mirada hacia mí. Luego descolgó la rejilla del brazo y fue dibujando redondeles perfectos sobre la madera de mostrador, levantando los vasos, dedicandole sonrisas huecas a los clientes que ni siquiera se dignaban a mirarlo.
Sobre uno de los lados del bar una mujer con rostro triste revolvía un guiso con la punta de la cuchara. Aquel plato estaría menos denso y caliente que el aire del lugar. Sobre el borde tres moscas caminaban y peleaban o copulaban entre si. La mujer ni siquiera les ponía atención. De cuando en cuando las espantaba con la cuchara, pero las moscas hacia una pirueta rápida y se posaban en el otro extremo del plato.
Un minuto después el chico me trajo el café y me dedico una sonrisa dirigida a mi o a mi escote. No se si le caía muy bien o muy mal, pero estaba segura que no era ningún punto medio entre esos dos extremos. A veces podemos adivinar la intensidad de los sentimientos de los otros y sin embargo ignoramos en que va puesta esa intensidad.
Revolví el café y antes de llevármelo a la boca me fije que la superficie estuviera completa homogénea. Luego eche una ojeada y vi al chico mirándome fijo desde detrás del mostrador. Llevaba una sonrisa apenas perceptible que afeaba aun más su boca leporina. Tome un sorbo y me pareció que era un muy buen café. En realidad era uno de los mejores que había tomado en los últimos tiempos, y sin embargo...
Detrás del mostrador, donde varias personas tomaban cerveza apostadas, había un viejo de rostro oscuro, huraño y transpirado. Junto a el había un joven que lo reproducía en cada uno de estos gestos. Los dos llevaban un traje rojo típico de cantinero, con el moñito rojo rematando sobre el cuello.
Gracias a dios la ventana junto a la que me senté se encontraba abierta. El aire de afuera combatía a mano limpia con la atmósfera compacta del bar. Era como si dos mundos chocasen en un punto y luchasen por ganar espacio uno al otro.
Deje la cartera colgada del respaldar de la silla y el celular sobre la mesa, lejos de la ventana. El chico se acerco rápidamente. Cuando estuvo cerca pude ver el labio leporino que parecía dividir en dos su boca.
_ Señorita_ exclamo, servicial.
Sonreí. Era una mujer fácilmente impresionable. Baje la vista hacia la mesa pero de inmediato la volví hacia la puerta de chapa frente al local. ¿Qué podía hacer? No sabia si mirarlo directo a los ojos con una mirada llena de repulsión o esquivarla como una hipócrita. Opte por la primera, aunque era la que menos me agradaba.
_ ¿Podría hacerle un pregunta?_ dije volviéndome a encontrar con sus ojos.
_ Si, por supuesto_ dijo el chico y esbozó una sonrisa que parecía forzada.
El labio se contorsiono en un rictus grotesco. Me era difícil mantenerme serena y estoy por completo segura que no lo logre. Pensé para aliviarme un poco que el chico se cruzaría con cientos de personas horribles como yo por día, hasta aun peores, gente que se reiría a sus espaldas o le diría frases con doble sentido. Eso me alivio un poco. Mientras tanto yo trataba de disimular mi impresión y el chico trataba de disimular que se daba cuenta que yo me encontraba impresionada. Finalmente le pregunte por la puerta de chapa por la que Sergio había desaparecido.
_ Un tugurio punk_ dijo, en el mismo instante en que una generosa porción de saliva se desprendía de su boca en la dicción de la palabra “Punk”.
Hice como que no lo notaba. El me imito. La saliva salpico justo en centro mismo de la mesa.
_ ¿Y eso?_ pregunte, refiriéndome al tugurio punk.
_ Donde van a escuchar música los punk_ dijo el chico con naturalidad_ Los de las cretas _ aclaro llevándose la mano abierta sobre la cabeza como si fuera un gallo.
_ Haaaa_ exclame
Luego hubo un corto silencio en que lo mire de frente pero sin verlo realmente. Mi cabeza estaba ocupada tratando de lograr meter a Sergio en aquélla ecuación que no parecía tener mucho o ningún sentido.
_ Un café_ dije casi sin saber que decía.
_ No, como un boliche_ aclaro el chico.
_ Un café, que voy a tomar un café_ replique yo.
El chico afirmo con la cabeza y antes de irse tuvo el ingenio de pasar la rejilla y borrar el escupitajo que había dejado sobre la mesa. Antes de perderse por las tiritas de la cortina tras el mostrador le dijo algo al viejo, que acentuó su rostro huraño y hecho una fugaz mirada hacia mí. Luego descolgó la rejilla del brazo y fue dibujando redondeles perfectos sobre la madera de mostrador, levantando los vasos, dedicandole sonrisas huecas a los clientes que ni siquiera se dignaban a mirarlo.
Sobre uno de los lados del bar una mujer con rostro triste revolvía un guiso con la punta de la cuchara. Aquel plato estaría menos denso y caliente que el aire del lugar. Sobre el borde tres moscas caminaban y peleaban o copulaban entre si. La mujer ni siquiera les ponía atención. De cuando en cuando las espantaba con la cuchara, pero las moscas hacia una pirueta rápida y se posaban en el otro extremo del plato.
Un minuto después el chico me trajo el café y me dedico una sonrisa dirigida a mi o a mi escote. No se si le caía muy bien o muy mal, pero estaba segura que no era ningún punto medio entre esos dos extremos. A veces podemos adivinar la intensidad de los sentimientos de los otros y sin embargo ignoramos en que va puesta esa intensidad.
Revolví el café y antes de llevármelo a la boca me fije que la superficie estuviera completa homogénea. Luego eche una ojeada y vi al chico mirándome fijo desde detrás del mostrador. Llevaba una sonrisa apenas perceptible que afeaba aun más su boca leporina. Tome un sorbo y me pareció que era un muy buen café. En realidad era uno de los mejores que había tomado en los últimos tiempos, y sin embargo...
Thursday, August 16, 2007
Los Ramones
_ Estoy cansado de este mundo de mierda_ dijo una voz tras el.
_ Ya vas a empezar_ replico otro.
_ Todos esos mierdas dándole manija como si la vida fuera el motor de un Ford T, buscando girar a la mismísima velocidad en que se mueve el mundo. Hablan y les sale una verdad por la boca y otra por el culo; y hacen como si no hubiese diferencia. Debería existir una subjetividad oral y otra rectal; para describir ese discurso fétido que huele a oportunismo. Esos mamelucos rastreros con corazon de cerdo me tienen en hastío. Habría que colgarlos de los huevos, habría que darle algo de su propia medicina.
_ No se ni de que estas hablando_ dijo el otro.
_ Hablo de que todo esta podrido. Me podría subir a la punta del Kahabanna y empezar a tirar piedras a la calle y todo el mundo saldría corriendo invocando el nombre de la decencia y el sentido común. Se rasgarían las ropas hablando de la ética del patatín y del patatan, de lo racional y de lo decente. Pero si las mismas piedras fueran de oro se formaría una turba que me alentaría a que les hiciera puntería. Quisiera ver que alguien les fuera a decir que arriesgan la vida. Contestarían que más que arriesgarla están alli para salvarla de una vez por todas. Se reirían de la racionalidad y de la decencia. Yo seria una especie de dios. No importa que la roca y el oro sean igual de contundentes, para ellos los dos hechos están separados por un océano, por que para ellos la ética y la racionalidad cotizan en patrón oro.
_ Sigo sin entender.
_ Es la paradoja del hombre lobo.
_ ¿¡Eh!?
_ La paradoja del hombre lobo.
_ ¿Cuando me vas a devolver los compact de Los Ramones?
_ El hombre se convierte en lobo y se entrega a su instinto. Anda por ahí cazando para comer, mata para defenderse, hace lo cualquier animal haría. Los hombres le tiran con todo pero no lo pueden matar por que el hombre lobo se ha entregado al instinto y ese instinto, esa coraza, rechaza los objetos y símbolos que son propios del hombre racional. Sin embargo, ¿qué es lo que logra traspasar esa coraza?; la plata. El símbolo de cambio por excelencia. El hombre traiciona al animal y deja pasar la plata aun a costa de su propia supervivencia. Mata al animal pero también mata al hombre, traiciona el instinto pero también lo racional. Esa es la paradoja del hombre lobo.
_ Por lo que estas diciendo Drácula es un burgués que se alimenta de la fuerza de trabajo de los campesinos y Frankestein es una metáfora del desmembramiento del proletariado, su reconstrucción en un ente mas ingenuo y maleable, y su rebelión final contra las fuerzas que lo coaccionan.
_ ¿Me estas tomando el pelo? La verdad que no se si la facultad te volvió mas suspicaz o mas pelotudo.
_ Me vas a devolver mis compact de los Ramones o no?
_ Ya vas a empezar_ replico otro.
_ Todos esos mierdas dándole manija como si la vida fuera el motor de un Ford T, buscando girar a la mismísima velocidad en que se mueve el mundo. Hablan y les sale una verdad por la boca y otra por el culo; y hacen como si no hubiese diferencia. Debería existir una subjetividad oral y otra rectal; para describir ese discurso fétido que huele a oportunismo. Esos mamelucos rastreros con corazon de cerdo me tienen en hastío. Habría que colgarlos de los huevos, habría que darle algo de su propia medicina.
_ No se ni de que estas hablando_ dijo el otro.
_ Hablo de que todo esta podrido. Me podría subir a la punta del Kahabanna y empezar a tirar piedras a la calle y todo el mundo saldría corriendo invocando el nombre de la decencia y el sentido común. Se rasgarían las ropas hablando de la ética del patatín y del patatan, de lo racional y de lo decente. Pero si las mismas piedras fueran de oro se formaría una turba que me alentaría a que les hiciera puntería. Quisiera ver que alguien les fuera a decir que arriesgan la vida. Contestarían que más que arriesgarla están alli para salvarla de una vez por todas. Se reirían de la racionalidad y de la decencia. Yo seria una especie de dios. No importa que la roca y el oro sean igual de contundentes, para ellos los dos hechos están separados por un océano, por que para ellos la ética y la racionalidad cotizan en patrón oro.
_ Sigo sin entender.
_ Es la paradoja del hombre lobo.
_ ¿¡Eh!?
_ La paradoja del hombre lobo.
_ ¿Cuando me vas a devolver los compact de Los Ramones?
_ El hombre se convierte en lobo y se entrega a su instinto. Anda por ahí cazando para comer, mata para defenderse, hace lo cualquier animal haría. Los hombres le tiran con todo pero no lo pueden matar por que el hombre lobo se ha entregado al instinto y ese instinto, esa coraza, rechaza los objetos y símbolos que son propios del hombre racional. Sin embargo, ¿qué es lo que logra traspasar esa coraza?; la plata. El símbolo de cambio por excelencia. El hombre traiciona al animal y deja pasar la plata aun a costa de su propia supervivencia. Mata al animal pero también mata al hombre, traiciona el instinto pero también lo racional. Esa es la paradoja del hombre lobo.
_ Por lo que estas diciendo Drácula es un burgués que se alimenta de la fuerza de trabajo de los campesinos y Frankestein es una metáfora del desmembramiento del proletariado, su reconstrucción en un ente mas ingenuo y maleable, y su rebelión final contra las fuerzas que lo coaccionan.
_ ¿Me estas tomando el pelo? La verdad que no se si la facultad te volvió mas suspicaz o mas pelotudo.
_ Me vas a devolver mis compact de los Ramones o no?
Tuesday, August 7, 2007
Saturday, July 28, 2007
Lorenzo
Lorenzo toco a la puerta de la cabaña de los Frías mientras miraba las reposeras abiertas a un lado del porche; Eran las dos exactamente iguales, con la diferencia de que una era roja y otra azul, aunque ambas de un color claro, casi crema. Entre las dos había un bulto extraño que le llamo la atención. Era un sapo, enorme, del tamaño de una caja de zapatos, y de un color amarillento, con manchas azuladas. La cabeza, medianamente chica comparada con el monstruoso cuerpo, contaba con dos grandes ojos absolutamente negros, como dos posos sin fondo. La barbilla baja y subía lentamente y lo hacia ronronear como un gato.
Lorenzo lo miro un rato entre asqueado y asombrado. El sapo parecía no haber notado su presencia, miraba hacia el final del prado, donde comenzaba el bosque, como si esperase que en cualquier momento saliera de allí algo amenazante. Lorenzo miro en la misma dirección, y sintió desde allí, que detrás de los árboles y la oscuridad seguía la asechanza de ese ser multiforme que era la naturaleza. Era como si mil ojos invisibles lo miraran desde mil puntos de la oscuridad y esa constante vigilancia fuera más desgarradora que todas las garras y las fauces juntas, porque era la inminencia de algo desconocido, lejano, latente, perverso. Seguramente detrás de las matas y los árboles no hubiese nada mas que algunos pequeños roedores y ofideos, pero era justamente eso lo perverso, lo amenazante, porque podía sentir que en la suma de las partes de aquel vació había algo que respiraba y pugnaba por poder ser.
Este pensamiento lo hizo tener un escalofrió. Volvió a mirar al sapo que lo miro a su vez, con sus ojos oscuros y fríos. Los dos se reservaron opinión, pero se pudo notar en sus miradas que por dentro compartían una cavilación, algo tan íntimo como atemorizante.
Al ver que los gemelos no respondían Lorenzo volvió a tocar la puerta y casi inmediatamente entro. Como siempre lo embargo esa extrañes de encontrarse en su propia cabaña y no. No solo el ambiente era idéntico, sino que los muebles eran similares y se encontraban distribuidos con tan solo unas leves alteraciones. Si Lorenzo hubiese tenido que sacar las siete diferencias, como en las revistas de crucigramas que llevaba Estela para el viaje, lo más sobresaliente hubiesen sido las cajas de vino apiladas contra una de las paredes de la cabaña. Lo demás difería en muy poco, mas allá de los efectos personales de los Frías. Sin embargo no era su cabaña y debía convencerse, sino aceptarlo de inmediato, de que allí no encontraría a Estela ni sus pertenencias, que era un cuarto diferente en un espacio diferente.
No era la primera vez que a Lorenzo le ocurría esto. En realidad era por esta misma razón que odiaba los departamentos de Buenos Aires y se había encaprichado en vivir en una casa. Que un hogar se repitiera invariablemente, una y otra vez, en una construcción vertical lo horrorizaba, y también lo confundía. Cada vez que un vecino habría una puerta Lorenzo se veía a si mismo, como una opción de cómo el podría vivir, habitar o amueblar. Cada departamento parecía estar amueblado con coherencia, y esa coherencia respondía a un estilo de vida, un estilo que bien podría llevar el, ya que vivía en un espacio exactamente idéntico. ¿No pagaba el acaso la misma suma en alquiler, expensas y demás? Si quería ir al baño, o dormir, o cocinar unas milanesas, ¿no respondía al mismo patrón de movimiento que la docena de personas que vivían allí?
La contemplación de una vida casi suya pero no vivida por el lo atormentaba terriblemente ¿Era su estilo de vida la opción correcta, había estructurado los ambientes de su mundo de la manera que le convenía? La respuesta no existía o era puramente subjetiva, por lo que el tormento a veces se prolongaba por un tiempo casi permisivo. Así que cuando finalmente se junto con Estela decidió mudarse a una casa para no tener que lidiar mas con aquellas cavilaciones y para su regocijo aquel pensamiento no lo había perseguido mas, por lo menos hasta el primer día en que había entrado a la cabaña de los Frías.
Apenas cerro la puerta tras el Luís o Hugo salio de una de la habitación de la cabaña; Estaba en cuero, con una maya roja, unas chinelas multicolor y una gorra visera blanca con el dibujo de un pato en bicicleta estampada en el frente. Hasta que Luís o Hugo no estuvo frente a él Lorenzo no logro notar que el pato ciclista era el mismo pato Donald. Lorenzo iba a decir algo cuando por la misma puerta salio Hugo o Luís, caminando en la misma dirección, vestido exactamente igual. Sobre la gorra de este se dibujaba el ratón mickey dándole un raquetazo a una pelota. A Lorenzo le dio la sensación de presenciar un deja bu en vivo y en directo, como si el primer acto se desdoblara en el espacio y en el tiempo y se repitiera con una mínima variación, producto de los segundos de diferencia. Cuando uno estuvo junto al otro a Lorenzo ya se le habían olvidado las palabras, y se rascaba la cabeza.
_ ¿Qué haces con esa caipiriña?_ dijo Luís o Hugo.
Lorenzo miro el vaso casi vació en su mano, luego levanto los hombros e hizo la única pregunta que se le vino a la mente:
_ ¿Fueron a Disney?
Lorenzo lo miro un rato entre asqueado y asombrado. El sapo parecía no haber notado su presencia, miraba hacia el final del prado, donde comenzaba el bosque, como si esperase que en cualquier momento saliera de allí algo amenazante. Lorenzo miro en la misma dirección, y sintió desde allí, que detrás de los árboles y la oscuridad seguía la asechanza de ese ser multiforme que era la naturaleza. Era como si mil ojos invisibles lo miraran desde mil puntos de la oscuridad y esa constante vigilancia fuera más desgarradora que todas las garras y las fauces juntas, porque era la inminencia de algo desconocido, lejano, latente, perverso. Seguramente detrás de las matas y los árboles no hubiese nada mas que algunos pequeños roedores y ofideos, pero era justamente eso lo perverso, lo amenazante, porque podía sentir que en la suma de las partes de aquel vació había algo que respiraba y pugnaba por poder ser.
Este pensamiento lo hizo tener un escalofrió. Volvió a mirar al sapo que lo miro a su vez, con sus ojos oscuros y fríos. Los dos se reservaron opinión, pero se pudo notar en sus miradas que por dentro compartían una cavilación, algo tan íntimo como atemorizante.
Al ver que los gemelos no respondían Lorenzo volvió a tocar la puerta y casi inmediatamente entro. Como siempre lo embargo esa extrañes de encontrarse en su propia cabaña y no. No solo el ambiente era idéntico, sino que los muebles eran similares y se encontraban distribuidos con tan solo unas leves alteraciones. Si Lorenzo hubiese tenido que sacar las siete diferencias, como en las revistas de crucigramas que llevaba Estela para el viaje, lo más sobresaliente hubiesen sido las cajas de vino apiladas contra una de las paredes de la cabaña. Lo demás difería en muy poco, mas allá de los efectos personales de los Frías. Sin embargo no era su cabaña y debía convencerse, sino aceptarlo de inmediato, de que allí no encontraría a Estela ni sus pertenencias, que era un cuarto diferente en un espacio diferente.
No era la primera vez que a Lorenzo le ocurría esto. En realidad era por esta misma razón que odiaba los departamentos de Buenos Aires y se había encaprichado en vivir en una casa. Que un hogar se repitiera invariablemente, una y otra vez, en una construcción vertical lo horrorizaba, y también lo confundía. Cada vez que un vecino habría una puerta Lorenzo se veía a si mismo, como una opción de cómo el podría vivir, habitar o amueblar. Cada departamento parecía estar amueblado con coherencia, y esa coherencia respondía a un estilo de vida, un estilo que bien podría llevar el, ya que vivía en un espacio exactamente idéntico. ¿No pagaba el acaso la misma suma en alquiler, expensas y demás? Si quería ir al baño, o dormir, o cocinar unas milanesas, ¿no respondía al mismo patrón de movimiento que la docena de personas que vivían allí?
La contemplación de una vida casi suya pero no vivida por el lo atormentaba terriblemente ¿Era su estilo de vida la opción correcta, había estructurado los ambientes de su mundo de la manera que le convenía? La respuesta no existía o era puramente subjetiva, por lo que el tormento a veces se prolongaba por un tiempo casi permisivo. Así que cuando finalmente se junto con Estela decidió mudarse a una casa para no tener que lidiar mas con aquellas cavilaciones y para su regocijo aquel pensamiento no lo había perseguido mas, por lo menos hasta el primer día en que había entrado a la cabaña de los Frías.
Apenas cerro la puerta tras el Luís o Hugo salio de una de la habitación de la cabaña; Estaba en cuero, con una maya roja, unas chinelas multicolor y una gorra visera blanca con el dibujo de un pato en bicicleta estampada en el frente. Hasta que Luís o Hugo no estuvo frente a él Lorenzo no logro notar que el pato ciclista era el mismo pato Donald. Lorenzo iba a decir algo cuando por la misma puerta salio Hugo o Luís, caminando en la misma dirección, vestido exactamente igual. Sobre la gorra de este se dibujaba el ratón mickey dándole un raquetazo a una pelota. A Lorenzo le dio la sensación de presenciar un deja bu en vivo y en directo, como si el primer acto se desdoblara en el espacio y en el tiempo y se repitiera con una mínima variación, producto de los segundos de diferencia. Cuando uno estuvo junto al otro a Lorenzo ya se le habían olvidado las palabras, y se rascaba la cabeza.
_ ¿Qué haces con esa caipiriña?_ dijo Luís o Hugo.
Lorenzo miro el vaso casi vació en su mano, luego levanto los hombros e hizo la única pregunta que se le vino a la mente:
_ ¿Fueron a Disney?
Wednesday, July 25, 2007
Las monjas
La hermana Teresa la miraba de reojo. Desde abajo del habito saltaban las arrugas de su rostro, de un amarillo sepia, que contrastaba con el liso monotono de la tela. La hermana Cintia, a su lado, se encontraba con un enorme libro apoyado sobre el regazo. Ninguno de los que pasaba a su lado dudaba que las palabras que se dibujaban en sus labios eran estrofas de la biblia, sin embargo lo que la hermana Cintia leia era IT, de Stephen King.
La hermana Julia, sentada en la otra punta, miraba hacia el anden de enfrente, como hipnotizada.
_ Leer eso tiene que ser sacrilegio_ se quejo la hermana Teresa, que era la mayor de todas, mientras trataba de dilusidar alguna de las palabras del libro_ Por lo menos podrias comprar algo mas disimulado.
_ Esta es la edicion de bolsillo_ se defendio la hermana Cintia, sin despegar los ojos del mostruoso libro.
_ Dios nos ampare.
Las tres, sentadas en fila sobre el asiento de material del subterraneo parecian pajaros de mal aguero. Los habitos las cubrian hasta mas alla de los tobillos y el contraste del blanco y negro remitia a algo siniestro y arcaico. La hermana teresa metio la mano por debajo del habito y saco un paquete de M&M que empeso a deglutir con paciencia. Parte del chocolate se le pegaba entre de las encias y cada tanto hacia una pasada rapida con la lengua. Estaba acostumbrada. Debajo del habito, sostenidas con fajas y pequeñas cintas, la hermana Teresa llevaba adherido al cuerpo un sin fin de golosinas, al igual que un traficante que trata de pasar una frontera.
_ ¿Por que no lees la bilbia?
_ Me aburre, me la se de memoria.
_ Eso tambien es sacrilegio.
_ Por que no me dejas de joder.
Nadie escuchaba su conversacion. Si alguien hubiese estado a escaso centimetros de su boca tampoco hubiese llegado a escuchar una palabra. Los años en el convento le habian dotado de un tono de voz imperseptible para cualquier oido humano.
La hermana Julia tampoco las escuchaba; Con la cabeza en alto, los hermosos ojos verdes clavados en la pared del otro lado del andén, seguía el partido Estudiantes-Gimnasia que salía por el mp3 bajo su habito. Podia imaginar en su cabeza cada movimiento, pase y avance de esos ventidos hombres sudorosos que surcaban el campo de juego. Aunque en realidad solo le interesaban once de ellos.
La hermana Julia contaba con una singular e inigualable belleza. Habia ingresado al convento de muy joven; a los diesisiete años, ahora tenia treinte y dos. Antes sus vida habia estado signada por la cerveza, la marihuna y el tablon. Era fana del pincha.
Para salvar su alma del diablo, sus padres decidieron encerrarla en un claustro en misiones. Primero fue animal salvaje al que habia que vigilar, pero con el tiempo las monjas fueron doblegando su voluntad y cuando supo que escapar de alli era imposble termino entregando su alma y su cuerpo a dios.
Mentiria la hermana Julia si no dijera que encontro paz. Los años que siguieron estuvo agradecida con sus padres. Cuando se supo que su vocacion era inquebrantable fue trasnferida a Buenos Aires donde su fe no claudico por un segundo. Por supuesto, hasta el dia que limpiando las habitaciones del padre Mario, vio a la brujita Veron haciendo un sombrerito en la cancha de Boca. Entonces algo mas fuerte que cualquier religion volvio a despertarse en ella, aunque en su rostro, ese mismo momento, no se dibujo el mas minimo gesto.
_Sos puta, Teresa, mira que sos puta_ refunfuño Cintia.
Habia estado por pasar la pagina y la hermana Teresa la habia frenado de un golpe de mano. Aun cuando se quejaba la hermana Teresa adoraba aquellos libros, solia robarlos de debajo de la cama de la hermana Cintia cuando esta no se daba cuenta y leerlos de un tiron, acompañados por una barra de matecol y una buena botella de Jack Daniels, de esas que a veces solian desaparecer misteriosamente de su ropero.
_ Espera que me falta unos renglones, che.
_ Mira, mira, me lo manchaste todo de chocolate. Desde el anden del enfrente los pasajeros veian a dos monjas discutir un pasaje de la biblia, a la otra en un voto de silencio total.
La hermana Julia, sentada en la otra punta, miraba hacia el anden de enfrente, como hipnotizada.
_ Leer eso tiene que ser sacrilegio_ se quejo la hermana Teresa, que era la mayor de todas, mientras trataba de dilusidar alguna de las palabras del libro_ Por lo menos podrias comprar algo mas disimulado.
_ Esta es la edicion de bolsillo_ se defendio la hermana Cintia, sin despegar los ojos del mostruoso libro.
_ Dios nos ampare.
Las tres, sentadas en fila sobre el asiento de material del subterraneo parecian pajaros de mal aguero. Los habitos las cubrian hasta mas alla de los tobillos y el contraste del blanco y negro remitia a algo siniestro y arcaico. La hermana teresa metio la mano por debajo del habito y saco un paquete de M&M que empeso a deglutir con paciencia. Parte del chocolate se le pegaba entre de las encias y cada tanto hacia una pasada rapida con la lengua. Estaba acostumbrada. Debajo del habito, sostenidas con fajas y pequeñas cintas, la hermana Teresa llevaba adherido al cuerpo un sin fin de golosinas, al igual que un traficante que trata de pasar una frontera.
_ ¿Por que no lees la bilbia?
_ Me aburre, me la se de memoria.
_ Eso tambien es sacrilegio.
_ Por que no me dejas de joder.
Nadie escuchaba su conversacion. Si alguien hubiese estado a escaso centimetros de su boca tampoco hubiese llegado a escuchar una palabra. Los años en el convento le habian dotado de un tono de voz imperseptible para cualquier oido humano.
La hermana Julia tampoco las escuchaba; Con la cabeza en alto, los hermosos ojos verdes clavados en la pared del otro lado del andén, seguía el partido Estudiantes-Gimnasia que salía por el mp3 bajo su habito. Podia imaginar en su cabeza cada movimiento, pase y avance de esos ventidos hombres sudorosos que surcaban el campo de juego. Aunque en realidad solo le interesaban once de ellos.
La hermana Julia contaba con una singular e inigualable belleza. Habia ingresado al convento de muy joven; a los diesisiete años, ahora tenia treinte y dos. Antes sus vida habia estado signada por la cerveza, la marihuna y el tablon. Era fana del pincha.
Para salvar su alma del diablo, sus padres decidieron encerrarla en un claustro en misiones. Primero fue animal salvaje al que habia que vigilar, pero con el tiempo las monjas fueron doblegando su voluntad y cuando supo que escapar de alli era imposble termino entregando su alma y su cuerpo a dios.
Mentiria la hermana Julia si no dijera que encontro paz. Los años que siguieron estuvo agradecida con sus padres. Cuando se supo que su vocacion era inquebrantable fue trasnferida a Buenos Aires donde su fe no claudico por un segundo. Por supuesto, hasta el dia que limpiando las habitaciones del padre Mario, vio a la brujita Veron haciendo un sombrerito en la cancha de Boca. Entonces algo mas fuerte que cualquier religion volvio a despertarse en ella, aunque en su rostro, ese mismo momento, no se dibujo el mas minimo gesto.
_Sos puta, Teresa, mira que sos puta_ refunfuño Cintia.
Habia estado por pasar la pagina y la hermana Teresa la habia frenado de un golpe de mano. Aun cuando se quejaba la hermana Teresa adoraba aquellos libros, solia robarlos de debajo de la cama de la hermana Cintia cuando esta no se daba cuenta y leerlos de un tiron, acompañados por una barra de matecol y una buena botella de Jack Daniels, de esas que a veces solian desaparecer misteriosamente de su ropero.
_ Espera que me falta unos renglones, che.
_ Mira, mira, me lo manchaste todo de chocolate. Desde el anden del enfrente los pasajeros veian a dos monjas discutir un pasaje de la biblia, a la otra en un voto de silencio total.
Tuesday, July 24, 2007
Chopin in piano
¿Que tiene Chopin?
No me gusta la musica clasica, pero este fucking chabon, solo, al piano, escucho su musica y pienso que Thom yorke debe ser una de sus reencarnaciones. Es dulce, triste, oscuro, desprolijo, desgarradoramente humano. Escucho sus canciones al piano y viajo, lloro y me siento un niño terriblemete nostalgico-feliz. Su musica es eternamente contemporanea.
El piano de Chopin debe ser de las cosas mas hermosas del mundo.
Fin del mensaje.
No me gusta la musica clasica, pero este fucking chabon, solo, al piano, escucho su musica y pienso que Thom yorke debe ser una de sus reencarnaciones. Es dulce, triste, oscuro, desprolijo, desgarradoramente humano. Escucho sus canciones al piano y viajo, lloro y me siento un niño terriblemete nostalgico-feliz. Su musica es eternamente contemporanea.
El piano de Chopin debe ser de las cosas mas hermosas del mundo.
Fin del mensaje.
Monday, July 9, 2007
Matarifes
_ Estas pensando en vacas, no?.
_ Si.
_ Bicho raro la vaca_ dijo Carlos mientras sostenía la botella en el aire y con un ojo cerrado y otro abierto observaba la etiqueta de la cerveza.
_ Puede ser.
_ Sabes que en la india o por ahí son animales sagrados?
_ Lo sabe todo el mundo, pero yo estoy empezando a dudarlo.
Carlos me paso la cerveza y le pegue un trago. Estaba condenado a seguir los pasos de mi padre. Un día se levanto a la mañana con el mismo humor de perros que había tenido cada día a lo largo de cincuenta y dos años, me hecho su mejor mirada de matarife y dijo lo que nunca pensé que fuera a decir sinceramente.
_ Sos un vago de mierda, así no va mas, te voy a hacer entrar a trabajar conmigo_ y esta vez, antes de salir, me miro resignado y esgrimió una sonrisa triste.
A la tarde apareció con una masa y un tronco enorme debajo del brazo. Tenía unos brazos cortos y macizos, oscuros, que podían sujetar cualquier cosa. Parecían uno de esos precintos irrompibles que le ponen a los cables para mantenerlos juntos o asidos de algo. Hecho el tronco en medio del patio y se lo quedo mirando por unos segundos.
_ Acá esta la vaca_ dijo.
Yo sonreí, pero no me devolvió la sonrisa. Creo que alguien que ha matado animales por décadas deja de creer en la magia de la risa. Es como si quisieras convencer a un ciego de lo hermosa y estrellada que esta la noche; Tal vez llegue a creerte; ¿Pero de que le sirve? Para el todas las noches son igual de oscuras y compactas. Así era con mi padre.
Era la vaca menos apetitosa que hubiese visto en mi vida. Si me lo hubiese permitido hubiese opinado que aquello se parecía mas a medio tronco de quebracho colorado que a una vaca, pero era inútil, las cosas eran lo que mi padre decía que eran y no había vuelta atras. Había que conformarse con que los domingos no tirara pedazos astillas de esa cosa sobre la parrilla de casa y nos obligara a comerlas.
El trabajo era aterradoramente simple; Las vacas se acercaban en fila por una manga y yo debía aplicarles un golpe seco en la cabeza. Las vacas pegaban un grito agónico con su último suspiro de vida y caían fulminadas al piso. Seguían camino por una manga automatizada y entonces le tocaba a la próxima vaca. Tan simple como tener pesadillas todas las noches los siguientes cincuenta años de vida.
Estuve dos meses practicando con la maza y, sinceramente, no logre que el tronco me volviera a regalar su apática expresión de madera de quebracho. Dar en el centro colorado del tronco era un triunfo repulsivo. No lograba borrar la expresión de vaca suplicante sobre ese pedazo de madera machacada y cada día que pasaba me costaba mas enfrentar su presencia; la masa me pesaba en los brazos, se me nublaba la visión y en cada golpe sentía una vibración como de carne viva sucumbiendo trepando por el mango del hacha. Me costaba retener la sensación de nausea.
_Va a llover_ dijo entonces Carlos.
Creí que lo decía por puro presentimiento. Yo seguía mirando hacia el suelo, con la cerveza colgando asida del pico con las dos manos, las hojas extensas y curvas de los eucaliptos. El suelo se había humedecido y las hojas se habían incrustado en la tierra bajo el peso de las pisadas de tanto paisano.
Cuando apenas habíamos llegado al pueblo un sol inmenso se alzaba sobre nosotros y, en ese momento, al levantar la cabeza, pude ver unas enormes nubes negras que se posaban sobre las copas de los eucaliptos, que parecían confluir exactamente en el mismo pedazo de cielo.
Eran árboles altísimos, de una madera grisácea que se confundía con el cielo y fuertes raíces que habían consumido toda señal de pastos.
_ Mierda_ dije, por decir algo.
_ ¿Que pasa?
_ Esto se va a poner peor.
Carlos no supo a que me refería, pero creo que de alguna manera estaba de acuerdo. Desde algún lugar que aun no habíamos descubierto llegaba la música de una orquesta. Repetía una y otra vez una melodía pegadiza similar a la que se escucha en los partidos de basketball de las películas norteamericanas. Sobre la melodía sobresalía el ruido de unos platillos estridentes que opacaban al resto de los instrumentos. El viento arremolinado acercaba y alejaba la música, como si la orquesta fuera una especie de abeja que volara alrededor del parque. Cada tanto, por un altoparlante, se escuchaba el anuncio del comienzo de una nueva doma, entonces la orquesta se detenía y la gente se agolpaba alrededor de la plaza de doma a ver los caballos, hasta que un nuevo impas hacia que la banda retomara con el mismo monótono entusiasmo.
_ Si.
_ Bicho raro la vaca_ dijo Carlos mientras sostenía la botella en el aire y con un ojo cerrado y otro abierto observaba la etiqueta de la cerveza.
_ Puede ser.
_ Sabes que en la india o por ahí son animales sagrados?
_ Lo sabe todo el mundo, pero yo estoy empezando a dudarlo.
Carlos me paso la cerveza y le pegue un trago. Estaba condenado a seguir los pasos de mi padre. Un día se levanto a la mañana con el mismo humor de perros que había tenido cada día a lo largo de cincuenta y dos años, me hecho su mejor mirada de matarife y dijo lo que nunca pensé que fuera a decir sinceramente.
_ Sos un vago de mierda, así no va mas, te voy a hacer entrar a trabajar conmigo_ y esta vez, antes de salir, me miro resignado y esgrimió una sonrisa triste.
A la tarde apareció con una masa y un tronco enorme debajo del brazo. Tenía unos brazos cortos y macizos, oscuros, que podían sujetar cualquier cosa. Parecían uno de esos precintos irrompibles que le ponen a los cables para mantenerlos juntos o asidos de algo. Hecho el tronco en medio del patio y se lo quedo mirando por unos segundos.
_ Acá esta la vaca_ dijo.
Yo sonreí, pero no me devolvió la sonrisa. Creo que alguien que ha matado animales por décadas deja de creer en la magia de la risa. Es como si quisieras convencer a un ciego de lo hermosa y estrellada que esta la noche; Tal vez llegue a creerte; ¿Pero de que le sirve? Para el todas las noches son igual de oscuras y compactas. Así era con mi padre.
Era la vaca menos apetitosa que hubiese visto en mi vida. Si me lo hubiese permitido hubiese opinado que aquello se parecía mas a medio tronco de quebracho colorado que a una vaca, pero era inútil, las cosas eran lo que mi padre decía que eran y no había vuelta atras. Había que conformarse con que los domingos no tirara pedazos astillas de esa cosa sobre la parrilla de casa y nos obligara a comerlas.
El trabajo era aterradoramente simple; Las vacas se acercaban en fila por una manga y yo debía aplicarles un golpe seco en la cabeza. Las vacas pegaban un grito agónico con su último suspiro de vida y caían fulminadas al piso. Seguían camino por una manga automatizada y entonces le tocaba a la próxima vaca. Tan simple como tener pesadillas todas las noches los siguientes cincuenta años de vida.
Estuve dos meses practicando con la maza y, sinceramente, no logre que el tronco me volviera a regalar su apática expresión de madera de quebracho. Dar en el centro colorado del tronco era un triunfo repulsivo. No lograba borrar la expresión de vaca suplicante sobre ese pedazo de madera machacada y cada día que pasaba me costaba mas enfrentar su presencia; la masa me pesaba en los brazos, se me nublaba la visión y en cada golpe sentía una vibración como de carne viva sucumbiendo trepando por el mango del hacha. Me costaba retener la sensación de nausea.
_Va a llover_ dijo entonces Carlos.
Creí que lo decía por puro presentimiento. Yo seguía mirando hacia el suelo, con la cerveza colgando asida del pico con las dos manos, las hojas extensas y curvas de los eucaliptos. El suelo se había humedecido y las hojas se habían incrustado en la tierra bajo el peso de las pisadas de tanto paisano.
Cuando apenas habíamos llegado al pueblo un sol inmenso se alzaba sobre nosotros y, en ese momento, al levantar la cabeza, pude ver unas enormes nubes negras que se posaban sobre las copas de los eucaliptos, que parecían confluir exactamente en el mismo pedazo de cielo.
Eran árboles altísimos, de una madera grisácea que se confundía con el cielo y fuertes raíces que habían consumido toda señal de pastos.
_ Mierda_ dije, por decir algo.
_ ¿Que pasa?
_ Esto se va a poner peor.
Carlos no supo a que me refería, pero creo que de alguna manera estaba de acuerdo. Desde algún lugar que aun no habíamos descubierto llegaba la música de una orquesta. Repetía una y otra vez una melodía pegadiza similar a la que se escucha en los partidos de basketball de las películas norteamericanas. Sobre la melodía sobresalía el ruido de unos platillos estridentes que opacaban al resto de los instrumentos. El viento arremolinado acercaba y alejaba la música, como si la orquesta fuera una especie de abeja que volara alrededor del parque. Cada tanto, por un altoparlante, se escuchaba el anuncio del comienzo de una nueva doma, entonces la orquesta se detenía y la gente se agolpaba alrededor de la plaza de doma a ver los caballos, hasta que un nuevo impas hacia que la banda retomara con el mismo monótono entusiasmo.
Thursday, July 5, 2007
6 y 1/2
_ ¿Allá hace buen tiempo, no?.
_ Yo que se.
El frió golpeaba contra el vidrio. Se adhería a la ventana como curioseando el interior del café y su presencia ocultaba el paso de los autos y los peatones del otro lado. Aprovecho a dibujar sus iniciales con la yema del dedo índice sobre la superficie helada. Aldo se levanto y camino hacia la barra. “Las seis y media” pensó Martín.
Acerco la mano y vio las dos agujas en su muñeca agolpándose sobre el numero seis. El café sobre la mesa le hacia sentir una reconfortante sensación de bienestar. Era sin lugar a duda, dentro del ambiente calefacciónado del café, con el posillo lleno delante suyo, un privilegiado.
A la distancia vio a Aldo levantando el tuvo del semipúblico y marcando los dígitos con la punta de un dedo largo y huesudo. El teléfono era un armatoste de color celeste colocado sin ninguna gracia sobre la vieja barra del café.
“Es demasiado alto” pensó.
La espina se curvaba exageradamente para poder apoyar el codo sobre la barra y tener el teléfono presionado entre el hombro y la oreja. Lo había visto en aquélla posición ciento de veces; era cuando esperaba, escuchando el sonido monótono desde el fondo del tuvo, que alguien contestara del otro lado.
Para hablar se enderezaba y hasta caminaba un poco el pequeño perímetro que le permitía el cable del teléfono. Le gustaba gesticular. Sin embargo lo había visto varias veces quieto, como husmeando algo en el fondo oscuro de aquel sonido, escupiendo cada tanto un monosílabo como quien escupe un hilo de comida aprisionado entre los dientes. Por fin despego el teléfono de la oreja aprisionándolo entre dos dedos extensos como pinzas y corto. La mitad de los llamados terminaban de aquélla manera. Ni siquiera se molestaba en insistir.
Se sentó otra vez en la mesa y termino de un sorbo lo que quedaba en la taza de café. Su rostro no muto pero Martín imagino que por su boca caía un líquido espeso y frió. Entonces lo imito para darle el placer de sentir el pequeño ritual que se forma cuando dos seres separados por una enorme brecha realizan la misma acción a centímetros de distancia. Aldo apenas le presto atención, no había ninguna razón para que lo hiciera. Su rostro trazo un gesto lejano; como el de alguien que mira el paisaje desde la cima de una montaña. Esa era la imagen que Aldo provocaba la mayoría de la veces.
_ ¿Así que es lindo allá, no?_ continuo diciendo, como si nunca hubiésemos interrumpido la conversación.
Martín apenas se acordaba de que habían estado hablando. Entonces le volvió el recuerdo del viaje al norte con los viejos y se pregunto como era que había salido la conversación. Se entretuvo con sus propias cavilaciones y Aldo le lanzo una mirada reprobadora, esperando que contestara mas no fuera por cortesía.
_ Yo que se.
El frió golpeaba contra el vidrio. Se adhería a la ventana como curioseando el interior del café y su presencia ocultaba el paso de los autos y los peatones del otro lado. Aprovecho a dibujar sus iniciales con la yema del dedo índice sobre la superficie helada. Aldo se levanto y camino hacia la barra. “Las seis y media” pensó Martín.
Acerco la mano y vio las dos agujas en su muñeca agolpándose sobre el numero seis. El café sobre la mesa le hacia sentir una reconfortante sensación de bienestar. Era sin lugar a duda, dentro del ambiente calefacciónado del café, con el posillo lleno delante suyo, un privilegiado.
A la distancia vio a Aldo levantando el tuvo del semipúblico y marcando los dígitos con la punta de un dedo largo y huesudo. El teléfono era un armatoste de color celeste colocado sin ninguna gracia sobre la vieja barra del café.
“Es demasiado alto” pensó.
La espina se curvaba exageradamente para poder apoyar el codo sobre la barra y tener el teléfono presionado entre el hombro y la oreja. Lo había visto en aquélla posición ciento de veces; era cuando esperaba, escuchando el sonido monótono desde el fondo del tuvo, que alguien contestara del otro lado.
Para hablar se enderezaba y hasta caminaba un poco el pequeño perímetro que le permitía el cable del teléfono. Le gustaba gesticular. Sin embargo lo había visto varias veces quieto, como husmeando algo en el fondo oscuro de aquel sonido, escupiendo cada tanto un monosílabo como quien escupe un hilo de comida aprisionado entre los dientes. Por fin despego el teléfono de la oreja aprisionándolo entre dos dedos extensos como pinzas y corto. La mitad de los llamados terminaban de aquélla manera. Ni siquiera se molestaba en insistir.
Se sentó otra vez en la mesa y termino de un sorbo lo que quedaba en la taza de café. Su rostro no muto pero Martín imagino que por su boca caía un líquido espeso y frió. Entonces lo imito para darle el placer de sentir el pequeño ritual que se forma cuando dos seres separados por una enorme brecha realizan la misma acción a centímetros de distancia. Aldo apenas le presto atención, no había ninguna razón para que lo hiciera. Su rostro trazo un gesto lejano; como el de alguien que mira el paisaje desde la cima de una montaña. Esa era la imagen que Aldo provocaba la mayoría de la veces.
_ ¿Así que es lindo allá, no?_ continuo diciendo, como si nunca hubiésemos interrumpido la conversación.
Martín apenas se acordaba de que habían estado hablando. Entonces le volvió el recuerdo del viaje al norte con los viejos y se pregunto como era que había salido la conversación. Se entretuvo con sus propias cavilaciones y Aldo le lanzo una mirada reprobadora, esperando que contestara mas no fuera por cortesía.
Monday, June 25, 2007
Primeros pasos del hombre en La luna
Lo primero que debe haber pensado Neil Armstrong al pisar la Luna no debe haber sido lo grandioso de la nación Americana. Ni siquiera debe haber cruzado por su cabeza la imagen del primer polvo que hecho o la posibilidad que tal vez jamás tendría la oportunidad de pisar de nuevo la superficie terrestre. Cuando uno pone el pie sobre la Luna simplemente esta allí; Y pensar que se va a perder el torneo apertura o los últimos capítulos de la novela de la tarde seria simplemente una torpeza.
Mi padre se encontraba frente al televisor cuando aquel primer hombre piso la Luna. Y no necesito aclarar que no era el primer hombre, por supuesto; Que Adán, armado con su hoja de parra, por mucha protección divina con que contara no iba a resistir la atmósfera lunar. Por supuesto que Adán nunca llego a tener ambiciones tan grandes, aunque fue presa de tentaciones mas mundanas.
No, ese era otra clase de tío.
Era un hombre bajo y ancho, fornido; Mi padre, no Neil Armstrong, y apenas si cabía en el sillón donde veía aquel tipejo parecido a un buzo caer sobre la superficie árida de la Luna.
Mucho tiempo después, cuando yo le preste atención a ese primer alunizaje, fue lo primero que me llamo la atención; La aridez. Y sin embargo siempre había tenido una sensación de aridez asociada a la imagen de la luna.
_ Chubi, veni a ver esto!!_ grito mi padre desde el sillón donde apenas cabía.
Pero no fui. Yo creí que un hombre que se tomaba la molestia de viajar hasta la Luna merecía su suerte. Estaba en una edad especial, había descubierto las revistas pornográficas, y de una forma bien literal, mis sueños se encontraban al alcance de mi mano. Apenas si lograba creer lo que veían mis ojos sobre aquel papel. ¿La luna?; Para mi no era mas que un pedazo árido de queso gruyer imaginario. No había comparación. Sin contar con el detalle de que si en aquel momento la señora Armstrong no estaba haciendo un orgía en su casa con la mitad del personal de la NASA algo parecido habría.
Son raros los parámetros con los que uno mide las cosas cuando es chico. O al contrario, son raros los parámetros que uno usa cuando es grande. De chico uno desea todas esas cosas que sus ojos ven y no logra alcanzar. Y cuando ese anhelo logra ser saciado simplemente se lamenta de haber sido tan curioso y encontrarse con las manos vacías. Entonces comienza a buscar cosas que nunca ha visto y que no sabe si en realidad existen. Ese es el estigma del adulto. Va como ciego detrás de un objeto etéreo.
Y creo que esa fue una de las razones por las que mi padre vio el ascenso del hombre en la Luna. ¿Sino porque otra razón? Un hombre como el no aceptaba los triunfos ajenos, ni siquiera de todo ese grupo de personas que se encontraban del otro lado de su existencia; esos que se hacían llamar “La humanidad”. No había levantado la cabeza para mirar la Luna en los últimos veinte años y creo que tampoco se hubiese llevado bien con un tipo como Armstrong. Por supuesto mi padre poseía un límite de tolerancia, y era para personas como aquellas, como Armstrong, que se encontraban a unos trescientos millones de kilómetros de su sillón y su televisor.
Y fue así, según me contó mi hermana; Se quedo con una sonrisa bobalicona y un vaso de Fernet en la mano mirando el pisotón que Armstrong le daba al indefenso e inocente satélite terrestre. Me llamo dos o tres veces más, pero yo no le hice caso.
Nunca me perdono aquella indiferencia. No porque yo me hubiese perdido un momento histórico irrepetible, solo por el hecho de no haber secundado ese otro hito histórico personal; El hecho de que algo exterior a su ser hubiese llegado a tocarlo.
Pero yo estaba comenzando a ver fotos colores de mujeres desnudas y ver por tele a un tipo en una escafandra, en blanco y negro, clavando una bandera a la que no profería ninguna simpatía, no era algo que me lograra emocionar. Batman y Superman lograban proezas aun más grandes y cuando llegaban a casa no tenían la frente adornada como un árbol de navidad.
Sea como fuere mi padre y yo nunca tuvimos una buena relación y después de aquello todo fue para peor. Cada discusión, cada disputa, por nimia que fuera, era suficiente para sacar el bendito tema del hombre en la Luna. Yo, al principio, en mi calidad de mozalbete, apenas entendía de que estaba hablando. Luego aprendí a lidiar con aquel reproche que pronto supe seria eterno. Fue cuando aprendí que a veces la gente queda herida por puras omisiones, por cosas que uno no sabe siquiera que tenían que ser. Pero es así, uno no siempre puede estar a los dos lados de las cosas. Y con respecto a mi padre, el si a duras penas lograba mantenerse pegado a si mismo. Pero tampoco hay que ser tan duro, mi padre no era un mal tipo, solo era un trozo solitario de humanidad.
Yo, mi padre, otros tantos seres sobre este planeta, somos exactamente iguales a ese primer hombre que piso la Luna. Echamos pie en una región árida alejada del mundo y luego nos es difícil volver atrás, y si no volver, olvidar. Novalis decía que cada Ingles era una isla, Donne aseguraba que ningún hombre era una isla. A veces no se a cual de los dos escuchar. Es que hay mundos que se han vuelto tan áridos que ya nadie se atreve a poner un pie. Hay gente tan sola que la gravedad a su alrededor desaparece y parecen levitar.
Pasaron muchos años para que me de cuenta de que la mayoría de los hombres son seres estáticos, como mi padre en su sillón, y que las mujeres te ponen los cuernos por cosas insignificantes, sino por puro deporte. En ese momento me di cuenta de la real dimensión de la hazaña de Armstrong. Por que la vida, aunque uno sea un alma solitaria en medio de la Luna, sigue transcurriendo frente a tus ojos. Y ese día, como muchos otros, desee haber estado en el sillón junto a mi padre y mas aun, haber estado en el árido satélite junto a Neil Armstrong.
En aquel tiempo, tal vez ese día sentado sobre el banco de la plaza, me di cuenta que yo había estado ya mucho tiempo en la Luna y que era hora de volver. Pero no tenía energía ni ánimo para volver a mí, allá abajo, donde el verde crecía. Y me condene a mi pequeño satélite personal a la suerte de que de cuando en cuando alguien llegara a pisar mis áridas geografías.
Armstrong había sido el primero pero no el último; Hay tantos hombres gravitando en la Luna que sus pasos han dejado iconos indefinibles sobre la superficie arenosa.
Mi padre se encontraba frente al televisor cuando aquel primer hombre piso la Luna. Y no necesito aclarar que no era el primer hombre, por supuesto; Que Adán, armado con su hoja de parra, por mucha protección divina con que contara no iba a resistir la atmósfera lunar. Por supuesto que Adán nunca llego a tener ambiciones tan grandes, aunque fue presa de tentaciones mas mundanas.
No, ese era otra clase de tío.
Era un hombre bajo y ancho, fornido; Mi padre, no Neil Armstrong, y apenas si cabía en el sillón donde veía aquel tipejo parecido a un buzo caer sobre la superficie árida de la Luna.
Mucho tiempo después, cuando yo le preste atención a ese primer alunizaje, fue lo primero que me llamo la atención; La aridez. Y sin embargo siempre había tenido una sensación de aridez asociada a la imagen de la luna.
_ Chubi, veni a ver esto!!_ grito mi padre desde el sillón donde apenas cabía.
Pero no fui. Yo creí que un hombre que se tomaba la molestia de viajar hasta la Luna merecía su suerte. Estaba en una edad especial, había descubierto las revistas pornográficas, y de una forma bien literal, mis sueños se encontraban al alcance de mi mano. Apenas si lograba creer lo que veían mis ojos sobre aquel papel. ¿La luna?; Para mi no era mas que un pedazo árido de queso gruyer imaginario. No había comparación. Sin contar con el detalle de que si en aquel momento la señora Armstrong no estaba haciendo un orgía en su casa con la mitad del personal de la NASA algo parecido habría.
Son raros los parámetros con los que uno mide las cosas cuando es chico. O al contrario, son raros los parámetros que uno usa cuando es grande. De chico uno desea todas esas cosas que sus ojos ven y no logra alcanzar. Y cuando ese anhelo logra ser saciado simplemente se lamenta de haber sido tan curioso y encontrarse con las manos vacías. Entonces comienza a buscar cosas que nunca ha visto y que no sabe si en realidad existen. Ese es el estigma del adulto. Va como ciego detrás de un objeto etéreo.
Y creo que esa fue una de las razones por las que mi padre vio el ascenso del hombre en la Luna. ¿Sino porque otra razón? Un hombre como el no aceptaba los triunfos ajenos, ni siquiera de todo ese grupo de personas que se encontraban del otro lado de su existencia; esos que se hacían llamar “La humanidad”. No había levantado la cabeza para mirar la Luna en los últimos veinte años y creo que tampoco se hubiese llevado bien con un tipo como Armstrong. Por supuesto mi padre poseía un límite de tolerancia, y era para personas como aquellas, como Armstrong, que se encontraban a unos trescientos millones de kilómetros de su sillón y su televisor.
Y fue así, según me contó mi hermana; Se quedo con una sonrisa bobalicona y un vaso de Fernet en la mano mirando el pisotón que Armstrong le daba al indefenso e inocente satélite terrestre. Me llamo dos o tres veces más, pero yo no le hice caso.
Nunca me perdono aquella indiferencia. No porque yo me hubiese perdido un momento histórico irrepetible, solo por el hecho de no haber secundado ese otro hito histórico personal; El hecho de que algo exterior a su ser hubiese llegado a tocarlo.
Pero yo estaba comenzando a ver fotos colores de mujeres desnudas y ver por tele a un tipo en una escafandra, en blanco y negro, clavando una bandera a la que no profería ninguna simpatía, no era algo que me lograra emocionar. Batman y Superman lograban proezas aun más grandes y cuando llegaban a casa no tenían la frente adornada como un árbol de navidad.
Sea como fuere mi padre y yo nunca tuvimos una buena relación y después de aquello todo fue para peor. Cada discusión, cada disputa, por nimia que fuera, era suficiente para sacar el bendito tema del hombre en la Luna. Yo, al principio, en mi calidad de mozalbete, apenas entendía de que estaba hablando. Luego aprendí a lidiar con aquel reproche que pronto supe seria eterno. Fue cuando aprendí que a veces la gente queda herida por puras omisiones, por cosas que uno no sabe siquiera que tenían que ser. Pero es así, uno no siempre puede estar a los dos lados de las cosas. Y con respecto a mi padre, el si a duras penas lograba mantenerse pegado a si mismo. Pero tampoco hay que ser tan duro, mi padre no era un mal tipo, solo era un trozo solitario de humanidad.
Yo, mi padre, otros tantos seres sobre este planeta, somos exactamente iguales a ese primer hombre que piso la Luna. Echamos pie en una región árida alejada del mundo y luego nos es difícil volver atrás, y si no volver, olvidar. Novalis decía que cada Ingles era una isla, Donne aseguraba que ningún hombre era una isla. A veces no se a cual de los dos escuchar. Es que hay mundos que se han vuelto tan áridos que ya nadie se atreve a poner un pie. Hay gente tan sola que la gravedad a su alrededor desaparece y parecen levitar.
Pasaron muchos años para que me de cuenta de que la mayoría de los hombres son seres estáticos, como mi padre en su sillón, y que las mujeres te ponen los cuernos por cosas insignificantes, sino por puro deporte. En ese momento me di cuenta de la real dimensión de la hazaña de Armstrong. Por que la vida, aunque uno sea un alma solitaria en medio de la Luna, sigue transcurriendo frente a tus ojos. Y ese día, como muchos otros, desee haber estado en el sillón junto a mi padre y mas aun, haber estado en el árido satélite junto a Neil Armstrong.
En aquel tiempo, tal vez ese día sentado sobre el banco de la plaza, me di cuenta que yo había estado ya mucho tiempo en la Luna y que era hora de volver. Pero no tenía energía ni ánimo para volver a mí, allá abajo, donde el verde crecía. Y me condene a mi pequeño satélite personal a la suerte de que de cuando en cuando alguien llegara a pisar mis áridas geografías.
Armstrong había sido el primero pero no el último; Hay tantos hombres gravitando en la Luna que sus pasos han dejado iconos indefinibles sobre la superficie arenosa.
Saturday, June 23, 2007
Divine Constitucion
Estábamos sentados con marquitos en el bar Divine tomando unos escavios y esperando la meresunda. Marquito tenia los ojos rojos y la mirada perdida, ya que antes habíamos colgado la rama un rato de nuestros labios, pero Marquitos no estaba hecho para la rama, pues el era amante de la meresunda y toda su comitiva, aun de esa paranoica mal cogida sensación de mirar para atrás todo el tiempo, espiar por la raja de la cerradura y sospechar hasta de los buzones.
El bar Divine era un antro en el corazón de Constitución. Se encontraba atestado de negros nigerianos luciendo sus cadenas de oro sobre el cuello y a sus mujeres sentadas sobre sus rodillas. Eran transetas indocumentados. Chulos de cuarta. Trapicheros que vivían a meresunda y violencia y se mantenían del trabajo de sus putas.
Pero el bar era una ecosistema más amplio.
Al fondo, sobre el muro recubierto por los azulejos que parecían haber sido vomitados por la puerta del baño, que remataba a un lado, se encontraban los carcamales. Eran viejos ex presidiarios ahora dedicados a alguna actividad secundaria del crimen. La vieja escuela. Solían beber ginebra con hielo y mantenerse silenciosos, por lo menos hasta que el alcohol surtía efecto y comenzaban a susurrar como si esperaran que el guardia pasara en cualquier momento a requisar su mesa. Todos tenían rasgos marcados y duros, y siempre llevaban una barba de dos días. Parecían cuadros de Francis Bacón en vida.
El jefe de los carcamales era un tipo llamado Badeon. Era un hombre de complexión media, ojos profundamente verdes que siempre llevaba una campera de cuero marrón, gastada, de aire sospechosamente policial. Uno nunca sabia bien quien era quien en el Divine. Pero si sabia que todos eran cercanos o amantes de la meresunda; Y los viejos carcamales no eran la excepción. Tenían un consumo calmo y pausado y ninguno de los que estaba allí sabía de donde sacaban sus puntas. Marquito había dicho que un día el Chompiras, un gordo desaliñado y de rostro psikokiller que frecuentaba a los carcamales le había convidado un suspiro de aquélla meresunda, que había sabido a dolor y a gloria, como nunca más había llegado a probar.
Con marquitos sospechábamos que tenían una punta subterránea alternativa. Una meresunda escondida a los ojos de las nuevas generaciones, fruto de las viejas milongas barriobajeras, del tango sucio del arrabal y de ese código propio, férreo, que seria inconcebible mezclar con el gamexane rancio, la pasta cumbiera y el vidrio molido de las nuevas generaciones. Una meresunda impoluta, como la raja de una virgen; Cortada con historia, honor y gloria. Algo inalcanzable a nuestras voluntades.
Contra la pared que daba a los pooles estaban los Cumbianchas. Eran los mas bajo de lo mas bajo. El pelo largo, grasoso, y los ojos inflados por las pastillas de trapax y clonazepan que echaban en las botellas de escavio era la mejor forma de describirlos. Nadie los respetaba; Tal vez por que se peleaban entre ellos todo el tiempo. Y no era para menos, llegado a una hora de la noche las pastillas los transportaban a un mundo alternativo, donde parecía que todo a su alrededor desaparecía y solo lograban verse entre ellos. Se puteaban, se trompeaban, se caían. Nadie le prestaba atención; Era un espectáculo patético entre lo patético. “Guacho, puto, hijo e´puta, te voy a pinchar, puta e´pario, gato, puto” y frases por el estilo se escuchaban toda la noche desde la pared que daba a los pooles, hasta el punto que perdían el propio sentido.
En el Divine casi todo el mundo andaba enfaconado y esa era una razón para la paz, contrario a lo que cualquiera pudiera pensar. Nadie quería terminar achurado. Badeon llevaba una pequeña navaja plegable, antigua, española creo, con la que muchas veces se lo veía jugando, plegándola y desplegándola sobre la mesa, como un acto casi instintivo.
El negro, Kummu, uno de los transetas nigerianos, que tenia trabajando a tres de las putas más putas y hermosas de toda constitución; La Miriam, la Cintia y la Chueca; Tres negras en flor teñidas de un rubio radiactivo que se pelaban por frotarse contra la mítica poronga de kummu como gatas en celo, llevaba un pequeño cuchillo de cazador hoja corta, un pequeño primo hermano del que Rambo llevaba en la primera película.
Zhenga, otros de los negros, llevaba una faca carcelaria. Y así toda la comitiva que frecuentaba el Divine.
Marquitos y yo, por supuesto, solo íbamos armados de buenas intenciones y ganas del dulce escavio que el Duende pudiera ofrecernos. Nos sentábamos detrás de una de las dos columnas que se alzaban lineales en el centro del bar, junto a una de las ventanas y mirábamos pasar a todos los transetas y transas de barrio, a los que podíamos llamar con solo dar unos golpes en la ventana. Y había muchos; Redondos y oscuros bolivianos de ojos saltones, paraguayos reacios, argentinos despectivos y mal intencionados. Por aquellas calles se paseaba lo peor de lo peor, parsimoniosamente, como se pudiera pasear un padre en una casa de familia. Y todos trabajaban con sus mujeres o sus hijos de la mano, mientras recorrían las calles con olor a mierda y sopa de verduras, con olor a hamburguesa y clorhidrato. Mientras la noche caía por las pequeñas calles adoquinadas, y las bestias iban poco a poco volviéndose más salvajes.
El bar Divine era un antro en el corazón de Constitución. Se encontraba atestado de negros nigerianos luciendo sus cadenas de oro sobre el cuello y a sus mujeres sentadas sobre sus rodillas. Eran transetas indocumentados. Chulos de cuarta. Trapicheros que vivían a meresunda y violencia y se mantenían del trabajo de sus putas.
Pero el bar era una ecosistema más amplio.
Al fondo, sobre el muro recubierto por los azulejos que parecían haber sido vomitados por la puerta del baño, que remataba a un lado, se encontraban los carcamales. Eran viejos ex presidiarios ahora dedicados a alguna actividad secundaria del crimen. La vieja escuela. Solían beber ginebra con hielo y mantenerse silenciosos, por lo menos hasta que el alcohol surtía efecto y comenzaban a susurrar como si esperaran que el guardia pasara en cualquier momento a requisar su mesa. Todos tenían rasgos marcados y duros, y siempre llevaban una barba de dos días. Parecían cuadros de Francis Bacón en vida.
El jefe de los carcamales era un tipo llamado Badeon. Era un hombre de complexión media, ojos profundamente verdes que siempre llevaba una campera de cuero marrón, gastada, de aire sospechosamente policial. Uno nunca sabia bien quien era quien en el Divine. Pero si sabia que todos eran cercanos o amantes de la meresunda; Y los viejos carcamales no eran la excepción. Tenían un consumo calmo y pausado y ninguno de los que estaba allí sabía de donde sacaban sus puntas. Marquito había dicho que un día el Chompiras, un gordo desaliñado y de rostro psikokiller que frecuentaba a los carcamales le había convidado un suspiro de aquélla meresunda, que había sabido a dolor y a gloria, como nunca más había llegado a probar.
Con marquitos sospechábamos que tenían una punta subterránea alternativa. Una meresunda escondida a los ojos de las nuevas generaciones, fruto de las viejas milongas barriobajeras, del tango sucio del arrabal y de ese código propio, férreo, que seria inconcebible mezclar con el gamexane rancio, la pasta cumbiera y el vidrio molido de las nuevas generaciones. Una meresunda impoluta, como la raja de una virgen; Cortada con historia, honor y gloria. Algo inalcanzable a nuestras voluntades.
Contra la pared que daba a los pooles estaban los Cumbianchas. Eran los mas bajo de lo mas bajo. El pelo largo, grasoso, y los ojos inflados por las pastillas de trapax y clonazepan que echaban en las botellas de escavio era la mejor forma de describirlos. Nadie los respetaba; Tal vez por que se peleaban entre ellos todo el tiempo. Y no era para menos, llegado a una hora de la noche las pastillas los transportaban a un mundo alternativo, donde parecía que todo a su alrededor desaparecía y solo lograban verse entre ellos. Se puteaban, se trompeaban, se caían. Nadie le prestaba atención; Era un espectáculo patético entre lo patético. “Guacho, puto, hijo e´puta, te voy a pinchar, puta e´pario, gato, puto” y frases por el estilo se escuchaban toda la noche desde la pared que daba a los pooles, hasta el punto que perdían el propio sentido.
En el Divine casi todo el mundo andaba enfaconado y esa era una razón para la paz, contrario a lo que cualquiera pudiera pensar. Nadie quería terminar achurado. Badeon llevaba una pequeña navaja plegable, antigua, española creo, con la que muchas veces se lo veía jugando, plegándola y desplegándola sobre la mesa, como un acto casi instintivo.
El negro, Kummu, uno de los transetas nigerianos, que tenia trabajando a tres de las putas más putas y hermosas de toda constitución; La Miriam, la Cintia y la Chueca; Tres negras en flor teñidas de un rubio radiactivo que se pelaban por frotarse contra la mítica poronga de kummu como gatas en celo, llevaba un pequeño cuchillo de cazador hoja corta, un pequeño primo hermano del que Rambo llevaba en la primera película.
Zhenga, otros de los negros, llevaba una faca carcelaria. Y así toda la comitiva que frecuentaba el Divine.
Marquitos y yo, por supuesto, solo íbamos armados de buenas intenciones y ganas del dulce escavio que el Duende pudiera ofrecernos. Nos sentábamos detrás de una de las dos columnas que se alzaban lineales en el centro del bar, junto a una de las ventanas y mirábamos pasar a todos los transetas y transas de barrio, a los que podíamos llamar con solo dar unos golpes en la ventana. Y había muchos; Redondos y oscuros bolivianos de ojos saltones, paraguayos reacios, argentinos despectivos y mal intencionados. Por aquellas calles se paseaba lo peor de lo peor, parsimoniosamente, como se pudiera pasear un padre en una casa de familia. Y todos trabajaban con sus mujeres o sus hijos de la mano, mientras recorrían las calles con olor a mierda y sopa de verduras, con olor a hamburguesa y clorhidrato. Mientras la noche caía por las pequeñas calles adoquinadas, y las bestias iban poco a poco volviéndose más salvajes.
Monday, June 18, 2007
Enanos
_ En esa época esto estaba lleno de enanos. Había enanos bailarines, taxistas, mozos, carteristas, enanos atendiendo kioscos y mercados. Hasta se los veía con esas cajas a las que se le da cuerda y sale música, pero en cambio de un mono había un enano bailando arriba, y otro dos haciendo equilibrio uno sobre el otro accionaban la manivela. Había un enano cada dos personas altas, y hubo una época en que hasta estuvo mal visto no ser enano. El presidente de A.E.A, La Asociación de Enanos Argentinos, era un hombrecito de unos veinticinco centímetros, corrupto y megalómano, casado con una famosa artista de varieté que lo cornudeaba con Julio Sosa. Dicen que fue el enano quien se metió dentro del coche y le corto los frenos el día del accidente.
Después vino la crisis y los enanos comenzaron a exportar enanos al exterior. Si, si, ellos mismos se exportaban, y luego el que estaba allá mandaba dinero para que el otro pudiera irse también. Se iban sobre todo Francia, porque haya no hay enanos, y los que hay no son enanos enanos como los de acá. Cualquiera que haya vivido en esa época sabe que los enanos son o Argentinos, o colombianos o Mexicanos, y que los europeos apenas si son altos con complejo de inferioridad.
Los rusos también son buenos enanos, ojo, pero se dedican a amaestrar osos polares y como los osos polares tienen un ciclo de vida mayor a lo de los enanos cuando el enano muere el oso polar se dedica a vagar aullando ahí donde allá quedado. Todo el que haya vivido en aquella época sabe que cuando uno se cruza por la calle con un oso polar aullando de tristeza significa que acaba de morir un enano. Y en la gran helada de Rusia allá por el sesenta que diezmo a la población rusa de enanos se dice que por la calle uno no podía caminar sin toparse con un oso polar llorando. El gobierno hizo un zoológico del oso polar, allá por San Petersburgo, pero el llanto de los osos mantuvo a la población despierta por semanas y terminaron sacrificándolos. Después de eso el Kremlin saco una ley prohibiendo a los enanos el amaestramiento de osos polares, pero dicen que los osos solos emigraban a las ciudades en primavera, en busca de enanos, como en un ciclo natural de sus vidas.
Acá para cuando Perón asumió por primera vez era más fácil encontrar un político honesto que un enano. De repente habían desaparecido todos, como si uno saliera un día a la calle y no encontrara mas arboles en las veredas. Todavía hay, si, pero es raro verlos. Son más una rareza que una minoría. Dicen que allá en Europa los nazis los diezmaron y que había campos de concentración que parecían enormes guarderías y que nunca nadie llego a ver. Otros dicen que Hitler no era más que un enano agrandado y que cuando cayó todos los otros enanos huyeron a lugares ocultos del globo por temor a una represaría de parte de los altos. Yo la verdad que no sabría decirte, eran otras épocas.
_ ¿Pero de que carajo estas hablando, tío?
_ De enanos, o no me escuchas cuando te hablo.
Después vino la crisis y los enanos comenzaron a exportar enanos al exterior. Si, si, ellos mismos se exportaban, y luego el que estaba allá mandaba dinero para que el otro pudiera irse también. Se iban sobre todo Francia, porque haya no hay enanos, y los que hay no son enanos enanos como los de acá. Cualquiera que haya vivido en esa época sabe que los enanos son o Argentinos, o colombianos o Mexicanos, y que los europeos apenas si son altos con complejo de inferioridad.
Los rusos también son buenos enanos, ojo, pero se dedican a amaestrar osos polares y como los osos polares tienen un ciclo de vida mayor a lo de los enanos cuando el enano muere el oso polar se dedica a vagar aullando ahí donde allá quedado. Todo el que haya vivido en aquella época sabe que cuando uno se cruza por la calle con un oso polar aullando de tristeza significa que acaba de morir un enano. Y en la gran helada de Rusia allá por el sesenta que diezmo a la población rusa de enanos se dice que por la calle uno no podía caminar sin toparse con un oso polar llorando. El gobierno hizo un zoológico del oso polar, allá por San Petersburgo, pero el llanto de los osos mantuvo a la población despierta por semanas y terminaron sacrificándolos. Después de eso el Kremlin saco una ley prohibiendo a los enanos el amaestramiento de osos polares, pero dicen que los osos solos emigraban a las ciudades en primavera, en busca de enanos, como en un ciclo natural de sus vidas.
Acá para cuando Perón asumió por primera vez era más fácil encontrar un político honesto que un enano. De repente habían desaparecido todos, como si uno saliera un día a la calle y no encontrara mas arboles en las veredas. Todavía hay, si, pero es raro verlos. Son más una rareza que una minoría. Dicen que allá en Europa los nazis los diezmaron y que había campos de concentración que parecían enormes guarderías y que nunca nadie llego a ver. Otros dicen que Hitler no era más que un enano agrandado y que cuando cayó todos los otros enanos huyeron a lugares ocultos del globo por temor a una represaría de parte de los altos. Yo la verdad que no sabría decirte, eran otras épocas.
_ ¿Pero de que carajo estas hablando, tío?
_ De enanos, o no me escuchas cuando te hablo.
Sunday, June 17, 2007
Las lagrimas
Caía una lágrima y después otra. Las lágrimas recorrían los tres pisos e iban a dar al techo de un 306 rojo, en el estacionamiento del edificio, y se alojaban en uno de los huequitos que había dejado la granizada que dejo celulítico al ochenta por ciento de los autos de Buenos Aires. El tipo lloraba como un chico. “Porque alguien no sonríe para que salga el sol” repetía mientras se tragaba una y otra vez los mocos que pugnaban por salir de su nariz.
Estaba nublado. De un momento a otro llovería y el agua dulce de la lluvia se mesclaría con el agua salda de sus lagrimas, haya abajo, creando una reacción química que se traduciría en magia. Si, en ese segundo algo hermoso crecería muy lejos de allí.
Ba, eso es lo que yo pensaba.
El tipo seguía llorando y repitiendo su frase. Tenía una nariz enorme en gancho y una mata de pelo escasa que le cubría la cúspide de la cabeza. Parecía un matemático, un teólogo o algo por el estilo. Nuestros balcones se encontraban separado por un endeble panel de fibra de vidrio color beige. Los dos nos encontrábamos apoyados sobre la baranda, como dos hinchas mirando un partido de futbol.
En un momento giro la cabeza y me descubrió. Yo me incorpore y patee el panel de fibra de vidrio arrancándolo de cuajo. Solo quedo un marco de metal que parecía la entrada al camarote de un submarino.
_ Yo estoy acá, siempre, tomando vino. Soy un borracho. Cuando quieras pásate por acá y tomamos algo y charlamos.
Iba a continuar hablando cuando lo vi. En un rincón del balcón había una media docena de gatitos muertos. Las cabezas le colgaban a los costados de la manera mas ridículas que se pudiera imaginar. Le clave los ojos al tipo algo horrorizado y bastante enojado. Inmediatamente se defendió con las manos.
_ Te juro que yo no lo hice.
Tome el panel del piso y lo volví a colocar como pude. Era increíble pensar hasta donde llegaba la degradación humana. Cuando volví la vista hacia el una mujer gorda y horrible me miraba con una nada disimulada cara de desprecio. Llevaba solamente un batón y se podía ver que las carnes apenas si lograban sostenerse de los huesos. Toda ella tendía hacia abajo.
Abrazo al hombre y lo llevo adentro como a un niño. Después de eso comenzó a llover. Este episodio volvió a mi dos semanas después, cuando salí al balcón a fumar marihuana y vi al tipo despatarrado contra el techo del mismo coche sobre el que había llorado. Había dejado un hueco que había superado con creces al granizo. El tipo del 306 no iba estar nada contento.
En ese mismo momento comenzó a llover y no fue chica mi sorpresa cuando vi que el tipo se movía. Abrió los ojos y creo que lo primero que vio fue mi rostro asomado por el balcón. Y entonces me clavo esa mirada; Una mirada ridícula, como pidiéndome perdón. Yo sonreí, y encendí mi porro.
Estaba nublado. De un momento a otro llovería y el agua dulce de la lluvia se mesclaría con el agua salda de sus lagrimas, haya abajo, creando una reacción química que se traduciría en magia. Si, en ese segundo algo hermoso crecería muy lejos de allí.
Ba, eso es lo que yo pensaba.
El tipo seguía llorando y repitiendo su frase. Tenía una nariz enorme en gancho y una mata de pelo escasa que le cubría la cúspide de la cabeza. Parecía un matemático, un teólogo o algo por el estilo. Nuestros balcones se encontraban separado por un endeble panel de fibra de vidrio color beige. Los dos nos encontrábamos apoyados sobre la baranda, como dos hinchas mirando un partido de futbol.
En un momento giro la cabeza y me descubrió. Yo me incorpore y patee el panel de fibra de vidrio arrancándolo de cuajo. Solo quedo un marco de metal que parecía la entrada al camarote de un submarino.
_ Yo estoy acá, siempre, tomando vino. Soy un borracho. Cuando quieras pásate por acá y tomamos algo y charlamos.
Iba a continuar hablando cuando lo vi. En un rincón del balcón había una media docena de gatitos muertos. Las cabezas le colgaban a los costados de la manera mas ridículas que se pudiera imaginar. Le clave los ojos al tipo algo horrorizado y bastante enojado. Inmediatamente se defendió con las manos.
_ Te juro que yo no lo hice.
Tome el panel del piso y lo volví a colocar como pude. Era increíble pensar hasta donde llegaba la degradación humana. Cuando volví la vista hacia el una mujer gorda y horrible me miraba con una nada disimulada cara de desprecio. Llevaba solamente un batón y se podía ver que las carnes apenas si lograban sostenerse de los huesos. Toda ella tendía hacia abajo.
Abrazo al hombre y lo llevo adentro como a un niño. Después de eso comenzó a llover. Este episodio volvió a mi dos semanas después, cuando salí al balcón a fumar marihuana y vi al tipo despatarrado contra el techo del mismo coche sobre el que había llorado. Había dejado un hueco que había superado con creces al granizo. El tipo del 306 no iba estar nada contento.
En ese mismo momento comenzó a llover y no fue chica mi sorpresa cuando vi que el tipo se movía. Abrió los ojos y creo que lo primero que vio fue mi rostro asomado por el balcón. Y entonces me clavo esa mirada; Una mirada ridícula, como pidiéndome perdón. Yo sonreí, y encendí mi porro.
Historias tristes
Las historias no tiene por que ser todas tristes, pero lo son. Siempre que llegamos al final hay un tendal de emociones descuartizadas; Mujeres de sandalias rojas sosteniendo un corazón sangrante en la mano, hombres que miran el horizonte edilicio de su ciudad sentados en la reposera del balcón sosteniendo un vaso de vino tinto en la mano, un mozalbete de ojos grandes que mira un charco y se pregunta porque dios mato a su perro. Y en esa tristeza, en esa vena de patética y resplandeciente humanidad, no hay buenos ni malos, no hay juicios, solo un hilo de historia, un hilo ínfimo, como un suspiro.
Porque es un lugar quieto la melancolía, la apatía, la tristeza, como un barco de papel que surca un rio manso; Se mueve apenas mientras se va muriendo, mientras el agua va subiendo por la pasta compacta de la hoja, y se hunde, ya olvidado de antemano.
Así son las historias, así son los finales y así es todo. Uno lo entiende esos días que esta sentado en un banco de plaza mirando los mozalbetes jugar, y se mira las manos que se van arrugando, y se da cuenta que poco a poco, casi ínfimamente, uno se va muriendo. Pero no le importa, y vuelve la vista sobre el arenero, porque en realidad nada de eso importa.
Porque es un lugar quieto la melancolía, la apatía, la tristeza, como un barco de papel que surca un rio manso; Se mueve apenas mientras se va muriendo, mientras el agua va subiendo por la pasta compacta de la hoja, y se hunde, ya olvidado de antemano.
Así son las historias, así son los finales y así es todo. Uno lo entiende esos días que esta sentado en un banco de plaza mirando los mozalbetes jugar, y se mira las manos que se van arrugando, y se da cuenta que poco a poco, casi ínfimamente, uno se va muriendo. Pero no le importa, y vuelve la vista sobre el arenero, porque en realidad nada de eso importa.
Tuesday, June 12, 2007
Tragaluces
Se despertó en medio de la noche, tanteo junto a la cama buscando el despertador y derribo algo con el dorso de la mano. Luego escucho el sutil sonido de una copa de cristal rodando bajo la cama. Se sentó sobre las sabanas y piso el charco de vino que imagino violáceo. Se seco la planta del pie con las medias que descansaban religiosamente en el hueco de la zapatilla y espero que los ojos se acostumbraran a la penumbra.
Se movió hasta la cocina guiado por los ases de luz artificial que se filtraban por la rendijas de la persiana. Le gustaba caminar por el departamento a oscuras, en la noche, cuando la ciudad se sumía en ese silencio particular que es la suma de sonidos de las cosas que aun siguen marchando. Sonidos aislados que parecían lejanos y huecos, como si escaparan desde el fondo de una caja vacía. Le hacían imaginar a un naufrago flotando en medio de un océano quieto.
Tomo media botella de agua de un solo trago y lo embargo esa felicidad idiota que es aplacar la sed en medio de la noche. Luego quedo estático un segundo, alerta, y escucho aquel grito que imagino que no era el primero.
Se subió a la mesada y espió por la rendija del tragaluz.
Primero creyó que estaban violando a alguien en el terreno baldío junto al edificio, pero cuando se asomo se dio cuenta que el sonido podia venir al menos de unas dos o tres cuadras a la redonda.
“Dale, pegale, pegale a la muy puta” grito una voz e inmediatamente le sucedío el alarido histérico de una mujer.
Los gritos eran tan claros que parecían venir a no más de unos metros de distancia. No parecia desesperacion, mas bien parecia el sonido triste de alguien que no puede defenderse. Cada tanto el silencio volvía y se escuchaba una cumbia salir de algún edificio o el maquinar de un camión de basura. Y por debajo de ese silencio un rezongo invisible que no sabia si existía o era parte de su imaginación.
No supo cuanto duro, las palizas venian en tandas, al igual que los gritos. Luego los tipos se alejaron profiriendo amenazas e insultos y solo quedo un llanto ahogado que parecía cubrir toda la ciudad. Martín vio por el tragaluz como algunas luces del edificio se prendían y pudo imaginar un puñado de personas en la misma posición que el; Padres consolando a sus hijos, parejas abrazadas, mujeres solas, ancianos, todos junto a sus ventanas escuchando aquel llanto antrecortado.
El llanto fue bajando poco a poco de intensidad hasta convertirse en una queja triste y luego desapareció para siempre bajo el ruido de una tanda de autos que atravesaban la avenida. Martín no había escuchado algo tan hermoso como aquel llanto en años. Ese sonido triste y puro que da ganas de abrazar y proteger. Volvió a la cama con una sensación extraña, como si aquellas lágrimas hubiesen de algún modo purgado su alma. Se tapo con todas las mantas y se sintió leve y afortunado, se sintió lejano, mientras el sueño lo volvía a abrazar como a un viejo amigo.
Se movió hasta la cocina guiado por los ases de luz artificial que se filtraban por la rendijas de la persiana. Le gustaba caminar por el departamento a oscuras, en la noche, cuando la ciudad se sumía en ese silencio particular que es la suma de sonidos de las cosas que aun siguen marchando. Sonidos aislados que parecían lejanos y huecos, como si escaparan desde el fondo de una caja vacía. Le hacían imaginar a un naufrago flotando en medio de un océano quieto.
Tomo media botella de agua de un solo trago y lo embargo esa felicidad idiota que es aplacar la sed en medio de la noche. Luego quedo estático un segundo, alerta, y escucho aquel grito que imagino que no era el primero.
Se subió a la mesada y espió por la rendija del tragaluz.
Primero creyó que estaban violando a alguien en el terreno baldío junto al edificio, pero cuando se asomo se dio cuenta que el sonido podia venir al menos de unas dos o tres cuadras a la redonda.
“Dale, pegale, pegale a la muy puta” grito una voz e inmediatamente le sucedío el alarido histérico de una mujer.
Los gritos eran tan claros que parecían venir a no más de unos metros de distancia. No parecia desesperacion, mas bien parecia el sonido triste de alguien que no puede defenderse. Cada tanto el silencio volvía y se escuchaba una cumbia salir de algún edificio o el maquinar de un camión de basura. Y por debajo de ese silencio un rezongo invisible que no sabia si existía o era parte de su imaginación.
No supo cuanto duro, las palizas venian en tandas, al igual que los gritos. Luego los tipos se alejaron profiriendo amenazas e insultos y solo quedo un llanto ahogado que parecía cubrir toda la ciudad. Martín vio por el tragaluz como algunas luces del edificio se prendían y pudo imaginar un puñado de personas en la misma posición que el; Padres consolando a sus hijos, parejas abrazadas, mujeres solas, ancianos, todos junto a sus ventanas escuchando aquel llanto antrecortado.
El llanto fue bajando poco a poco de intensidad hasta convertirse en una queja triste y luego desapareció para siempre bajo el ruido de una tanda de autos que atravesaban la avenida. Martín no había escuchado algo tan hermoso como aquel llanto en años. Ese sonido triste y puro que da ganas de abrazar y proteger. Volvió a la cama con una sensación extraña, como si aquellas lágrimas hubiesen de algún modo purgado su alma. Se tapo con todas las mantas y se sintió leve y afortunado, se sintió lejano, mientras el sueño lo volvía a abrazar como a un viejo amigo.
Thursday, June 7, 2007
Eight (parte de una historieta del niño pez y adyacencias )
1_ Tomar buen vino, comer aceitunas o oler los frenos de un tren una noche de invierno me llevan hasta el orgasmo.
2_ Mis fotos siempre se ven de los ojos para arriba, de la boca para abajo o de perfil por que mis mofletes comienzan a caerse como los de un bull dog
3_ He llegado a pasar un dia entero saliendo y entrando de los cines que estan en Lavalle
4_ Nada puede cambiar mas mi humor que cuando alguien me pisa
5_ Me odio y me amo casi con la misma intensidad
6_ Si me pongo a garchar puedo hacerlo indefinidamente, pero tambien pueden pasar meses sin arrimarme a una mujer
7_ Escribir para mi representa un sufrimiento indescriptible
8_ Solo confio en mi hijo
2_ Mis fotos siempre se ven de los ojos para arriba, de la boca para abajo o de perfil por que mis mofletes comienzan a caerse como los de un bull dog
3_ He llegado a pasar un dia entero saliendo y entrando de los cines que estan en Lavalle
4_ Nada puede cambiar mas mi humor que cuando alguien me pisa
5_ Me odio y me amo casi con la misma intensidad
6_ Si me pongo a garchar puedo hacerlo indefinidamente, pero tambien pueden pasar meses sin arrimarme a una mujer
7_ Escribir para mi representa un sufrimiento indescriptible
8_ Solo confio en mi hijo
Wednesday, June 6, 2007
China
Un miércoles a la tarde alguien raspo a mi puerta. Cuando abrí pude ver una camilla que llevaba a China, mi vecina, tapada de cuerpo entero. El ángel de la muerte había venido a reclamar a la pobre vieja. A mis pies se encontraba Hebra, la pequinesa de la vieja, moviendo su cola y esgrimiendo una careton triste. Es increíblemente raro ver un perro con el rostro compungido, pero aquella bola de pelos sabia hacerse entender, había pasado doce años viviendo en un departamento con humanos y podia imitar hasta los gestos más finos. No era ningún secreto lo que trataba de comunicarme; El único hilo que la unía al mundo tal cual lo conocía se acababa de cortar.
Bienvenido al club, pensé.
_ Que paso?_ le pregunte a los camilleros.
_ Se murió_ dijo uno que debía ser nieto de Albert Einstein.
_ Mira vos, creí que la llevaban de fantasma a un fiesta de disfraces.
El tipo me puso mala cara; el amigo también. Los dos eran grandotes así que decidí quedarme en el molde.
_ ¿Tenia como mil años, que carajo querés que te expliquemos, nene?_ dijo el que llevaba la camilla por la cabecera y que parecía ser primo hermano de Frankenstein.
_ Ok, ok_ dije, bajando el copete.
_ ¿La conocías?
Levante los hombros. Hebra seguía pegado a mis pies, como esperando una respuesta. El pasillo estaba vació y olía a incienso. Era como si aquello se hubiese convertido en una especie de velatorio, y seguramente era lo mas cercano a un velatorio que china llegaría a tener. El primo hermano de Franky volvió a la carga;
_ ¿Sabes si tenia familiares o algo?
_ No se, si querés te dejo el teléfono de una amiga, creo que se conocían de hace mucho.
_ Haceme el favor.
Fui hasta la pieza y anote en un papelito el teléfono de la señorita Hemingway. Luego volví y se lo alcancé al camillero. Me pregunte si valdría levantar la sabana y ver a China por última vez, pero ni siquiera entendí la razón por la que debería hacer semejante cosa. Creo que había alimentado mi infancia con demasiada televisión. Sin embargo pude observar mi propia mano descorriendo la sabana hasta la altura del cuello.
Lo que había alli no era un gran espectáculo. No había nada fuera de lo normal. Hubiese jurado que la muerte le quedaba mejor que aquellas tristes hilachas de vida que arrastraba en el departamento de junto. Creo, por decirlo de alguna manera; que había encontrado la horma de su zapato. La muerte le había sentado a su semblante como unas vacaciones por la costa azul; Se la veía, sin animo de ser sarcástico, renovada. El rostro estaba blanquecino y jovial, no había ni una pizquita de miedo; Era como si cada cosa cupiera en su lugar. Lo que faltaba alli se había ido, en gran parte, mucho tiempo antes, casi en su juventud, cuando había logrado escapar de la guerra.
_ ¿Y?_ Dijo el camillero.
Mire los lentes de China; Eran unos pequeños lentes de marco marrón oscuro que siempre me habían fascinado. Siempre que nos quedábamos charlando en el pasillo yo me quedaba mirándola directo a los ojos; Y no era en realidad los ojos lo que miraba, sino el marco, los vidrios, la forma contundente de aquellos anteojos. Me preguntaba que tan vacía quedaría el rostro de China sin aquel par de anteojos. Era como si con el tiempo la magia de sus ojos hubiese saltado hacia los lentes para acortar distancia. Como si aquellos artilugios fueran el verdadero espejo de su alma. Pensé que sin ellos no seria completamente ella, pero al fin y al cabo no iba a necesitarlo, pues su alma ya no estaba en el cuerpo.
Por supuesto, yo tampoco.
_ ¿Puedo?_ dije tomando los lentes por la unión de los marcos, pero sin despegarlos del rostro del cadáver.
Uno de los camilleros miro al otro. Lo único que querían aquellos dos era salir lo antes posible de alli.
_ Si no tiene ningún familiar que vaya a reclamarlos?_ exclamo el primo hermano de Franky, que parecía ser el que llevaba la voz mandante.
_ En los dos años que estoy acá no la vino a visitar mas que la mujer del papel que les di_ les dije con seguridad.
El tipo miro el papel donde había anotado el teléfono como si alli pudiera encontrar impreso el rostro de la señorita Hemingway. Luego lo alzo un poco como si hiciera un brindis en mi honor.
_ Gracias por el dato_ dijo.
Despegue con cuidado los lentes del rostro y lo volví a tapar con la sabana. Los camilleros saludaron y comenzaron a avanzar hacia las escaleras. De repente vi entre mis pies algo que había pasado por alto. .
_ ¿El perro?_ pregunte, señalando a Hebra.
_ Si querés lo llevamos, pero lo vamos tener que tirar por ahí_ dijo el otro_ Quédatelo; igual esta viejo y se va a terminar muriendo de tristeza.
Mire a Hebra; El fucking perro sabia que estábamos hablando de el, creo que si hubiese podido hablar hasta hubiese opinado. Comprendía cada una de las palabras que decíamos. El rostro, los gestos, la mirada, eran insoportablemente humanos.
_ Vamos Hebra_ dije mientras me hacia a un lado.
Entro al departamento dando pequeños saltitos, mirando a todos lados, como estudiando el terreno. Dio unas vueltas en redondo oliendo los muebles, se acerco a la pared que lindaba con el departamento donde había vivido toda su vida y alli se dejo caer; la cabeza pegada a las patas, las orejas cayéndole a un lado, el rostro de desolación.
Fui hasta la cocina, tome unas sobras de pollo, un taza con agua y las puse cerca de alli. Ni siquiera les presto atención, parecía observar una ausencia detrás de la pared del comedor.
_ Mas no puedo hacer_ le dije.
Me miro como agradeciendo, cerró los ojos y unos minutos después estaba roncando. Soñando con quien sabe que cosa sueñan los perros.
Bienvenido al club, pensé.
_ Que paso?_ le pregunte a los camilleros.
_ Se murió_ dijo uno que debía ser nieto de Albert Einstein.
_ Mira vos, creí que la llevaban de fantasma a un fiesta de disfraces.
El tipo me puso mala cara; el amigo también. Los dos eran grandotes así que decidí quedarme en el molde.
_ ¿Tenia como mil años, que carajo querés que te expliquemos, nene?_ dijo el que llevaba la camilla por la cabecera y que parecía ser primo hermano de Frankenstein.
_ Ok, ok_ dije, bajando el copete.
_ ¿La conocías?
Levante los hombros. Hebra seguía pegado a mis pies, como esperando una respuesta. El pasillo estaba vació y olía a incienso. Era como si aquello se hubiese convertido en una especie de velatorio, y seguramente era lo mas cercano a un velatorio que china llegaría a tener. El primo hermano de Franky volvió a la carga;
_ ¿Sabes si tenia familiares o algo?
_ No se, si querés te dejo el teléfono de una amiga, creo que se conocían de hace mucho.
_ Haceme el favor.
Fui hasta la pieza y anote en un papelito el teléfono de la señorita Hemingway. Luego volví y se lo alcancé al camillero. Me pregunte si valdría levantar la sabana y ver a China por última vez, pero ni siquiera entendí la razón por la que debería hacer semejante cosa. Creo que había alimentado mi infancia con demasiada televisión. Sin embargo pude observar mi propia mano descorriendo la sabana hasta la altura del cuello.
Lo que había alli no era un gran espectáculo. No había nada fuera de lo normal. Hubiese jurado que la muerte le quedaba mejor que aquellas tristes hilachas de vida que arrastraba en el departamento de junto. Creo, por decirlo de alguna manera; que había encontrado la horma de su zapato. La muerte le había sentado a su semblante como unas vacaciones por la costa azul; Se la veía, sin animo de ser sarcástico, renovada. El rostro estaba blanquecino y jovial, no había ni una pizquita de miedo; Era como si cada cosa cupiera en su lugar. Lo que faltaba alli se había ido, en gran parte, mucho tiempo antes, casi en su juventud, cuando había logrado escapar de la guerra.
_ ¿Y?_ Dijo el camillero.
Mire los lentes de China; Eran unos pequeños lentes de marco marrón oscuro que siempre me habían fascinado. Siempre que nos quedábamos charlando en el pasillo yo me quedaba mirándola directo a los ojos; Y no era en realidad los ojos lo que miraba, sino el marco, los vidrios, la forma contundente de aquellos anteojos. Me preguntaba que tan vacía quedaría el rostro de China sin aquel par de anteojos. Era como si con el tiempo la magia de sus ojos hubiese saltado hacia los lentes para acortar distancia. Como si aquellos artilugios fueran el verdadero espejo de su alma. Pensé que sin ellos no seria completamente ella, pero al fin y al cabo no iba a necesitarlo, pues su alma ya no estaba en el cuerpo.
Por supuesto, yo tampoco.
_ ¿Puedo?_ dije tomando los lentes por la unión de los marcos, pero sin despegarlos del rostro del cadáver.
Uno de los camilleros miro al otro. Lo único que querían aquellos dos era salir lo antes posible de alli.
_ Si no tiene ningún familiar que vaya a reclamarlos?_ exclamo el primo hermano de Franky, que parecía ser el que llevaba la voz mandante.
_ En los dos años que estoy acá no la vino a visitar mas que la mujer del papel que les di_ les dije con seguridad.
El tipo miro el papel donde había anotado el teléfono como si alli pudiera encontrar impreso el rostro de la señorita Hemingway. Luego lo alzo un poco como si hiciera un brindis en mi honor.
_ Gracias por el dato_ dijo.
Despegue con cuidado los lentes del rostro y lo volví a tapar con la sabana. Los camilleros saludaron y comenzaron a avanzar hacia las escaleras. De repente vi entre mis pies algo que había pasado por alto. .
_ ¿El perro?_ pregunte, señalando a Hebra.
_ Si querés lo llevamos, pero lo vamos tener que tirar por ahí_ dijo el otro_ Quédatelo; igual esta viejo y se va a terminar muriendo de tristeza.
Mire a Hebra; El fucking perro sabia que estábamos hablando de el, creo que si hubiese podido hablar hasta hubiese opinado. Comprendía cada una de las palabras que decíamos. El rostro, los gestos, la mirada, eran insoportablemente humanos.
_ Vamos Hebra_ dije mientras me hacia a un lado.
Entro al departamento dando pequeños saltitos, mirando a todos lados, como estudiando el terreno. Dio unas vueltas en redondo oliendo los muebles, se acerco a la pared que lindaba con el departamento donde había vivido toda su vida y alli se dejo caer; la cabeza pegada a las patas, las orejas cayéndole a un lado, el rostro de desolación.
Fui hasta la cocina, tome unas sobras de pollo, un taza con agua y las puse cerca de alli. Ni siquiera les presto atención, parecía observar una ausencia detrás de la pared del comedor.
_ Mas no puedo hacer_ le dije.
Me miro como agradeciendo, cerró los ojos y unos minutos después estaba roncando. Soñando con quien sabe que cosa sueñan los perros.
Saturday, June 2, 2007
Chocabamos
Antes chocábamos todo el tiempo.
Éramos como autos que colisionan de frente.
Pedazos de chapas enredadas, manchas de sangre, maletas abiertas sobre la ruta y ropa volando, una bocina sonando en el aire, y humo y fuego.
Eso éramos nosotros.
Y nos fundíamos y sufríamos;
éramos el esqueleto del vehículo y los cadáveres descomponiéndose dentro, donde los pájaros picotean la carne en lenta descomposición y los perros olfatean la sangre pegoteada contra el tapizado marrón del asiento.
Esa sangre que también es cadáver y es muerte.
Y nosotros éramos un accidente tras otro;
Una manera de amar accidentada
pero que aun sabía encontrarse.
Una fusión demasiado rápida, demasiado fuerte y demasiado caliente.
Una forma de encontrarse violenta, violenta de quedarse y de permanecer.
Un promontorio hecho de chapas y plásticos, goma y tela, enmarañada y fundida, echando fuego en una ruta olvidada.
y convivamos en ese dantesco letargo
como una pequeña vida combustionando
antes
cuando nos encontrabamos
Éramos como autos que colisionan de frente.
Pedazos de chapas enredadas, manchas de sangre, maletas abiertas sobre la ruta y ropa volando, una bocina sonando en el aire, y humo y fuego.
Eso éramos nosotros.
Y nos fundíamos y sufríamos;
éramos el esqueleto del vehículo y los cadáveres descomponiéndose dentro, donde los pájaros picotean la carne en lenta descomposición y los perros olfatean la sangre pegoteada contra el tapizado marrón del asiento.
Esa sangre que también es cadáver y es muerte.
Y nosotros éramos un accidente tras otro;
Una manera de amar accidentada
pero que aun sabía encontrarse.
Una fusión demasiado rápida, demasiado fuerte y demasiado caliente.
Una forma de encontrarse violenta, violenta de quedarse y de permanecer.
Un promontorio hecho de chapas y plásticos, goma y tela, enmarañada y fundida, echando fuego en una ruta olvidada.
y convivamos en ese dantesco letargo
como una pequeña vida combustionando
antes
cuando nos encontrabamos
Friday, June 1, 2007
Thursday, May 31, 2007
comunicado Nº 9014
Las vacas de Agronomia parecen ratas
Las vacas de Agronomia parecen perros apaleados
Las vacas de Agronomia parecen perros apaleados
El martillar
Hay un tipo con un martillo. Martilla que te martilla de la mañana hasta la tardecita sin descanso. Ni siquiera me pregunto quien carajo sera; Ese tipejo o tipejos similares se pueden escuchar desde los departamentos de todos los edificios. A veces es un martillar lento y monotono, otros veces son como rafagas de metralla, seguido por una pausa de silencio. A veces los golpes son tan audibles y desiguales que desconcentran.
Me acuerdo que vivia en un departamentito minisculo en que se esucuchaba noche y dia el martilleo. Uno abria los ojos a la noche, cuando ya ni siquiera se escucha el sonido de los colectivos arremeter como psicopatas motorizados, y escuchaba el martilleo que rebotaba contra las paredes, como acompasando el sueño.
Un dia fue a visitar a un amigo, y mientras escuchabamos musica, borrachos y drogados en el comedor, el bajo el volumen y llevandose el dedo indice a la oreja mascullo; "Escucha, el tipo ese martilla todo el dia".
_ Si, en mi casa hay uno.
_ Si, ya se, estan en todos lados, en la casa de mi vieja no paran nunca.
Desde ese dia tuve la oportunidad de comprobar que lo decia era verdad.
Lo mas extraño es que la omnipresencia de los tipos de los martillos no crea paranoia ni psicosis. Su martillar no parece ser mas que eso; Un martillar. "Estamos aca, dale que dale, martillando, siempre" es lo que parecen querer decir. Me pregunto si perteneceran a alguna clase de secta secreta, o son aparatos estatales mandando mensajes subliminales en clave morse tipo "Vote Telerman".
Eso nunca se va a llegar a saber.
Lo que si se, es que no van a dejar de martillar nunca.
Me acuerdo que vivia en un departamentito minisculo en que se esucuchaba noche y dia el martilleo. Uno abria los ojos a la noche, cuando ya ni siquiera se escucha el sonido de los colectivos arremeter como psicopatas motorizados, y escuchaba el martilleo que rebotaba contra las paredes, como acompasando el sueño.
Un dia fue a visitar a un amigo, y mientras escuchabamos musica, borrachos y drogados en el comedor, el bajo el volumen y llevandose el dedo indice a la oreja mascullo; "Escucha, el tipo ese martilla todo el dia".
_ Si, en mi casa hay uno.
_ Si, ya se, estan en todos lados, en la casa de mi vieja no paran nunca.
Desde ese dia tuve la oportunidad de comprobar que lo decia era verdad.
Lo mas extraño es que la omnipresencia de los tipos de los martillos no crea paranoia ni psicosis. Su martillar no parece ser mas que eso; Un martillar. "Estamos aca, dale que dale, martillando, siempre" es lo que parecen querer decir. Me pregunto si perteneceran a alguna clase de secta secreta, o son aparatos estatales mandando mensajes subliminales en clave morse tipo "Vote Telerman".
Eso nunca se va a llegar a saber.
Lo que si se, es que no van a dejar de martillar nunca.
Sunday, May 27, 2007
El gordo
El plan del gordo era simplemente escapar del pueblo. No huía de bandas de gansters, deudas de juegos o novias fugaces reclamando una paternidad dudosa. Todo lo contrario, huía de falta de eso y de tantas cosas mas que creía que la vida podia ofrecer. Huía de las mismas calles vacías, de los mismos rostros opacos, del mismo humor monótono y corrosivo. Un día tomo la mochila con la que no pocos años atras había hecho las tres cuadras hasta el Liceo, la lleno con un par de mudas de ropa y se fue.
En el pobre par de cuadras que hizo hasta la estación de tren podría haberlo atacado una sensación de denotada nostalgia o piedad por las calles solitarias que habían abrigado su infancia, la mañana era húmeda y fresca, las primeras luces de la mañana se filtraban por los tamariscos y los pájaros comenzaban a cantar entre las ramas. Pero ni siquiera eso. Al contrario; Frente a la estación, sentado en la misma silla y con el mismo rostro mortecino que había logrado asustarlo y fascinarlo desde su niñez, el viejo Severino lo vio pasar y esbozo una leve sonrisa.
_ Otro pobre diablo al matadero _ grito socarronamente.
El gordo se saco las ganas que venia aguantando desde hacia una década y le sacudió otro piedrazo que erró por medio metro. El anterior, sacudido diez años atrás, que le había asestado en el medio de la frente, le había costado una semana de penitencia y le había demostrado al Laucha Gómez, contrario a lo que este manifestaba, que el viejo no era inmortal, a juzgar por la sangre y los improperios que este profería. Esta vez el yerro no hizo más que aumentar el júbilo del viejo y corroborar aun más la teoría del Laucha Gómez.
En la estación, como un deja bu, o una ironía del destino, se encontró al propio Laucha, parado en el andén, con un pequeño bolso gris a sus pies, como un perro. Eran los únicos que se encontraban en el andén, y seguramente en toda la estación, fuera del viejo Vergel, que se ocupaba de expender los boletos y hacer sonar la pequeña campana que anunciaba la partida del tren. Para el gordo aquel sonido seria como el disparo de partida a la libertad.
_ Le erraste ¿no?_ pregunto el Laucha, cuando vio que el gordo se acercaba hacia el_ No, si los años no vienen solos.
_ ¿Qué andas haciendo Laucha?_ pregunto el gordo, fijándose principalmente en el bolso que descansaba junto a su viejo compañero de juegos de la infancia.
_ Me voy gordo, no quiero que el viejo de mierda ese vaya a mi funeral a caerse de risa. Voy a parar un tiempo en lo de mi hermano y después dios dirá.
La amistad con el Laucha se había truncado cuando (el gordo siempre había sospechado que fue por acuerdo de sus padres) entraron a diferentes colegios secundarios, entonces cada uno se hizo un grupo distinto de amigos, que como ley natural de un pueblo, siempre bipartito, eran antagónicos. Sin embargo nunca habían sido enemigos, sino que habían puesto cada uno esa distancia invisible que se pone en los pueblos, donde uno se cruza inevitablemente todos los días con amigos y enemigos.
_ ¿Vos?_ pregunto el Laucha, que parecía no querer creer la coincidencia.
_ Ando en lo mismo_ dijo el gordo.
Después ambos quedaron en silencio mirando los silos que se lazaban frente al andén. Era de mañanita y el pueblo se encontraba silencioso. Casi sin darse cuenta el Gordo y el Laucha vieron al viejo Vergel, con el chaleco gris sobre la camisa celeste, el gorro con la leyenda “jefe” y el bigote blanco sobre el rostro prolijamente afeitado, parado junto a ellos, mirando también hacia los silos. El gordo saco un cigarrillo del paquete y al ver que el Laucha seguía la acción de reojo se lo paso. “Querido” exclamo el jefe inmediatamente, levantando un dedo, y el gordo expendio otro cigarrillo hacia el. Luego saco el encendedor y prendido los cigarrillos uno a uno terminando por el suyo.
_ Que barbaridad, siempre tarde_ exclamo el jefe, mirando el reloj y lanzado el humo por la boca.
_ Mientras llegue_ exclamo el Laucha.
_ He! _ exclamo el jefe, dando a entender que se podía esperar cualquier cosa.
Como incentivado por el reproche del jefe la figura del tren aprecio en la lejanía.
_ ¿Y donde van los chicos?, ¿Alguna novia en la Capital?_ pregunto luego.
_ Un concurso de deletreo_ mintió el Laucha.
_ Pero como…………¿Ustedes todavía están en secundaria?
_ No, no, a nivel profesional_ aclaro el Laucha.
El jefe reprimió una carcajada y el humo le salio por la nariz y lo atraganto haciéndolo toser varias veces. El gordo y el Laucha contuvieron también la carcajada, produciendo un sonido nasal que se esfumo en el silencio del andén. De alguna forma los tres trataban de darle un matiz real a aquella mentira, como si alguien más allí pudiera descubrir la farsa.
_ Es lindo Buenos Aires_ dijo el jefe después de un rato, cuando la figura del tren, con paso pesado, comenzaba a acercarse al anden del pueblo_ Bueno, me voy para adentro_ agrego y tiro el cigarrillo al anden, apagándolo con la suela de unos mocasines impecablemente lustrados.
El tren fue frenando en el andén y el gordo aspiro el humo embriagador de los frenos quemándose, ese néctar que de pequeño iba a aspirar los miércoles y domingos y que había abandonado en su adolescencia. El Laucha tomo el bolso, flaco y fofo, que parecía no contener mas que un pantalón, un par de medias y algunas remeras. Ellos dos allí, juntos, esperando el momento de escapar del pueblo, se presentaba para el gordo como un momento irreal, y a la vez trascendente. Antes que el Laucha subiera por la escalerilla del tren el gordo lo detuvo con una mano en el hombro.
_ ¿Le diste?_ pregunto, sabiendo de antemano la respuesta.
_ ¿A quien?
_ A Severino.
_ Cállate gordo_ exclamo el Laucha con tono compungido_ Se me acalambro el brazo cuando estaba por tirar. No sabes que dolor. El viejo hijo del mil puta se me cagaba de risa. No, gordo, si los años no vienen solos.
En el pobre par de cuadras que hizo hasta la estación de tren podría haberlo atacado una sensación de denotada nostalgia o piedad por las calles solitarias que habían abrigado su infancia, la mañana era húmeda y fresca, las primeras luces de la mañana se filtraban por los tamariscos y los pájaros comenzaban a cantar entre las ramas. Pero ni siquiera eso. Al contrario; Frente a la estación, sentado en la misma silla y con el mismo rostro mortecino que había logrado asustarlo y fascinarlo desde su niñez, el viejo Severino lo vio pasar y esbozo una leve sonrisa.
_ Otro pobre diablo al matadero _ grito socarronamente.
El gordo se saco las ganas que venia aguantando desde hacia una década y le sacudió otro piedrazo que erró por medio metro. El anterior, sacudido diez años atrás, que le había asestado en el medio de la frente, le había costado una semana de penitencia y le había demostrado al Laucha Gómez, contrario a lo que este manifestaba, que el viejo no era inmortal, a juzgar por la sangre y los improperios que este profería. Esta vez el yerro no hizo más que aumentar el júbilo del viejo y corroborar aun más la teoría del Laucha Gómez.
En la estación, como un deja bu, o una ironía del destino, se encontró al propio Laucha, parado en el andén, con un pequeño bolso gris a sus pies, como un perro. Eran los únicos que se encontraban en el andén, y seguramente en toda la estación, fuera del viejo Vergel, que se ocupaba de expender los boletos y hacer sonar la pequeña campana que anunciaba la partida del tren. Para el gordo aquel sonido seria como el disparo de partida a la libertad.
_ Le erraste ¿no?_ pregunto el Laucha, cuando vio que el gordo se acercaba hacia el_ No, si los años no vienen solos.
_ ¿Qué andas haciendo Laucha?_ pregunto el gordo, fijándose principalmente en el bolso que descansaba junto a su viejo compañero de juegos de la infancia.
_ Me voy gordo, no quiero que el viejo de mierda ese vaya a mi funeral a caerse de risa. Voy a parar un tiempo en lo de mi hermano y después dios dirá.
La amistad con el Laucha se había truncado cuando (el gordo siempre había sospechado que fue por acuerdo de sus padres) entraron a diferentes colegios secundarios, entonces cada uno se hizo un grupo distinto de amigos, que como ley natural de un pueblo, siempre bipartito, eran antagónicos. Sin embargo nunca habían sido enemigos, sino que habían puesto cada uno esa distancia invisible que se pone en los pueblos, donde uno se cruza inevitablemente todos los días con amigos y enemigos.
_ ¿Vos?_ pregunto el Laucha, que parecía no querer creer la coincidencia.
_ Ando en lo mismo_ dijo el gordo.
Después ambos quedaron en silencio mirando los silos que se lazaban frente al andén. Era de mañanita y el pueblo se encontraba silencioso. Casi sin darse cuenta el Gordo y el Laucha vieron al viejo Vergel, con el chaleco gris sobre la camisa celeste, el gorro con la leyenda “jefe” y el bigote blanco sobre el rostro prolijamente afeitado, parado junto a ellos, mirando también hacia los silos. El gordo saco un cigarrillo del paquete y al ver que el Laucha seguía la acción de reojo se lo paso. “Querido” exclamo el jefe inmediatamente, levantando un dedo, y el gordo expendio otro cigarrillo hacia el. Luego saco el encendedor y prendido los cigarrillos uno a uno terminando por el suyo.
_ Que barbaridad, siempre tarde_ exclamo el jefe, mirando el reloj y lanzado el humo por la boca.
_ Mientras llegue_ exclamo el Laucha.
_ He! _ exclamo el jefe, dando a entender que se podía esperar cualquier cosa.
Como incentivado por el reproche del jefe la figura del tren aprecio en la lejanía.
_ ¿Y donde van los chicos?, ¿Alguna novia en la Capital?_ pregunto luego.
_ Un concurso de deletreo_ mintió el Laucha.
_ Pero como…………¿Ustedes todavía están en secundaria?
_ No, no, a nivel profesional_ aclaro el Laucha.
El jefe reprimió una carcajada y el humo le salio por la nariz y lo atraganto haciéndolo toser varias veces. El gordo y el Laucha contuvieron también la carcajada, produciendo un sonido nasal que se esfumo en el silencio del andén. De alguna forma los tres trataban de darle un matiz real a aquella mentira, como si alguien más allí pudiera descubrir la farsa.
_ Es lindo Buenos Aires_ dijo el jefe después de un rato, cuando la figura del tren, con paso pesado, comenzaba a acercarse al anden del pueblo_ Bueno, me voy para adentro_ agrego y tiro el cigarrillo al anden, apagándolo con la suela de unos mocasines impecablemente lustrados.
El tren fue frenando en el andén y el gordo aspiro el humo embriagador de los frenos quemándose, ese néctar que de pequeño iba a aspirar los miércoles y domingos y que había abandonado en su adolescencia. El Laucha tomo el bolso, flaco y fofo, que parecía no contener mas que un pantalón, un par de medias y algunas remeras. Ellos dos allí, juntos, esperando el momento de escapar del pueblo, se presentaba para el gordo como un momento irreal, y a la vez trascendente. Antes que el Laucha subiera por la escalerilla del tren el gordo lo detuvo con una mano en el hombro.
_ ¿Le diste?_ pregunto, sabiendo de antemano la respuesta.
_ ¿A quien?
_ A Severino.
_ Cállate gordo_ exclamo el Laucha con tono compungido_ Se me acalambro el brazo cuando estaba por tirar. No sabes que dolor. El viejo hijo del mil puta se me cagaba de risa. No, gordo, si los años no vienen solos.
Vidal
Abrió la puerta con la llave y espió dentro del departamento con el ramo de flores asomando por debajo de su cara. Adentro estaba vació y silencioso. Elena no estaba. La sonrisa se le borro con la misma velocidad que se le había dibujado. Después de todo no era mas que una sonrisa forzada.
Entro y tiro el ramo de flores sobre la mesa con fastidio; Otra vez llegaba a su hogar y no encontraba nadie que lo recibiera.
Se aflojo la corbata y luego se la saco por completo. Se vistió de entrecasa esperando que Elena llegara en cualquier momento, aunque íntimamente algo le decía que no iba a suceder así.
Luego fue a la cocina. Sobre la mesita se encontraba la botella de vino que el había comprado el día anterior, apoyada justo en el centro, como un reproche. Pensó si era en realidad un reproche o simplemente la había sacado para alcanzar la yerba o el azúcar, pues Elena era más bien baja, aunque no pudo deducirlo. Vidal había dejado la botella justo frente a la puerta de la alacena para que no hubiese confusión y ella no pensara que andaba ocultando el vino por la casa. Ella no podía reprocharle nada, o si, pero no que estuviese escondiendo el vino como un simple alcohólico.
Corrió la botella más contra la pared, junto a la caja de galletitas, para que no tuviera tanto protagonismo en el ambiente. Allí, en un rincón, parecía nada más que parte del decorado. Esa era la virtud de los buenos vinos, aparte de ser una verdadera delicia al paladar; Uno los podía dejar a la mitad, con el corcho puesto, en cualquier lugar, y a uno le daba más la impresión de encontrarse con un libro abierto que con una bebida alcohólica.
Luego abrió la heladera y tomo un trago de agua.
Se hizo unos mates y fue al comedor a tomarlos en silencio sobre el sillón. Vidal creía que si Elena entraba aquella podía ser una buena imagen de reproche sin tener el que decir nada al respecto. Sin embargo se relajo y lo tomo sin pensar en nada en especial porque sabía que si se concentraba en la llegada de Elena le seria imposible tomar un mate tranquilo. Paso casi una hora sobre el sillón pensando nada en especial, hasta que miro por la ventana y se dio cuenta de que había caído la noche.
El reloj daba las ocho de la tardé y se sentía raro; Mas bien solo. El televisor empotrado a un lado de la pared, el equipo de música, los ascensores en el pasillo del edificio, todo se mantenía en silencio. Y sin Elena allí era como si el también estuviese ausente. Para colmo no sabia si ponerse a cocinar o no, o planear algo, ya no sabia si Elena llegaría en el próximo momento o simplemente no aparecería.
No era raro, andaba de acá para allá y a veces se quedaba en la casa de alguna de sus hermanas, según le conviniera. Ambas vivan en puntas alejadas de la ciudad y le servían de puertos para moverse al día siguiente. Sin contar la docena de amigas que visitaba de vez en cuando.
Vidal se levanto del sillón y tomo el celular que había dejado sobre la mesa del comedor. En realidad odiaba tener que llegar a aquel punto, tener que reclamar algo que no tenía porque ser así. De todas formas el teléfono del otro lado dio ocupado. Se decidió a no llamar hasta pasado un buen rato.
Miro las rosas sobre la mesa y le parecieron ridículas. Las llevo a la cocina y las metió de cabeza en el tacho de basura. Si Elena preguntaba no diría nada o inventaría una mentira, una de esas tan ridículas que ella no se atrevería a refutar, pues eran la muestra del más puro cinismo, disparado por su mal humor. Era otro de sus reproches silenciosos, esos que odiaba con toda su alma, pero que le salían de las tripas.
Hacia casi una semana que veía a Elena distante, desde el día que se le había ido la mano y se había emborrachado frente a sus hermanas. Había sido un acto de inmadures de los que Vidal a veces no podía evitar, porque eran intrínsecos. Había a veces dentro suyo ciertos actos de irresponsabilidad que eran para el como bocanadas de vida. En realidad Elena había tenido razón en enojarse, en ningún momento el había planeado que alguno de sus actos se manifestara frente a Elena, y mucho menos frente a sus cercanos.
Sin embargo Elena no le había hecho ningún reproche. Había hablado con el sobre el incidente tratando de comprenderlo como lo haría un psicólogo o un antropólogo. El le había dicho lo que creía, y lo que recordaba. Luego no se volvió a hablar sobre el asunto, aunque Elena se mostró diferente desde ese día, no en sus modos, sino en algo mas profundo, en su aura o espíritu, en algo que en Elena era tan evidente que no se necesitaba ser su pareja para darse cuenta.
Los días siguientes fueron extraños; El amor y la calma que compartían cuando estaban juntos seguía allí, sin embargo había un pequeño fantasma que ninguno de los dos podía explicar o dilucidar. No era el fantasma de la noche en lo de las hermanas de Elena, era algo más. Como si todos las faltas y errores, los de ambos, volvieran para formar un pequeñísimo hueco, casi ínfimo, pero que podría hacer colapsar todo lo que habían formado a su alrededor.
Esos días vinieron otros reproches, de ambos lados, cosas nimias que hacían a la pareja. Elena por primera vez vio mal que Vidal comprara vino un día de semana. Vidal siempre se tomaba una botella de vino, a veces dos, estaba bastante acostumbrado y Elena lo había conocido así y nunca había dicho nada. Ahora ponía mala cara, a veces le alejaba la copa de la mano. A Vidal esto lo hería en lo mas intimo, pero sentía que se lo tenia merecido, por haber demostrado que no tenia el asunto tan controlado.
Ese mismo día Vidal se había levantado triste, tal vez ya olía algo en el aire. Se había levantado para ir al trabajo y Elena lo esperaba en el comedor con unos mates. Ella trabaja por su cuenta y manejaba sus tiempos y horarios. Vidal la vio sentada en el comedor, sonriéndole, y no pudo evitar pensar que aunque nada grave había sucedido, pues habían pasado por cosas peores en sus primeros meses, todo había cambiado. Este pensamiento lo sumió en una gran depresión, aunque si o si tuvo que devolverle la sonrisa. En ese momento hubiese tenido ganas de estar lejos de allí, de llorar, no tener que verla ni tocarla, porque la amaba y no ver que era lo que pasaba, no poder hacer nada lo desesperaba; El barco se hundía pero ninguno de los dos lograba por donde entraba el agua.
Ese día, cuando Vidal salio del trabajo pensó que lo mejor que podía hacer es tratar de comenzar otra vez, comprar flores, sacarla a cenar, hacerle el amor, dejar el vino para los fines de semana, para los fiestas o para siempre, para evitar futuros nuevos furcios.
Pero se había encontrado con el departamento vació y la botella sobre la mesa de la cocina.
Eran las nueve cuando el Vidal volvió a marcar. Había seguido en silencio, pensado en donde podría estar Elena y las lágrimas casi habían caido por sus mejillas. Sabia que no lo engañaba aunque también sabia que en esas cosas nunca había que confiar, pero si el había tenido reproches para con ella a lo largo de su relación aquel era un punto del que no se podía quejar. En realidad, en este punto, confiaba ciegamente en ella y si hubiese tenido la menor desconfianza la hubiese dejado inmediatamente. Sin embargo varias veces había desaparecido por días y a veces por semanas, alejándose no solo física sino emocionalmente, como si de repente Elena cruzara una barrera que Vidal no pudiera comprender y que tuviera vedada. En ese tiempo tenían contactos, a través de los mails, los mensajes telefónicos y las llamadas que Vidal hacia, y algunas veces ella, pero detrás Elena siempre se mostraba evasiva y casi ausente, y Vidal estos días los pasaba enfadado con Elena, con el y con casi todo el mundo. Los vivía como si Elena en realidad no existiera, fuera un fantasma del pasado, pero en su interior cada hora que pasaba, cada llamado que atendía y no era ella, era como una cuchillada que le dolía más de lo que Elena jamás llegaría a comprender.
Luego, cuando Elena volvía y Vidal le reprochaba su ausencia, ella se despachaba con mil excusas. Aceptaba parte de culpa pero inmediatamente se exoneraba. Miraba a Vidal como si exagerara su dolor y le reprochaba la violencia que este le escupía todos sus reproches. Y era que Vidal, mucho más que la ausencia, le dolía aun más el aire inocente con Elena siempre abordaba el tema. Ella misma parecía creerse en realidad todas las excusas que esgrimía por haber desaparecido por diez o doce días, sin dar la cara, sin aparecer ni siquiera media hora para tomar un café en un bar. Era como si creyera que por solo decir una excusa, poner un fundamento, este se hiciera realidad, y esta realidad fuera aun más fuerte que el hecho de su ausencia. Y peor aun, cuando este fundamento caía, Elena se defendía desde otra perspectiva, cambiando absolutamente de tema, haciendo que Vidal perdiera los estribos.
Finalmente, hacia menos de un mes, habían decido irse a vivir juntos y Vidal creyó que así podría combatir sus ausencias. Pero se había equivocado. Elena se las arreglaba para desaparecer igual, para dormir en los de sus hermanas o amigas, para moverse sin que el la pudiese alcanzar.
Finalmente Elena atendió del otro lado; Como siempre atendió con un tono que demostraba lo feliz que se encontraba de escucharlo. Vidal en realidad no descreía de esa felicidad, pero sabia que en breve ella se desligaría de el, por lo que la felicidad de ella, real o no, no le servia para nada. Y fue exactamente como pasó; Elena se encontraba en una de lo de sus hermanas, Ana, y se quedaría dormir allí. No había llamado porque no lo había decidido hasta último momento, hasta que había caído su otra hermana y las tres habían decidido hacer una cena juntas. El día siguiente lo tenia completo; Estaría todo el día buscando cosas para la marca y luego seguro que volvería a la de su hermana, pues tenia que trabajar con ella. Las tres trabajaban en el mismo rubro, diseño, y cuando una emprendía un proyecto las otras cooperaban. Las tres se encontraban siempre en constante movimiento. Elena le pregunto si esto le enojaba, el respondió que no; Los dos sabían exactamente lo que sentían. Era inútil. Finalmente Vidal cortó y fue a destapar la botella de vino. Sabía que después de terminarla iría a comprar otra, o tal vez dos más. De todas formas no interesaba, estaba tan hueco como se sentía.
Entro y tiro el ramo de flores sobre la mesa con fastidio; Otra vez llegaba a su hogar y no encontraba nadie que lo recibiera.
Se aflojo la corbata y luego se la saco por completo. Se vistió de entrecasa esperando que Elena llegara en cualquier momento, aunque íntimamente algo le decía que no iba a suceder así.
Luego fue a la cocina. Sobre la mesita se encontraba la botella de vino que el había comprado el día anterior, apoyada justo en el centro, como un reproche. Pensó si era en realidad un reproche o simplemente la había sacado para alcanzar la yerba o el azúcar, pues Elena era más bien baja, aunque no pudo deducirlo. Vidal había dejado la botella justo frente a la puerta de la alacena para que no hubiese confusión y ella no pensara que andaba ocultando el vino por la casa. Ella no podía reprocharle nada, o si, pero no que estuviese escondiendo el vino como un simple alcohólico.
Corrió la botella más contra la pared, junto a la caja de galletitas, para que no tuviera tanto protagonismo en el ambiente. Allí, en un rincón, parecía nada más que parte del decorado. Esa era la virtud de los buenos vinos, aparte de ser una verdadera delicia al paladar; Uno los podía dejar a la mitad, con el corcho puesto, en cualquier lugar, y a uno le daba más la impresión de encontrarse con un libro abierto que con una bebida alcohólica.
Luego abrió la heladera y tomo un trago de agua.
Se hizo unos mates y fue al comedor a tomarlos en silencio sobre el sillón. Vidal creía que si Elena entraba aquella podía ser una buena imagen de reproche sin tener el que decir nada al respecto. Sin embargo se relajo y lo tomo sin pensar en nada en especial porque sabía que si se concentraba en la llegada de Elena le seria imposible tomar un mate tranquilo. Paso casi una hora sobre el sillón pensando nada en especial, hasta que miro por la ventana y se dio cuenta de que había caído la noche.
El reloj daba las ocho de la tardé y se sentía raro; Mas bien solo. El televisor empotrado a un lado de la pared, el equipo de música, los ascensores en el pasillo del edificio, todo se mantenía en silencio. Y sin Elena allí era como si el también estuviese ausente. Para colmo no sabia si ponerse a cocinar o no, o planear algo, ya no sabia si Elena llegaría en el próximo momento o simplemente no aparecería.
No era raro, andaba de acá para allá y a veces se quedaba en la casa de alguna de sus hermanas, según le conviniera. Ambas vivan en puntas alejadas de la ciudad y le servían de puertos para moverse al día siguiente. Sin contar la docena de amigas que visitaba de vez en cuando.
Vidal se levanto del sillón y tomo el celular que había dejado sobre la mesa del comedor. En realidad odiaba tener que llegar a aquel punto, tener que reclamar algo que no tenía porque ser así. De todas formas el teléfono del otro lado dio ocupado. Se decidió a no llamar hasta pasado un buen rato.
Miro las rosas sobre la mesa y le parecieron ridículas. Las llevo a la cocina y las metió de cabeza en el tacho de basura. Si Elena preguntaba no diría nada o inventaría una mentira, una de esas tan ridículas que ella no se atrevería a refutar, pues eran la muestra del más puro cinismo, disparado por su mal humor. Era otro de sus reproches silenciosos, esos que odiaba con toda su alma, pero que le salían de las tripas.
Hacia casi una semana que veía a Elena distante, desde el día que se le había ido la mano y se había emborrachado frente a sus hermanas. Había sido un acto de inmadures de los que Vidal a veces no podía evitar, porque eran intrínsecos. Había a veces dentro suyo ciertos actos de irresponsabilidad que eran para el como bocanadas de vida. En realidad Elena había tenido razón en enojarse, en ningún momento el había planeado que alguno de sus actos se manifestara frente a Elena, y mucho menos frente a sus cercanos.
Sin embargo Elena no le había hecho ningún reproche. Había hablado con el sobre el incidente tratando de comprenderlo como lo haría un psicólogo o un antropólogo. El le había dicho lo que creía, y lo que recordaba. Luego no se volvió a hablar sobre el asunto, aunque Elena se mostró diferente desde ese día, no en sus modos, sino en algo mas profundo, en su aura o espíritu, en algo que en Elena era tan evidente que no se necesitaba ser su pareja para darse cuenta.
Los días siguientes fueron extraños; El amor y la calma que compartían cuando estaban juntos seguía allí, sin embargo había un pequeño fantasma que ninguno de los dos podía explicar o dilucidar. No era el fantasma de la noche en lo de las hermanas de Elena, era algo más. Como si todos las faltas y errores, los de ambos, volvieran para formar un pequeñísimo hueco, casi ínfimo, pero que podría hacer colapsar todo lo que habían formado a su alrededor.
Esos días vinieron otros reproches, de ambos lados, cosas nimias que hacían a la pareja. Elena por primera vez vio mal que Vidal comprara vino un día de semana. Vidal siempre se tomaba una botella de vino, a veces dos, estaba bastante acostumbrado y Elena lo había conocido así y nunca había dicho nada. Ahora ponía mala cara, a veces le alejaba la copa de la mano. A Vidal esto lo hería en lo mas intimo, pero sentía que se lo tenia merecido, por haber demostrado que no tenia el asunto tan controlado.
Ese mismo día Vidal se había levantado triste, tal vez ya olía algo en el aire. Se había levantado para ir al trabajo y Elena lo esperaba en el comedor con unos mates. Ella trabaja por su cuenta y manejaba sus tiempos y horarios. Vidal la vio sentada en el comedor, sonriéndole, y no pudo evitar pensar que aunque nada grave había sucedido, pues habían pasado por cosas peores en sus primeros meses, todo había cambiado. Este pensamiento lo sumió en una gran depresión, aunque si o si tuvo que devolverle la sonrisa. En ese momento hubiese tenido ganas de estar lejos de allí, de llorar, no tener que verla ni tocarla, porque la amaba y no ver que era lo que pasaba, no poder hacer nada lo desesperaba; El barco se hundía pero ninguno de los dos lograba por donde entraba el agua.
Ese día, cuando Vidal salio del trabajo pensó que lo mejor que podía hacer es tratar de comenzar otra vez, comprar flores, sacarla a cenar, hacerle el amor, dejar el vino para los fines de semana, para los fiestas o para siempre, para evitar futuros nuevos furcios.
Pero se había encontrado con el departamento vació y la botella sobre la mesa de la cocina.
Eran las nueve cuando el Vidal volvió a marcar. Había seguido en silencio, pensado en donde podría estar Elena y las lágrimas casi habían caido por sus mejillas. Sabia que no lo engañaba aunque también sabia que en esas cosas nunca había que confiar, pero si el había tenido reproches para con ella a lo largo de su relación aquel era un punto del que no se podía quejar. En realidad, en este punto, confiaba ciegamente en ella y si hubiese tenido la menor desconfianza la hubiese dejado inmediatamente. Sin embargo varias veces había desaparecido por días y a veces por semanas, alejándose no solo física sino emocionalmente, como si de repente Elena cruzara una barrera que Vidal no pudiera comprender y que tuviera vedada. En ese tiempo tenían contactos, a través de los mails, los mensajes telefónicos y las llamadas que Vidal hacia, y algunas veces ella, pero detrás Elena siempre se mostraba evasiva y casi ausente, y Vidal estos días los pasaba enfadado con Elena, con el y con casi todo el mundo. Los vivía como si Elena en realidad no existiera, fuera un fantasma del pasado, pero en su interior cada hora que pasaba, cada llamado que atendía y no era ella, era como una cuchillada que le dolía más de lo que Elena jamás llegaría a comprender.
Luego, cuando Elena volvía y Vidal le reprochaba su ausencia, ella se despachaba con mil excusas. Aceptaba parte de culpa pero inmediatamente se exoneraba. Miraba a Vidal como si exagerara su dolor y le reprochaba la violencia que este le escupía todos sus reproches. Y era que Vidal, mucho más que la ausencia, le dolía aun más el aire inocente con Elena siempre abordaba el tema. Ella misma parecía creerse en realidad todas las excusas que esgrimía por haber desaparecido por diez o doce días, sin dar la cara, sin aparecer ni siquiera media hora para tomar un café en un bar. Era como si creyera que por solo decir una excusa, poner un fundamento, este se hiciera realidad, y esta realidad fuera aun más fuerte que el hecho de su ausencia. Y peor aun, cuando este fundamento caía, Elena se defendía desde otra perspectiva, cambiando absolutamente de tema, haciendo que Vidal perdiera los estribos.
Finalmente, hacia menos de un mes, habían decido irse a vivir juntos y Vidal creyó que así podría combatir sus ausencias. Pero se había equivocado. Elena se las arreglaba para desaparecer igual, para dormir en los de sus hermanas o amigas, para moverse sin que el la pudiese alcanzar.
Finalmente Elena atendió del otro lado; Como siempre atendió con un tono que demostraba lo feliz que se encontraba de escucharlo. Vidal en realidad no descreía de esa felicidad, pero sabia que en breve ella se desligaría de el, por lo que la felicidad de ella, real o no, no le servia para nada. Y fue exactamente como pasó; Elena se encontraba en una de lo de sus hermanas, Ana, y se quedaría dormir allí. No había llamado porque no lo había decidido hasta último momento, hasta que había caído su otra hermana y las tres habían decidido hacer una cena juntas. El día siguiente lo tenia completo; Estaría todo el día buscando cosas para la marca y luego seguro que volvería a la de su hermana, pues tenia que trabajar con ella. Las tres trabajaban en el mismo rubro, diseño, y cuando una emprendía un proyecto las otras cooperaban. Las tres se encontraban siempre en constante movimiento. Elena le pregunto si esto le enojaba, el respondió que no; Los dos sabían exactamente lo que sentían. Era inútil. Finalmente Vidal cortó y fue a destapar la botella de vino. Sabía que después de terminarla iría a comprar otra, o tal vez dos más. De todas formas no interesaba, estaba tan hueco como se sentía.
Saturday, May 26, 2007
El Cucaracha
Nadie sabe de donde salio el Cucaracha. Tal vez de debajo del cemento, de entre las bolsas de basura de la calle, de las cañerías. Hay, o había, un hueco en el monumento de la fuente del parque Rivadavia, arriba, en un rectángulo de material. Ahí tiraban los adictos las agujas, forros, latas de cerveza, cosas por el estilo. Luego el gobierno puso a la plaza entre rejas vaya a saber porque crimen. Dicen algunos que Cucaracha dormía ahí, entre el sonido de las ratas y la risa de los chiquilines que se aventuraban a robarse comics de Batman y el hombre araña, a la noche, en la época que los puestos junto al Normal aun se conservaban tapados con lonas.
De todas formas no importa. Seria un mito, como tantos otros.
En parque Centenario hay un semicírculo que se cierra sobre si mismo, hecho de adoquines apilados, construido por un arquitecto loco que aprovecho los adoquines que levantaron cuando asfaltaron las avenidas que la rodean.
También hay una escalera en que bajan hacia una puerta de chapa mal cerrada, junto a un ínfimo anfiteatro, en la plaza Monseñor de Andrea, sobre Córdoba. Esas escaleras están en varias plazas y el Cucaracha las conocía todas, y sabia como abrirlas, y como surcarlas.
El Parque Chacabuco esta lleno de recovecos, y esta la autopista. Sobre el parque se alzan una tomas de aire altísimas, que los chicos aprovechan para practicar Jumping Park, donde el pequeño Mirro dijo ver los ojos de Tramañan, el demonio que cuida a los pibes de la calle, y nunca mas volvió a hablar. Cucaracha solía tomar el mate cocido que a veces le alcanzaban los chicos entre las rejas del instituto vocacional de arte, a la vuelta del parque. Lo se porque me lo contó el mismo.
También están las plazas cerradas, como la que se encuentra sobre Avenida Independencia, casi llegando a Avenida la Plata; Son plazas cerradas, que siempre se suelen dividir en varias secciones. En esta primero estaban los juegos, luego una canchita de fútbol parquizada, y luego la cancha de bochas, frente a un altísimo árbol de moras donde el Cucaracha solía comer hasta que un jugo morado le reventaba por las narices. A estas plazas se accedía por la simple acción de saltar las rejas.
Cualquiera de esos lugares podría haber sido un escondite para Cucaracha. Seguramente todos lo fueron. No es difícil adivinar de donde saco semejante apodo. Pero tampoco uno puede estar seguro de nada, más de que sabía moverse en la oscuridad, y que sabia aprovechar lo que le sobraba a los otros.
La leyenda dice que sus padres eran gente del interior y que en un viaje de vacaciones lo perdieron en Parque Sarmiento. Aunque la policía y sus padres lo buscaron por días no hallaron rastro. De alguna manera que nadie sabe explicar, y esto es solo una leyenda, estuvo varios días perdidos en las entrañas del arroyo Maldonado. El arroyo estaba casi seco, oscuro, y el Cucaracha anduvo vagando por allí muerto de miedo, escuchando el rugido de los autos que pasaban sobre su cabeza, sobre avenida Juan B. Justo, y de ahí fue que sus ojos se tornaron absolutamente negros.
En esto tal vez halla un vestigio de verdad, pues conocía los tubos del arroyo como la palma de su mano, y una de las muchas veces que me invito a surcarlo con el me mostro el enorme boquete que había dejado una bomba que el ERP había dejado de regalo para el avión del hijo de puta de Videla.
Otros dicen que era el hijo de una familia de chaqueños que se instalaron en la villa catorce, en flores, antes de que se uniera con la once y la uno, formando esa enorme porción de miseria que es la uno-once-catorce. Dicen que solía irse de la casa por días, vagando por la ciudad, y que un dia termino por no volver. Yo que se. Lo conocí en la calle, como todos los que lo conocimos. Era morocho y espigado, con ojos negros desde el iris a la pupila, algo raro, que le daba una increíble vista nocturna. Llevaba siempre un canguro rojo desteñido con la capucha extendida sobre la cabeza; Otra de las cosas por la que tal vez se hubiese ganado el apodo de Cucaracha. Era silencioso, pero sabia hacerse entender, y fue el padre de todos los pibes indefensos que encontró abandonados a su paso. Vivíamos en la miseria, pero nos teníamos los unos a los otros, y al Cucaracha, de quien con el tiempo se llego a decir, tal vez a causa de sus ojos, que era la semilla del mismísimo Tramañan.
De todas formas no importa. Seria un mito, como tantos otros.
En parque Centenario hay un semicírculo que se cierra sobre si mismo, hecho de adoquines apilados, construido por un arquitecto loco que aprovecho los adoquines que levantaron cuando asfaltaron las avenidas que la rodean.
También hay una escalera en que bajan hacia una puerta de chapa mal cerrada, junto a un ínfimo anfiteatro, en la plaza Monseñor de Andrea, sobre Córdoba. Esas escaleras están en varias plazas y el Cucaracha las conocía todas, y sabia como abrirlas, y como surcarlas.
El Parque Chacabuco esta lleno de recovecos, y esta la autopista. Sobre el parque se alzan una tomas de aire altísimas, que los chicos aprovechan para practicar Jumping Park, donde el pequeño Mirro dijo ver los ojos de Tramañan, el demonio que cuida a los pibes de la calle, y nunca mas volvió a hablar. Cucaracha solía tomar el mate cocido que a veces le alcanzaban los chicos entre las rejas del instituto vocacional de arte, a la vuelta del parque. Lo se porque me lo contó el mismo.
También están las plazas cerradas, como la que se encuentra sobre Avenida Independencia, casi llegando a Avenida la Plata; Son plazas cerradas, que siempre se suelen dividir en varias secciones. En esta primero estaban los juegos, luego una canchita de fútbol parquizada, y luego la cancha de bochas, frente a un altísimo árbol de moras donde el Cucaracha solía comer hasta que un jugo morado le reventaba por las narices. A estas plazas se accedía por la simple acción de saltar las rejas.
Cualquiera de esos lugares podría haber sido un escondite para Cucaracha. Seguramente todos lo fueron. No es difícil adivinar de donde saco semejante apodo. Pero tampoco uno puede estar seguro de nada, más de que sabía moverse en la oscuridad, y que sabia aprovechar lo que le sobraba a los otros.
La leyenda dice que sus padres eran gente del interior y que en un viaje de vacaciones lo perdieron en Parque Sarmiento. Aunque la policía y sus padres lo buscaron por días no hallaron rastro. De alguna manera que nadie sabe explicar, y esto es solo una leyenda, estuvo varios días perdidos en las entrañas del arroyo Maldonado. El arroyo estaba casi seco, oscuro, y el Cucaracha anduvo vagando por allí muerto de miedo, escuchando el rugido de los autos que pasaban sobre su cabeza, sobre avenida Juan B. Justo, y de ahí fue que sus ojos se tornaron absolutamente negros.
En esto tal vez halla un vestigio de verdad, pues conocía los tubos del arroyo como la palma de su mano, y una de las muchas veces que me invito a surcarlo con el me mostro el enorme boquete que había dejado una bomba que el ERP había dejado de regalo para el avión del hijo de puta de Videla.
Otros dicen que era el hijo de una familia de chaqueños que se instalaron en la villa catorce, en flores, antes de que se uniera con la once y la uno, formando esa enorme porción de miseria que es la uno-once-catorce. Dicen que solía irse de la casa por días, vagando por la ciudad, y que un dia termino por no volver. Yo que se. Lo conocí en la calle, como todos los que lo conocimos. Era morocho y espigado, con ojos negros desde el iris a la pupila, algo raro, que le daba una increíble vista nocturna. Llevaba siempre un canguro rojo desteñido con la capucha extendida sobre la cabeza; Otra de las cosas por la que tal vez se hubiese ganado el apodo de Cucaracha. Era silencioso, pero sabia hacerse entender, y fue el padre de todos los pibes indefensos que encontró abandonados a su paso. Vivíamos en la miseria, pero nos teníamos los unos a los otros, y al Cucaracha, de quien con el tiempo se llego a decir, tal vez a causa de sus ojos, que era la semilla del mismísimo Tramañan.
Thursday, May 24, 2007
La realidad
La realidad es un enano sin dientes
Un borracho contemplando el último trago de la noche
La manía de decir es la ultima vez y lo estas volviendo a hacer
Un pibe jugando a la pelota en el balcón de un séptimo piso
Y su viejo adentro, sentado en el inodoro, leyendo la sección deportiva del diario la nación mientras se echa un garco
La realidad es verse siempre desterrado de todos lados
Y no saber porque
Charlar con las viejas en los funerales
Mirar el pasto de la banquina mientras viajas en un micro de larga distancia
Son todos los perros que pateaste solo por que estabas furioso
Y después te sentiste una mierda
Y esa amigo mio;
Esa es la realidad
Un borracho contemplando el último trago de la noche
La manía de decir es la ultima vez y lo estas volviendo a hacer
Un pibe jugando a la pelota en el balcón de un séptimo piso
Y su viejo adentro, sentado en el inodoro, leyendo la sección deportiva del diario la nación mientras se echa un garco
La realidad es verse siempre desterrado de todos lados
Y no saber porque
Charlar con las viejas en los funerales
Mirar el pasto de la banquina mientras viajas en un micro de larga distancia
Son todos los perros que pateaste solo por que estabas furioso
Y después te sentiste una mierda
Y esa amigo mio;
Esa es la realidad
Wednesday, May 23, 2007
Un tipito
_ ¿Te acordas de aquel tipito?
_ ¿Que tipito?
_ El tipito, ese tipito, che.
_ ¿El de lentes?
_ ¡Si, ese!
_ Buen chaval
_ Parece que violo a una mina.
_ Aunque siempre tuvo una cara media como de enfermito.
_ Ba, no se si la violo, pero parece que lo acusan de violacion; Todo un tema.
_ ¿Y a quien violo?
_ A la gorda Sosa.
_ Mmmmmm.....
_ ¿Que pasa?
_ No creo que el tipito de lentes reuna la fuerza fisica, la habilidad tecnica, ni el extremo mal gusto que hay que tener para violar a la gorda. Una cosa es violar a una nena de quince, chiquitita y linda, otra muy diferente es tratar de desempantanar un Panzer tirando con una mula.
_ La gorda dice que mansillo su honor.
_ Eso del honor es relativo. En todo caso mansillar parece una palabra acorde a la gorda.
_ ¿Por que?
_ Porque si.
_ El tema es que en la comisaria piensan lo mismo que vos. Al tipito lo arrestaron, no les quedaba otra, pero ningun milico cree que se haya animado a tocar a la gorda, por lo menos encontra de la voluntad de la gorda...
_ Es cuestion de masas.
_ .....Asi que el tipito se la pasa haciendole mates a los milicos, les hace los informes en la maquina de escribir y todo eso, mientras espera el resultado del juicio. Los milicos han interrogado a la gorda un par de veces pero la gorda no da el brazo a torcer, les llora y les hace toda una historieta que se parece a mas una pelicula porno de bajo presupuesto que a una violacion hecha y derecha.
_ ¿Y el punto es..........?
_ El punto es que la gorda esta preñada.
_ Ahi la cosa va tomando mas color.
_ Dice que si nuestro tipito se hace cargo del crio retira la denuncia.
_ Ahi va tomando color y definicion.
_ El tipito dice que antes se corta la chota con una lima de uñas.
_ Todo un intelectual nuestro tipito.
_ Si, la cosa es que tiene que elegir entre ir en cana o pasar los proximos años con la gorda, por que en caso de hacerse cargo va a haber casorio. Y si la gorda fuera gorda, bueno, ahi va y pasa, pero es un asteroide de carne fofa y blanca; Aparte de que no se baña nunca, se la paso tomando vino y lanza una puteada cada tres palabras. Por otro lado sabes lo que les pasa a los violines en la carcel.
_ En este caso volverse homosexual seria la decision mas sabia.
_ Si, exacto, es lo que el tipito me dijo.
_ ¿Hablaste con el tipito?
_ Claro, lo fui a visitar, es primo mio, o de mi vieja, bueno, en fin, es lo mismo. Tiene un nombre raro con R o con F, por eso nunca me acuerdo.
_ ¿Y el punto es...?
_ El punto es que si se casa estoy invitado....y vos venis conmigo.
_ Bueno, en fin, no hay mal que no por bien no venga.
_ ¿Me pregunto quien sera el padre del hijo de la gorda?
_ Ni te lo preguntes. Ni el mismo tipo se debe acordar. Hay que estar bien borracho para atreversele a semejante empresa.
_ ¿Que tipito?
_ El tipito, ese tipito, che.
_ ¿El de lentes?
_ ¡Si, ese!
_ Buen chaval
_ Parece que violo a una mina.
_ Aunque siempre tuvo una cara media como de enfermito.
_ Ba, no se si la violo, pero parece que lo acusan de violacion; Todo un tema.
_ ¿Y a quien violo?
_ A la gorda Sosa.
_ Mmmmmm.....
_ ¿Que pasa?
_ No creo que el tipito de lentes reuna la fuerza fisica, la habilidad tecnica, ni el extremo mal gusto que hay que tener para violar a la gorda. Una cosa es violar a una nena de quince, chiquitita y linda, otra muy diferente es tratar de desempantanar un Panzer tirando con una mula.
_ La gorda dice que mansillo su honor.
_ Eso del honor es relativo. En todo caso mansillar parece una palabra acorde a la gorda.
_ ¿Por que?
_ Porque si.
_ El tema es que en la comisaria piensan lo mismo que vos. Al tipito lo arrestaron, no les quedaba otra, pero ningun milico cree que se haya animado a tocar a la gorda, por lo menos encontra de la voluntad de la gorda...
_ Es cuestion de masas.
_ .....Asi que el tipito se la pasa haciendole mates a los milicos, les hace los informes en la maquina de escribir y todo eso, mientras espera el resultado del juicio. Los milicos han interrogado a la gorda un par de veces pero la gorda no da el brazo a torcer, les llora y les hace toda una historieta que se parece a mas una pelicula porno de bajo presupuesto que a una violacion hecha y derecha.
_ ¿Y el punto es..........?
_ El punto es que la gorda esta preñada.
_ Ahi la cosa va tomando mas color.
_ Dice que si nuestro tipito se hace cargo del crio retira la denuncia.
_ Ahi va tomando color y definicion.
_ El tipito dice que antes se corta la chota con una lima de uñas.
_ Todo un intelectual nuestro tipito.
_ Si, la cosa es que tiene que elegir entre ir en cana o pasar los proximos años con la gorda, por que en caso de hacerse cargo va a haber casorio. Y si la gorda fuera gorda, bueno, ahi va y pasa, pero es un asteroide de carne fofa y blanca; Aparte de que no se baña nunca, se la paso tomando vino y lanza una puteada cada tres palabras. Por otro lado sabes lo que les pasa a los violines en la carcel.
_ En este caso volverse homosexual seria la decision mas sabia.
_ Si, exacto, es lo que el tipito me dijo.
_ ¿Hablaste con el tipito?
_ Claro, lo fui a visitar, es primo mio, o de mi vieja, bueno, en fin, es lo mismo. Tiene un nombre raro con R o con F, por eso nunca me acuerdo.
_ ¿Y el punto es...?
_ El punto es que si se casa estoy invitado....y vos venis conmigo.
_ Bueno, en fin, no hay mal que no por bien no venga.
_ ¿Me pregunto quien sera el padre del hijo de la gorda?
_ Ni te lo preguntes. Ni el mismo tipo se debe acordar. Hay que estar bien borracho para atreversele a semejante empresa.
Tuesday, May 22, 2007
Futbol
Resbalaban a cada paso. Iban tomados de las manos tratando de no caer. Cada tanto a uno se les abría las piernas y el otro tenia que quedarse rígido, como un poste, para que el que resbalaba pudiese incorporarse lentamente. Ir por la vereda o la calle daba lo mismo, pues en el barrio de detrás de las vías, o detrás de las vías a secas, calles y veredas era una sola cosa, apenas delimitada por algunos árboles. Ignacio puteaba por lo bajo, Lorena lo tomaba con humor, preocupándose mas por los perros que se encontraban en todas las casa y en todas las casas salían hasta la puerta de la alberca a ladrar.
_ ¿A dónde carajo vamos?_ pregunto Lorena, que con una mano se sostenía de Ignacio y con la otra sostenía el pucho en el aire.
_ Vos fumas y déjame a mí.
Ella le hizo caso y le tiro el humo en la cara mientras se iba inclinando hacia un lado. Ignacio llego a tomarse de un árbol y espero que Lorena se reincorporara. Un cuzquito blanco aprovecho para salir hasta la vereda y ladrarles sus cuarenta.
_ ¿Nos no morderá alguno?_ pregunto.
_ Perro que ladra…..
_ ¿Por qué tienen tantos perros esta gente?
_ Porque son gratis. Creo. _ Largo Ignacio.
Siguieron camino bordeando una alambrada que presentaba terreno seguro. Luego tuvieron que hacer un paso estratégico por una bocacalle que se encontraba hecha un lodazal. Cuando llegaron a la esquina opuesta tenían barro hasta el nacimiento de las botamangas. Lorena se sacudió el barro mientras murmuraba un reproche que Ignacio no llego a oír.
_ ¿Queres que vaya por un balde y una cuchara y asfalte la media cuadra que falta?_ dijo Ignacio sonriendo.
_ No. No quiero_ exclamo ella.
_ Entonces move el culo_ dijo el y siguió camino solo.
En menos de un segundo sintió la mano fría de Lorena tomando la suya. Era suave y fuerte. Caminaron casi sin problema hasta llegar hasta lo de Medina; No sea por un perro negro y peludo al que tuvieron que medir unos segundos hasta que Ignacio dedujo que era puro ladrido. Y era.
Apenas entraron al bar vieron Minguito sentado en la mesa grande. La mesa era un pedazo de tronco ancho que parecía medio árbol con patas. Se encontraba casi fundida al piso de tierra apisonada gracias a lo tremendo de su peso.
Minguito tenía los brazos apoyados sobre el tronco, las manos enfundadas en unos guantes negros, una bufanda alrededor del cuello y un gorro de lana protegiendo la cabeza de pelo ralo. Por la ventana del boliche de Medina se veía el fandangal de la calle y el viento azotando las hojas de los árboles con unas gotas invisibles. El techo de chapa y paja del boliche paraba la lluvia pero no los protegía de la humedad, que había hecho una lámina en todas las cosas. Minguito se refregaba las manos enguantadas donde minúsculas gotas colgaban de la pelusa de sus guantes de lana. Luego acercaba la cabeza a la mesa para darle un trago al vaso de vino, ya que levantar el vaso con los guates era una tarea casi imposible.
Ignacio y Lorena lo saludaron y pidieron unos tragos a Medina. Unos minutos después le habían contado a Minguito sobre su empresa; La creacion de un nuevo equipo de futbol.
_ El Mosquito Leiseca, El Tano Rojas, el Bodegón Gonzáles_ Enumero Minguito, como si estuviese dando una lección.
_ Todos borrachos_ exclamo Lorena, que fumaba sentada sobre una punta de la mesa, con los pies apoyados en una silla de madera y un vaso de seven up en la misma mano en la que sostenía el cigarrillo.
_ El mosquito también se droga_ acoto Minguito, mientras esperaba la reacción de la noticia en sus amigos.
_ ¿Con que?_ pregunto Lorena, escéptica.
_ Empezó con morfina, por lo que se. Después que al viejo lo tiro el caballo ese tuvo un buen tiempo con morfina para calmar el dolor de espalda. El mosquito se la inyectaba al viejo. Después como llego el a probar no se, pero ahora no le hace asco a nada. Dicen que donde esta arma cigarros de marihuana, también dicen que lo había visto buscando los hongos que crecen en la bosta de los cebúes.
_ Acá siempre se dicen muchas cosas_ opino Ignacio.
Hubo un silencio. En realidad el silencio estaba en todas partes, parecía arraigarse a sus huesos igual que la humedad. Finalmente Ignacio volvió a hablar.
_ Si son o no borrachos no me interesa, de ultima acá todos son borrachos, por lo que es un factor a no tomar en cuenta. Lo que buscamos es gente deportiva, prospectos que nos lleven a encontrar buenos jugadores.
_ El Matón Salas, ese hace deporte_ dijo Minguito.
_ Ese hace boxeo_ corrigió Lorena.
_ Que a mi entender es un deporte_ retruco Minguito.
_ También le gusta el cuchillo.
Ignacio le pego un trago a su vaso de vino. Por encima de la bufanda, y por debajo del gorro de Minguito solo podía verse los ojos, grandes y celeste, unidos por una tupida y única ceja heredada de un largo linaje de gallegos. Tenía unos dieciocho, diecinueve años, pero para Ignacio, que era aun mayor, podía tener unos mil, ya que jamas mostraba su rostro. Para beber agachaba la cabeza y hundía la boca del vaso por debajo de la bufanda, por lo que en ese espacio se había teñido de un color violáceo.
_ Esta el Chivo Rossi_ agrego.
_ Si, en ese ya habíamos pensado_ dijo Ignacio para si mismo.
_ El Tanque Zarate……_ continúo Minguito.
_ El Tanque Zarate es la hermana del Tanquecito, es una mujer_ exclamo Ignacio.
_ Pues ella no se ha enterado_ dijo Minguito_ La he visto jugar con los de atrás de la vía, los hermanos Mondivi y Cia, es buena, tiene un patadon tremendo.
_ ¿Y el chuequito de la verdulería?_ pregunto Lorena.
_ ¿El petiso?
_ ¿Esa cosa deforme?
_ Lo he visto hacer jueguito con las naranjas, parecía habilidoso.
_ Una cosa es hacer juego con naranjas y otra jugar al fútbol_ explico Ignacio.
_ Tampoco estamos como para descartar posibilidades.
_ En eso tenes razón_ exclamo Ignacio mirando alrededor_ ¿Y de los que están acá podemos rescatar alguno?
_ Acá no viene ninguno por debajo de los cincuenta_ dijo Minguito.
_ Viniste vos_ retrucó Lorena.
_ Es que acá fían.
_ En todos lados fían.
_ Acá todavía me fían a mi_ aclaro Minguito.
No había terminado la frase e Ignacio ya se encontraba parado sobre la mesa grande. Aplaudió varias veces trantado de llamar la atención de los presentes. Los borrachos acodados en las mesas linderas ni siquiera levantaron la cabeza. Medina, que lo vio, observo un segundo y siguió en lo suyo.
_ Quiero informar que se esta por armar un nuevo equipo de fútbol en el club; El mejor de todos los tiempos. Así que los que tengan hijos o nietos con aptitudes nos gustaría que les dijeran que se fueran a probar. Sobrinos y eso también. El sábado vamos a estar en la cancha del club desde temprano, no mucho, después de las doce del medio dia. Ba, mejor después de la siesta, a eso de las tres, tres y media de la tarde. De todas formas seria mejor que me fueran a ver a mi casa antes; Soy Aguirre, Ignacio, hijo de Aguirre. Si alguno tiene alguna pregunta……
Terminado el discurso Ignacio miro hacia abajo, a Lorena, esperando una opinión. Ella sonrió.
_ Patético_ dijo, concluyente.
En ese momento un vaso pasó cerca de su cabeza y fue a dar contra el piso de tierra sin ni siquiera romperse. Los tres chicos de la mesa grande giraron para ver quien había sido; Podían a ver sido todos, o ninguno.
_ ¿Quién carajo fue el borracho de mierda que tiro el vaso?
Nadie dijo nada, ni se movieron, pero Ignacio podía ver como sonreían por dentro.
_ Seguro que fue el borracho aspudo ese, negro culeado…_ largo Ignacio, viendo si alguien picaba.
Lo logro. Un paisano que se encontraba medio dormido sobre la barra se dio media vuelta tirando la banqueta y sacando una faca al mismo tiempo. En menos de lo que canta un gallo el barman lo durmió de un botellazo en la cabeza.
_ Tarde o temprano te dije que te ibas a dar vuelta paisano mamón_ largo Medina con la botella en la mano. Luego agrego_ Este no fue, fue el Chino Vázquez; Negro, borracho, cuelado y aspudo como dijiste.
El tal Chino Vázquez, que Ignacio no conocía, salto de la silla como disparado. Fue a sacar la faca pero se encontró con que no la tenía.
_ La faca carajo_ gritó, dando una palmada en la mesa_ La faca, la faca, mierda.
Hubo una carcajada general de todas las mesas. En otra mesa alguien aprovecho el jolgorio para ver las cartas de su oponente y hubo un par de piñas y revuelo. En menos de dos minutos las cosas estaban exactamente igual como antes de que Ignacio se subiera a la mesa grande.
_ Y eso del discurso_ pregunto Lorena cuando Ignacio bajo.
_ Lo improvise.
_ Ni se noto_ remato ella.
_ ¿A dónde carajo vamos?_ pregunto Lorena, que con una mano se sostenía de Ignacio y con la otra sostenía el pucho en el aire.
_ Vos fumas y déjame a mí.
Ella le hizo caso y le tiro el humo en la cara mientras se iba inclinando hacia un lado. Ignacio llego a tomarse de un árbol y espero que Lorena se reincorporara. Un cuzquito blanco aprovecho para salir hasta la vereda y ladrarles sus cuarenta.
_ ¿Nos no morderá alguno?_ pregunto.
_ Perro que ladra…..
_ ¿Por qué tienen tantos perros esta gente?
_ Porque son gratis. Creo. _ Largo Ignacio.
Siguieron camino bordeando una alambrada que presentaba terreno seguro. Luego tuvieron que hacer un paso estratégico por una bocacalle que se encontraba hecha un lodazal. Cuando llegaron a la esquina opuesta tenían barro hasta el nacimiento de las botamangas. Lorena se sacudió el barro mientras murmuraba un reproche que Ignacio no llego a oír.
_ ¿Queres que vaya por un balde y una cuchara y asfalte la media cuadra que falta?_ dijo Ignacio sonriendo.
_ No. No quiero_ exclamo ella.
_ Entonces move el culo_ dijo el y siguió camino solo.
En menos de un segundo sintió la mano fría de Lorena tomando la suya. Era suave y fuerte. Caminaron casi sin problema hasta llegar hasta lo de Medina; No sea por un perro negro y peludo al que tuvieron que medir unos segundos hasta que Ignacio dedujo que era puro ladrido. Y era.
Apenas entraron al bar vieron Minguito sentado en la mesa grande. La mesa era un pedazo de tronco ancho que parecía medio árbol con patas. Se encontraba casi fundida al piso de tierra apisonada gracias a lo tremendo de su peso.
Minguito tenía los brazos apoyados sobre el tronco, las manos enfundadas en unos guantes negros, una bufanda alrededor del cuello y un gorro de lana protegiendo la cabeza de pelo ralo. Por la ventana del boliche de Medina se veía el fandangal de la calle y el viento azotando las hojas de los árboles con unas gotas invisibles. El techo de chapa y paja del boliche paraba la lluvia pero no los protegía de la humedad, que había hecho una lámina en todas las cosas. Minguito se refregaba las manos enguantadas donde minúsculas gotas colgaban de la pelusa de sus guantes de lana. Luego acercaba la cabeza a la mesa para darle un trago al vaso de vino, ya que levantar el vaso con los guates era una tarea casi imposible.
Ignacio y Lorena lo saludaron y pidieron unos tragos a Medina. Unos minutos después le habían contado a Minguito sobre su empresa; La creacion de un nuevo equipo de futbol.
_ El Mosquito Leiseca, El Tano Rojas, el Bodegón Gonzáles_ Enumero Minguito, como si estuviese dando una lección.
_ Todos borrachos_ exclamo Lorena, que fumaba sentada sobre una punta de la mesa, con los pies apoyados en una silla de madera y un vaso de seven up en la misma mano en la que sostenía el cigarrillo.
_ El mosquito también se droga_ acoto Minguito, mientras esperaba la reacción de la noticia en sus amigos.
_ ¿Con que?_ pregunto Lorena, escéptica.
_ Empezó con morfina, por lo que se. Después que al viejo lo tiro el caballo ese tuvo un buen tiempo con morfina para calmar el dolor de espalda. El mosquito se la inyectaba al viejo. Después como llego el a probar no se, pero ahora no le hace asco a nada. Dicen que donde esta arma cigarros de marihuana, también dicen que lo había visto buscando los hongos que crecen en la bosta de los cebúes.
_ Acá siempre se dicen muchas cosas_ opino Ignacio.
Hubo un silencio. En realidad el silencio estaba en todas partes, parecía arraigarse a sus huesos igual que la humedad. Finalmente Ignacio volvió a hablar.
_ Si son o no borrachos no me interesa, de ultima acá todos son borrachos, por lo que es un factor a no tomar en cuenta. Lo que buscamos es gente deportiva, prospectos que nos lleven a encontrar buenos jugadores.
_ El Matón Salas, ese hace deporte_ dijo Minguito.
_ Ese hace boxeo_ corrigió Lorena.
_ Que a mi entender es un deporte_ retruco Minguito.
_ También le gusta el cuchillo.
Ignacio le pego un trago a su vaso de vino. Por encima de la bufanda, y por debajo del gorro de Minguito solo podía verse los ojos, grandes y celeste, unidos por una tupida y única ceja heredada de un largo linaje de gallegos. Tenía unos dieciocho, diecinueve años, pero para Ignacio, que era aun mayor, podía tener unos mil, ya que jamas mostraba su rostro. Para beber agachaba la cabeza y hundía la boca del vaso por debajo de la bufanda, por lo que en ese espacio se había teñido de un color violáceo.
_ Esta el Chivo Rossi_ agrego.
_ Si, en ese ya habíamos pensado_ dijo Ignacio para si mismo.
_ El Tanque Zarate……_ continúo Minguito.
_ El Tanque Zarate es la hermana del Tanquecito, es una mujer_ exclamo Ignacio.
_ Pues ella no se ha enterado_ dijo Minguito_ La he visto jugar con los de atrás de la vía, los hermanos Mondivi y Cia, es buena, tiene un patadon tremendo.
_ ¿Y el chuequito de la verdulería?_ pregunto Lorena.
_ ¿El petiso?
_ ¿Esa cosa deforme?
_ Lo he visto hacer jueguito con las naranjas, parecía habilidoso.
_ Una cosa es hacer juego con naranjas y otra jugar al fútbol_ explico Ignacio.
_ Tampoco estamos como para descartar posibilidades.
_ En eso tenes razón_ exclamo Ignacio mirando alrededor_ ¿Y de los que están acá podemos rescatar alguno?
_ Acá no viene ninguno por debajo de los cincuenta_ dijo Minguito.
_ Viniste vos_ retrucó Lorena.
_ Es que acá fían.
_ En todos lados fían.
_ Acá todavía me fían a mi_ aclaro Minguito.
No había terminado la frase e Ignacio ya se encontraba parado sobre la mesa grande. Aplaudió varias veces trantado de llamar la atención de los presentes. Los borrachos acodados en las mesas linderas ni siquiera levantaron la cabeza. Medina, que lo vio, observo un segundo y siguió en lo suyo.
_ Quiero informar que se esta por armar un nuevo equipo de fútbol en el club; El mejor de todos los tiempos. Así que los que tengan hijos o nietos con aptitudes nos gustaría que les dijeran que se fueran a probar. Sobrinos y eso también. El sábado vamos a estar en la cancha del club desde temprano, no mucho, después de las doce del medio dia. Ba, mejor después de la siesta, a eso de las tres, tres y media de la tarde. De todas formas seria mejor que me fueran a ver a mi casa antes; Soy Aguirre, Ignacio, hijo de Aguirre. Si alguno tiene alguna pregunta……
Terminado el discurso Ignacio miro hacia abajo, a Lorena, esperando una opinión. Ella sonrió.
_ Patético_ dijo, concluyente.
En ese momento un vaso pasó cerca de su cabeza y fue a dar contra el piso de tierra sin ni siquiera romperse. Los tres chicos de la mesa grande giraron para ver quien había sido; Podían a ver sido todos, o ninguno.
_ ¿Quién carajo fue el borracho de mierda que tiro el vaso?
Nadie dijo nada, ni se movieron, pero Ignacio podía ver como sonreían por dentro.
_ Seguro que fue el borracho aspudo ese, negro culeado…_ largo Ignacio, viendo si alguien picaba.
Lo logro. Un paisano que se encontraba medio dormido sobre la barra se dio media vuelta tirando la banqueta y sacando una faca al mismo tiempo. En menos de lo que canta un gallo el barman lo durmió de un botellazo en la cabeza.
_ Tarde o temprano te dije que te ibas a dar vuelta paisano mamón_ largo Medina con la botella en la mano. Luego agrego_ Este no fue, fue el Chino Vázquez; Negro, borracho, cuelado y aspudo como dijiste.
El tal Chino Vázquez, que Ignacio no conocía, salto de la silla como disparado. Fue a sacar la faca pero se encontró con que no la tenía.
_ La faca carajo_ gritó, dando una palmada en la mesa_ La faca, la faca, mierda.
Hubo una carcajada general de todas las mesas. En otra mesa alguien aprovecho el jolgorio para ver las cartas de su oponente y hubo un par de piñas y revuelo. En menos de dos minutos las cosas estaban exactamente igual como antes de que Ignacio se subiera a la mesa grande.
_ Y eso del discurso_ pregunto Lorena cuando Ignacio bajo.
_ Lo improvise.
_ Ni se noto_ remato ella.
Wednesday, May 16, 2007
Como convertirse en monstruo
Que es lo que lleva a un hombre a convertirse en un monstruo. Que es lo que trabaja para que todo lo bueno, lo inocente, lo brillante, se vuelva un día un recuerdo brumoso. Uno es un día un infante que juega a la pelota en un patio de lajas negras y blancas, que mira el exterior con un aire de sospecha, pero cree que la maldad tiene una forma predeterminada, y que esa forma siempre es abatida por caballos tricolores, hombres nobles o ancianos desinteresados. Alimenta su inocencia con un caldo de papa fritas de bolsa, bebidas cola, televisión de ciento veintiocho canales, sin saber que algo negro, como una brea, va creciendo dentro de uno. Y tal vez se la búsqueda de experiencia de la adolescencia lo que nos lleva hacia esa zona brumosa; A buscar todo lo tétrico, lo sórdido, lo limite. Pero eso siempre estuvo dentro nuestro. Es un monstruo que se alimenta y se va convirtiendo en nosotros, nos subyuga. Y un día en una parada de colectivo, rodeado de ruido y hollín, uno se da cuenta que se a convertido en un ser oscuro, como todos los que ve a su alrededor, y que aunque aun puede accionar a favor de las cosas buenas, hermosas y nobles, lo hace de una forma súper meditada, nada sincera; Racionalizara ese acto tal como un jugador de ajedrez racionaliza antes de cada movida. Los pocos actos de verdadera bondad que atibemos a hacer nos harán llorar. Las películas donde esa bondad se refleje nos harán llorar. Seremos dragones abrazando osos de peluche. Será imposible volver atras; Y habra que aprender a vivir siendo monstruo, sientiendose monstruo, viendo como los frágiles infantes a nuestro alrededor se vuelven monstruos guiados de nuestra monstruosa mano.
Monday, May 14, 2007
Yukio
Le hablaba de Yukio Mishima mientras el trataba de armar un porro metiendo medio kilo de faso en un papelito infimo. Movia los pies como bailoteando o caminando en el mismo lugar. De un momento a otro se dio vuelta y me miro. Para mi los chinos son un mierda, dijo. Japones, corregi. Lo mismo da, las camas son para coger o dormir, sean de una o dos plazas. Hice como que entendia lo que habia tratado de decir; Ba entendia, aunque no tuviera mucho sentido. Trate de explicarle sobre el razonamiento deductivo pero en ese momento estaba puteandose con un taxista por alguna razon que no llegue a adivinar. Puteaba y movia el brazo con el porro en la punta de la mano. Cuando el semaforo se puso en verde volvio otra vez hacia mi. Que los chinos se dediquen a hacer computadoras, los alemanes autos y guerras, y que dejen la literatura para las almas atormentadas del occidente. A los chinos le confio, le confio las computer, dijo, mientras se sentaba al lado mio sobre el frente de una tintoreria cerrada. Pueden hacer una compu que entre en la palma de la mano, y funciona, posta.
Se llevo el porro a la boca y lo dejo ahi un tiempo. Yo en ese momento habia pispeado a un rati que venia haciendose el boludo. No pude decir nada, en un segundo se encontraba parado frente a nosotros. Al ver los zapatos negros el levanto la vista y se quedo mirandolo, con el porro en la boca, sin entender. Yo rece porque no dijera nada, por que ninguna palabra saliera de su boca. Pero ya era tarde. Se saco el faso de la boca, levanto el menton, y lo dijo;
_ ¿Y vos que miras, puto?_ haciendo resaltar el PUTO.
Era siempre lo mismo
Se llevo el porro a la boca y lo dejo ahi un tiempo. Yo en ese momento habia pispeado a un rati que venia haciendose el boludo. No pude decir nada, en un segundo se encontraba parado frente a nosotros. Al ver los zapatos negros el levanto la vista y se quedo mirandolo, con el porro en la boca, sin entender. Yo rece porque no dijera nada, por que ninguna palabra saliera de su boca. Pero ya era tarde. Se saco el faso de la boca, levanto el menton, y lo dijo;
_ ¿Y vos que miras, puto?_ haciendo resaltar el PUTO.
Era siempre lo mismo
Saturday, May 12, 2007
Los viejos y Ella
Iba en el 80, por Beiro, sentado junto a la ventanilla. En un semáforo en rojo el micro paro junto a un centro de jubilados, un edificio vidriado que dejaba ver por dentro largas mesas preparadas para una comilona. Se llegaba a ver los platos, los vasos, los cubiertos, las servilletas a un lado. De repente sentí unas ganas aterradoras de mezclarme entre los viejos. Sábado a la noche y me había dado nostalgia de una cena de jubilados; Pantalones rebosantes de hernias, dentaduras postizas, cócteles de pastillas, apéndices, charlas salidas de una perdida y lejana realidad, y yo, pense.
En algún tiempo yo cenaba con ella y nos mirábamos de cuando en cuando a través de las cosas que se ponen a la mesa. Ahora me encontraba solo. Su sonrisa era como la de las figuras que aparecen en esos cuadros que uno no puede dejar de mirar porque necesita adivinar el secreto de su encanto. Recortada contra la botella de vino, el queso, el rollo de papel, parecía la estampa de un misterio. Yo cerraba un ojo y la filmaba para adentro mío. Ahora son todas películas tristes.
Ba, no se.
Uno se va sintiendo mas solo a medida de que comprende lo que desea. El deseo es como un vaso defondado. Y uno es un borracho orate. Sin embargo por alguna razón hubiese querido quedarme a comer con los viejos, sobre cualquier otra cosa, ese sábado. Y ese deseo me llevo a pensar en ella. Y después pase toda la tarde en un letargo triste, como esos perros que se quedan con el hocico sobre las patas acostados en el porche de su casa.
En algún tiempo yo cenaba con ella y nos mirábamos de cuando en cuando a través de las cosas que se ponen a la mesa. Ahora me encontraba solo. Su sonrisa era como la de las figuras que aparecen en esos cuadros que uno no puede dejar de mirar porque necesita adivinar el secreto de su encanto. Recortada contra la botella de vino, el queso, el rollo de papel, parecía la estampa de un misterio. Yo cerraba un ojo y la filmaba para adentro mío. Ahora son todas películas tristes.
Ba, no se.
Uno se va sintiendo mas solo a medida de que comprende lo que desea. El deseo es como un vaso defondado. Y uno es un borracho orate. Sin embargo por alguna razón hubiese querido quedarme a comer con los viejos, sobre cualquier otra cosa, ese sábado. Y ese deseo me llevo a pensar en ella. Y después pase toda la tarde en un letargo triste, como esos perros que se quedan con el hocico sobre las patas acostados en el porche de su casa.
Don't worry baby
Pedante, simplón y orate
Alimentado a papa y caviar
Rueda por las autovías,
por las hiperpistas,
en su dinocarro flamante.
Y perorata su speaking chic
A su cubo brilloparlante
Donde su amante flamenga v.i.p
Le dice;
_ papi, no te canses.
El responde;
_ Don’t worry baby, anda a dormir
Alimentado a papa y caviar
Rueda por las autovías,
por las hiperpistas,
en su dinocarro flamante.
Y perorata su speaking chic
A su cubo brilloparlante
Donde su amante flamenga v.i.p
Le dice;
_ papi, no te canses.
El responde;
_ Don’t worry baby, anda a dormir
Tuesday, May 8, 2007
Fundacion
El Primer escriba en pisar Mordor-Paris fue Aquino Salinas. Era bajo, gordo, chueco, tuerto y por la misma suma de sus partes un ser estéticamente desagradable. Por dentro, a la vez, era una persona en perfecta consecuencia con su exterior. Cuando sonreía la presencia de sus únicos dos dientes, desparejos, sobresalientes, y alejados uno del otro como por una vieja y olvidada riña que solo ellos pudieran recordar, rebelaban en su rostro el total de una maldad innata; Tal vez por eso Aquino se contenía de sonreír.
La primera vez que puso el pie sobre las costas del puerto de lo que seria Mordor aquello era solamente un fangal amorfo. A lo lejos se veía el verdor del riachuelo y algunas cañadas, a lo largo y ancho una extensión de tierra tan extensa como el ojo humano pudiera abarcar.
A su lado, y unos pasos mas adelante, Juan de Garay, en completo estado de embriaguez y con una botella de licor en la mano se bamboleaba de un lado al otro como un juguete sin gracia. El casco medio caído hacia uno de los lados le daba un aspecto burdo. Tras el, y el propio Salinas, una tripulación no menos beoda esperaba las ordenes del capitán. Había remontado el Paraná desde Asunción; bebiendo, jugando y fornicando sin ningún decoro y se habían detenido tan solo porque la inminencia del océano les había aguado la fiesta.
_ Fundaremos aquí la ciudad mas grande que jamás allá existido_ bravuconeo Garay, sacando pecho y abarcando el amplio paisaje con la mano con la que sostenía la botella de vino.
Salinas sonrió sin que nadie llegara a ver su sonrisa. La multitud tras el vitoreó la apuesta de su capitán. Aquino Salina giro lo suficiente como para ver el cuadro de aquella chusma; Un grumete abrazado a una oveja vitoreaba en cuclillas, postrado en el barro, pues ya no lograba mantenerse en pie. Una matrona dormia la mona montada sobre el lomo de un buey, un grupo de marinos jugaba a las cartas sobre un cerdo muerto mientras imitaba el vitoreo de la multitud, pero sin haber prestado la mínima atención a lo que había dicho el capitán. Hombres, mujeres y niños, todos en un completo estado de ebriedad se alzaban a su alrededor, haciendo equilibrio y callendo de bruces sobre el fandangal, esperando que la perorata del capitan terminara y poder seguir la juerga en tierra.
El cuadro general era lamentable.
_ Eh, buen escriba, que aconsejáis para nombre de una gran urbe_ dijo Garay acercándose y tomando a Salinas por el hombro.
_ Nueva Madrid_ exclamo Salina.
_ Na, na, na. Nada de España que de españoles estoy hasta los cojones. O no has visto tú que me he hecho a la mar en ese pedazo de madera.
La multitud de repente enmudeció. Garay miro sobre el hombre de Salinas y vio los rostros llenos de asombro. Luego sonrió.
_ No hablo por ustedes pedazos de gilipollas. Lo digo por el rey y el corillo de tonto del culo que lo secunda. Vosotros ser unos tíos pringados.
El coro vitoreó nuevamente, aunque con menos fervor. Juan de Garay volvió a mirar a Salinas y sacudió su hombro con un nuevo manotazo. Salinas trastabillo y casi cae sobre el fango. El otro miro hacia abajo y pareció recordar su pata coja.
_ Joder, cierto que seis medio polvo_ dijo Garay burlón_ Entonces; que opináis, el nombre de la ciudad?
_ Nueva Paris.
_ Mordor Paris!!_ exclamo Garay.
_ No, Nueva Paris_ insistió Salinas.
_ Y yo te digo que la llamareis Mordor Paris, joder; que para algo me habéis elegido capitán_ dijo Garay con seriedad y corrió a Salinas a un lado volviendo a olvidar su cojera y volviendo a hacerlo trastabillar.
_ Bienvenidos a casa_ grito el capitán con la botella en alto_ Ciudadanos de Mordor Paris.
La chusma volvió a vitorear, pero esta vez con poco y ningún entusiasmo. Sobre el rostro de Garay se dibujo un signo de decepción.
_ Bueno, que los hombre comencéis con la construcción de la fortificación, que yo necesito seguir con mis tareas de capitán_ dijo, dirigiéndose al barco y luego exclamo_ Buen escriba, anotáis todo lo que ha visto, con cautela, ya sabéis, que la soga termina con el cuello de todos por igual. Joder; menuda siesta me voy a echar.
Salina corrió un pasos tras Garay y este se detuvo cuando el escriba se encontraba justo junto a el.
_ Y ahora que queréis!!_ se quejo fastidiado.
_ Mordor Paris, que significado tiene, mi señor_ pregunto Salinas.
_ No significa nada, porque creéis que tendría que significar_ se quejo Garay_ Mordor es el nombre de mi perro, el que se quedo en España, y me lo trajeron de Paris. Tan simple como lo oís. Pero eso también omitidlo, omitid todo, inventad una historia digna, que para eso se le paga.
Luego Garay se metió en uno de los botes y dos hombres lo llevaron a remo hasta el barco. Salinas lo vio alejándose por el río. Era el año mil quinientos ochentas y la primera fundación de Mordor estaba por suceder; Aunque recién arrancaría al día siguiente, en plena resaca, como surgían todas las ciudades.
La primera vez que puso el pie sobre las costas del puerto de lo que seria Mordor aquello era solamente un fangal amorfo. A lo lejos se veía el verdor del riachuelo y algunas cañadas, a lo largo y ancho una extensión de tierra tan extensa como el ojo humano pudiera abarcar.
A su lado, y unos pasos mas adelante, Juan de Garay, en completo estado de embriaguez y con una botella de licor en la mano se bamboleaba de un lado al otro como un juguete sin gracia. El casco medio caído hacia uno de los lados le daba un aspecto burdo. Tras el, y el propio Salinas, una tripulación no menos beoda esperaba las ordenes del capitán. Había remontado el Paraná desde Asunción; bebiendo, jugando y fornicando sin ningún decoro y se habían detenido tan solo porque la inminencia del océano les había aguado la fiesta.
_ Fundaremos aquí la ciudad mas grande que jamás allá existido_ bravuconeo Garay, sacando pecho y abarcando el amplio paisaje con la mano con la que sostenía la botella de vino.
Salinas sonrió sin que nadie llegara a ver su sonrisa. La multitud tras el vitoreó la apuesta de su capitán. Aquino Salina giro lo suficiente como para ver el cuadro de aquella chusma; Un grumete abrazado a una oveja vitoreaba en cuclillas, postrado en el barro, pues ya no lograba mantenerse en pie. Una matrona dormia la mona montada sobre el lomo de un buey, un grupo de marinos jugaba a las cartas sobre un cerdo muerto mientras imitaba el vitoreo de la multitud, pero sin haber prestado la mínima atención a lo que había dicho el capitán. Hombres, mujeres y niños, todos en un completo estado de ebriedad se alzaban a su alrededor, haciendo equilibrio y callendo de bruces sobre el fandangal, esperando que la perorata del capitan terminara y poder seguir la juerga en tierra.
El cuadro general era lamentable.
_ Eh, buen escriba, que aconsejáis para nombre de una gran urbe_ dijo Garay acercándose y tomando a Salinas por el hombro.
_ Nueva Madrid_ exclamo Salina.
_ Na, na, na. Nada de España que de españoles estoy hasta los cojones. O no has visto tú que me he hecho a la mar en ese pedazo de madera.
La multitud de repente enmudeció. Garay miro sobre el hombre de Salinas y vio los rostros llenos de asombro. Luego sonrió.
_ No hablo por ustedes pedazos de gilipollas. Lo digo por el rey y el corillo de tonto del culo que lo secunda. Vosotros ser unos tíos pringados.
El coro vitoreó nuevamente, aunque con menos fervor. Juan de Garay volvió a mirar a Salinas y sacudió su hombro con un nuevo manotazo. Salinas trastabillo y casi cae sobre el fango. El otro miro hacia abajo y pareció recordar su pata coja.
_ Joder, cierto que seis medio polvo_ dijo Garay burlón_ Entonces; que opináis, el nombre de la ciudad?
_ Nueva Paris.
_ Mordor Paris!!_ exclamo Garay.
_ No, Nueva Paris_ insistió Salinas.
_ Y yo te digo que la llamareis Mordor Paris, joder; que para algo me habéis elegido capitán_ dijo Garay con seriedad y corrió a Salinas a un lado volviendo a olvidar su cojera y volviendo a hacerlo trastabillar.
_ Bienvenidos a casa_ grito el capitán con la botella en alto_ Ciudadanos de Mordor Paris.
La chusma volvió a vitorear, pero esta vez con poco y ningún entusiasmo. Sobre el rostro de Garay se dibujo un signo de decepción.
_ Bueno, que los hombre comencéis con la construcción de la fortificación, que yo necesito seguir con mis tareas de capitán_ dijo, dirigiéndose al barco y luego exclamo_ Buen escriba, anotáis todo lo que ha visto, con cautela, ya sabéis, que la soga termina con el cuello de todos por igual. Joder; menuda siesta me voy a echar.
Salina corrió un pasos tras Garay y este se detuvo cuando el escriba se encontraba justo junto a el.
_ Y ahora que queréis!!_ se quejo fastidiado.
_ Mordor Paris, que significado tiene, mi señor_ pregunto Salinas.
_ No significa nada, porque creéis que tendría que significar_ se quejo Garay_ Mordor es el nombre de mi perro, el que se quedo en España, y me lo trajeron de Paris. Tan simple como lo oís. Pero eso también omitidlo, omitid todo, inventad una historia digna, que para eso se le paga.
Luego Garay se metió en uno de los botes y dos hombres lo llevaron a remo hasta el barco. Salinas lo vio alejándose por el río. Era el año mil quinientos ochentas y la primera fundación de Mordor estaba por suceder; Aunque recién arrancaría al día siguiente, en plena resaca, como surgían todas las ciudades.
Saturday, May 5, 2007
Madre y Padre
Cuando entre madre estaba alisando un manto sobre la mesa del comedor. Tenía el gesto sereno de siempre, como si otro manto, un manto de paz, hubiese caído sobre su rostro y se hubiese quedado tendido alli, quieto, envejeciendo. Le di un beso en la mejilla fláccida y me senté en la silla junto al mate recién preparado. Me serví y sorbí de la bombilla de a tragos. Madre termino de doblar toda la ropa y se sentó en la silla junto a mí.
_ Que contas_ me dijo mientras acariciaba el dorso de mi mano que descansaba sobre la mesa.
_ Nada_ dije.
_ ¿Nada?_ pregunto.
_ Nada. Ayer salí con Lidia al teatro. Vimos la obra de un autor conocido, no se, Lidia la eligió. Hamlet creo que se llamaba la obra.....O el tipo que la escribió. Pero no estoy muy seguro, a lo mejor te estoy mintiendo.
_ Que bien.
_ Después nos encontramos con unos amigos.
_ Ah.
_ Pero nos fuimos a dormir temprano porque teníamos que trabajar.
_ Claro.
_ Si, eso_ aclare.
Madre sonrió. Estaba contenta de que las cosas marcharan bien. Yo era un buen hijo y me lo agradecía. Y era bueno ver a madre sonreír feliz por mi felicidad. Era como ver a un niño al que le regalan un enorme globo rojo.
_ Voy a la cocina, tengo que poner ropa en la lavadora_ dijo madre.
_ Anda_ dije yo.
Padre se encontraba en el balcón, acostado en una ropesera, escuchando un programa de radio de aquellos que se habían filtrado en mi infancia en las tardes de domingo. Sostenía un vaso de Fernet con coca apoyado sobre la panza desnuda, mientras miraba los autos pasar por la pequeña calle que desembocaba a la avenida. Era extraño ver a padre con un vaso de Fernet con coca a aquellas horas. Pero que se podia hacer, no había muchos mas pasatiempos que aquellos; Bien por padre, bien por el Fernet, por el Branca, por supuesto.
Sonó el teléfono y camine por el pasillo deseando llegar lo suficientemente tarde como para escuchar el sonido hueco del tono del otro lado. Cuando lo levante escuche una respiración, sin embargo nadie decía nada, incluido yo.
_ ¿Mama?_ pregunto la vos del otro lado.
_ Mama no esta_ mentí.
_ Fabián_ dijo entonces la vos_ Podes decirle a mama que la llame.
_ Puedo.
_ Estoy llamando desde lo de un amigo, ¿Sabes?
_ No.
_ Estoy de novia.
_ Ah.
_ ¿Como esta todo por allá?
_ ¿Por donde?
_ Buenos Aires, digo.
_ Hay autos.
_ ¿Muchos?
_ Cada vez más. Más autos y más basura_ repliqué.
_ Si, me gustaría ver, extraño.
_ Si.
_ Tengo que cortar.
_ Si.
Dijo chau y corto. Yo desande el pasillo y me dirigí al balcón junto a padre. Ni siquiera giro la cabeza para mirarme, tenia la mirada fija entre las rejas del balcón, entre las hojas del eucalipto, hacia abajo, hacia el adoquinado de la pequeña calle que daba a la avenida.
_ Cada vez hay mas autos_ dijo.
_ Si, puede ser_ conteste.
Entonces me miro, me midió y movió la cabeza hacia el pequeño fuenton donde el día anterior tenia depositado los pies. En su interior una lata de cerveza flotaba como un brillante pez muerto. La miro varios segundos como si esperase llamar su atención. Luego se dirigió a mí sin correr la mirada.
_ Mucha cerveza hincha_ dijo, como si me estuviera revelando un secreto adquirido a través de la sabiduría de sus años.
_ Si_ afirme.
_ Esa no se dejo tomar.
_ Esta bien.
_ Porque no le haces el honor.
_ Te parece.
_ Hacelo como un favor.
_ Como quieras.
Tome lata, la abrí y me la eche de un solo trago. Cuando termine eructe y volví a tirar el cadáver vació dentro del fuenton. Mi padre sonrió y me acaricio la rodilla con su mano áspera. No dijo nada. Un camión pasó por la pequeña calle debajo del balcón y pudimos ver un perro muerto tirado en el centro del acoplado. Luego volví al comedor y encontré a mi madre sentada, quieta, junto al equipo de mate.
_ ¿Llamo alguien?_ pregunto apenas noto mi presencia.
_ No_ mentí y volví a mentir_ No.
_ Que contas_ me dijo mientras acariciaba el dorso de mi mano que descansaba sobre la mesa.
_ Nada_ dije.
_ ¿Nada?_ pregunto.
_ Nada. Ayer salí con Lidia al teatro. Vimos la obra de un autor conocido, no se, Lidia la eligió. Hamlet creo que se llamaba la obra.....O el tipo que la escribió. Pero no estoy muy seguro, a lo mejor te estoy mintiendo.
_ Que bien.
_ Después nos encontramos con unos amigos.
_ Ah.
_ Pero nos fuimos a dormir temprano porque teníamos que trabajar.
_ Claro.
_ Si, eso_ aclare.
Madre sonrió. Estaba contenta de que las cosas marcharan bien. Yo era un buen hijo y me lo agradecía. Y era bueno ver a madre sonreír feliz por mi felicidad. Era como ver a un niño al que le regalan un enorme globo rojo.
_ Voy a la cocina, tengo que poner ropa en la lavadora_ dijo madre.
_ Anda_ dije yo.
Padre se encontraba en el balcón, acostado en una ropesera, escuchando un programa de radio de aquellos que se habían filtrado en mi infancia en las tardes de domingo. Sostenía un vaso de Fernet con coca apoyado sobre la panza desnuda, mientras miraba los autos pasar por la pequeña calle que desembocaba a la avenida. Era extraño ver a padre con un vaso de Fernet con coca a aquellas horas. Pero que se podia hacer, no había muchos mas pasatiempos que aquellos; Bien por padre, bien por el Fernet, por el Branca, por supuesto.
Sonó el teléfono y camine por el pasillo deseando llegar lo suficientemente tarde como para escuchar el sonido hueco del tono del otro lado. Cuando lo levante escuche una respiración, sin embargo nadie decía nada, incluido yo.
_ ¿Mama?_ pregunto la vos del otro lado.
_ Mama no esta_ mentí.
_ Fabián_ dijo entonces la vos_ Podes decirle a mama que la llame.
_ Puedo.
_ Estoy llamando desde lo de un amigo, ¿Sabes?
_ No.
_ Estoy de novia.
_ Ah.
_ ¿Como esta todo por allá?
_ ¿Por donde?
_ Buenos Aires, digo.
_ Hay autos.
_ ¿Muchos?
_ Cada vez más. Más autos y más basura_ repliqué.
_ Si, me gustaría ver, extraño.
_ Si.
_ Tengo que cortar.
_ Si.
Dijo chau y corto. Yo desande el pasillo y me dirigí al balcón junto a padre. Ni siquiera giro la cabeza para mirarme, tenia la mirada fija entre las rejas del balcón, entre las hojas del eucalipto, hacia abajo, hacia el adoquinado de la pequeña calle que daba a la avenida.
_ Cada vez hay mas autos_ dijo.
_ Si, puede ser_ conteste.
Entonces me miro, me midió y movió la cabeza hacia el pequeño fuenton donde el día anterior tenia depositado los pies. En su interior una lata de cerveza flotaba como un brillante pez muerto. La miro varios segundos como si esperase llamar su atención. Luego se dirigió a mí sin correr la mirada.
_ Mucha cerveza hincha_ dijo, como si me estuviera revelando un secreto adquirido a través de la sabiduría de sus años.
_ Si_ afirme.
_ Esa no se dejo tomar.
_ Esta bien.
_ Porque no le haces el honor.
_ Te parece.
_ Hacelo como un favor.
_ Como quieras.
Tome lata, la abrí y me la eche de un solo trago. Cuando termine eructe y volví a tirar el cadáver vació dentro del fuenton. Mi padre sonrió y me acaricio la rodilla con su mano áspera. No dijo nada. Un camión pasó por la pequeña calle debajo del balcón y pudimos ver un perro muerto tirado en el centro del acoplado. Luego volví al comedor y encontré a mi madre sentada, quieta, junto al equipo de mate.
_ ¿Llamo alguien?_ pregunto apenas noto mi presencia.
_ No_ mentí y volví a mentir_ No.
Tuesday, May 1, 2007
Oxido
Al final todo se derrumbara;
Todos los castillitos de arena, las torres de naipes, todas las casas de escarbadientes caerán,
como la cosa pequeña y frágil que son.
No importa cuanto se proteja, cuanto se ame, se necesite
Todo se oxida y al oxido esta condenado.
Cada fuerte milimétricamente planeado tiene los días contados, cada muralla impenetrable, cada tanque blindado, cada rincón oculto en el corazon de la selva esta talado de antemano.
Son tal vez la parte más resistente de la fragilidad, pero no escapan a ella.
Todo se va a derrumbar, ho hermanos míos, como un día se derrumbara el eje del tiempo, la senaga de los días, como se desintegrará la arena del reloj eterno.
Lo eterno morirá primero, ya murió; Eternia es el nombre de la hembra que hoy no existe.
Efímeros serán todos los momentos luego de estas palabras, también efímeras, de efímeras letras trazadas por efímero escriba.
Hoy no es el último día, pero es como si lo fuera.
Contar de aquí al principio seria igual que contar de aquí hasta el final;
Trazaríamos la misma insensata tristeza, la misma vulgar alegria, el mismo odio inútil.
Todos los castillitos de arena, las torres de naipes, todas las casas de escarbadientes caerán,
como la cosa pequeña y frágil que son.
No importa cuanto se proteja, cuanto se ame, se necesite
Todo se oxida y al oxido esta condenado.
Cada fuerte milimétricamente planeado tiene los días contados, cada muralla impenetrable, cada tanque blindado, cada rincón oculto en el corazon de la selva esta talado de antemano.
Son tal vez la parte más resistente de la fragilidad, pero no escapan a ella.
Todo se va a derrumbar, ho hermanos míos, como un día se derrumbara el eje del tiempo, la senaga de los días, como se desintegrará la arena del reloj eterno.
Lo eterno morirá primero, ya murió; Eternia es el nombre de la hembra que hoy no existe.
Efímeros serán todos los momentos luego de estas palabras, también efímeras, de efímeras letras trazadas por efímero escriba.
Hoy no es el último día, pero es como si lo fuera.
Contar de aquí al principio seria igual que contar de aquí hasta el final;
Trazaríamos la misma insensata tristeza, la misma vulgar alegria, el mismo odio inútil.
Sunday, April 29, 2007
Lo particular
Mi padre no entendía las bases del cuento. Creo, tal vez, que no comprendía la importancia que la literatura tenía para mí. Decía, sin ninguna maldad, que la literatura, sobre todo el cuento como genero, estaban muertos. Cada vez que nos veíamos, siempre en cafés, bares o lugares similares, sacaba de su sobretodo algún libro comprado por ahí, lo abría en alguna pagina marcada y me señalaba un párrafo que ya tenia subrayado. Entonces comenzaba a fundamentar sus argumentaciones desde ese párrafo, yendo como un ciego de lo particular a lo general, filosofando como un alcornoque de bar.
Lo extraño, era, tal vez, que jamás apareció con un autor que yo conociera o que hubiese vuelto a ver en los negocios de Avenida Corrientes. Lo otro, extraño, por supuesto, era que siempre elegía un párrafo irrelevante, que contrastaba con el texto en general y que mas que llamar la atención era un detalle a pasar por alto.
Tal vez por eso era tan buen detective, por ver siempre lo irrelevante o lo superfluo, o tal vez era simplemente un tipo obtuso en lo que se refería a lo artístico.
De todas maneras, de un modo que algunos podrán juzgar contrastante pero que no lo era, nunca estuvo en contra de que yo fuera un escritor. Tampoco sabíamos, ni yo ni el, si los mundos donde vivíamos confluían en otro punto mas allá del de nuestro escasos encuentros. Sus intentos de demostrarme que la literatura estaba muerta era solamente el informe de un policía que intenta convencer a su superior que, por mas que el sospechoso hubiese sido visto con vida varias veces a lo largo de los últimos días, el tenia sospechas fundamentadas de que el susodicho era ya un cadáver. Cuestión de opiniones, en si.
La fisonomía y el rostro de mi padre, irónicamente, eran muy similares a la de Edgar Alan Poe. Cuando empezaba a hablar sobre la fenecimiento de la literatura parecía un fantasma refutándose a si mismo. Yo lo miraba extasiado: El rostro angular, los ojos saltones, el bigote abundante, la mata de cabello esparciéndose hacia los lados. A veces tenia que aguantarme las ganas de terminar todas sus frases con un “nunca mas”. Era difícil mirarlo, definirlo, y tener la absoluta certeza de que eso que estaba frente a uno era un ser real. Sinceramente su parecido con el escritor norteamericano era sombroso.
Fuera de los bares, cafés y lugares por el estilo yo no lo conocía. Era un extraño en el sentido más estricto de la palabra. A veces pensaba que en el caso de cruzarnos en la calle por casualidad lo más probable era que no nos saludáramos. Por supuesto mi padre jamás hubiese dejado que la casualidad se interpusiera entre nosotros.
Estaba, la última vez que lo vi con vida, investigando un caso de asesinatos en serie, un fraude de seguros y una serie de accidentes ocurridos en los últimos tiempos en la capital. Para el, cabe aclarar, todos los hechos se relacionaban entre si. No dudaba de ello. Mas que volcarse a un caso en particular el iba resolviendo una especie de gran misterio general; lo hacia con seguridad y parsimonia, uniendo poco a poco los hilos del entramado sin dejar amedrentarse por resultados negativos.
Pocas veces pasaba por la seccional. Su trabajo, decía, era caminar y preguntar. En la fuerza, por lo que había visto cuando era pequeño, mas allá de los amores y odios que despertaba, era respetado hasta la veneración. Lo dejaban hacer a su gusto y placeré, sin imponerle la más mínima norma. Si no hubiera leído varias veces su nombre en las secciones policiales hubiese jurado que era un loco inofensivo que dejaban rondar por puro placer por los cuarteles policiales.
Lo extraño, era, tal vez, que jamás apareció con un autor que yo conociera o que hubiese vuelto a ver en los negocios de Avenida Corrientes. Lo otro, extraño, por supuesto, era que siempre elegía un párrafo irrelevante, que contrastaba con el texto en general y que mas que llamar la atención era un detalle a pasar por alto.
Tal vez por eso era tan buen detective, por ver siempre lo irrelevante o lo superfluo, o tal vez era simplemente un tipo obtuso en lo que se refería a lo artístico.
De todas maneras, de un modo que algunos podrán juzgar contrastante pero que no lo era, nunca estuvo en contra de que yo fuera un escritor. Tampoco sabíamos, ni yo ni el, si los mundos donde vivíamos confluían en otro punto mas allá del de nuestro escasos encuentros. Sus intentos de demostrarme que la literatura estaba muerta era solamente el informe de un policía que intenta convencer a su superior que, por mas que el sospechoso hubiese sido visto con vida varias veces a lo largo de los últimos días, el tenia sospechas fundamentadas de que el susodicho era ya un cadáver. Cuestión de opiniones, en si.
La fisonomía y el rostro de mi padre, irónicamente, eran muy similares a la de Edgar Alan Poe. Cuando empezaba a hablar sobre la fenecimiento de la literatura parecía un fantasma refutándose a si mismo. Yo lo miraba extasiado: El rostro angular, los ojos saltones, el bigote abundante, la mata de cabello esparciéndose hacia los lados. A veces tenia que aguantarme las ganas de terminar todas sus frases con un “nunca mas”. Era difícil mirarlo, definirlo, y tener la absoluta certeza de que eso que estaba frente a uno era un ser real. Sinceramente su parecido con el escritor norteamericano era sombroso.
Fuera de los bares, cafés y lugares por el estilo yo no lo conocía. Era un extraño en el sentido más estricto de la palabra. A veces pensaba que en el caso de cruzarnos en la calle por casualidad lo más probable era que no nos saludáramos. Por supuesto mi padre jamás hubiese dejado que la casualidad se interpusiera entre nosotros.
Estaba, la última vez que lo vi con vida, investigando un caso de asesinatos en serie, un fraude de seguros y una serie de accidentes ocurridos en los últimos tiempos en la capital. Para el, cabe aclarar, todos los hechos se relacionaban entre si. No dudaba de ello. Mas que volcarse a un caso en particular el iba resolviendo una especie de gran misterio general; lo hacia con seguridad y parsimonia, uniendo poco a poco los hilos del entramado sin dejar amedrentarse por resultados negativos.
Pocas veces pasaba por la seccional. Su trabajo, decía, era caminar y preguntar. En la fuerza, por lo que había visto cuando era pequeño, mas allá de los amores y odios que despertaba, era respetado hasta la veneración. Lo dejaban hacer a su gusto y placeré, sin imponerle la más mínima norma. Si no hubiera leído varias veces su nombre en las secciones policiales hubiese jurado que era un loco inofensivo que dejaban rondar por puro placer por los cuarteles policiales.
Thursday, April 26, 2007
Wednesday, April 25, 2007
Topper
_Animales muertos, eso es lo que necesito.
Era raro. Cuando decida animales muertos a lo que se refería puntualmente era a un par de zapatillas. Por que esa era la sensación que le daban. Quiero decir, cuando se levantaba y las veía ahí, junto a su cama, una de pie, otra de costado, inertes, esa era la primera imagen que se le venia a la cabeza, la de un par de animalitos muertos.
_ Estos no van mas, mira.
Me mostró una rajadura en la tela. Era una herida vieja, deshilachada, que se abría aun lado de la zapatilla. Realmente casi no se notaba pero imagine que los días de lluvia el agua se filtraría inundando el interior de goma y empapando la tela de las medias. Nada más desagradable que sentir la media mojada, pesada y viscosa, apresada entre la tela de la zapatilla y el pie, produciendo ese constante ruido a pedo.
_ Igual, con lo que salen las championes.
_ La verdad que si_ respondí _ Aunque.......
Movió los pies de arriba hacia abajo; primero uno, después otro, como si fueran dos entes independientes entre sí. Luego cambio el movimiento hacia los costados. Contrajo los dedos de los pies de arriba hacia abajo, haciendo que se doblara y se desdoblara la tela y la suela de goma. Finalmente enfrento las puntas de goma blanca y, alternando el movimiento de los pies y la tonalidad de su voz, primero en un hilo fino y luego en un tono más grueso, monto una charla entre ambas zapatillas.
_ Me llamo zapatillon_ dijo la derecha.
_ Me llamo zapatillin_ dijo la izquierda.
Yo no note ninguna diferencia entre las dos.
_ Si tienen las dos el mismo tamaño; ¿Con que criterio se miden? Digo, lo de zapatillin y zapatillon _ le pregunte a Altman.
Altman no contesto. Su vista estaba fija en la punta blanca de las zapatillas.
_ Yo soy el que mete los goles_ dijo Zapatillon con su vozarrón _ pues acá el amigo es zurdo. Eso me convierte en el más sobresaliente de esta cofradía.
_ Yo acompaño_ dijo tímidamente zapatillin_ No le pierdo pisada.
_ Ah_ exclame_ es un criterio meramente futbolístico.
_ Así es, mi buen_ afirmo zapatillon.
Por la ventanilla vi una gallina que caía desde el techo. Saque el cuerpo afuera y vi como aterrizaba rodando por el terraplén. Luego se puso de pie sacudiendo frenéticamente las alas, se tranquilizo y comenzó a picotear el suelo del desierto como si ya estuviese en su hogar. “Un animal adaptable” pensé.
Luego volví al asiento y mire la cara desfigurada de Altman que seguía haciendo hablar a sus zapatillas.
_ ¿Qué fumamos?_ pregunte.
_ Que sé yo; algo que me vendieron en la calle_ dijo Altman sin levantar la cabeza.
El tren se movía, avanzaba, repiqueteaba, chillaba, oscilaba, corría. Adentro y afuera los vagones se encontraban atestado. Mujeres, niños, hombres, cabras, gallinas, corderos, bicicletas, carros, valijas, bultos, todo se diseminaban a lo largo del tren de una manera caótica, dejando libre apenas el espacio necesario para que cupiera oxigeno.
_ ¿Donde estamos? _ pregunte.
_ Agbs.............Blag............Des........No se que......istan_ respondió Altman.
_ ¿Eh?
_ No sé, todas las estaciones se parecen, yo......._ dijo, pero lo volví a perder.
Todas las estaciones de tren se parecían en todos lados del mundo; eso era un hecho. Sin embargo nosotros no sabíamos con exactitud en que país nos encontrábamos.
Sentado junto a Altman había un hombre curtido, de larga barba y sombrero hindú. Por alguna extraña razón se me ocurrió preguntarle si sabia cual era la próxima estación. El tipo comenzó a hablar en algún dialecto de un idioma inaccesible para cualquier espíritu occidental. Hablaba ligero y sin respirar; como si la misma explicación contara de una sola e interminable palabra.
No sé cuantos minutos estuve mirando al hindú o lo que fuera y afirmando con la cabeza. Fuera lo que fuere que decía no tenia intenciones de dejar de hablar. Baje la vista al piso y vi que Zapatillon me miraba, con su rostro de goma blanca, moviendo su humanidad un lado al otro.
_ No, hijo, ese no deja de hablar nunca mas_ dijo con su vozarrón_ Tenés que activar.
El hindú me sacudió y cuando tuvo nuevamente mi atención siguió dándole a su monologo. Señalaba al techo, a la ventana, a las personas que se encontraban alrededor. Estuve a punto de perderme otra vez pero de pronto me despabile y puse cara de comprender al pie de la letra cada una de sus palabras. El hindú sonrió, movió la cabeza hacia abajo varias veces, afirmando, comprobando que yo había comprendido sus palabras y yo imite cada cabeceo. Antes de volver a recostarse contra el respaldar del asiento acoto algo mas y le hice un gesto de aprobación que solo un remisero de capital hubiese llegado a entender. No le importo; quedo satisfecho.
Cuando volví la cabeza hacia la ventanilla el desierto comenzaba a tomar color. Algunas palmeras y árboles se fundían con la tierra gris y árida que rodeaba las vías. La gente dentro del tren comenzó a descontracturarse. Debajo mío seguía escuchando el dialogo incesante de Zapatillin y Zapatillon, sin embargo, arriba, sobre el asiento, Altman dormía babeándose la remera.
Era raro. Cuando decida animales muertos a lo que se refería puntualmente era a un par de zapatillas. Por que esa era la sensación que le daban. Quiero decir, cuando se levantaba y las veía ahí, junto a su cama, una de pie, otra de costado, inertes, esa era la primera imagen que se le venia a la cabeza, la de un par de animalitos muertos.
_ Estos no van mas, mira.
Me mostró una rajadura en la tela. Era una herida vieja, deshilachada, que se abría aun lado de la zapatilla. Realmente casi no se notaba pero imagine que los días de lluvia el agua se filtraría inundando el interior de goma y empapando la tela de las medias. Nada más desagradable que sentir la media mojada, pesada y viscosa, apresada entre la tela de la zapatilla y el pie, produciendo ese constante ruido a pedo.
_ Igual, con lo que salen las championes.
_ La verdad que si_ respondí _ Aunque.......
Movió los pies de arriba hacia abajo; primero uno, después otro, como si fueran dos entes independientes entre sí. Luego cambio el movimiento hacia los costados. Contrajo los dedos de los pies de arriba hacia abajo, haciendo que se doblara y se desdoblara la tela y la suela de goma. Finalmente enfrento las puntas de goma blanca y, alternando el movimiento de los pies y la tonalidad de su voz, primero en un hilo fino y luego en un tono más grueso, monto una charla entre ambas zapatillas.
_ Me llamo zapatillon_ dijo la derecha.
_ Me llamo zapatillin_ dijo la izquierda.
Yo no note ninguna diferencia entre las dos.
_ Si tienen las dos el mismo tamaño; ¿Con que criterio se miden? Digo, lo de zapatillin y zapatillon _ le pregunte a Altman.
Altman no contesto. Su vista estaba fija en la punta blanca de las zapatillas.
_ Yo soy el que mete los goles_ dijo Zapatillon con su vozarrón _ pues acá el amigo es zurdo. Eso me convierte en el más sobresaliente de esta cofradía.
_ Yo acompaño_ dijo tímidamente zapatillin_ No le pierdo pisada.
_ Ah_ exclame_ es un criterio meramente futbolístico.
_ Así es, mi buen_ afirmo zapatillon.
Por la ventanilla vi una gallina que caía desde el techo. Saque el cuerpo afuera y vi como aterrizaba rodando por el terraplén. Luego se puso de pie sacudiendo frenéticamente las alas, se tranquilizo y comenzó a picotear el suelo del desierto como si ya estuviese en su hogar. “Un animal adaptable” pensé.
Luego volví al asiento y mire la cara desfigurada de Altman que seguía haciendo hablar a sus zapatillas.
_ ¿Qué fumamos?_ pregunte.
_ Que sé yo; algo que me vendieron en la calle_ dijo Altman sin levantar la cabeza.
El tren se movía, avanzaba, repiqueteaba, chillaba, oscilaba, corría. Adentro y afuera los vagones se encontraban atestado. Mujeres, niños, hombres, cabras, gallinas, corderos, bicicletas, carros, valijas, bultos, todo se diseminaban a lo largo del tren de una manera caótica, dejando libre apenas el espacio necesario para que cupiera oxigeno.
_ ¿Donde estamos? _ pregunte.
_ Agbs.............Blag............Des........No se que......istan_ respondió Altman.
_ ¿Eh?
_ No sé, todas las estaciones se parecen, yo......._ dijo, pero lo volví a perder.
Todas las estaciones de tren se parecían en todos lados del mundo; eso era un hecho. Sin embargo nosotros no sabíamos con exactitud en que país nos encontrábamos.
Sentado junto a Altman había un hombre curtido, de larga barba y sombrero hindú. Por alguna extraña razón se me ocurrió preguntarle si sabia cual era la próxima estación. El tipo comenzó a hablar en algún dialecto de un idioma inaccesible para cualquier espíritu occidental. Hablaba ligero y sin respirar; como si la misma explicación contara de una sola e interminable palabra.
No sé cuantos minutos estuve mirando al hindú o lo que fuera y afirmando con la cabeza. Fuera lo que fuere que decía no tenia intenciones de dejar de hablar. Baje la vista al piso y vi que Zapatillon me miraba, con su rostro de goma blanca, moviendo su humanidad un lado al otro.
_ No, hijo, ese no deja de hablar nunca mas_ dijo con su vozarrón_ Tenés que activar.
El hindú me sacudió y cuando tuvo nuevamente mi atención siguió dándole a su monologo. Señalaba al techo, a la ventana, a las personas que se encontraban alrededor. Estuve a punto de perderme otra vez pero de pronto me despabile y puse cara de comprender al pie de la letra cada una de sus palabras. El hindú sonrió, movió la cabeza hacia abajo varias veces, afirmando, comprobando que yo había comprendido sus palabras y yo imite cada cabeceo. Antes de volver a recostarse contra el respaldar del asiento acoto algo mas y le hice un gesto de aprobación que solo un remisero de capital hubiese llegado a entender. No le importo; quedo satisfecho.
Cuando volví la cabeza hacia la ventanilla el desierto comenzaba a tomar color. Algunas palmeras y árboles se fundían con la tierra gris y árida que rodeaba las vías. La gente dentro del tren comenzó a descontracturarse. Debajo mío seguía escuchando el dialogo incesante de Zapatillin y Zapatillon, sin embargo, arriba, sobre el asiento, Altman dormía babeándose la remera.
Monday, April 23, 2007
Saturday, April 21, 2007
El boliche de Segala
El boliche de Segala era un cuartucho inmundo no más grande que un baño. Detrás de las tiritas de colores de plástico uno se encontraba con una sola mesa apretujada contra una pila de cajones de cerveza vacíos, un mostrador de almacén sin vidrio y sobre este el propio viejo Segala, tan inmundo y pequeño como su local, con una cara maliciosa carente por completo de dientes y el poder de su pequeño mundo reflejado sobre el rostro achacoso.
El tamaño del local obedecía a sus propias reglas; Los días de verano se repartían las mesas en la vereda, sobre las enormes baldosas blancas que el viejo habría robado de alguna construcción y que colocadas directamente sobre la tierra pelada iban hundiéndose y resquebrajando bajo el peso de tanto borracho conocido. En invierno la astucia y la hombría eran la única moneda valedera, llegado los primeros fríos se empezaba a formar un grupo reducido que seria el encargado del trajín del alcohol por el resto del año. Hombres que llegado Julio empezaba lentamente a ocupar un lugar que ellos creían era de su pertenencia; Con seño fruncido, parsimoniosos e inmóviles, se empezaban a amontonar de pie en el local como ganado, con un espacio- librada las tres sillas y la mesa a cualquiera de ellos que llegara en primero lugar – un trago y un discurso asignado; Una historia que irían manoseando día a día tras el vino y que terminaría siendo la suma de todas las mentira que se dijesen; Luego seria macerada y destilada hasta que los propios protagonistas no tuviesen duda de su veracidad y progresivamente comenzaría a recorrer otros lugares, otras fondas, de otros pueblos, donde se combinaría con leyenda locales para seguir viajando en un cambalache incontenible y cíclico; historias que han sucedido en todos los pueblos protagonizadas por tipos parecidos; anécdotas irrefutables, vitales.
Una puerta lateral, detrás del mostrador, daba al living del viejo, donde los amigos de antaño alzaban su propio refugio sin distinguir estaciones. Eran tres tipos viejos que reían constantemente bajo el influjo del vino, manoseaban a las hijas y a la mujer de Segala pasadas las ocho y pagaban lo consumido con promesas y favores a futuro. Vivian allí y comían y bebían sin compasión. Se turnaban para adular al viejo por temporadas y a veces también para atender el local; Y lo hacían con un fastidio marcado y constante.
Cuando uno de ellos se dedicaba a atender los demás lo denigraban entre susurros y risas que el otro no podía más que ignorar tras una furia oculta. Luego esta furia era el disparador de la humillación del viejo que le seguía en las tareas, en un círculo patológico del cual ya les era imposible escapar.
El tiempo los había mimetizado y era difícil distinguirlos; eran bajos, encorvados y desagradables y el coro de sus carcajadas era soportable solo hasta cierto punto. No era nada extraño verlos reírse a costa de algún paisano que acodaba su humanidad en el mostrador y eran los suficientemente ariscos como provocar hasta cierto límite: El punto en el que lograban encender la furia del tipo, pero mucho antes de que esa furia terminara por descargarse sobre ellos.
Lo de Segala se encontraba en el barrio viejo, en la ultima cuadra del pueblo, donde se encontraban chalecitos desvencijados de los cuales el centro se había ido alejando con el pasar de los años, aun esperanzado del asfalto, mientras el moho verde iba cubriendo el anaranjado triste de las tejas. Sobre la calle de mejorado unos nenes sucios y semidesnudos con los mocos secos pegados en el labio superior corrían una pelota de goma marrón con ondulantes rayas blancas, las gallinas caminaban tranquilas picoteando las piedritas del mejorado, las viejas sentadas sobre sillas destartaladas contemplaban el cuadro estático de la miseria.
En frente, sobre los terrenos donde comenzaba el campo, se alzaban las viviendas más míseras, siempre a medio construir en un cambalache de los más improvisados materiales. Detrás de ellas pasaban las vías muertas del tren donde sus habitantes podían conseguir leña para el invierno. Era el cuadro de miseria que se podía encontrar en todas las periferias del planeta. En ellas vivía gente humilde y anónima que apenas tocaba el centro o pasaba por el como un fantasma o un extranjero. Eran changuistas, peones, sirvientas, lavanderas, gente que vivía otra realidad, donde el campo jamás seria sinónimo de fortuna, abundancia, prosperidad. Gente oscura y taciturna, repleta de crios mocosos y harapientos que solían ser uno idéntico al otro, indistintamente del sexo que portaran. Aquellos niños llevaban sobre el rostro una expresión cansada, algunos parecían ancianos de cinco años, siempre inertes en algún rincón, trabajando un hormiguero con la punta de una rama o mirando un balón deshilachado con los ojos muertos. A veces cruzaba la mirada con alguno de ellos y descubría un fondo de furia y confusión; Una mezcla salvaje de impotencia e ignorancia que terminaría desatándose un día en los mismos lugares donde sus padres veían pasar sus carencias con un vaso de vino en la mano. Algunos crecían y desaparecían para siempre, como si huyendo pudiesen dejar la miseria atrás, estancada en aquel sitio, y era como si nunca hubiesen existido. Otros se volvían borrachines consuetudinarios y perpetuaban la cadena de miserias conyugales que había comenzado con sus padres y seguirían diseminando sus hijos, condimentada con violencia, adicción y promiscuidad.
También había familias completas de gente mansa y trabajadora, que miraban con ojos estériles el paisaje del cual jamás podrían escapar. Eran la lacra, los que habían existido siempre y siempre existirían, los que se usaba y se tiraba a su debido tiempo, los que había que pasar por encima cuando era momento de salvarse uno. Y parecían estar siempre esperando ese momento, o algún otro, o algo que les diera una esperanza que les era imposible imaginar. Y ahí pasábamos el tiempo, en lo de Segala, esperando ese momento.
El tamaño del local obedecía a sus propias reglas; Los días de verano se repartían las mesas en la vereda, sobre las enormes baldosas blancas que el viejo habría robado de alguna construcción y que colocadas directamente sobre la tierra pelada iban hundiéndose y resquebrajando bajo el peso de tanto borracho conocido. En invierno la astucia y la hombría eran la única moneda valedera, llegado los primeros fríos se empezaba a formar un grupo reducido que seria el encargado del trajín del alcohol por el resto del año. Hombres que llegado Julio empezaba lentamente a ocupar un lugar que ellos creían era de su pertenencia; Con seño fruncido, parsimoniosos e inmóviles, se empezaban a amontonar de pie en el local como ganado, con un espacio- librada las tres sillas y la mesa a cualquiera de ellos que llegara en primero lugar – un trago y un discurso asignado; Una historia que irían manoseando día a día tras el vino y que terminaría siendo la suma de todas las mentira que se dijesen; Luego seria macerada y destilada hasta que los propios protagonistas no tuviesen duda de su veracidad y progresivamente comenzaría a recorrer otros lugares, otras fondas, de otros pueblos, donde se combinaría con leyenda locales para seguir viajando en un cambalache incontenible y cíclico; historias que han sucedido en todos los pueblos protagonizadas por tipos parecidos; anécdotas irrefutables, vitales.
Una puerta lateral, detrás del mostrador, daba al living del viejo, donde los amigos de antaño alzaban su propio refugio sin distinguir estaciones. Eran tres tipos viejos que reían constantemente bajo el influjo del vino, manoseaban a las hijas y a la mujer de Segala pasadas las ocho y pagaban lo consumido con promesas y favores a futuro. Vivian allí y comían y bebían sin compasión. Se turnaban para adular al viejo por temporadas y a veces también para atender el local; Y lo hacían con un fastidio marcado y constante.
Cuando uno de ellos se dedicaba a atender los demás lo denigraban entre susurros y risas que el otro no podía más que ignorar tras una furia oculta. Luego esta furia era el disparador de la humillación del viejo que le seguía en las tareas, en un círculo patológico del cual ya les era imposible escapar.
El tiempo los había mimetizado y era difícil distinguirlos; eran bajos, encorvados y desagradables y el coro de sus carcajadas era soportable solo hasta cierto punto. No era nada extraño verlos reírse a costa de algún paisano que acodaba su humanidad en el mostrador y eran los suficientemente ariscos como provocar hasta cierto límite: El punto en el que lograban encender la furia del tipo, pero mucho antes de que esa furia terminara por descargarse sobre ellos.
Lo de Segala se encontraba en el barrio viejo, en la ultima cuadra del pueblo, donde se encontraban chalecitos desvencijados de los cuales el centro se había ido alejando con el pasar de los años, aun esperanzado del asfalto, mientras el moho verde iba cubriendo el anaranjado triste de las tejas. Sobre la calle de mejorado unos nenes sucios y semidesnudos con los mocos secos pegados en el labio superior corrían una pelota de goma marrón con ondulantes rayas blancas, las gallinas caminaban tranquilas picoteando las piedritas del mejorado, las viejas sentadas sobre sillas destartaladas contemplaban el cuadro estático de la miseria.
En frente, sobre los terrenos donde comenzaba el campo, se alzaban las viviendas más míseras, siempre a medio construir en un cambalache de los más improvisados materiales. Detrás de ellas pasaban las vías muertas del tren donde sus habitantes podían conseguir leña para el invierno. Era el cuadro de miseria que se podía encontrar en todas las periferias del planeta. En ellas vivía gente humilde y anónima que apenas tocaba el centro o pasaba por el como un fantasma o un extranjero. Eran changuistas, peones, sirvientas, lavanderas, gente que vivía otra realidad, donde el campo jamás seria sinónimo de fortuna, abundancia, prosperidad. Gente oscura y taciturna, repleta de crios mocosos y harapientos que solían ser uno idéntico al otro, indistintamente del sexo que portaran. Aquellos niños llevaban sobre el rostro una expresión cansada, algunos parecían ancianos de cinco años, siempre inertes en algún rincón, trabajando un hormiguero con la punta de una rama o mirando un balón deshilachado con los ojos muertos. A veces cruzaba la mirada con alguno de ellos y descubría un fondo de furia y confusión; Una mezcla salvaje de impotencia e ignorancia que terminaría desatándose un día en los mismos lugares donde sus padres veían pasar sus carencias con un vaso de vino en la mano. Algunos crecían y desaparecían para siempre, como si huyendo pudiesen dejar la miseria atrás, estancada en aquel sitio, y era como si nunca hubiesen existido. Otros se volvían borrachines consuetudinarios y perpetuaban la cadena de miserias conyugales que había comenzado con sus padres y seguirían diseminando sus hijos, condimentada con violencia, adicción y promiscuidad.
También había familias completas de gente mansa y trabajadora, que miraban con ojos estériles el paisaje del cual jamás podrían escapar. Eran la lacra, los que habían existido siempre y siempre existirían, los que se usaba y se tiraba a su debido tiempo, los que había que pasar por encima cuando era momento de salvarse uno. Y parecían estar siempre esperando ese momento, o algún otro, o algo que les diera una esperanza que les era imposible imaginar. Y ahí pasábamos el tiempo, en lo de Segala, esperando ese momento.
Friday, April 20, 2007
El vino nuevo
Ando necesitando un vino, pensé, mientras miraba la cotidiana monotonía del techo. Y después pensé cuantas veces había pensado lo mismo, cuantas veces había visto ese mismo techo en las últimas semanas.
En comparación los techos llegaban a ser casi idénticos, con su capricho de horizontalidad sostenida, con su incansable naturaleza techuna, y lo único que los diferencia son las cosas que gravitan bajo su manto protector. Una heladera enorme, un buen televisor, fotos de grandes amigos, cosas por el estilo, hacen que el techo se jacte de hogar. Pero si uno vive en una pocilga donde la mugre se amontona casi en una costra homogénea, el techo parece ser más bien el límite que marca hasta donde la degradación puede llegar.
Aquél techo podría haber sido el mió, como el de cualquier otro, que de todas formas se iba a atener a su función principal, techarme a mí y sostener la humanidad del pobre diablo que posara los pies unos metros mas arriba.
Pero en fin, aquél era mi departamento, y el más lejano de mis problemas era poseer un techo. Y no importaba el techo, ni el vino, ni el departamento en si. Ni siquiera era esa maldita manía de maquinar todo el tiempo que se había apoderado de mi psiquis como se apoderaba de la psiquis de todas las personas que aun no han logrado ni siquiera unir dos piezas de su rompecabezas personal; fichas desparramadas, gastadas, faltantes, sin una extremo, todavía guardadas en una vieja caja de cartón en el fondo mas remoto del armario de los abuelos; Ahí estaba yo, con mis vinos y mis techos, parte de una generación que se comunicaba en un cincuenta por ciento con las palabras “boludo” y “nada”. ¿Qué carajo importaba todo aquello? Tal vez debería salir afuera y mirarle la cara a la gente que vivía en el mundo real y activaba las piernas para cosas productivas; Llevar a los chicos al colegio y darle un beso en las mejillas, meter un gol para boca júnior ganara el campeonato, o ser un traje con portafolio que hable de las ventajas de ciertos productos infaltables sea para el hogar o el trabajo; Aflojarme de vez en cuando la corbata, sonreírle a las damas bien, saludar a los viejos y tener dos o tres conceptos claros, aunque sean falsos.
Dicen que todas esas cosas sirven para vivir antes de que el muro del cual están hechas las cosas tal cuales son se venga a bajo y los aplaste como las pobres hormigas que son. Mientras tanto podrán sonreír y recibir los dieses que les traigan los hijos del colegio y hablar del provechoso aumento que se esta por venir, ahora, antes de las vacaciones. Podrán seguir hablando, codeándose con sus amigos de las cosas que son, que tienen, hablándose por lo bajo, mientras ese pequeño artilugio que los doctores llaman corazón tratara de resistir por lo menos hasta que el ultimo ladrillo resbale del dichoso muro. Y a lo mejor eso es mejor que andar divagando día tras día sobre vinos y techos y perros y cosas que no tienen ningun sentido real y tampoco tienen porque tenerlo.
Maldita resaca.
En comparación los techos llegaban a ser casi idénticos, con su capricho de horizontalidad sostenida, con su incansable naturaleza techuna, y lo único que los diferencia son las cosas que gravitan bajo su manto protector. Una heladera enorme, un buen televisor, fotos de grandes amigos, cosas por el estilo, hacen que el techo se jacte de hogar. Pero si uno vive en una pocilga donde la mugre se amontona casi en una costra homogénea, el techo parece ser más bien el límite que marca hasta donde la degradación puede llegar.
Aquél techo podría haber sido el mió, como el de cualquier otro, que de todas formas se iba a atener a su función principal, techarme a mí y sostener la humanidad del pobre diablo que posara los pies unos metros mas arriba.
Pero en fin, aquél era mi departamento, y el más lejano de mis problemas era poseer un techo. Y no importaba el techo, ni el vino, ni el departamento en si. Ni siquiera era esa maldita manía de maquinar todo el tiempo que se había apoderado de mi psiquis como se apoderaba de la psiquis de todas las personas que aun no han logrado ni siquiera unir dos piezas de su rompecabezas personal; fichas desparramadas, gastadas, faltantes, sin una extremo, todavía guardadas en una vieja caja de cartón en el fondo mas remoto del armario de los abuelos; Ahí estaba yo, con mis vinos y mis techos, parte de una generación que se comunicaba en un cincuenta por ciento con las palabras “boludo” y “nada”. ¿Qué carajo importaba todo aquello? Tal vez debería salir afuera y mirarle la cara a la gente que vivía en el mundo real y activaba las piernas para cosas productivas; Llevar a los chicos al colegio y darle un beso en las mejillas, meter un gol para boca júnior ganara el campeonato, o ser un traje con portafolio que hable de las ventajas de ciertos productos infaltables sea para el hogar o el trabajo; Aflojarme de vez en cuando la corbata, sonreírle a las damas bien, saludar a los viejos y tener dos o tres conceptos claros, aunque sean falsos.
Dicen que todas esas cosas sirven para vivir antes de que el muro del cual están hechas las cosas tal cuales son se venga a bajo y los aplaste como las pobres hormigas que son. Mientras tanto podrán sonreír y recibir los dieses que les traigan los hijos del colegio y hablar del provechoso aumento que se esta por venir, ahora, antes de las vacaciones. Podrán seguir hablando, codeándose con sus amigos de las cosas que son, que tienen, hablándose por lo bajo, mientras ese pequeño artilugio que los doctores llaman corazón tratara de resistir por lo menos hasta que el ultimo ladrillo resbale del dichoso muro. Y a lo mejor eso es mejor que andar divagando día tras día sobre vinos y techos y perros y cosas que no tienen ningun sentido real y tampoco tienen porque tenerlo.
Maldita resaca.
Thursday, April 19, 2007
Monday, April 16, 2007
Corazoncito de gato
Había una vez un tipo en un bar y me miraba. Hacia unos minutos yo estaba sentado con alguien que había encontrado por ahí y me reía y trataba de decir cosas graciosas que no sonaran demasiado pretensiosas y el tipo hacia otro tanto unas mesas mas allá y entonces hubo uno de eso malentendidos que uno nunca llega a dilucidar y el tipo se levanto y me increpo, que quiere decir que me re puteo, y los dos quedamos ahí parados, como esperando que un tren atropellara al otro o llegara el fin del mundo o algo parecido. No se que fue, que paso, pero el tipejo, pequeñito, pequeñito, pequeñito, como el corazon de un gato, me miraba con mucho odio desde el fondo de unos ojo huequisimos y parecía como si otro tipo mirara desde tras y otro detrás de este y otros mas allá y todo los odios confluyeran en los ojos de el tipejo pequeñito como el corazon de un gato y yo pensé como alguien puede aguantar tanto rencor dentro del alma, porque el y todos lo hombres detrás de el no solo me miraban a mi si no que me miraban a mi y a todos los hombres detrás de mi y me dio tanta lastima que le dije “Que miras, mierda de gato” y entonces supe que lo mejor que podia hacer por mi era trompear al tipejo pequeñito como corazon de gato porque si dejaba que todo ese odio fluyera desde adentro para afuera el mierda era capaz de noquear al propio Mario Barakuz. Entonces di un paso, amague con la izquierda y le di con la derecha y el rostro era duro como una roca y ya no tuve ganas de pegarle mas, ¿pero que opción me quedaba? Así que le di otra con la izquierda y pensé que era una sensación extraña, porque jamás había acertado una trompada detrás de otra, pero no era tiempo de detenerse a pensar, pero ya lo había hecho, craso error, y en eso el tipejo me calzo y su puño tenia mas fuerza que todo mi cuerpo, mi fuerza de voluntad, mis esperanzas y mis ganas vivir y de beber una cerveza fría una mañana de sol, todo junto, y me fui para atras y pensé; mierda, si lo dejo seguir, si realmente me vence ahora, lo que va a seguir no va a ser nada grato para mi persona.
Así que, en un acto reflejo desesperado, cuando caí contra las mesas tire un brazo para atras y quede así, medio apoyado, dejando el total de mi porte a merced del tipejo pequeñito como el corazon de un gato, que se acercaba sin haber perdido pizquita de odio en esos ojos huecos, huecos, huecos. Pero lo que no sabía el tipejo es que por la derecha había cachado por el cogote una botella de cerveza vacía, y creo que no lo supo ni cuando le di de pleno y ni siquiera cuando se toco la cabeza y apenas empezó a sospechar en el momento que se miro la mano llena de sangre. No le dolía, no, porque no se había machacado, sino que se había abierto como una fruta madura y esas cosas no duelen ni se sienten hasta cuando empiezan a sentirse y a doler. Se miraba la mano sanguinolenta y me miraba a mi, que seguía en la mima posición sobre la mesa, y parecía dudar si seguir machacándome o hacer algo con su cabeza, porque el corazoncito de gato estaba roto, y sangraba y sangraba y era una cosa poética y hermosa esa de ser un corazoncito sangrante.
_ Ponete algo en la cabeza chabalcete o te morís morís_ le dije y en su rostro empeso a recaer la verdadera gravedad de la herida y era raro porque mientras se daba cuenta que iba perdiendo abundancia de sangre todo su cuerpo se iba tiñendo de rojo en rojo, como un cuadro que se va pintando solo, como un experimento de un artista plástico demente, que va cubriendo su exterior con su fluido interior y parecía, en efecto, que por el huequito, el corazoncito de gato iba perdiendo el odio y hueco, hueco, se inundaba de miedo, de terror, y cuando, todo, hasta lo pies eran un lienzo colorado, como dicen los chicos de Belgrano R y Olivos, yo pensé que lindo seria que entrara al bar Andy Whoarhol vestido de enfermero y Jean Michael Basquiat, tal vez, porque no, si la imaginación es lo mas sano que existe, con una camilla blanca, blanca y se lo llevaran al corazoncito de gato desangrado. Pero nada. Que se cae al suelo como un ladrillo y yo, que soy fuertemente apegado al raciocinio, salgo del bar, primero disimulada, luego, rápidamente.
No se porque cuento esto, creo, tal vez, porque aquel tipejo sangrando fue, de todas las cosas que estos ojos han visto, una de las cosas mas hermosas que vi, junto con dos soretes de mi propiedad, finitos y marroncisimos, que un dia deje caer en el retrete y que luego, accionada la cadena del baño, se fueron bailando, girando, entrelazados y parecio que en el ultimo momento, cuando sus cabezas desaparecían en el ultimo remolino del agua, saludaban, gritaban, alegres a mi persona, como dos niños que saludan por la ventanilla del micro que los lleva de viaje de egresados a un padre candorosa que los deja libres por vez primera, para que vean el mundo entero, dramático y maravilloso.
Así que, en un acto reflejo desesperado, cuando caí contra las mesas tire un brazo para atras y quede así, medio apoyado, dejando el total de mi porte a merced del tipejo pequeñito como el corazon de un gato, que se acercaba sin haber perdido pizquita de odio en esos ojos huecos, huecos, huecos. Pero lo que no sabía el tipejo es que por la derecha había cachado por el cogote una botella de cerveza vacía, y creo que no lo supo ni cuando le di de pleno y ni siquiera cuando se toco la cabeza y apenas empezó a sospechar en el momento que se miro la mano llena de sangre. No le dolía, no, porque no se había machacado, sino que se había abierto como una fruta madura y esas cosas no duelen ni se sienten hasta cuando empiezan a sentirse y a doler. Se miraba la mano sanguinolenta y me miraba a mi, que seguía en la mima posición sobre la mesa, y parecía dudar si seguir machacándome o hacer algo con su cabeza, porque el corazoncito de gato estaba roto, y sangraba y sangraba y era una cosa poética y hermosa esa de ser un corazoncito sangrante.
_ Ponete algo en la cabeza chabalcete o te morís morís_ le dije y en su rostro empeso a recaer la verdadera gravedad de la herida y era raro porque mientras se daba cuenta que iba perdiendo abundancia de sangre todo su cuerpo se iba tiñendo de rojo en rojo, como un cuadro que se va pintando solo, como un experimento de un artista plástico demente, que va cubriendo su exterior con su fluido interior y parecía, en efecto, que por el huequito, el corazoncito de gato iba perdiendo el odio y hueco, hueco, se inundaba de miedo, de terror, y cuando, todo, hasta lo pies eran un lienzo colorado, como dicen los chicos de Belgrano R y Olivos, yo pensé que lindo seria que entrara al bar Andy Whoarhol vestido de enfermero y Jean Michael Basquiat, tal vez, porque no, si la imaginación es lo mas sano que existe, con una camilla blanca, blanca y se lo llevaran al corazoncito de gato desangrado. Pero nada. Que se cae al suelo como un ladrillo y yo, que soy fuertemente apegado al raciocinio, salgo del bar, primero disimulada, luego, rápidamente.
No se porque cuento esto, creo, tal vez, porque aquel tipejo sangrando fue, de todas las cosas que estos ojos han visto, una de las cosas mas hermosas que vi, junto con dos soretes de mi propiedad, finitos y marroncisimos, que un dia deje caer en el retrete y que luego, accionada la cadena del baño, se fueron bailando, girando, entrelazados y parecio que en el ultimo momento, cuando sus cabezas desaparecían en el ultimo remolino del agua, saludaban, gritaban, alegres a mi persona, como dos niños que saludan por la ventanilla del micro que los lleva de viaje de egresados a un padre candorosa que los deja libres por vez primera, para que vean el mundo entero, dramático y maravilloso.
Wednesday, April 11, 2007
Tuesday, April 3, 2007
Matapatos
Walter solía salir seguido a cazar patos. Me insistía en que lo acompañara. Aparte de sádico, inhumano y salvaje me parecía un acto simplemente inútil. Walter decía que después me los podía comer, pero yo nunca había comido pato ni tenia la necesidad de hacerlo, y por otro lado tampoco nunca había visto que el lo hiciera. Finalmente un dia accedí.
Llegamos junto a la laguna en la doble cabina y desde allí caminamos portando dos armas de su propiedad. La acción era simple; Los patos volaban, nosotros les disparábamos. Parecía el concurso de dos especies por ver quien se quedaba con la supremacía de la idiotez terrestre. Gracias a dios rápidamente pude comprobar que darle a alguna de aquellas aves era imposible, o por lo menos tan posible como errarle a ese otro 99,9 % que es la inmensidad celeste del cielo.
Cuando la noche cayo volvimos a la camioneta y Walter saco una petaca de licor de la guantera.
_ Así que desde cuando estas con esto de los patos_ pregunté mientras le pegaba el primer trago a la petaca.
_ Venia a cazar de chico, con mi viejo_ contesto.
_ De ahí te gusta_ deduje.
_ No me gusta, lo odio_ dijo mientras tomaba la petaca de mis manos_ Mi viejo tenia muy mala puntería, cada vez que yo cazaba un pato estaba días sin hablarme. Eso me dolía muchísimo. Yo por alguna razón siempre le daba a algo; Suerte, creo.
_ ¿Y entonces?
_ No se, es lo único que hacíamos juntos. Aparte desde que murió no he logrado cazar un solo pato.
Lo mire. De repente parecía haberse transfigurado en su padre, como si los años le hubiesen caído de repente o una segunda piel hubiese nacido sobre el manto de la primera. Tal vez era esa mirada turbia que se clavaba en la banda de aves que cruzaba el cielo oscuro. Yo había conocido a su padre, había muerto diez años atrás, y el único mote que le encontraba era el de “Un tipo raro”. Tal vez Walter también lo fuera o estuviera en vías de serlo. Termine lo que quedaba de la petaca, la tire por la ventana y palmee su hombro.
_ Dale, vamos a ver algo de televisión_ dije.
La camioneta arranco. Y salimos.
Llegamos junto a la laguna en la doble cabina y desde allí caminamos portando dos armas de su propiedad. La acción era simple; Los patos volaban, nosotros les disparábamos. Parecía el concurso de dos especies por ver quien se quedaba con la supremacía de la idiotez terrestre. Gracias a dios rápidamente pude comprobar que darle a alguna de aquellas aves era imposible, o por lo menos tan posible como errarle a ese otro 99,9 % que es la inmensidad celeste del cielo.
Cuando la noche cayo volvimos a la camioneta y Walter saco una petaca de licor de la guantera.
_ Así que desde cuando estas con esto de los patos_ pregunté mientras le pegaba el primer trago a la petaca.
_ Venia a cazar de chico, con mi viejo_ contesto.
_ De ahí te gusta_ deduje.
_ No me gusta, lo odio_ dijo mientras tomaba la petaca de mis manos_ Mi viejo tenia muy mala puntería, cada vez que yo cazaba un pato estaba días sin hablarme. Eso me dolía muchísimo. Yo por alguna razón siempre le daba a algo; Suerte, creo.
_ ¿Y entonces?
_ No se, es lo único que hacíamos juntos. Aparte desde que murió no he logrado cazar un solo pato.
Lo mire. De repente parecía haberse transfigurado en su padre, como si los años le hubiesen caído de repente o una segunda piel hubiese nacido sobre el manto de la primera. Tal vez era esa mirada turbia que se clavaba en la banda de aves que cruzaba el cielo oscuro. Yo había conocido a su padre, había muerto diez años atrás, y el único mote que le encontraba era el de “Un tipo raro”. Tal vez Walter también lo fuera o estuviera en vías de serlo. Termine lo que quedaba de la petaca, la tire por la ventana y palmee su hombro.
_ Dale, vamos a ver algo de televisión_ dije.
La camioneta arranco. Y salimos.
Monday, April 2, 2007
Poéticamente
Un corcho, una botella de vino y dos copas. Dios sabe por que, eso es lo que había debajo de mi cama. Mis viejos salieron de vacaciones y en tan solo tres días hay envases de cerveza y vino por todos lados. Me despierto vestido y en el colchón pelado, un sangunche de milanesa intacto sobre la mesa de luz, y aunque la cabeza no me duele siento las piernas como si hubiese corrido un maratón. De alguna forma lo hice; Pero corría solo una carrera que era imposible que ganara, por decirlo, digamos, poéticamente. Para colmo todavía hay mucho camino por delante y a mi carreta ya le falta una rueda, por decirlo, nuevamente, de alguna manera, poéticamente. Será cosa de agarrar fuerte las riendas y terminar semana santa, aunque sea, arrastrado por los caballos, si es que resisten el trote.
Friday, March 30, 2007
Alba
El día que encontramos a Alba tirado en la calle una agrupación de manifestantes marchaban hacia el centro lleno de pancartas y cánticos similares. Era una masa homogénea que hacia recordar a un plato de polenta rebosante. Caminaban con un ritmo, un compás, una métrica. A unos centímetros de alli, contra la pared de un Banco abandonado y sin prestar ni la menor atención a aquel desfile de piernas Alba descansaba su alma ausente de todo.
Ese día estábamos Andrés y yo y un tipejo extraño que nunca mas volví a ver y que no se por que nos acompañaba. Creo que era un viejo amigo de Andrés o algo así. Tenia una sonrisa ancha y blanca que usaba demasiado. Aunque fuera bonita daba ganas de preguntarle cual era la gracia, como hacían las maestras en las aulas de nuestra infancia. Andaba en un doscientos seis rojo al que amaba.
La historia de Alba era simple o por lo menos simple de contar, también bastante monótona y repetitiva.
Cuando la madre de Alba murió el padre fue perdiendo la cordura poco a poco, un día reunió a Alba y su hermano, Maimonides, y les dijo; “Me voy, tan simple como eso, la acción y la razón de irme son las mismas, ninguna, creo. Les dejo lo que hay, hagan a su gusto y gracia y no me busquen por que cualquier cosa que puedan hallar no voy a ser yo”.
Maimonides, el mayor, se quedo a cargo de la casa y de los bienes, que eran suficientes como para vivir dos vidas sin necesidades, y como ellos era dos vidas les venia como anillo al dedo. Alba y Maimonides se llevaban bien. Alba quería, admiraba a su hermano, aunque eran de mundos bien diferentes. Maimonides amparaba a Alba sin contemplaciones. Pero entonces la historia se volvió a repetir.
_ Me tengo que ir, me voy _ Le dijo Maimonides un día_ No se abandona uno mas que a si mismo, así que no saques conclusiones equivocadas. Uno se levanta y encuentra que los zapatos de ayer no le caben y entonces empieza a entender que hace rato le vienen ajustando. Tomate las cosas con calma y seguí a delante, que te dejo suficiente cimiento como para levantar un rascacielos.
Maimonides partió una madrugada y Alba quedo solo alli, con demasiada fortuna para tan poca vida. Los días siguientes apareció por lo de los amigos, de uno por vez, en ese rito de desacomodar compact, manosear los libros y cambiar las cosas de lugar que acompañan las despedidas unilaterales. Se quedaba alli hasta que lo echaban o hasta que el silencio se hacia tan denso que era difícil respirar.
Luego desapareció y todos creímos que eran cosas de unos días, una de esas giras de las que uno vuelve vivo o muerto, o mas muerto que vivo, pero que terminan siempre en el mismo lugar donde comenzaron. Pero no. Había pasado demasiado tiempo y ni un vestigio del huracán. Entonces con Andrés decidimos salir a buscarlo por los rincones de la ciudad que solía frecuentar.
Encontrar una persona en Buenos Aires hace que encontrar una aguja en un pajar parezca una certeza, sin embargo lo hicimos, tan solo por que el azar es la posibilidad de lo imposible. Alba babeaba una cosa verde por la boca y tenia un aliento de mil demonios. Parecía un títere abandonado pudriéndose por dentro.
Lo llevamos a casa y lo dejamos descansar un rato, tratando de imaginar que era lo que había acontecido en todos aquellos días de ausencia. Andrés supuso que habría andado por las barriadas metiendose todo lo que encontrara sin detenerse a dormir ni a comer. Yo, en cambio, que había encontrado un puñado de mugre en su bolsillo, nunca pude sacarme de la cabeza la idea de que Alba había ido por la ciudad de bote en bote de basura, comiendo el desperdicio de los demás, lo comestible y lo no comestible, suicidándose de aquella a manera grotesca; Ingiriendo los envases de las bolsas de papa fritas, las sobras de las verdulerías, pilas, papeles, pedazos de chocolates, corchos, pan duro y cosas por el estilo. Muchas cosas en el futuro confirmaron mis sospechas, pero para esa altura no importaba, por que el momento había pasado y el Alba que habíamos conocido ya no existía.
Ese día estábamos Andrés y yo y un tipejo extraño que nunca mas volví a ver y que no se por que nos acompañaba. Creo que era un viejo amigo de Andrés o algo así. Tenia una sonrisa ancha y blanca que usaba demasiado. Aunque fuera bonita daba ganas de preguntarle cual era la gracia, como hacían las maestras en las aulas de nuestra infancia. Andaba en un doscientos seis rojo al que amaba.
La historia de Alba era simple o por lo menos simple de contar, también bastante monótona y repetitiva.
Cuando la madre de Alba murió el padre fue perdiendo la cordura poco a poco, un día reunió a Alba y su hermano, Maimonides, y les dijo; “Me voy, tan simple como eso, la acción y la razón de irme son las mismas, ninguna, creo. Les dejo lo que hay, hagan a su gusto y gracia y no me busquen por que cualquier cosa que puedan hallar no voy a ser yo”.
Maimonides, el mayor, se quedo a cargo de la casa y de los bienes, que eran suficientes como para vivir dos vidas sin necesidades, y como ellos era dos vidas les venia como anillo al dedo. Alba y Maimonides se llevaban bien. Alba quería, admiraba a su hermano, aunque eran de mundos bien diferentes. Maimonides amparaba a Alba sin contemplaciones. Pero entonces la historia se volvió a repetir.
_ Me tengo que ir, me voy _ Le dijo Maimonides un día_ No se abandona uno mas que a si mismo, así que no saques conclusiones equivocadas. Uno se levanta y encuentra que los zapatos de ayer no le caben y entonces empieza a entender que hace rato le vienen ajustando. Tomate las cosas con calma y seguí a delante, que te dejo suficiente cimiento como para levantar un rascacielos.
Maimonides partió una madrugada y Alba quedo solo alli, con demasiada fortuna para tan poca vida. Los días siguientes apareció por lo de los amigos, de uno por vez, en ese rito de desacomodar compact, manosear los libros y cambiar las cosas de lugar que acompañan las despedidas unilaterales. Se quedaba alli hasta que lo echaban o hasta que el silencio se hacia tan denso que era difícil respirar.
Luego desapareció y todos creímos que eran cosas de unos días, una de esas giras de las que uno vuelve vivo o muerto, o mas muerto que vivo, pero que terminan siempre en el mismo lugar donde comenzaron. Pero no. Había pasado demasiado tiempo y ni un vestigio del huracán. Entonces con Andrés decidimos salir a buscarlo por los rincones de la ciudad que solía frecuentar.
Encontrar una persona en Buenos Aires hace que encontrar una aguja en un pajar parezca una certeza, sin embargo lo hicimos, tan solo por que el azar es la posibilidad de lo imposible. Alba babeaba una cosa verde por la boca y tenia un aliento de mil demonios. Parecía un títere abandonado pudriéndose por dentro.
Lo llevamos a casa y lo dejamos descansar un rato, tratando de imaginar que era lo que había acontecido en todos aquellos días de ausencia. Andrés supuso que habría andado por las barriadas metiendose todo lo que encontrara sin detenerse a dormir ni a comer. Yo, en cambio, que había encontrado un puñado de mugre en su bolsillo, nunca pude sacarme de la cabeza la idea de que Alba había ido por la ciudad de bote en bote de basura, comiendo el desperdicio de los demás, lo comestible y lo no comestible, suicidándose de aquella a manera grotesca; Ingiriendo los envases de las bolsas de papa fritas, las sobras de las verdulerías, pilas, papeles, pedazos de chocolates, corchos, pan duro y cosas por el estilo. Muchas cosas en el futuro confirmaron mis sospechas, pero para esa altura no importaba, por que el momento había pasado y el Alba que habíamos conocido ya no existía.
Tuesday, March 27, 2007
La vecindad_ parte 2
Una vez que la Chili se fue el silencio volvió a caer como una roca. Seguía sin poder pegar un ojo. Quedo mirando fijo el piso perdiéndose en algunos pensamientos con poco o ningún sentido. Cada tanto se adormilaba, su cabeza caía hacia a adelante y al instante se volvía a incorporar. La vecindad se encontraba tan quieta que no sabía si esto transcurría en instantes o era un proceso de varios minutos.Para el era como si estuviera siempre en el mismo lugar, en el mismo tiempo.
_ ¡¡¡Eh, Chavito!!!_ escucho una voz poderosa y se despabilo inmediatamente.
Era Don Ramón. Se encontraba ebrio, el rostro colorado, llevaba una botella de licor en la mano. El Chavo lo encontró algo patético, pero no por la curda, sino por que se había encogido y las canas asomaban por debajo del gorro celeste. Era pequeño, y el; Grande.
_ Tenia que ser el chavo del ocho, carajo_ festejo Don Ramón y luego, de repente, lo miro serio, respetuoso_ ¿Me puedo sentar Chavito?
_ Ni que la vecindad fuera mía_ dijo el Chavo levantando los brazos.
Don Ramón se sentó con dificultad en el mismo sitio que se había sentado su hija. Apenas se sentó le pego un trago a la botella, se limpio la boca con el antebrazo y se la alcanzó al Chavo. En ese mismo instante el Chavo se dio cuenta que estaba cansado, realmente cansado, y que tal vez hubiese estado cansado ya de mucho antes. Pego un pequeño trago que pareció pasar con los parpados, Don Ramón lo había tomado por un hombro y lo sacudía como a un cuate.
_ Ese es mí cuate_ dijo, justamente, haciéndole una seña de que tomara mas_ Hay que ser bien hombre, bien hombre con la botella, así Chavito, así.
Luego de decir estas palabras le arranco la botella de la mano y lo miro con gesto reprobador.
_ Tampoco ahí que tomarse tanta confianza, eh, Chavito_ dijo y le pego un nuevo trago a la botella.
El chavo ni lo miro. Pensaba que ahora si podía irse a dormir, que podría soñar, dormir hasta tardísisisimo. Cuando iba a levantarse Don Ramón lo abraso con las dos manos, volvió a palmearlo en la espalda, lo mantuvo fijado al piso.
_ Usted si que es mi cuate Chavito_ dijo moviendo la cabeza en signo afirmativo_ Y me tiene que hacer un favor.
_ ¿Yo?_ dijo el Chavo confundido.
_ Si, usted, mi cuate_ dijo Don Ramón convencido, ahora señalándolo con el dedo_ Pero antes tome otro traguito a la botella. Con confianza, con confianza.
El chavo tomo la botella por el cuello y la sostuvo entre las dos manos, estática.
_ Mire Chavito, es la Chilindrina_ dijo el viejo en tono confidente_ Me tiene preocupado ¿Usted me la podría cuidar?
El Chavo lo miro sin entender a que se refería, tomo un trago de la botella por pura inercia; Nuevamente sintió un fuego que le llegaba de la garganta hasta el estomago vació.
_ Es que en usted tiene confianza, le tiene cariño, cuídemela mano_ volvió a insistir_ Mire que viejo que estoy Chavito, míreme_ Dijo el viejo, y le mostró las manos ajadas extendidas hacia delante.
El Chavo no quiso mirar para adelante, todavía no sabia a que se refería puntualmente, pero se lo prometió. Sabia que el viejo, ante esas palabras, estaría reprimiendo las ganas de llorar, y no quiera verlo así; Curda y sentimental. Hubiese preferido que le levantara la gorra, le pegara un coscorrón y se fuera lo mas campante. De todas formas no le quedan fuerzas ni para eso.
_ Gracias Chavito, Gracias_ Dijo Don Ramón, levantándose del escalón_ Confió en usted. Y tome esto como regalo_ dijo, sellándole la botella en las manos.
El Chavo miro la botella a medio llenar. No supo si esa era su noche de suerte o de mala suerte. Había estado toda la noche con insomnio y ahora que le venia el sueño quedaba con media botella en la mano. Sabia que si se la tomaba vendría la mañana y conciliar el sueño le seria imposible. De todas formas nunca lo habían agobiado los problemas de la abundancia.
_ Gracias Don Ramón_ dijo, esperando que el viejo se fuera de una vez por todas.
_ Acordate, es una buena chica, esta confundida, es todo Chavito_ dijo Don Ramón, antes de caminar los pocos pasos que lo separaban con la puerta de su casa. El Chabo levanto los hombros al aire, luego tomo un trago de la botella. Los pocos tragos que había tomado arriba del estomago vació ya habían surtido su efecto y no tardo en dormirse sobre los escalones. Nunca supo a ciencia cierta a que se refería Don Ramón, pero la Chilindrina apareció la dos días después; Maniatada y muerta, violada y descuartizada, en un patio baldío a unas pocas cuadras de la vecindad.
_ ¡¡¡Eh, Chavito!!!_ escucho una voz poderosa y se despabilo inmediatamente.
Era Don Ramón. Se encontraba ebrio, el rostro colorado, llevaba una botella de licor en la mano. El Chavo lo encontró algo patético, pero no por la curda, sino por que se había encogido y las canas asomaban por debajo del gorro celeste. Era pequeño, y el; Grande.
_ Tenia que ser el chavo del ocho, carajo_ festejo Don Ramón y luego, de repente, lo miro serio, respetuoso_ ¿Me puedo sentar Chavito?
_ Ni que la vecindad fuera mía_ dijo el Chavo levantando los brazos.
Don Ramón se sentó con dificultad en el mismo sitio que se había sentado su hija. Apenas se sentó le pego un trago a la botella, se limpio la boca con el antebrazo y se la alcanzó al Chavo. En ese mismo instante el Chavo se dio cuenta que estaba cansado, realmente cansado, y que tal vez hubiese estado cansado ya de mucho antes. Pego un pequeño trago que pareció pasar con los parpados, Don Ramón lo había tomado por un hombro y lo sacudía como a un cuate.
_ Ese es mí cuate_ dijo, justamente, haciéndole una seña de que tomara mas_ Hay que ser bien hombre, bien hombre con la botella, así Chavito, así.
Luego de decir estas palabras le arranco la botella de la mano y lo miro con gesto reprobador.
_ Tampoco ahí que tomarse tanta confianza, eh, Chavito_ dijo y le pego un nuevo trago a la botella.
El chavo ni lo miro. Pensaba que ahora si podía irse a dormir, que podría soñar, dormir hasta tardísisisimo. Cuando iba a levantarse Don Ramón lo abraso con las dos manos, volvió a palmearlo en la espalda, lo mantuvo fijado al piso.
_ Usted si que es mi cuate Chavito_ dijo moviendo la cabeza en signo afirmativo_ Y me tiene que hacer un favor.
_ ¿Yo?_ dijo el Chavo confundido.
_ Si, usted, mi cuate_ dijo Don Ramón convencido, ahora señalándolo con el dedo_ Pero antes tome otro traguito a la botella. Con confianza, con confianza.
El chavo tomo la botella por el cuello y la sostuvo entre las dos manos, estática.
_ Mire Chavito, es la Chilindrina_ dijo el viejo en tono confidente_ Me tiene preocupado ¿Usted me la podría cuidar?
El Chavo lo miro sin entender a que se refería, tomo un trago de la botella por pura inercia; Nuevamente sintió un fuego que le llegaba de la garganta hasta el estomago vació.
_ Es que en usted tiene confianza, le tiene cariño, cuídemela mano_ volvió a insistir_ Mire que viejo que estoy Chavito, míreme_ Dijo el viejo, y le mostró las manos ajadas extendidas hacia delante.
El Chavo no quiso mirar para adelante, todavía no sabia a que se refería puntualmente, pero se lo prometió. Sabia que el viejo, ante esas palabras, estaría reprimiendo las ganas de llorar, y no quiera verlo así; Curda y sentimental. Hubiese preferido que le levantara la gorra, le pegara un coscorrón y se fuera lo mas campante. De todas formas no le quedan fuerzas ni para eso.
_ Gracias Chavito, Gracias_ Dijo Don Ramón, levantándose del escalón_ Confió en usted. Y tome esto como regalo_ dijo, sellándole la botella en las manos.
El Chavo miro la botella a medio llenar. No supo si esa era su noche de suerte o de mala suerte. Había estado toda la noche con insomnio y ahora que le venia el sueño quedaba con media botella en la mano. Sabia que si se la tomaba vendría la mañana y conciliar el sueño le seria imposible. De todas formas nunca lo habían agobiado los problemas de la abundancia.
_ Gracias Don Ramón_ dijo, esperando que el viejo se fuera de una vez por todas.
_ Acordate, es una buena chica, esta confundida, es todo Chavito_ dijo Don Ramón, antes de caminar los pocos pasos que lo separaban con la puerta de su casa. El Chabo levanto los hombros al aire, luego tomo un trago de la botella. Los pocos tragos que había tomado arriba del estomago vació ya habían surtido su efecto y no tardo en dormirse sobre los escalones. Nunca supo a ciencia cierta a que se refería Don Ramón, pero la Chilindrina apareció la dos días después; Maniatada y muerta, violada y descuartizada, en un patio baldío a unas pocas cuadras de la vecindad.
Oscuridad
Otra vez llueve. Caen gotas chiquitas que apenas se dejan oír y por detrás estallan algunos truenos. Hace un tiempo atrás cada vez que llovía se cortaba la luz, por más suave que la lluvia cayera. Ahora pasa algo peor; Caen rayos.
Ba, los rayos cayeron siempre, pero por alguna extraña razón los pararrayos de la Komarka dejaron de cumplir su función y estos rayos, a veces misteriosamente exentos de los truenos que los preceden, caen en una calle cualquiera y trazan el recorrido lineal de esa calle quemando transistores, fundiendo tomacorrientes, inutilizando cualquier aparato eléctrico a lo largo de cuadras. A veces la corriente no llega a quemar pero el choque hace que se enciendan todos los televisores de la casa, los equipos de música, las video caseteras, los aparatos de Dvd. Nadie entiende que carajo pasa, pero cada vez que una nube asoma todos se apresuran a desenchufar los aparatos de la pared.
Así que el progreso nos ha dado la satisfacción de quedar al cobijo de la luz pero sin nada que hacer; Sin nada que ver o escuchar. Y a veces el silencio, sobre todo el compartido, es mucho peor que la oscuridad.
Ba, los rayos cayeron siempre, pero por alguna extraña razón los pararrayos de la Komarka dejaron de cumplir su función y estos rayos, a veces misteriosamente exentos de los truenos que los preceden, caen en una calle cualquiera y trazan el recorrido lineal de esa calle quemando transistores, fundiendo tomacorrientes, inutilizando cualquier aparato eléctrico a lo largo de cuadras. A veces la corriente no llega a quemar pero el choque hace que se enciendan todos los televisores de la casa, los equipos de música, las video caseteras, los aparatos de Dvd. Nadie entiende que carajo pasa, pero cada vez que una nube asoma todos se apresuran a desenchufar los aparatos de la pared.
Así que el progreso nos ha dado la satisfacción de quedar al cobijo de la luz pero sin nada que hacer; Sin nada que ver o escuchar. Y a veces el silencio, sobre todo el compartido, es mucho peor que la oscuridad.
Lo que me dijo el tano Recci
¿Quienes somos? Eso nunca vamos a llegar a saberlo, pibe. Un día estamos seguros de todo y al otro día dudamos de todas las cosas. De las más insignificantes. ¿Qué carajo puede llegar un ser tan efímero como el humano a saber? Me levanto todas las mañanas y voy al bar del gallego a tomar un café y sin embargo a veces dudo de que el gusto que me invade la boca sea el mismo. No dudo de que el gallego haya cambiado de marca de café, que es lo que haría si encontrara una mas barata, dudo del sabor en si. Si, pibe, del sabor en si.
Ya el Funes de Borges lograba captar la particularidad de todas las cosas; A veces, modestamente, siento que me pasa a mí. Y puedo asegurarte que la vida no se deja vivir así. Necesitamos un prejuicio de la mayoría de las cosas con que tenemos contacto, sobre todo las cotidianas, para poder, en lo más mínimo, adaptarnos a nosotros mismos. Si el café nos sabiera distinto cada día necesitaríamos una vida para decidir si nos gusta y no un sorbo, o dos, que es lo que nos pasa. Seria parte de una elección súper meditada y no un gusto. Y francamente no se puede vivir tomando semejante decisión en cada detalle, en cada movimiento. La mayoría de las elecciones que hacemos son decisiones automáticas basadas en gustos ya preconcebidos, pero que son pura subjetividad. A una persona le gusta el color amarillo y puede argumentar que es así por que le gustan los patos, Gauguin, las margaritas. Puede justificar por que le gustan los patos, Gauguin y las margaritas, pero llega un punto en que solo puede aceptar que esa elección no tiene un fundamento valedero, que es nada más una decisión, una decisión librada al azar de su alma. Y sin embargo estas elecciones son las que nos transforman en lo que somos ¿Me entendes, pìbe?
Somos por los tanto seres hechos al azar; Al azar de nosotros mismo por así decirlo. Tomamos seguridad basados en cosas que se han creado en nuestro propio universo y sin esas certezas no podríamos salir a la calle. Si tuviera que dudar cada día sobre mi afición al café no lo pediría y si el gallego cambiara la marca un día me daría cuenta con bastante desagrado.
Por eso uno nunca sabe concretamente quien es. Las certezas pueden caer de un día para otro, hacerse triza y construir otro mundo sobre las cenizas del primero, sabiendo que lo hace del mismo material. No queda otra, es todo un desafió. Por eso a veces los viejos estamos tan seguros de nosotros mismos, de nuestros hábitos y formas de ser, y no porque sean las correctas, sino porque el tiempo las a fijado de tal manera que ya no hay vuelta atrás; Lo que fue un capricho se ha convertido con los años en una fijación y en cierta forma es un alivio para el alma. Es la recompensa de la crueldad de vivir toda una vida sin certezas.
Ya el Funes de Borges lograba captar la particularidad de todas las cosas; A veces, modestamente, siento que me pasa a mí. Y puedo asegurarte que la vida no se deja vivir así. Necesitamos un prejuicio de la mayoría de las cosas con que tenemos contacto, sobre todo las cotidianas, para poder, en lo más mínimo, adaptarnos a nosotros mismos. Si el café nos sabiera distinto cada día necesitaríamos una vida para decidir si nos gusta y no un sorbo, o dos, que es lo que nos pasa. Seria parte de una elección súper meditada y no un gusto. Y francamente no se puede vivir tomando semejante decisión en cada detalle, en cada movimiento. La mayoría de las elecciones que hacemos son decisiones automáticas basadas en gustos ya preconcebidos, pero que son pura subjetividad. A una persona le gusta el color amarillo y puede argumentar que es así por que le gustan los patos, Gauguin, las margaritas. Puede justificar por que le gustan los patos, Gauguin y las margaritas, pero llega un punto en que solo puede aceptar que esa elección no tiene un fundamento valedero, que es nada más una decisión, una decisión librada al azar de su alma. Y sin embargo estas elecciones son las que nos transforman en lo que somos ¿Me entendes, pìbe?
Somos por los tanto seres hechos al azar; Al azar de nosotros mismo por así decirlo. Tomamos seguridad basados en cosas que se han creado en nuestro propio universo y sin esas certezas no podríamos salir a la calle. Si tuviera que dudar cada día sobre mi afición al café no lo pediría y si el gallego cambiara la marca un día me daría cuenta con bastante desagrado.
Por eso uno nunca sabe concretamente quien es. Las certezas pueden caer de un día para otro, hacerse triza y construir otro mundo sobre las cenizas del primero, sabiendo que lo hace del mismo material. No queda otra, es todo un desafió. Por eso a veces los viejos estamos tan seguros de nosotros mismos, de nuestros hábitos y formas de ser, y no porque sean las correctas, sino porque el tiempo las a fijado de tal manera que ya no hay vuelta atrás; Lo que fue un capricho se ha convertido con los años en una fijación y en cierta forma es un alivio para el alma. Es la recompensa de la crueldad de vivir toda una vida sin certezas.
Sunday, March 25, 2007
Dinos como sobrevivir a nuestra locura
Después de dos semanas de la más absoluta indiferencia paso mi hijo por casa y me encontró en la computadora bajando libros de autores japoneses. Se sentó al lado mío y se quedo mirando. Esta por cumplir diez años, que creo es la edad promedio para comenzar a pasearse por las calles de la komarka haciendo maldades con una banda de amigos; Eso es lo que hace, por lo que me cuentan. Acerco los lentes a la pantalla de la computadora y dijo:
_ ¿Quien es Minisha?
_ Mishima _ corregí.
_ Ah_ dijo el.
Después me pregunto si le iba a leer alguno de esos libros. No encontré una razón para decirle que no. Afuera recién había dejado de llover y se podía ver el agua goteando de la punta de las ramas de los árboles. Le pregunte cual le gustaría que le lea y elegio Dinos como sobrevivir a nuestra locura de Kenzaburo Oé. Creo que le gusto el nombre. Yo lo había leído en una pequeña edición que había sacado pagina 12 y me pareció una estupenda elección. También había algo de Yasunari Kawabata, de Haruki Murakami y el ya nombrado Yukio Mishima.
Estuve casi una hora leyendo ese texto homogéneo y sin pausa que dan los formatos digitales y el permaneció clavado en un banquito de mimbre escuchando. Al contrario que cuando miramos una película, en que hace preguntas hasta el hartazgo, esta vez casi no articulo palabra. Parecía hipnotizado por una fuerza que iba más allá de su comprensión del texto. Nos encontrábamos sentados uno junto al otro, la vista clavada en la pantalla, bañados por la luz del monitor. La historia parecía surgir directamente de mis palabras y algo nos envolvía de a poco, a medida que avanzaba la historia, como si una suave lluvia de ceniza cayera sobre nosotros. Tal vez fuera el silencio, no se.
_ ¿Te gusto?_ pregunte, cuando di por terminada la sección de lectura.
Contesto con un golpe de cabeza y una sonrisa. Después se levanto y se fue a ver los dibujitos animados al comedor. A veces pregunto si será posible que mi hijo este más loco que yo.
_ ¿Quien es Minisha?
_ Mishima _ corregí.
_ Ah_ dijo el.
Después me pregunto si le iba a leer alguno de esos libros. No encontré una razón para decirle que no. Afuera recién había dejado de llover y se podía ver el agua goteando de la punta de las ramas de los árboles. Le pregunte cual le gustaría que le lea y elegio Dinos como sobrevivir a nuestra locura de Kenzaburo Oé. Creo que le gusto el nombre. Yo lo había leído en una pequeña edición que había sacado pagina 12 y me pareció una estupenda elección. También había algo de Yasunari Kawabata, de Haruki Murakami y el ya nombrado Yukio Mishima.
Estuve casi una hora leyendo ese texto homogéneo y sin pausa que dan los formatos digitales y el permaneció clavado en un banquito de mimbre escuchando. Al contrario que cuando miramos una película, en que hace preguntas hasta el hartazgo, esta vez casi no articulo palabra. Parecía hipnotizado por una fuerza que iba más allá de su comprensión del texto. Nos encontrábamos sentados uno junto al otro, la vista clavada en la pantalla, bañados por la luz del monitor. La historia parecía surgir directamente de mis palabras y algo nos envolvía de a poco, a medida que avanzaba la historia, como si una suave lluvia de ceniza cayera sobre nosotros. Tal vez fuera el silencio, no se.
_ ¿Te gusto?_ pregunte, cuando di por terminada la sección de lectura.
Contesto con un golpe de cabeza y una sonrisa. Después se levanto y se fue a ver los dibujitos animados al comedor. A veces pregunto si será posible que mi hijo este más loco que yo.
Friday, March 23, 2007
La verdad sobre Charly Hoffman
El gato de Charly Hoffman cambiaba de color. Tan simple como eso. No era un cartel luminoso de colores chillones y la mayoría del tiempo era de un color amarillo suave, pero cuando el clima iba cambiando el tono oscilaba entre el azul y el verde.
Era un gato tranquilo. Charly Hoffman era un hombre tranquilo también. Yo iba a visitarlo porque solía subirse sobre la mesa y taconear algunos ritmos autóctonos, acompañado siempre por un batir de palmas. Aquello me gustaba; era relajante y me hacia sonreír.
En ese tiempo yo trabajaba hombreando bolsas con cartas en una empresa privada en la que no creía que el propio presidente supiera a que se dedicaban. Se dedicaban en realidad a todo, pero puntualmente no se dedicaban nada.
A la mañana llegaba un camión cargado con la correspondencia; unos cientos cincuenta sacos bien cargados que sabían hacerse respetar. Yo me encargaba de descárgalos y luego, cuando el camión se retiraba, los llevaba a un cuarto donde se encargaban de clasificar el correo. Aquel cuarto me hacia acordar a los cuartos donde la policía dejaba a los sospechosos en las películas yanquis; Era pequeño y aséptico. No había allí más que una gran mesa y un par de sillas. Y cajas, muchas cajas.
Charly se dedicaba a la tarea de clasificación. Yo también ayudaba en aquello. Pasábamos horas sentados en una mesa intercambiando bromas gastadas y discriminando cartas en una u otra caja. Luego una mujer regordeta, limpia, educada, que se hacia llamar Alicia pasaba y se iba llevando una caja tras otra, ayudada por un pequeño carrito verde. Entonces, en un momento, la habitación quedaba vacía y quedábamos solamente Charly y yo.
_ Que mujer rara_ decía siempre Charly.
Yo no conocía a nadie en aquella empresa que no lo fuera.
El edificio de la empresa era chato y amplio. Era una construcción de vidrio que ocupaba el espacio de varias manzanas. Tenía ocho pisos de altura y estaba ubicado en un complejo realmente verde junto a una autopista realmente gris. El contraste era espantoso. El complejo era inmenso. Era triste abandonar el complejo cuando caía la tarde y adentrarse en la oscuridad de la ciudad. Parecía que el sol caía por esa misma razón, porque uno abandonaba ese pedazo hermoso de tierra.
Gran parte del correo que clasificábamos con Charly eran cartas de índole personal. La mayoría era correo romántico. Los empleados de la empresa viajaban a distintos puntos del país y del globo, haciendo transacciones cuerpo a cuerpo, y en aquellos viajes se enredaban en aventuras románticas que duraban semanas, meses o años. Muchos de los sobres que llegaban eran rosas o rojos, apestaban a perfume y sobre el papel se podía ver el dibujo de corazones o alguna estampilla romántica. Algunos empleados recibían diez o doce de aquellos sobres por día y contestaban las cartas con esa misma puntualidad, por lo que Alicia volvía en eso de media hora con nuevos carros llenos de carta, que debían ser clasificadas para que un nuevo camión las pasara a recoger.
Aquello era casi el total de mi día.
Había otras cartas. Había, en realidad, aunque abundara el correo romántico, cartas de todo tipo. Había una caja grande y negra, diferente a las otras, donde se apilaba el correo del presidente de la empresa. Recibía unas quinientas cartas por día, casi ninguna referida a sus funciones, y que también incluía varias cartas perfumadas.
El presidente era un tipito bajo, rechoncho, que siempre vestía de traje negro y corbata roja y al que siempre se lo veía por los pasillos hablando con algún empleado. Aunque el complejo era inmenso y laberíntico era imposible no cruzárselo al menos una vez por día, aun para Charly y para mí, que pasábamos el día encerrados clasificando cartas.
Algunos de los empleados murmuraban que había más de uno de aquellos tipitos; que eran gemelos o trillizos, aunque jamás nadie lo había visto en dos lugares al mismo tiempo. El comentario se basaba simplemente en el carácter omnipresente de su persona y en que tenía dos otros timbres diferentes de vos. A parte de que a veces se le escapaba un acento Cordobés que en otras oportunidades no se le sentía.
Eso, en lo que a mi se refiere, era algo que había logrado comprobar. A veces tenía una voz grave y a veces una que no solamente era mas fina, sino que era en completo diferente. A veces hablaba con precisión y a veces usaba un vocabulario tosco que en otras oportunidades era impensado que se pudiera filtrar en su discurso. Algunos hasta decían que cruzándolo en un mismo día lo habían notado primero perfectamente afeitado y luego con una suave barba de dos días.
Había, por lo menos, algo de lo que yo y Charly estábamos seguros y el resto de los empleados de la empresa ignoraban; El presidente de la empresa tenia tres caligrafías completamente diferentes.
Por lo demás, fueran o no mas de una persona, se hacia llamar simplemente Néstor, y así lo llamaba todo el mundo, y todo el mundo lo tenia por un hombre agradable y correcto.
Charly y yo, por otro lado, aparte de clasificar las cartas, solíamos abrir el correo. Leíamos las cartas, las cerrábamos con cautela y las volvíamos a colocar en su lugar.
Nadie se daba cuenta de esto o a nadie le importaba. No hace falta decir que lo hacíamos con suficiente cuidado para que la carta pareciera intacta; pero, por experiencia puedo decirlo, nadie logra borrar la huella de una carta leída.
Sin embargo esto no tiene importancia.
El presidente recibía toneladas de cartas de ciudades de todo el mundo; Frankfurt, Toledo, Palma de Mallorca, El Cairo, Venecia, Tokio. Recibía decenas de cartas de gente con la que no parecía tener ninguna relación evidente y que llenaban carillas y carillas de hojas con palabras que no reunían el menor sentido. Así todos los días. Charly y yo leíamos tratando de descifrar el sentido de las cartas, de descubrir un lenguaje oculto, alguna especie de código empresarial. Finalmente terminamos por deducir que las cartas no decían más de lo que expresaban la suma de sus palabras. Algunos eran remitentes regulares, otros no se volvían a repetir jamás. Todas, bien o mal, venían escritas en castellano.
Un ejemplo de una de aquellas cartas es la de un hombre que se hacia llamar Robert Zenit, embajador estadounidense en Tanzania. Era una carta limpia, en perfecto castellano, escrita sobre un suave papel celeste con olor a alcanfort y dirigida simplemente al presidente de la empresa. La carta decía lo siguiente;
Estimado señor;
La ubicación de las sillas en la mesa queda bajo exclusivo gusto del propietario. Yo recomendaría que fueran todas del mismo color, pero si su deseo es mezclar una silla roja entre las demás no veo el impedimento. Yo creo, a riesgo de omitir un juicio personal, que quedaría bien en una de las cabeceras.
Asegúrese, eso si, de que cada silla cuente con cuatro patas como mínimo, las encontrara usted en cada una de los extremos de la base de la silla, en los ángulos. Sirven también a su función sillas de tres patas, pero carecen de gracia y no son ciento por ciento seguras. Una inclinación mínima hacia uno de los lados puede hacer peligrar al usuario, aunque son muy populares en sus versiones de patas altas y carentes de respaldar que suelen ser llamadas banquetas.
Sobre el número correcto de sillas que una mesa debe contar creo que es un asunto en que se podría ahondar más. Esto depende en gran medida en el largo ancho y alto de la mesa. Si, no se sorprenda, en esta materia el alto de la mesa no es un dato menor…..
La carta del señor Robert Zenit seguía con el mismo tono y profundizaba sobre el mismo tema a lo largo de catorce páginas. Era una epístola en realidad extraña. Charly y yo no nos sorprendimos pues habíamos leído cientos de cartas similares, cuando no mucho mas insustanciales.
En realidad no nos interesaban mucho las cartas dirigidas al presidente de la empresa. Nos dedicábamos más a las románticas, a las eróticas y dramáticas. A esas cartas que llegaban en sobres rojo y perfumados y que ahondaban en los pormenores de vidas que Charly y yo jamás llegaríamos a tener. Llevábamos un seguimiento cercano de varios de aquellos romances. A veces, cuando nos era imposible encargarnos de todos nos llevábamos las cartas a casa y la leíamos entre mates y biscochos de grasa, entre los ronroneos del gato, que se iba tornando violáceo a un lado de la mesa, mientras Charly zapateaba un malambo a solo unos centímetros de el.
Era un gato tranquilo. Charly Hoffman era un hombre tranquilo también. Yo iba a visitarlo porque solía subirse sobre la mesa y taconear algunos ritmos autóctonos, acompañado siempre por un batir de palmas. Aquello me gustaba; era relajante y me hacia sonreír.
En ese tiempo yo trabajaba hombreando bolsas con cartas en una empresa privada en la que no creía que el propio presidente supiera a que se dedicaban. Se dedicaban en realidad a todo, pero puntualmente no se dedicaban nada.
A la mañana llegaba un camión cargado con la correspondencia; unos cientos cincuenta sacos bien cargados que sabían hacerse respetar. Yo me encargaba de descárgalos y luego, cuando el camión se retiraba, los llevaba a un cuarto donde se encargaban de clasificar el correo. Aquel cuarto me hacia acordar a los cuartos donde la policía dejaba a los sospechosos en las películas yanquis; Era pequeño y aséptico. No había allí más que una gran mesa y un par de sillas. Y cajas, muchas cajas.
Charly se dedicaba a la tarea de clasificación. Yo también ayudaba en aquello. Pasábamos horas sentados en una mesa intercambiando bromas gastadas y discriminando cartas en una u otra caja. Luego una mujer regordeta, limpia, educada, que se hacia llamar Alicia pasaba y se iba llevando una caja tras otra, ayudada por un pequeño carrito verde. Entonces, en un momento, la habitación quedaba vacía y quedábamos solamente Charly y yo.
_ Que mujer rara_ decía siempre Charly.
Yo no conocía a nadie en aquella empresa que no lo fuera.
El edificio de la empresa era chato y amplio. Era una construcción de vidrio que ocupaba el espacio de varias manzanas. Tenía ocho pisos de altura y estaba ubicado en un complejo realmente verde junto a una autopista realmente gris. El contraste era espantoso. El complejo era inmenso. Era triste abandonar el complejo cuando caía la tarde y adentrarse en la oscuridad de la ciudad. Parecía que el sol caía por esa misma razón, porque uno abandonaba ese pedazo hermoso de tierra.
Gran parte del correo que clasificábamos con Charly eran cartas de índole personal. La mayoría era correo romántico. Los empleados de la empresa viajaban a distintos puntos del país y del globo, haciendo transacciones cuerpo a cuerpo, y en aquellos viajes se enredaban en aventuras románticas que duraban semanas, meses o años. Muchos de los sobres que llegaban eran rosas o rojos, apestaban a perfume y sobre el papel se podía ver el dibujo de corazones o alguna estampilla romántica. Algunos empleados recibían diez o doce de aquellos sobres por día y contestaban las cartas con esa misma puntualidad, por lo que Alicia volvía en eso de media hora con nuevos carros llenos de carta, que debían ser clasificadas para que un nuevo camión las pasara a recoger.
Aquello era casi el total de mi día.
Había otras cartas. Había, en realidad, aunque abundara el correo romántico, cartas de todo tipo. Había una caja grande y negra, diferente a las otras, donde se apilaba el correo del presidente de la empresa. Recibía unas quinientas cartas por día, casi ninguna referida a sus funciones, y que también incluía varias cartas perfumadas.
El presidente era un tipito bajo, rechoncho, que siempre vestía de traje negro y corbata roja y al que siempre se lo veía por los pasillos hablando con algún empleado. Aunque el complejo era inmenso y laberíntico era imposible no cruzárselo al menos una vez por día, aun para Charly y para mí, que pasábamos el día encerrados clasificando cartas.
Algunos de los empleados murmuraban que había más de uno de aquellos tipitos; que eran gemelos o trillizos, aunque jamás nadie lo había visto en dos lugares al mismo tiempo. El comentario se basaba simplemente en el carácter omnipresente de su persona y en que tenía dos otros timbres diferentes de vos. A parte de que a veces se le escapaba un acento Cordobés que en otras oportunidades no se le sentía.
Eso, en lo que a mi se refiere, era algo que había logrado comprobar. A veces tenía una voz grave y a veces una que no solamente era mas fina, sino que era en completo diferente. A veces hablaba con precisión y a veces usaba un vocabulario tosco que en otras oportunidades era impensado que se pudiera filtrar en su discurso. Algunos hasta decían que cruzándolo en un mismo día lo habían notado primero perfectamente afeitado y luego con una suave barba de dos días.
Había, por lo menos, algo de lo que yo y Charly estábamos seguros y el resto de los empleados de la empresa ignoraban; El presidente de la empresa tenia tres caligrafías completamente diferentes.
Por lo demás, fueran o no mas de una persona, se hacia llamar simplemente Néstor, y así lo llamaba todo el mundo, y todo el mundo lo tenia por un hombre agradable y correcto.
Charly y yo, por otro lado, aparte de clasificar las cartas, solíamos abrir el correo. Leíamos las cartas, las cerrábamos con cautela y las volvíamos a colocar en su lugar.
Nadie se daba cuenta de esto o a nadie le importaba. No hace falta decir que lo hacíamos con suficiente cuidado para que la carta pareciera intacta; pero, por experiencia puedo decirlo, nadie logra borrar la huella de una carta leída.
Sin embargo esto no tiene importancia.
El presidente recibía toneladas de cartas de ciudades de todo el mundo; Frankfurt, Toledo, Palma de Mallorca, El Cairo, Venecia, Tokio. Recibía decenas de cartas de gente con la que no parecía tener ninguna relación evidente y que llenaban carillas y carillas de hojas con palabras que no reunían el menor sentido. Así todos los días. Charly y yo leíamos tratando de descifrar el sentido de las cartas, de descubrir un lenguaje oculto, alguna especie de código empresarial. Finalmente terminamos por deducir que las cartas no decían más de lo que expresaban la suma de sus palabras. Algunos eran remitentes regulares, otros no se volvían a repetir jamás. Todas, bien o mal, venían escritas en castellano.
Un ejemplo de una de aquellas cartas es la de un hombre que se hacia llamar Robert Zenit, embajador estadounidense en Tanzania. Era una carta limpia, en perfecto castellano, escrita sobre un suave papel celeste con olor a alcanfort y dirigida simplemente al presidente de la empresa. La carta decía lo siguiente;
Estimado señor;
La ubicación de las sillas en la mesa queda bajo exclusivo gusto del propietario. Yo recomendaría que fueran todas del mismo color, pero si su deseo es mezclar una silla roja entre las demás no veo el impedimento. Yo creo, a riesgo de omitir un juicio personal, que quedaría bien en una de las cabeceras.
Asegúrese, eso si, de que cada silla cuente con cuatro patas como mínimo, las encontrara usted en cada una de los extremos de la base de la silla, en los ángulos. Sirven también a su función sillas de tres patas, pero carecen de gracia y no son ciento por ciento seguras. Una inclinación mínima hacia uno de los lados puede hacer peligrar al usuario, aunque son muy populares en sus versiones de patas altas y carentes de respaldar que suelen ser llamadas banquetas.
Sobre el número correcto de sillas que una mesa debe contar creo que es un asunto en que se podría ahondar más. Esto depende en gran medida en el largo ancho y alto de la mesa. Si, no se sorprenda, en esta materia el alto de la mesa no es un dato menor…..
La carta del señor Robert Zenit seguía con el mismo tono y profundizaba sobre el mismo tema a lo largo de catorce páginas. Era una epístola en realidad extraña. Charly y yo no nos sorprendimos pues habíamos leído cientos de cartas similares, cuando no mucho mas insustanciales.
En realidad no nos interesaban mucho las cartas dirigidas al presidente de la empresa. Nos dedicábamos más a las románticas, a las eróticas y dramáticas. A esas cartas que llegaban en sobres rojo y perfumados y que ahondaban en los pormenores de vidas que Charly y yo jamás llegaríamos a tener. Llevábamos un seguimiento cercano de varios de aquellos romances. A veces, cuando nos era imposible encargarnos de todos nos llevábamos las cartas a casa y la leíamos entre mates y biscochos de grasa, entre los ronroneos del gato, que se iba tornando violáceo a un lado de la mesa, mientras Charly zapateaba un malambo a solo unos centímetros de el.
Thursday, March 22, 2007
La vecindad
Era de noche y la vecindad se encontraba en silencio. Sentado sobre la escalera que daba al viejo departamento del primer piso, donde solieron vivir tantos que nunca llegaron a ser parte de la vecindad, el Chavo del ocho picaba un poco de hierba en la palma de su mano. La vecindad se encontraba quieta y oscura, un olor dulzon y seco venia de la puerta que daba al D.F, y los ojos del Chavo miraban los pedazos de chala desgranarse como algo que en realidad no estuviese allí. Luego lo tiro sobre el papel y lo armo con paciencia y prestancia. Antes de prenderlo paso la lengua todo alrededor de la superficie. El humo y el aroma del cigarrillo pronto ganaron aquel ambiente demasiado vació.
Se encontraba con la vista fija sobre las baldosas del patio, el cigarrillo inerte y olvidado entre los dedos de la mano, cuando escucho un sonido que partía desde alguna de las casas de la vecindad. Era un sonido leve y pausado, insistente, como el de un pequeño ratón royendo los lados de un hueco. Poco después escucho un golpe seco y una pausa de silencio, entonces reconoció el sonido y entendió que sucedía, y sin embargo su rostro no se movió un milímetro del pedazo de patio que se encontraba mirando.
El sonido de los tacos le pareció burdo, ridículo, aun antes de levantar la cabeza para ver a la Chilindrina saliendo por el pasillo que daba a la ventana de su pieza y que terminaba en el fondo de la vecindad, en la vieja fuente que ahora se encontraba seca. La Chili venia con un pequeño vestido que dejaba al aire las piernas flacas, los ojos y los labios pintados, un paso sensual que apenas lograba equilibrar sobre los largos tacones. El chavo la vio venir y la vio pasar en silencio, escuchando el sonido de sus pasos como la respiración de un animal cansado, mirando como un testigo ausente el paso de su amiga. Ella apenas se dio cuenta de su presencia cuando ya había pasado la escalera; Dio vuelta la cabeza con un rostro sensual, como en una película yanqui, tal vez advertida por el humo.
_ Chavito_ dijo llevándose la mano al corazón y largando un suspiro_ Pues que me quieres matar de un susto, menso.
El Chavo sonrió, bajo la cabeza y le dio una pitada al cigarrillo, luego volvió a ver el rostro pecoso que le devolvía la sonrisa.
_ ¿Qué hace ahí sentado Chavito?_ pregunto la Chili.
El Chavo levanto los hombros. La Chili fue haciendo equilibrio hacia donde estaba y se sentó junto a el, hacia tiempo que no se encontraban sentados uno junto a al otro, como en los viejos tiempos. Ella sonreía como sonreía siempre, el parecía mirar siempre mas allá, como en los tiempos en que solo pensaba en comida.
_ ¿De veras que me vas a convidar un poco de eso?_ dijo la Chilindrina golpeando su codo con el suyo. El chavo la miro y le pasó la aguja, ni siquiera había notado que la Chilindrina ya no tenía lentes, aunque estaba seguro que hacia años que la veía sin ellos.
_ ¿A dónde ibas?_ pregunto el Chavo, sonándose los dedos.
_ Pues ya sabes, acá y allá, a buscar un poco de diversión_ dijo la Chili, evadiendo la respuesta.
_ ¿Y para que te escapas por la ventana, mensa?
_ Es mi Jefe, Chavito, tu ya sabes como es, Chilindrina esto, Chilindrina lo otro, que no me deja ni respirar.
_ Yo no te digo por eso, mensa, que ya lo se. Te digo porque Don Ramón se fue hace muchisisisimo rato de tu casa.
La Chilindrina pareció asombrada. Pego una pitada y un segundo después largo el humo por las fosas nasales. Sostenía el cigarrillo alzado en la mano, entre ambos, El Chavo no sabía si se lo estaba entregando o solo pensaba en algo mas.
_ Ah_ fue la única respuesta que atino a decir_ Y yo que recién me entero, seguro que se fue a meterse de tequilasos con sus amigos de baraja.
El Chavo termino por sacarle el cigarrillo de entre los dedos y le pego una pitada.
_ Eh, que todavía no termino, angurriento_ se quejo la Chili.
_ Es que es para fumar, no para mirar, ni que fuera televisor_ se defendió el Chavito.
_ Venga para acá, no sea payaso_ exclamo la Chili, y se lo arranco de los dedos.
Los dos lanzaron una carcajada. El chavo volvió la mirada al pedazo de baldosa donde había tenido fija su mirada y ella apoyo la cabeza contra su hombro mirando exactamente hacia el mismo lugar. Pego una pitada al cigarrillo y emitió un largo suspiro, tal vez también sacado de alguna película yanqui. Por un momento pareció que todo iba a volver a sumirse en el silencio.
_ ¿Pero que nos paso Chavito? Si vivíamos de contentos.
Ojala hubiese podido contestar. Venia preguntándose lo mismo desde hacia tiempo. Hacia tiempo el patio de la vecindad era un lugar enorme donde podía volar, ahora era un espacio tan pequeño que a veces le faltaba el aire. Y sin embargo las cosas seguían quietas, simples, iguales, corrían a su lado como si pudieran durar así hasta siempre. Con el dorso de la mano, sin mirarla, acaricio la mejilla pecosa de Chili. Ella se giro y lo beso en la mejilla, cerca de la boca.
_ Hay Chavito, Chavito, que va a ser de nosotros_ exclamo, luego vio que ella sostenía el cigarrillo frente a su rostro.
El Tomo el cigarro y no contento. Ella se incorporo y lo miro con su sonrisa alegre, los ojos rojos inyectados en sangre.
_ ¿Tenemos que hablar un dia de estos no, Chavito?_ dijo, segura.
El sonrió, hacia tiempo que aquella niña era la única persona que lograba hacer lo sonreír. Aun sin lentes, sin trenzas, sin vestidos andrajosos, veía en ella un aura infinita de inocencia. Le guiño un ojo. El cigarrillo se había pagado en sus dedos.
_ Pues claro_ fue lo único que atino a decir.
_ Entonces; Adiós, Chavito, hermoso_ Dijo, y le tiro un beso mientras salía taconeando de la vecindad.
Se encontraba con la vista fija sobre las baldosas del patio, el cigarrillo inerte y olvidado entre los dedos de la mano, cuando escucho un sonido que partía desde alguna de las casas de la vecindad. Era un sonido leve y pausado, insistente, como el de un pequeño ratón royendo los lados de un hueco. Poco después escucho un golpe seco y una pausa de silencio, entonces reconoció el sonido y entendió que sucedía, y sin embargo su rostro no se movió un milímetro del pedazo de patio que se encontraba mirando.
El sonido de los tacos le pareció burdo, ridículo, aun antes de levantar la cabeza para ver a la Chilindrina saliendo por el pasillo que daba a la ventana de su pieza y que terminaba en el fondo de la vecindad, en la vieja fuente que ahora se encontraba seca. La Chili venia con un pequeño vestido que dejaba al aire las piernas flacas, los ojos y los labios pintados, un paso sensual que apenas lograba equilibrar sobre los largos tacones. El chavo la vio venir y la vio pasar en silencio, escuchando el sonido de sus pasos como la respiración de un animal cansado, mirando como un testigo ausente el paso de su amiga. Ella apenas se dio cuenta de su presencia cuando ya había pasado la escalera; Dio vuelta la cabeza con un rostro sensual, como en una película yanqui, tal vez advertida por el humo.
_ Chavito_ dijo llevándose la mano al corazón y largando un suspiro_ Pues que me quieres matar de un susto, menso.
El Chavo sonrió, bajo la cabeza y le dio una pitada al cigarrillo, luego volvió a ver el rostro pecoso que le devolvía la sonrisa.
_ ¿Qué hace ahí sentado Chavito?_ pregunto la Chili.
El Chavo levanto los hombros. La Chili fue haciendo equilibrio hacia donde estaba y se sentó junto a el, hacia tiempo que no se encontraban sentados uno junto a al otro, como en los viejos tiempos. Ella sonreía como sonreía siempre, el parecía mirar siempre mas allá, como en los tiempos en que solo pensaba en comida.
_ ¿De veras que me vas a convidar un poco de eso?_ dijo la Chilindrina golpeando su codo con el suyo. El chavo la miro y le pasó la aguja, ni siquiera había notado que la Chilindrina ya no tenía lentes, aunque estaba seguro que hacia años que la veía sin ellos.
_ ¿A dónde ibas?_ pregunto el Chavo, sonándose los dedos.
_ Pues ya sabes, acá y allá, a buscar un poco de diversión_ dijo la Chili, evadiendo la respuesta.
_ ¿Y para que te escapas por la ventana, mensa?
_ Es mi Jefe, Chavito, tu ya sabes como es, Chilindrina esto, Chilindrina lo otro, que no me deja ni respirar.
_ Yo no te digo por eso, mensa, que ya lo se. Te digo porque Don Ramón se fue hace muchisisisimo rato de tu casa.
La Chilindrina pareció asombrada. Pego una pitada y un segundo después largo el humo por las fosas nasales. Sostenía el cigarrillo alzado en la mano, entre ambos, El Chavo no sabía si se lo estaba entregando o solo pensaba en algo mas.
_ Ah_ fue la única respuesta que atino a decir_ Y yo que recién me entero, seguro que se fue a meterse de tequilasos con sus amigos de baraja.
El Chavo termino por sacarle el cigarrillo de entre los dedos y le pego una pitada.
_ Eh, que todavía no termino, angurriento_ se quejo la Chili.
_ Es que es para fumar, no para mirar, ni que fuera televisor_ se defendió el Chavito.
_ Venga para acá, no sea payaso_ exclamo la Chili, y se lo arranco de los dedos.
Los dos lanzaron una carcajada. El chavo volvió la mirada al pedazo de baldosa donde había tenido fija su mirada y ella apoyo la cabeza contra su hombro mirando exactamente hacia el mismo lugar. Pego una pitada al cigarrillo y emitió un largo suspiro, tal vez también sacado de alguna película yanqui. Por un momento pareció que todo iba a volver a sumirse en el silencio.
_ ¿Pero que nos paso Chavito? Si vivíamos de contentos.
Ojala hubiese podido contestar. Venia preguntándose lo mismo desde hacia tiempo. Hacia tiempo el patio de la vecindad era un lugar enorme donde podía volar, ahora era un espacio tan pequeño que a veces le faltaba el aire. Y sin embargo las cosas seguían quietas, simples, iguales, corrían a su lado como si pudieran durar así hasta siempre. Con el dorso de la mano, sin mirarla, acaricio la mejilla pecosa de Chili. Ella se giro y lo beso en la mejilla, cerca de la boca.
_ Hay Chavito, Chavito, que va a ser de nosotros_ exclamo, luego vio que ella sostenía el cigarrillo frente a su rostro.
El Tomo el cigarro y no contento. Ella se incorporo y lo miro con su sonrisa alegre, los ojos rojos inyectados en sangre.
_ ¿Tenemos que hablar un dia de estos no, Chavito?_ dijo, segura.
El sonrió, hacia tiempo que aquella niña era la única persona que lograba hacer lo sonreír. Aun sin lentes, sin trenzas, sin vestidos andrajosos, veía en ella un aura infinita de inocencia. Le guiño un ojo. El cigarrillo se había pagado en sus dedos.
_ Pues claro_ fue lo único que atino a decir.
_ Entonces; Adiós, Chavito, hermoso_ Dijo, y le tiro un beso mientras salía taconeando de la vecindad.
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